LA REVOLUCION QUE NO FUE 



ARROYO DEL RÍO FUE REPRESETANTE DEL BLOQUE COMERCIAL Y BANCARIO 



Germán Rodas Chaves
La muerte del Presidente Aurelio Mosquera, en noviembre de 1939, abrió el camino para que el entonces Presidente del Congreso Carlos Alberto Arroyo del Rio llegara al poder. En efecto, Arroyo del Rio se hizo cargo temporalmente de la Primera Magistratura -por la circunstancia antes señalada- desde donde urdió, en su beneficio, el proceso electoral inmediato.

En este entorno Arroyo del Río encargó la Presidencia de la República a quien, a su vez, le había remplazado en la Presidencia del Congreso, el también liberal Andrés F. Córdova, el mismo que llevó adelante el proceso eleccionario cuyo resultado fraudulento permitió que el mentado Arroyo del Río llegara a la Presidencia en enero de 1940.

El nuevo Presidente de la República fue un representante del bloque comercial y bancario y de algunos de los intereses comerciales norteamericanos inmersos, entonces, en la segunda guerra mundial; además permitió el reacomodo entre la oligarquía conservadora de la sierra y la plutocracia liberal de la costa.

Estas circunstancias, entre otras, condujeron al país a un modelo de deterioro económico y social que enfrentó al régimen con amplios sectores de la población. La realidad comentada se exacerbó aún más cuando se produjo el cercenamiento territorial perpetrado por la oligarquía peruana que determinó que el gobierno se sujetara a la firma del Tratado de Rio de Janeiro de enero de 1942.

Todas estas causas llevaron a una oposición frontal del pueblo ecuatoriano en contra del régimen que, para mantenerse en pie, generalizó la represión; por ello en 1942 los sectores de la derecha política y los de la izquierda, por separado, articularon una línea de oposición frontal al gobierno.

Una de las figuras importantes de la oposición fue el dirigente socialista Manuel Agustín Aguirre, quien venía dirigiendo al PS desde noviembre de 1941. Los socialistas radicalizaron su oposición en 1942 y entregaron sus mejores esfuerzos para la realización del Congreso Obrero Nacional en la perspectiva de incorporar a esta base social del Ecuador en la lucha antigubernamental.

Este Congreso debió realizarse en marzo de 1943, pero la infiltración de gendarmes en el mentado evento impidió su funcionamiento y favoreció la represión selectiva contra dirigentes sindicales del periodo. Aquello determinó la no participación electoral del PSE en 1943 y la decisión de algunos sectores partidarios para sustituir al Presidente aún en acuerdos con sectores de otras vertientes ideológicas, lo cual se expresó en su participación en Acción Democrática Ecuatoriana, fundada en julio de 1943.

En este contexto al interior del Socialismo se consolidaron dos corrientes políticas Ambas coincidían en la necesidad de sustituir a Arroyo del Río. No obstante sus diferencias se expresaron, en el un caso, cuando se evidenció el afán de imponer la candidatura de Velasco Ibarra desde una perspectiva colaboracionista inmediata y, en la otra postura, que convino en el requerimiento de sustituir a Arroyo del Río en base a la organización social del pueblo que debería acompañar el proceso, no precisamente para obtener ventajas acomodaticias, sino para contribuir en la lucha social alrededor de un programa político. Esta corriente no fue afecta a la candidatura de Velasco Ibarra y, además, contraria a la reelección presidencial de quien, en 1934, les había perseguido.

Empero, las circunstancias internas en el país se precipitaron. En 1944 los estudiantes y amplios sectores sociales comenzaron a expresar su adhesión a la precandidatura Presidencial de Velasco quien, hábilmente, se engarzó en la vorágine política, mientras desde las filas comunistas y conservadoras, su nombre se tornó en la alternativa electoral de ADE.
En los primeros días mayo de 1944 Velasco llegó desde Chile, en donde estuvo exiliado, a Ipiales para estar atento a las circunstancias inmediatas y facilitar el dialogo con los opositores al Gobierno, más allá de que en sus conversaciones el caudillo manifestara que antes que un programa político, era imprescindible “ actuar con intuición”

Llegó así el 28 de Mayo de 1944 momento en que ADE, los estudiantes, núcleos de trabajadores y amplios sectores sociales derrocaron a Arroyo del Rio e impusieron a Velasco Ibarra en el poder.

Los compromisos del caudillo con las circunstancias que le favorecieron el 28 de mayo, pronto se esfumaron. No respetó ni la forma de conformación del gabinete ni el programa que había construido ADE. A pesar de ello en las filas de ADE, incluidos los partidos de izquierda, los afanes colaboracionistas les hicieron perder la objetividad de los acontecimientos. La convocatoria a la Constituyente, ocurrida así mismo en el momento menos esperado, generó nuevas expectativas por la posibilidad de la redacción de una Constitución Progresista, asunto que ocurrió entre 1944 y 1945 gracias a la presencia, en la Constituyente, de sectores de avanzada política.

Fueron, también, los tiempos en los cuales, paralelamente a las circunstancias políticas referidas, se fundó la Casa de la Cultura Ecuatoriana en donde el socialista Benjamín Carrión jugó un rol fundamental. También se organizó la Confederación de Trabajadores del Ecuador, en cuyo espacio el militante y dirigente comunista Pedro Saad así como el socialista Juan Isaac Lovato formaron parte de la primera directiva de esta organización obrera. También surgió la Federación Ecuatoriana de Indios y se fundó la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador.

No obstante, las organizaciones sociales y populares pronto se encontrarían con un nuevo panorama político que les restringió su accionar, pues Velasco Ibarra tenía marcada su ruta. Por esta misma circunstancia uno de los sectores que le habían apoyado en 1944 exigió su renuncia a la Presidencia por la traición a los ideales de “la gloriosa”. El joven dirigente socialista Plutarco Naranjo Vargas fue el encargado de este petitorio mediante carta entregada al mandatario. Este no sería sino un antecedente del desencanto total: en marzo de 1946 Velasco se proclamó dictador y tiró al cesto de la basura la Constitución que recogía importantes anhelos nacionales.

La dictadura velasquista ejerció, adicionalmente, persecución contra los diversos sectores de la izquierda. Sus principales dirigentes debieron salir del país, en tanto el movimiento social –al que se pretendió fracturarlo y dividirlo- hizo todos los esfuerzos posibles para levantar una línea de oposición de masas en medio de toda suerte de asechanzas.

La revolución que no fue, bajo los contextos señalados, ha de entenderse como un hecho que demostró los límites de un proceso que buscó el recambio de gobierno valiéndose de la figura de un caudillo que, posteriormente y de manera adicional, quedó supeditado a la institucionalidad y atrapado, también, en un entorno internacional que demandaba claros alineamientos geopolíticos luego de la post-guerra mundial.

La revolución que no fue, al recordarla 70 años después, debe ser cantera de varias lecciones a los diversos sectores. De ellas hay que advertir dos: la primera se refiere a que un proceso de cambio no implica la sustitución de un gobierno por otro o la repetición de eslóganes y consignas en su accionar y, la segunda, que las transformaciones para que modifiquen la realidad ecuatoriana no pueden ser sino estructurales. Todo lo demás es caricatura de revolución.

De la mano de estas dos premisas, finalmente, debió advertirse en el año de 1944 –o en cualquier momento de nuestra historia- que solamente el compromiso militante de los individuos puede asegurar el éxito de un proceso de cambio.

Por ello yo afirmo que cuando la izquierda -de la cual es necesario hablar abiertamente por su involucramiento en el proceso de 1944 y en otros momentos de nuestra realidad- ha optado por tomar prestadas a figuras electorales, cuya esencia doctrinaria es confusa cuando no contradictoria, ha transitado privilegiando únicamente los resultados en las urnas, lo cual no es sinónimo de democracia, mientras a contrapelo la práctica del acomodo personal o de grupo le ha quitado la mirada en perspectiva que demanda la estrategia política y su auténtico rol histórico.

Y lo que es más grave, esas izquierdas, se han vuelto testigos de las fracturas políticas en sus partidos y en las organizaciones sociales inducidas desde el poder, mientras los cambios prometidos –repetidas en frases de clisé- se han hipotecado a propósito de la trasmutación doctrinaria del caudillo y de sus entornos más cercanos.

Todo lo afirmado vuelve a ponernos frente a la realidad que enseña que la lucha del pueblo ha de ser la que fortalece cualquier proceso político y que es indispensable la más amplia unidad de los diversos sectores sociales comprometidos con la sustitución del orden para construir un modelo social distinto al que prevalece.

Aquello no ocurrió con la Gloriosa de Mayo de 1944. Por ello hablamos de la revolución que no fue.

Esta historia, empero, no puede repetirse.