LA REVOLUCIÓN DEL DEBATE ECONÓMICO 



"EL CAPITAL DEL SIGLO XXI" DE PIKETTY ESTÁ DE MODA  



LIBRO ‘El capital en el siglo XXI’, del francés Thomas Piketty, es el libro de moda en materia económica. Hace un duro ataque al capitalismo y propone un impuesto a la riqueza.

La revolución del debate económico. A Thomas Piketty, profesor en la Escuela de Economía de París, a sus 43 años, ya muchos lo están comparando con Adam Smith o Keynes.


Thomas Piketty es considerado el nuevo gurú de la economía mundial. Su libro ‘El capital en el siglo XXI’, publicado en francés el año anterior y traducido al inglés en marzo pasado, es la sensación entre los economistas y la Élite intelectual de Europa y Estados Unidos. Lo han comentado premios nobel como Paul Krugman y Joseph Stiglitz y todos los diarios económicos han hecho análisis sobre sus tesis.

El libro ya es best-seller de Amazon en Estados Unidos y su autor fue recibido tanto en la Casa Blanca como en el Fondo Monetario Internacional (FMI) para exponer sus ideas. Según Piketty, su libro se basa en 15 años de investigación (1998-2012) dedicados esencialmente a comprender la dinámica histórica de la riqueza y los ingresos.

En su análisis hace un duro ataque al capitalismo, pero lo novedoso, según una reseña de Paul Krugman en The New York Review, es que “presenta un nuevo modelo que integra el concepto de crecimiento económico con el de distribución de ingresos salariales y riqueza. Cambiará el modo en que pensamos sobre la sociedad y la economía”.

Para muchos, el interés que ha despertado este libro radica en la dura crítica al capitalismo, un asunto apetitoso sobre todo desde la crisis de Wall Street de 2008, que ha llevado a que las diferencias económicas se hayan ahondado.

Pero más allá de eso, Piketty está aportando al debate económico un profundo análisis sobre la evolución de más de 20 países durante tres siglos. Tras millones de datos y estadísticas, llega a la conclusión de que el crecimiento de la desigualdad es inherente al capitalismo.

Explica esta teoría en un concepto según el cual la tasa privada de retorno del capital puede ser significativamente mayor durante largos periodos de tiempo que la tasa de crecimiento económico. Que las economías crezcan más lentamente tendrá como consecuencia que los poseedores de grandes fortunas sean cada vez más ricos, pues sus capitales tendrán mayores rendimientos. La desigualdad implica que la riqueza acumulada en el pasado crezca más rápidamente que los salarios.

Esto termina en la frase conocida de que los ricos se han hecho más ricos. De acuerdo con Piketty hay fuerzas que concentran la riqueza. “Si uno analiza el periodo desde 1700 hasta 2012 se ve que la producción anual creció a un promedio de un 1,6 por ciento. En cambio el rendimiento del capital ha sido del 4 al 5 por ciento”, indicó Piketty en una entrevista con The New York Times.

Si las rentas del capital se agrupan más fácilmente que las del trabajo, con el paso del tiempo los hijos de los ricos serán más ricos que sus padres, mientras que la renta del resto de la sociedad crecerá mucho más lentamente.

Según las predicciones de Piketty, si no se hace nada, el desequilibrio seguirá aumentando y esto podría tener consecuencias políticas muy graves en los países.

El autor agrega en el libro, que tiene cuatro partes y cerca de 700 páginas, que el problema es enorme y no hay una solución simple. Es posible crecer invirtiendo en educación, en el conocimiento y en tecnología no contaminante, pero nada de esto elevará la tasa de crecimiento a 4 o 5 por ciento anual. La historia demuestra que solo los países que se están poniendo al día con las economías más avanzadas pueden crecer a esas tasas. Pero para el planeta en su conjunto no hay muchas razones para pensar que la tasa de crecimiento superará el 1 o 1,5 por ciento en el largo plazo, independientemente de las políticas que se adopten. Mientras tanto, todo indicaría que el rendimiento del capital en el siglo XXI será del 4,5 por ciento.

¿Cuál es la solución? Piketty, quien se opone a cualquier postulado marxista, sugiere que el control no puede venir del propio mercado. Para disminuir la desigualdad, recomienda subir impuestos a los grandes patrimonios. Su propuesta es uno de los puntos de mayor controversia de su libro. Algunos la consideran la parte más floja de su argumentación, y otros afirman que es tremendamente difícil de concretar.

Piketty habla de un impuesto del 0,1 o 0,5 por ciento a las fortunas de menos de un millón de euros. De 1 por ciento para los patrimonios entre 1 y 5 millones de euros. De 2 por ciento para los casos entre 5 y 10 millones de euros y entre el 5 y 10 por ciento para los que tiene cientos de millones de euros más. Para repartir mejor el crecimiento, también sugiere un impuesto del 80 por ciento para los ingresos mayores a 500.000 dólares anuales y del 50 por ciento para los que superen los 200.000 dólares.

Afirma que esto contendría el crecimiento ilimitado de la desigualdad global. Reconoce que la dificultad de un impuesto progresivo sobre el capital está en que se requiere de una gran cooperación internacional y una decisión política global.

Ahora bien, a Piketty le han llovido muchas críticas. Algunos lo cuestionan por mezclar economía y política. El semanario británico The Economist lo llamó el Marx moderno. La revista comentó que “muchos piensan que Piketty se equivoca al creer que el futuro será como el pasado, el siglo XXI como el XVIII y XIX. Otros agregan que, en realidad, es cada vez más difícil obtener una buena rentabilidad del capital invertido. Y además la mayoría de los súper-ricos de hoy ha conseguido su riqueza gracias a su esfuerzo y no por herencia”.

Hay otros escépticos que creen que las recomendaciones de Piketty más que impulsar la economía, podrían hacer un gran daño. Pero aún estos críticos valoran el aporte que ha hecho el autor francés.

En otros puntos del libro, Piketty ve la economía como una subdisciplina de las ciencias sociales, al lado de la historia, la psicología, la antropología y la política. No está de acuerdo con la expresión ciencias económicas, frase que le suena arrogante y prefiere decir política económica. Afirma que el debate intelectual y político sobre la distribución de la riqueza siempre se ha hecho sobre la base de una gran cantidad de prejuicios y una escasez de hechos.

Piketty ha tomado al mundo por sorpresa. Ante las críticas de quienes lo ven como el Marx moderno, señala que no ha leído la obra completa del filósofo alemán. El solo quiere enviar un mensaje de que si no se hace nada, la desigualdad supondrá un peligro muy grave para las democracias.

Lo cierto es que, a sus 43 años, ya muchos están comparando con Adam Smith o Keynes a Piketty, director de estudios en la Ehess (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en Francia) y profesor en la Escuela de Economía de París. Puede ser exagerado, pero su obra sí podría estar marcando un antes y un después en el debate sobre la desigualdad en los países desarrollados.

OTRO NUEVO MARX
Por Alfonso Monsalve Ramírez

La revista colombiana Semana publicó, en las páginas culturales de su edición del 17 de mayo pasado, una nota titulada La revolución del debate económico, en la que reseñaba el libro “El capital en el siglo XXI”, del autor francés Thomas Piketty, presentándolo como “el libro de moda en materia económica” y “la sensación entre los economistas de la Élite intelectual de Europa y Estados Unidos” (Élite, así, con reverente E mayúscula), “el Marx moderno” (cada tanto tiempo estos medios, esta vez The Economist, coronan un nuevo Marx) y anticipando que “Lo han comentado premios nobel como Paul Krugman y Joseph Stiglitz”.

Sin conocer ni al libro ni al autor, cualquier juicio es inapropiado. Pero uno puede olfatear los ingredientes de este plato y reconocer algunos que pueden darle una buena consistencia alimentaria, así como otros que son condimentos suficientemente identificables como para temer que el resultado no sea tan apetitoso como promete el ostentoso menú.

Sólo me interesa tratar aquí1 un anuncio: “…Piketty está aportando al debate económico un profundo análisis de más de 20 países durante tres siglos. Tras millones de datos y estadísticas, llega a la conclusión de que el crecimiento de la desigualdad es inherente al capitalismo”, (el subrayado es mío).

Esto es lo que quiero glosar, y un par de anotaciones más: “Piketty, quien se opone a cualquier postulado marxista, sugiere que el control no puede venir del propio mercado (¿sugiere que elcontrol por el mercado es idea de Marx?, pregunto yo). Para disminuir la desigualdad, recomienda subir impuestos a los grandes patrimonios. Su propuesta es uno de los puntos de mayor controversia de su libro. Algunos la consideran la parte más floja de su argumentación, y otros afirman que es tremendamente difícil de concretar.”

Y: “Ante las críticas de quienes lo ven como el Marx moderno, señala que no ha leído la obra completa del filósofo alemán (caso típico de oscurantismo ilustrado, anoto). El solo quiere enviar un mensaje de que si no se hace nada, la desigualdad supondrá un peligro muy grave para las democracias”.

En cuanto a lo primero, su genial descubrimiento de que “el crecimiento de la desigualdad es inherente al capitalismo”, me permito señalar que ese hallazgo es el eje de mi libro Trabajadores Empresarios (Ediciones Aurora, Bogotá, 1912), y que yo lo hice hacia mediados de la década 70-80 del siglo pasado, en uno de esos grupos de estudio que realizábamos entonces y donde seguramente leímos algunas páginas más de Marx que su moderno doble francés, y aquella vez con la guía de nuestro inolvidable compañero Nicolás Buenaventura, que hoy ya descansa sonriendo, con su sempiterno humor, de tantas genialidades.

Mi libro comienza con estas palabras: “El problema más acuciante de la economía mundial en la actualidad, primera década del siglo XXI, es la concentración sin precedentes, en manos de una minoría absoluta de empresarios y de inversionistas financieros, de la riqueza producida socialmente. Esto es más inaceptable en un mundo que genera cada vez más riqueza. La concentración de la riqueza es inherente al capitalismo, como lo veremos en el desarrollo de este análisis.” (Introducción. Concentración de la riqueza, problema central del capitalismo actual, pág.13). Que no es simplemente una expresión enfática, sino el resultado de muchos años de observaciones,
lecturas y reflexiones, lo comprueba el apartado Consumo de subsistencia y consumo productivo (págs. 52 a 58), donde en realidad trato de explicar en términos comprensibles al lector medio lo que en la literatura marxista se denomina reproducción ampliada del capital y del cual ofrezco a continuación algunas citas que sintetizan mi exposición (los subrayados son originales del libro, no de hoy):

«Consumo de subsistencia y consumo productivo
Como hemos visto, tanto el trabajador como el capitalista utilizan la parte que reciben en la distribución del plus producto en consumo de subsistencia, o sea, en todo aquello que tanto el uno como el otro requieren para la producción y reproducción de sus existencias, no solo como individuos sino como clases sociales.

El consumo de subsistencia está conformado por: alimento, abrigo (ropa, techo), salud,
educación. Como tal, este consumo agota el ciclo productivo. Lo consume, es decir, lo destruye. Los productos de consumo finalizan su vida una vez son consumidos.

Pero hay otro consumo perfectamente definido por la ciencia económica, el consumo
productivo… Es el consumo de bienes de producción (que se capitalizan durante el ciclo productivo, preciso hoy, AMR): tierra, semillas, abonos y otros insumos (en la producción agropecuaria); materias primas, maquinarias y equipos de producción, tecnología, servicios, papelería y demás insumos de oficina, terrenos e instalaciones (en la producción industrial).

(…) La tela que adquiere el fabricante para confeccionar prendas de vestir, es consumo de tela, pero esta tela no desaparece en este consumo, sino que continúa su vida como insumo de las prendas fabricadas. Es consumo e insumo al mismo tiempo, y es el que determina el crecimiento de la empresa… También es consumo productivo la ampliación de las actividades productivas…

(…) Toda la inversión que el capitalista realiza en estos rubros tiene por fin no solamente hacer posible la producción, asegurar la continuidad productiva, sino además lograr el crecimiento de la empresa.

Este crecimiento es obligación de toda empresa productiva.
(…) Como es claro, es un tipo de consumo al cual tiene acceso solamente el capitalista. El trabajador no tiene ninguna participación en este consumo productivo. Él accede exclusivamente al consumo de subsistencia.

(…) El trabajador no recibe nada de esta participación. No tiene ningún derecho sobre este consumo. Él tiene que limitarse, una vez más, al consumo de subsistencia. Este es el mecanismo intrínseco de la concentración de la riqueza en la forma de producción capitalista, puesto que el único que participa en este consumo productivo es el capitalista, el capital, mientras que el trabajador no tiene la oportunidad de participar en ese consumo y, por tanto, tampoco participa en la nueva riqueza producida. No participa del crecimiento económico.

(…) Este mecanismo no sólo explica la desproporción entre la participación del capitalista y la del trabajador en la distribución de la riqueza producida por el sistema capitalista. Explica algo más de fondo: el por qué el capitalismo concentra la riqueza inevitablemente. Porque esa concentración se produce como resultado y en el interior del mecanismo productivo mismo, es uno de los piñones fundamentales, si no el principal de todos, del engranaje interno de la empresa capitalista. Por eso se afirma que la concentración de la riqueza es inherente al capitalismo.

Es en el interior del ciclo productivo donde se oculta este engranaje concentrador. Por eso nada valen todas las medidas coercitivas, fiscales, las leyes, los regímenes tributarios más avanzados, para frenar este proceso concentrador de la riqueza en manos de unos pocos capitalistas…».

Quisiera limitarme a estas observaciones y citas, anotando que, para mi asombro, no es
solamente el señor Piketty sino varios y tal vez muchos economistas de todas las tallas los que no han visto o se niegan a ver y a comprender lo que significa calificar de inherente a este mecanismo concentrador de la riqueza de la economía capitalista.

Pero debo incluir todavía dos puntualizaciones más. En primer lugar, que el propio Marx señala esa condición inherente, es decir, intrínseca, implícita y por tanto sistémica, de la concentración capitalista de la riqueza, aunque, me parece a mí y tengo que decirlo, él mismo no parece otorgarle esa condición de variable fundamental del modo de producción capitalista, lo que abona a favor del descubridor francés Piketty. En el marxismo ortodoxo se ha dado hasta hoy más trascendencia al proceso de creación y apropiación de plusvalía (explotación) que al de concentración de la riqueza (dos aspectos de una misma realidad productiva), y esto también está dicho en mi libro. Veamos estas palabras de Marx (Tomo II de El Capital, crítica de la economía política, capítulo II, Sección II, Acumulación y reproducción ampliada, págs. 72 a 74 en la tercera edición del Fondo de Cultura Económica, cuarta reimpresión, 2010): “…el atesoramiento aparece aquí como un factor que va implícito en el proceso capitalista de
acumulación, como un factor inherente a él (…) la acumulación o producción en escala
ampliada, que, como medio para una producción más extensa de plusvalía y, por tanto, para el enriquecimiento del capitalista, aparece como la finalidad personal de éste y va implícitamente en la tendencia general de la producción capitalista, se convierte, al desarrollarse –como hemos demostrado en el Libro I–, en una necesidad para todo capitalista individual. El acrecentamiento constante de su capital pasa a ser condición para que este capital siga existiendo” (los subrayados son míos).
Hasta aquí lo relativo al genial descubrimiento de este “Marx moderno”. Sólo voy a agregar, y con esto termino mis glosas, un breve comentario sobre la también genial receta para contrarrestar esta voracidad concentradora de la riqueza del capitalismo, la de gravar con impuestos progresivos y por esta vía redistribuir la riqueza que el capitalismo ha llegado a producir en cantidades nunca antes vistas, lo cual subraya su inobjetable eficiencia productiva, pero también tan escandalosamente concentrada en unas pocas personas, que devela su aspecto negativo, su también inocultable –¡inherente!– incapacidad de justicia social.

Esa receta, en todas sus modalidades, fiscales, impositivas, redistributivas, etc., ha fracasado rotundamente donde quiera se la ha aplicado, incluyendo claro está a los regímenes social demócratas y al tan ponderado modelo del Estado del Bienestar: incluyendo el estruendoso y doloroso derrumbe, bajo el embate de la actual crisis global, del socialismo español, con la caída de Rodríguez Zapatero y del PSOE que tantas ilusiones despertaron y tantos elogios merecieron de los más diversos analistas económicos de todas las corrientes.

Se mencionan como pruebas contrarias algunos países nórdicos donde ciertamente se han desarrollado sociedades donde se ha alcanzado una evidente equidad social (Suecia, Holanda, Noruega…). Pero, en primer lugar, con la presente crisis han comenzado a aparecer fisuras en esa tersa superficie, ya un tanto arrugada por índices tan preocupantes como el alto porcentaje de suicidios por ejemplo, y en segundo lugar, como excepciones que confirman la regla general de la concentración capitalista, pues hace falta un análisis de los mecanismos de atesoramiento del capitalismo financiero afincado en esas regiones, así como su localización dentro de las coordenadas de la economía capitalista “globalizada”. A pesar de lo cual siguen presentándonosla como la solución para reformar definitivamente el capitalismo y transformarlo en capitalismo social, capitalismo compartido y otros laureles del mismo tronco. Ya los veremos cómo se agostan, se secan y caen.

La severidad impositiva a quienes termina engordando es a los paraísos fiscales, con sus secuelas lógicas de especulación, parasitismo, entrabamiento productivo y por último, comportamientos mafiosos, demostrados suficientemente en las investigaciones adelantadas por las autoridades estadounidenses contra Lehmann Brothers, Goldman & Sachs y demás capos financieros.