DE MAMARRACHOS Y OTROS EPÍTETOS 



EL PROCESO ELECTORAL PROVOCÓ VARIADAS INTERPRETACIONES  



Rubén Castro Orbe
Ha terminado un proceso electoral en Ecuador. Fue “solo” para elegir autoridades de gobiernos autónomos descentralizados (GADs), esto es, Prefectos, Alcaldes y Concejales . Hay resultados que han provocado interpretaciones de la más variada vertiente y contenido. Los análisis consideran desde los contextos previos, como no podía ser de otra manera, hasta los episodios de estos días relacionados con las dificultades informáticas que ha tenido el órgano electoral para el conteo de los votos y dar los resultados oficiales. Hay, en fin, una agitada actividad intelectual en torno al tema.
El proceso ecuatoriano se produce a la par de una masiva movilización de fuerzas en Venezuela (solo para referirme a este específico caso del escenario latinoamericano) que ha puesto contra las cuerdas al gobierno de Maduro (Bolivariano?, Popular?, del Socialismo del Siglo XXI?).
Los dos acontecimientos pudieran coincidir en la necesidad de la reflexión que se pretende en este artículo.
Me atrevo, en ese contexto, a introducir una cuestión que tiene poco de electoral pero si una gran carga política, y se plantea ante las afirmaciones que ven en estos sucesos el desgaste o fracaso de los socialistas y del socialismo: ¿La Historia ha determinado, y es una realidad, la imposibilidad de alcanzar una sociedad como la que propone el pensamiento socialista?.¿Otra vez estamos ante el fracaso de las tesis y la práctica del proyecto socialista?.¿Es inevitable que los que se autocalifican de defensores del pueblo y constructores de la nueva sociedad (en una vieja práctica calificada como oportunista en el argot político ), terminen por encaramarse en los procesos políticos de cambio, asirse de las banderas de las clases oprimidas y, traición y desvergüenza de por medio, desprestigien y condenen al fracaso la opción transformadora del capitalismo?. ¿Es imposible que el Estado burgués y la sociedad clasista -del actual y lo que venga del capitalismo- sean transformados y revivan o resurjan, cada vez con nuevos bríos, legitimados y “deseados” por sus propias víctimas, ante la torpeza, abuso y corrupción que muestran quienes acceden a las esferas del gobierno tras procesos electorales o derrocamientos de gobernantes de ese mismo talante?.
La última contienda electoral ecuatoriana vuelve a poner en escena esos actores y esos problemas. Más allá de quién ganó o quién perdió; de los eufemismos de que tales perdedores o ganadores no existen y que se debe mirar hacia adelante; más allá de los aparentes encarnecidos sacrificios para posibilitar resultados, que reivindican algunos individuos o partidos y movimientos políticos; más allá de la miopías o tácticas mal elaboradas, o de responsables de compromisos mal habilitados o inexistentes; más allá de si el contexto ayudó o fue negativo para ciertas pretensiones o dinámicas; más allá de un sinnúmero mayor de “más allás”, la cuestión es si ¿estamos ante una nueva lección de la Historia que nos pone ante la realidad de que cambiar al capitalismo es imposible y los sueños de una sociedad sin explotadores ni explotados constituye una quimera de ingenuos o boquiabiertos que no sintonizan el decurso de la realidad?.
Puede ser que esto sea, además, una cuestión que me la planteo únicamente Yo (y perdón por la individualización, lo hago sólo a efectos de asumir que hay la posibilidad de que ese no sea en realidad un problema a analizar y corresponda, apenas, a una disquisición subjetiva mía). Pero tengo interés en que otras personas con la misma perspectiva, consideren algunos elementos que pueden aportar a esclarecerla.
Además, y sin embargo de lo anterior, quienes dan por sentado que una opción en la dirección que planteamos es impensable o corresponde a concepciones “jurásicas” (como estilan y se ensañan en etiquetar), debieran también analizarlo a efectos de que, en lugar de partir de dogmas o slogans que apenas alcanzan para convencer a los incautos pero carecen de fuerza y consistencia teórica para un debate científico-político, aprecien si sus análisis les asegura la inalterabilidad en la que confían.
Para intentar una respuesta, por lo mismo, cabe analizar lo que arroja el proceso electoral y los alcances reales de la derrota de Alianza País (AP) y de Correa que buena parte de las interpretaciones la consideraran una ratificación del fracaso del socialismo en Latinoamérica y, particularmente, en Ecuador.
Un acercamiento a la realidad electoral en tres escenarios.-
PRIMERO: Los aspectos precedentes, a manera de “constantes” que caracterizan al gobierno y a Correa, permiten apreciar que éste ejerce un control político sobre la institucionalidad que se acerca a una hegemonía pocas veces registrada en la política nacional; cuenta con la subordinación de la totalidad de órganos y entes que integran la función ejecutiva, legislativa y judicial (muy a pesar del esfuerzo discursivo que sostiene su independencia formal); logró que un enorme porcentaje de alcaldes y prefectos (y en ciertos casos, que los integrantes de los concejos municipales y los consejos provinciales) se adscriban a la política y decisiones gubernamentales de trascendencia; ha contado con una alta aceptación de la población y, lo que es más, admite que estamos ante un proceso transformador de modo que la legitimidad(gestionada por el enorme aparato comunicacional y la gran propaganda promocional que se utiliza) constituye una de sus fortalezas. Aquello ha estado acompañado de una gran inversión en obra pública y servicios que ha creado dos fundamentales apariencias: que hay una eficiente gestión y administración de los recursos; y, que hay soluciones a los problemas de la población y tenemos “desarrollo” .
A lo anterior se suman los excesos o actuaciones que constituyen evidentes abusos de poder que lo caracterizan como un gobierno de perfil autoritario, intolerante, impermeable a la crítica interna y externa y cuyas significativas expresiones constituyen tanto la visión policíaca y represiva del ejercicio de las potestades, las consecuentes persecuciones y la calidad de las víctimas. Sin embargo de lo inadmisible e insostenible o injustificado, se acusó y estigmatizó a jóvenes estudiantes como “terroristas”; se ha buscado, a ultranza, penalizar a personas que, en su versión, han realizado denuncias -como es el caso de Fernando Villavicencio o a determinados periodistas- incluso involucrando actuaciones “judiciales” y de la fiscalía de cuestionada legalidad. Esta conducta es, sin embargo, diferenciada de la conducta que se observa en casos de connotada corrupción. Estas expresiones están precedidas de las victorias electorales obtenidas y el triunfalismo que han generado; y, se alimentan de sondeos y encuestas que dicen que Correa goza de alta credibilidad. Van acompañadas dela soberbia y arrogancia generalizada de sus ministros, funcionarios y dirigentes de AP que, a su vez, cuenta con la sumisión acrítica interna que ha sido impuesta a título de disciplina y unidad organizativa en un “movimiento” que carece de organización e ideología (y formalmente cuenta con un programa para cumplir un requisito legal) y cuya única estructura real es la de una cúpula que ejerce el mando nacional y realiza, como distractor, reuniones periódicas (con fines informativos, sobre todo) con miembros de supuestas coordinaciones provinciales a los que se desplaza o mantiene según su grado de sometimiento u obediencia. El consolidado caudillismo que de eso se deriva le ubica a Correa como el “patrón” de AP y del conjunto del gobierno, a pesar de la imposibilidad objetiva que tal circunstancia implica en relación al control de la totalidad. De ello aprovechan algunos “líderes” para “hacer su voluntad”. La política que se cumple corresponde a lo que se decide en esa cúpula o lo que, en las localidades o parcialidades, logran imponer los que gozan de cercanía al caudillo.
Esta lógica permite que las ventajas que le da el ejercicio del gobierno (especialmente en términos de disponibilidad de recursos y propaganda), ubiquen a Correa como el propietario electoral al que se ahíja cada uno de los candidatos; en este sentido, se erige en el padrino de todos cuantos intenten acceder a una función de elección popular. Así, no solo se convierte en propietario de “su” gobierno sino de todas las funciones; todos los elegidos le deben su existencia. Este presupuesto es el que condiciona la lógica de las campañas electorales: funcionó para alcanzar una aplastante mayoría en la actual Asamblea Nacional, y se adopta para lograr una victoria territorial.
Y ¿qué es lo que permite que se consolide la adhesión sumisa antes referida?. En política, especialmente para personas que provienen de diversas vertientes del anterior espectro político y cuyo interés no es, ni de lejos, un cambio en la sociedad, sino “cómo hacer los negocios”, es esto precisamente lo que les acerca y mantiene en el régimen. Se trata de la lógica del conquistador que permite a los mandos y a la tropa apurarse los premios de conquista: cada quien agarra lo que puede. La corrupción, ese problema que sacude los cimientos de todo el capitalismo y que es la más natural consecuencia de su lógica de acumulación y ha convertido al patrimonio público en el medio más idóneo para convertirse en rico, campea pero “no se ve”. Y no hay ninguna evidencia de que se la combata. La cuestión sigue la vieja dinámica de la “tradición” contralora: los glosados o presos son contadores o secretarias e, incluso, mensajeros ingenuamente involucrados en los negocios de los jefes, es decir, siempre caen “chivos expiatorios”.
Como una sui géneris táctica, en el desempeño del gobierno, Correa consiente el nacimiento y desarrollo de un partido que, paralelo y bajo la calidad de aliado, aprovecha uno de los sectores más sensibles e importante de la gestión social: la seguridad social y el IESS. Ramiro González, Director del IESS y monitor de la creación del BIESS (el Banco “de los afiliados”), aprovecha su condición y el espacio para crear AVANZA. La única lógica que explica que esto suceda bajo la complaciente mirada de Correa, es que se haya pretendido construir una especie de “pinza” que permita, primero, no poner todos los huevos en una sola canasta; y, tener dos actores que les facilite acumular fuerzas bajo la apariencia de alianza de modo que importantes sectores de la población se mantengan bajo la influencia gubernamental .
Para crear una apariencia diferente, se ha adoptado una política comunicacional que, para muchos, tiene raíces goebbelianas. En su estrategia aparecen reiteradas orientaciones a posicionar en la población confrontaciones de poca monta, que no afectan en nada la estabilidad del régimen ni del proceso etiquetado como “Revolución Ciudadana” pero se difunden como agresiones que provienen de opositores “de derecha” (o la partidocracia) organizados para “restablecer” el pasado y cuyas cabezas visibles son ciudadanos o individuos de limitada capacidad de respuesta o defensa. Para ello están, sobre todo, la ley de comunicación que se elaboró como traje a la medida y los medios incautados que constituyen la parafernalia que no se limita a sabatinas sino a una permanente y bien pensada “promoción” de signos, íconos, mensajes y decisiones que estimulan ciertos aspectos de la subjetividad como el patriotismo, o lo popular y el eficientísimo bajo el ropaje de “informes” que inundan todos los medios, en horarios de alta sintonía y, a estas alturas, saturan la paciencia de algunos sectores. De hecho, al respecto casi nadie se ha atrevido a plantear el abuso de la facultad y la violación a los derechos de los ecuatorianos que aquello supone.
Finalmente, este escenario se complementa con judicaturas sumisas y temerosas; unaFiscalía adscrita y denunciada por involucrarse en tráfico de influencias y en “amistosos” tratos con “perseguidos” de la justicia pero diligente en las persecuciones ya anotadas.
Del otro lado, tan solo apunto la existencia de una oposición dispersa y el aniquilamiento de las organizaciones sociales y la ausencia de banderas que reivindiquen los intereses de los actores sociales.
CONCLUSIÓN: El escenario precedente del proceso electoral puede caracterizarse por la existencia de un gobierno autoritario, AJENO A LOS PRINCIPIOS Y PROPUESTAS DEL SOCIALISMO, que sustenta su acción y respaldo, de una parte, en la creación de contradicciones superfluas e inocuas sobre supuestas aflicciones a un proceso que lo etiquetan de revolucionario, con opositores y críticos débiles a los que ha podido liquidar creando la apariencia de fortalezas y ha generado adhesiones de capas y actores sociales con escasa capacidad de comprensión y crítica; de otra, en las victorias electorales, en el alto índice de credibilidad del caudillo al que se ha cedido todas las capacidades de decisión al punto que logra una acrítica sumisión de todas las esferas del aparato estatal y de un movimiento inorgánico y sin ideología, y tiene como sustento los enormes recursos públicos y una sostenida comunicación. Con base en estas condiciones, en evidente contracorriente a las concepciones de los revolucionarios socialistas que proponen sustentar la democracia en la participación y decisión de la población, ha logrado mermar notablemente las capacidades de los actores sociales cuya debilidad política se mueve entre la inexistencia y la inocuidad.
SEGUNDO: El proceso electoral se desarrolla en un contexto que tiene como expresiones, en primer lugar, los conflictos por las candidaturas en AP que motivan la ilegitimidad de algunas que, puestas a la fuerza o “a dedo”, provocan resentimientos internos y merma su apoyo de antemano. La desacreditada y desgastada práctica política que ilegitimó y condenó a la “partidocracia” y, como contrapartida, le dio enorme credibilidad a AP como coalición de fuerzas democráticas de izquierda (al inicio y para las elecciones de la Asamblea Constituyente) sigue incólume y “vive en nuestros corazones”. Muchas candidaturas, como en ocasiones anteriores, son el resultado de actuaciones oportunistas de los interesados (muchos de los candidatos son de origen de derecha, o son los alcaldes y prefectos de vieja data que renunciaron a sus orígenes de derecha o de centro derecha para sumarse a la renuncia al proyectoYasuní y, luego, ser “merecedores de la confianza” de Correa y la cúpula de AP); en esta lógica electorera, las elecciones primarias o no se hicieron o no se respetaron. Lo demás, fue confiado a la capacidad que tienen para la propaganda electoral.
A la par, la localización inicial de la política volvió a enervar las críticas de sectores sociales que reactivaron la evaluación de la gestión municipal y provincial, promovidas por la normal y natural dinámica del proceso en ciernes. Esto es lo que pone en la palestra temas de relevancia para la población que arrojan resultados negativos para la credibilidad y aceptación de los funcionarios y demás candidatos. La ineficiencia de los cuadros de AP en la gestión pública, como síntoma determinante de la evaluación social, empieza por evidenciarse en uno de sus más representativos: con Barrera en Quito. La caprichosa gestión ejecutada a espaldas de la población, contra ciertas posiciones e intereses barriales, o de sectores de la economía local, o de la opinión de líderes políticos y sociales, les pasó factura.
El proceso también se rodeó de condiciones que toparon la sensibilidad política de la población. En el camino se dieron acontecimientos que, probablemente intencionados, buscaban crear respaldos colaterales del mismo nivel o calidad que la generación de contradicciones a las que nos referimos anteriormente. Obviamente, tuvieron el efecto inverso. Entre ellas estuvo la ofensiva contra las universidades a título de categorización, el allanamiento a los domicilios de Villavicencio y el asambleísta Jiménez, el cierre de una ONG ambientalista, la pretensión de enjuiciamiento a dirigentes sociales como Cholango, la sanción contra el caricaturista Bonil y la reactivación de las persecuciones por el 30S, entre lo más notable. En otros casos, tuvieron reveses que les obligaron a ceder mostrando debilidades y se provocaron tendencias solidarias a favor de los que se enfrentaron al régimen, ese el caso de la lucha de los médicos que, además, puso en evidencia la tendencia criminalizante del Código Orgánico Integral Penal. Sobre este tema en especial, algunos sostienen que es notable la severa tendencia policíaca del gobierno que va desde medidas y normas de control organizacional (con implantación de sistemas de vigilancia a los puestos de trabajo de los servidores públicos o en los taxis; con la emisión de normas que obligan a las organizaciones sociales a remitir informes periódicos sobre sus actividades) hasta la implantación de un sistema computarizado cuyos alcances y reales objetivos pocos conocen. A pesar de esto, no se logra reducir la inseguridad y el delito en las calles campea -los alardes de eficiencia punitiva son, en realidad, evidencia de que la delincuencia es un grave azote, eso es lo que muestran las continuas detenciones, la diversidad de delitos y el crecimientos de casos de organización criminal-.Como correlato de esta característica, el gobierno anunció y actuó en un tema de enorme delicadeza, con el mismo capricho e insensibilidad con la que se mostró en los anteriores. La amenaza de torpedear el Sistema Interamericano de Derechos Humanos y abandonarlo, de no atenderse sus inconsultas demandas, si bien no provocó acciones visibles de actores sociales, creó una sensación de un interesado direccionamiento contra la tutela de los Derechos Humanos en Ecuador a fin de poner, a futuro, a buen recaudo los abusos y excesos de poder.Esto creó una alerta social (aunque no en todos los sectores) sobre ese perfil autoritario y policíaco al que ya nos referimos.
En el lado opuesto a las candidaturas oficiales, lo que caracterizó la conducta de las organizaciones y candidatos refiere a los acuerdos y alianzas de clara orientación electorera que se reflejaron en los resultados finales (como se dijo antes: la partidocracia sigue incólume y vive en nuestros corazones, y no es solo un lastre que informa a AP).En Quito, especialmente la abstención de CREO, más que corresponder a una generosa decisión o a una acordada táctica política, fue resultado oportuno de la debilidad de la posible candidatura que, en las encuestas para alcalde, apenas mostraba simpatías que no superaron el 2%.
Lo prioritario para unos y otros, en esencia, era capitalizar votos. A las propuestas se las sustituyó con banderas de palo y tela y con la promoción figurativa. Por eso, esta fue una de las contiendas -en relación a las de los últimos 7 años- donde se evidenció mayor abandono a las tesis o programas; el discurso político volvió a ser una disputa de ofertas de diverso calibre y de todos lados, con el único propósito de cautivar electores .Y, en el escenario local no funciona la propaganda sobre la construcción de carreteras. La solución de los problemas locales de la población exige otros resultados o acciones y, donde no se percibe la eficacia de las “políticas públicas”, no se genera adhesión. La “Revolución” en las localidades se tiene, por lo tanto, más que como realidad, como una mera propaganda.
Librada la lucha política a estas dinámicas, lo sustancial de la capacidad electoral volvió a posicionarse en los medios de comunicación. Los privados, perseveraron en sus “escondidas” preferencias, jugando el rol de siempre y sin entender que eso es lo que pone en duda su legitimidad y crea el justificativo para la contraofensiva de Correa. Con mayor intensidad, abuso y prepotencia, los medios bajo el control gubernamental, volvieron a la carga no solo en la promoción de candidaturas sino en la estrategia de dar cobertura, con el personaje principal y la acción gubernamental, a los subordinados candidatos locales.No se tuvo empacho en poner, en todo el país, propaganda hecha con una evidente suplantación gráfica de Correa abrazando (cobijando) al candidato local bajo la creencia simple de que esa foto aseguraba electorado. El uso de los recursos y medios públicos a todas luces fue poco escrupuloso a tal punto que durante toda la campaña trataron de incidir desde la “difusión” de los logros de la “Revolución Ciudadana” y, reiterada la prepotencia de por medio, Correa realizó, hasta el día anterior al de la elección, en forma inédita, la sabatina que se ejecuta aún contra la ley y el ridículo “exhorto” que efectúa con evidente temor el Presidente del CNE. A diferencia, se coartó la “promoción” de los logros de los gobiernos seccionales opuestos (tal fue el caso del municipio de Guayaquil y Nebot). La instrumentalización de todos los aparatos, funcionarios y recursos, notoria y excesiva, cuestionó y puso en duda no solo la equidad electoral que se consagró constitucionalmente como principio de participación de las fuerzas y actores políticos, sino la independencia e idoneidad de los órganos electorales cuya legitimidad ha sido profundamente afectada. De una parte, con desparpajo, los funcionarios del Estado optaron por vacancias forzadas dando evidencia de su aberrante actitud de “militantes” y la poca mesura y escrúpulo para mantener cierto pudor electoral: ministros, funcionarios provinciales, legisladores de todo rango y responsabilidad pasaron, sobre todo cuando existió la evidencia de la tendencia lectoral en contra, ¡a la campaña!. Aquí fue visible la doble conducta y la razón de la baja credibilidad en la independencia electoral que se confirmó el día de la elección y en los subsiguientes (aún a esta fecha, 7 de marzo, seguimos sin resultados) y que, por todas sus fallas y deficiencias, pone en duda aún la legitimidad de las elecciones anteriores que fueron cuestionadas en su transparencia.
Un apunte final. Las otras fuerzas políticas le apostaron a candidaturas con cierto ascendiente electoral en la localidad y, en los más importantes cantones (sobre todo en aquellos de una relevante significación por su representación en la totalidad cuantitativa -caso de Quito, Guayaquil, Cuenca, Manta, Babahoyo, Machala-) se polarizó al electorado entre el candidato (algunos “perseguidos” por el régimen) de oposición con el de AP.En tal escenario fue significativa la debilidad de la presencia personal de Guillermo Lasso (el candidato presidencial de CREO) del cual podría decirse que fue casi invisible para la mayoría de la población en tanto queel PRIAN y el PSP, caminan a su extinción.
CONCLUSION: El proceso electoral empieza en condiciones en que el Gobierno y sus fuerzas tienen ilegitimidad electoral interna que nace en las prácticas de la misma partidocracia que condena y acusa; AP y el Gobierno, en este sentido, dan muestras de haber profundizado el usode métodos idénticos a los que usa la vieja política burguesa. Esto no es casual, no corresponde a un hecho circunstancial o a la definición de una táctica electoral; se lo debe a su actual naturaleza que se consolidó cuando se abrió a los líderes oportunistas de los partidos políticos que coparon buena parte de las candidaturas o activan en las direcciones locales y nacionales que sustituyen a la organización política. Por eso, su campaña se movió e indujo al mismo escenario de antes: ofertas y búsqueda de votos; y, provocó, en contrapartida, alianzas en el más viejo estilo que alcanzaron legitimidad al no tener como contrincante una propuesta diferente sino a la misma pretensión “electorera”. Confiado en los altos índices de credibilidad de Correa, ahijó a los candidatos y la campaña ventiló confrontaciones sobre temas que no fueron de interés de la población o evidenciaron la prepotencia, abuso o ensañamiento contra indefensos. Más aún, generó una imagen de sometimiento que atentaría contra la autonomía local y mostró a ciertos candidatos-personajes como sujetos sin capacidad o sin liderazgo (sobre todo, esto afectó a Barrera). Finalmente, se evidenció desigualdad y abuso en la promoción electoral y manipulación de los medios de comunicación públicos cuanto ausencia de idoneidad e independencia de los órganos electorales, creando desconfianza en la transparencia y resultados. Eso movió a que las fuerzas se polaricen, se agrupen y se vote por el candidato de mayor opción, en contra del gobierno.
TERCERO: En los asertos anteriores hay algunas consideraciones que me permiten evaluar los resultados electorales en función de establecer sus implicaciones a futuro y para la cuestión que he planteado al inicio.
Una primera apreciación de los resultados me lleva a no tener duda de la derrota de AP y Correa. Y no es una derrota solo electoral, o dicho de otro modo, no corresponde únicamente a un revés que se mide en términos de los votos obtenidos, es decir, cuantitativamente. Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver ni más sordo que el que no quiere oír. Este no es el caso de Correa. Su balance triunfalista de la noche del 23 de febrero de 2014 y en el que ha perseverado en los siguientes días, incrementándolo al nivel del desafío para las elecciones presidenciales del 2017, no tiene que ver con miopía o sordera. Es parte de una actuación necesaria aunque, al entendimiento de la mayoría, sea desafinada e insensata -en la comprensión y conducta política arriba referida, resultaría incoherente una posición inversa-. Por ello es que se usan significados que tratan de adecuar la realidad sin embargo de que se hacen admisiones que tienen sentido contrario. Me refiero a que en el discurso se intenta bajar el impacto o trascendencia de la realidad con términos como “revés electoral” o “somos la primera fuerza política”, a la par que se declara “la pena” por la pérdida de la alcaldía de Quito, se cita la existencia de “sectarismo”, de “erosión” en la Revolución Ciudadana y de lo positivo que es el “sacudón”. Por lo demás, en un proyecto que termina teniendo una fuerte dependencia caudillista, la figura no puede asumir en público sus falencias, y traslada las responsabilidades a los “brazos ejecutores”. Así, AP y Correa están conscientes de la trascendencia del resultado pero entienden que aquello no debe ser admitido ante la sociedad para resguardar la imagen del líder y sostener la aparente fortaleza del movimiento como actor político. A pesar de esto, lo evidente es que la decisión inmediata ya ha sido anunciada: habrá remociones en AP y en el Gabinete. Y se pondrá en ejecución en los días siguientes. Como dijera Alberto Acosta en Radio Visión en una entrevista antes del carnaval, si fueran ganadores lo correcto es que se premie a sus cuadros, no que se los remueva.
La derrota, desde el ángulo cuantitativo, devela graves pérdidas. No solo pierden la alcaldía de Quito, sino la de Cuenca, Manta, Santo Domingo e Ibarra. No tuvieron votaciones competitivas en Guayaquil, Babahoyo, Machala. En esta última, la descalificación del alcalde Falquez, tuvo una rotunda respuesta en la victoria de su hijo. En total, de las 67 alcaldías que gana AP (algunas en alianza), la gran mayoría corresponde a cantones pequeños o de escasa incidencia electoral y política. Numéricamente, las alcaldías que tienen corresponden al 30% (más o menos) del total de los cantones del país, es decir el mismo que obtuvo el 2009, con la diferencia de que ahora reduce su presencia en las capitales provinciales (de 10 alcaldías bajan a 2) y en las ciudades de mayor electorado . Y si bien es cierto, no existe otra fuerza que, individualmente tenga ese porcentaje, el otro 60% sin duda se ubica fuera de la influencia directa del gobierno. Esto no implica que, por sí solo, el escenario no pueda ser modificado o que el gobierno no tenga capacidad para lograr la adscripción de alcaldes en el interés de los recursos (otra vez, la dinámica de la vieja partidocracia se anuncia). Caso similar ocurre con las prefecturas. Gana en Esmeraldas la candidata del MPD a la que destituyeron en un proceso turbio y a la que la población le vuelve a dar su confianza. Lo mismo, sin la destitución en medio, ocurre en Zamora donde se entrabó una persecución al prefecto Salvador Quishpe, motivada en las disputas sobre la minería. esto solo para citar lo más connotado.
Pero, ¿en términos de votos, qué implica lo anterior?. La votación mayoritaria y, a veces, aplastante , supone que AP y Correa quedan muy mermados en relación a sus porcentajes electorales anteriores. Podría decirse que no existe ni asomo con lo obtenido en las elecciones para la Asamblea Nacional. Las ciudades donde pierden alcaldías o las retiene la oposición, constituyen los centros electorales más grandes del país. Entre Guayaquil, Quito, Cuenca, Manta, Santo Domingo, Machala y Babahoyo, suman cerca de cinco millones de electores. En estos cantones la media electoral de las organizaciones opositoras que ganan las alcaldías, representa el 54% aproximado, de votación a favor . Entre las otras candidaturas se sumarían votos que representarían entre el 10% y 15%, lo que le deja a AP una media de 30% al 35% . AVANZA lleva lo suyo y sobredimensionando sus reales posibilidades, han apresurado una autoasignación de segunda fuerza electoral nacional que elude dar cuenta de dos elementos que le han sido significativamente determinantes de su transitoria votación: la rearticulación de la anterior ID que, casi en extinción, obliga a su anterior membresía de las diversas provincias a migrar a la nueva opción creada por ex dirigentes de ese partido (hasta atraídos por la lógica clientelar que siempre funcionó en esas filas); y, la influencia e instrumentalización que González y su equipo hicieron del IESS, con el consentimiento tácito de Correa. De ahí que los datos den motivos más que suficientes para la preocupación que se trata de esconder en el publicitado triunfalismo de Correa y develan por qué, el sentido real de las “críticas” a sus subalternos, es de una alarma que exige volver a abandonar las apariencias democráticas de otros momentos y, sobre todo, jugarse el todo por el todo en una propuesta de reelección que vuelve a poner en las tarimas el cinismo propio de los que hacen política sin principios. En el decurso de la Asamblea Nacional Constituyente y de cara a elecciones anteriores, los voceros y candidatos de AP elevaron a principio de la democracia la alternabilidad y la no reelección condenando como antidemocrático y medio de manipulación política de la partidocracia a la reelección; hoy, con la misma vehemencia, defienden lo contrario, con un aditamento: hasta invocan a la ética cuando se trata de ellos o de lo que necesitan adular (sostienen, por ejemplo, que no es ético pretender impedir el pronunciamiento popular que -lo dan por hecho-sería favorable a Correa), y satanizan a quienes ponen en evidencia estos cambios de “tesis”.
Cualitativamente, las cosas pudieran mejorar. En política lo más importante es la composición del escenario de fuerzas; la situación del conjunto del gobierno (su credibilidad, el apoyo social, la capacidad organizativa y de movilización a su favor); y las perspectivas de realización para cualquier proyecto. Más que por su acción, AP y Correa tienen ciertas posibilidades de ventaja sobre la oposición, a pesar de la derrota electoral. Sin embargo de lo que ha quedado señalado cuantitativamente, el proceso electoral muestra que se produjeron alianzas locales de gran diversidad (o de mero pragmatismo?); no es difícil afirmar que se juntaron el agua con el aceite (derecha e “izquierda” o centro derecha con “izquierda” o “centroizquierda”, “socialistas” con populistas, ambientalistas con extractivistas, etc.) si no, hay que ver los membretes con los que fueron inscritos y elegidos muchos concejales, alcaldes y prefectos . Pero hubo algo más: una elección “entreverada”. Los mismos electores que votaron para favorecer a partidos o movimientos o a candidatos a alcaldes, no votaron para sus listas de concejales ni para los candidatos a prefectos y viceversa, con todo lo que esto implica y significa. Este escenario (que para algunos es expresión del libre juego democrático y no expresión de que los electores siguen motivados por dinámicas totalmente ajenas a las identidades programáticas o ideológicas, lo cual implicaría contar con un electorado con niveles de conciencia social necesarios para una democracia como la que propugnamos los que no compartimos esta democracia formal electorera) no es consecuencia del método de distribución de escaños, o del sistema de participación electoral que ya no tiene a los partidos como únicos actores. Me atrevo a ensayar que la posible causa relevante, sin ser la única, refiere a que las disputas electorales de antes de la etapa de Correa y posteriores a la de elección de Asambleístas Constituyentes, no conforman un escenario de disputa de ideologías ni programas sobre la sociedad que pretendemos (nunca lo fueron?). Lo que ha producido el proceso que dirige Correa, en el escenario político no es una revolución sino un revoltijo que empieza porque ellos mismos carecen de una propuesta ideológica y programática concreta y conocida; es un entreveramiento o un “revolver” de fuerzas que produce la “revolución-verde”. La cuestión, sin embargo, es: ¿a quién o a qué se beneficia con esta ausencia de principios, hibridaciones o cruzamientos?. Y la respuesta a esto podría permitir apreciar que el escenario, en esta óptica, teniendo como primer efecto una gran dispersión social, parecería ser favorable a AP y su gobierno. Las fuerzas opositoras siguen menguadas y, mientras no alcanzan alianzas, no son competitivas. Las organizaciones sociales están casi aniquiladas y mientras no se articule su capacidad de convocatoria y movilización dejan un amplio espacio para que el gobierno actúe según su buen querer o entender. Lo dicho entonces: más que los avances en razón de su acción, cuentan las posibilidades creadas por la dispersión y la ausencia de banderas a las que la población pueda adherirse. Esta circunstancia da espacio a la comunicación “revolucionaria” que inunda (hasta abusivamente) todos los días la mente de los ecuatorianos.
Sin embargo, hay algo nuevo. La oposición ha ganado, otra vez, algo de legitimidad. Hasta recientemente Correa reprochaba a las fuerzas políticas contrarias no tener ninguna legitimidad porque la población les negaba su respaldo. La ironía usaba el desafío de “ganar elecciones” para ser sujetos políticos legítimos. Lo ocurrido le da una dosis de su propia medicina. La población ha votado mayoritariamente en contra de ellos y les resta legitimidad. Y las fuerzas políticas tienen suficiente posibilidad de reivindicar su victoria cuando les pretenda negar su actuación. A Correa no le queda más opción que admitir en el escenario político a sus opositores y va a depender de ellos hasta dónde esa dinámica se instala y consolida. Y la lógica no corresponde a la actuación mediática sino a la movilización organizada. Si esto no ocurre, el resultado electoral será apenas un susto (revés) temporal que será revertido y el discurso se habrá tornado realidad. Otra vez podrá volver a tachar de mamarrachos, mediocres y pondrá más epítetos a quienes no compartan sus posiciones. De momento, la derrota ha volcado esos calificativos al interior de AP.
La recuperación de legitimidad, como se verá, favorece sobre todo a las fuerzas políticas del centro a la derecha . El escenario vuelve a posicionar a las fuerzas del pasado, renovadas. Y, gracias a un oportunismo que se mueve en la lógica electorera, la izquierda sigue encerrada en su incapacidad para generar alternativas para el país y su población. La nueva sociedad parecería ser, otra vez, una quimera.
CONCLUSION FINAL:
Retomando lo que fue la cuestión central que motivó esta reflexión cabe determinar si, como se sostiene en varios foros, otra vez los socialistas y el socialismo han sido derrotados.¿No hay alternativa?.¿Estamos sometidos a una circularidad que nos impide ir hacia una nueva sociedad?.
A estas alturas parece necesario recordar una premisa de análisis que se ha esforzado en desacreditar o negar el posmodernismo. La sociedad no es un sistema que se mueve de cualquier modo. Como cualquier elemento de la realidad, tiene “leyes”, aunque se afanen en desconocerlas. ¿Quién, con mediana sensatez, podría negar que ella también cambia y se transforma?. ¿Y que las contradicciones (del nivel que se quiera, con los factores o actores que se quiera, en los escenarios o ámbitos que se quiera) constituyen el elemento que le da vida?. De estas básicas consideraciones nace la certeza (verificada en la experiencia humana universal) de que nada existe para siempre y que es inevitable que algún día se consumará lo ineluctable: la sustitución de unas condiciones o realidades por otras.¿Es refutable esta premisa?.
Lo que debemos admitir al mismo tiempo es que, sin embargo, la “continuidad histórica” no es lineal. Por ello no abogo por creer que el capitalismo ha de fenecer siempre de cierto modo o bajo las mismas condiciones en una y otra realidad. O que, necesariamente, su sustitución ha de ocurrir bajo la adopción de cierta forma o modo específico. Ningún proceso, en ninguna sociedad, se corresponde de modo idéntico al de otra dadas las diversas causas y condiciones que interactúan en cada realidad; y, por lo mismo, no se puede admitir que las cosas serán de determinado modo. De igual manera que la sustitución del feudalismo, cuyas expresiones concretas en distintas sociedades eran también particulares, ocurrió de distintas maneras o procesos, con características adecuadas a cada sociedad, el capitalismo será sustituido en cada realidad y conforme a sus particulares circunstancias. Y la continuidad histórica será la que permitirá ir perfilando las características de la nueva sociedad que ha de florecer, paulatinamente, sustituyendo o reemplazando aquello que la humanidad o cada sociedad repudie o considere lesivo a sus intereses de supervivencia y evolución. Tal cual ocurrió con la generalización del capitalismo que, superior, con mayores bondades que el feudalismo, terminó por implantarse en todo el planeta para, en el decurso, envejecer y convertirse en sistema reemplazable por su natural condición inhumana y depredadora.
De lo anterior es posible establecer que una nueva sociedad sigue en puja por nacer. Aunque con reveses, entre los cuales está el falseamiento de las proposiciones revolucionarias, crece.
Lo que las elecciones ecuatorianas expresan no constituye, para nada, un desmentido o negación de la posibilidad de que la sociedad cambie en dirección de la superación del capitalismo. La llamada revolución ciudadana y su derrota electoral, lejos de constituir un acontecimiento que niega la continuidad histórica, debe ser interpretada como una repuesta de la población al engaño dela que es víctima. Y la recuperación de cierta legitimidad por las fuerzas que defienden la sociedad en decadencia, es parte de los naturales zigzagueos que admite el proceso. Ni la derrota electoral de AP y Correa constituye una derrota de las fuerzas transformadoras anticapitalistas, ni la victoria electoral de las fuerzas prosistema tiene la trascendencia que los defensores y beneficiarios del capitalismo quieren encontrar.
Lo trascendente está en que la población, a pesar de que busca alternativas, lamentablemente vuelve a los mismos de antes que, con figuras renovadas, adoptan la apariencia de “nuevos”. Incomprensible para la mayoría de ecuatorianos, imposibilitados de dilucidar más allá de las apariencias por la limitada conciencia a la que se les somete, actúan movidos por los resortes que la lógica “democrática” electoral del sistema les propone. Ello seguirá así hasta que los revolucionarios, como nos enseña la experiencia, volquemos nuestros esfuerzos a sembrar una nueva conciencia social, eduquemos y organicemos a las fuerzas renovadoras de la sociedad y dejemos el juego electoral que sigue distrayéndonos porque también nos deslumbra la coyuntura y el oportunismo. El tiempo que hemos invertido en esta actuación, utilizado en lo que se debía, tal vez habría permitido que otro sea el escenario actual después de tanto despliegue de energías del pueblo por dejar atrás lo ignominioso.
Para ello, como siempre, hace falta programa y un destacamento organizado de líderes que abracen principios. Por eso, la ética política vuelve a ser uno de los eslabones determinantes del proyecto de nueva sociedad. Ojalá pudiéramos alcanzar el compromiso de Voltaire o de Marat con la libertad y la república, o el de Lenin o Rosa Luxemburgo con la igualdad .

CITAS
1 Esta alusión que pudiera parecer de notable obviedad, sin embargo, la debo realizar para referencia de quienes deban leer este artículo en el exterior.
2 Qué metáfora más adecuada es ésta que permite trasladar al cuadrilátero las disputas políticas y, sobre todo, apreciar las dificultades que tiene uno de los actores cuando se ve arrinconado, desesperado y sin capacidad de respuesta.
3 No es nuevo ni extraño a la política este adjetivo. Tampoco es propio de uno de los lados de la participación. Entre los de derecha como entre los de izquierda es fácilmente posible encontrar adjetivación idéntica. Y ha de entenderse como pertinente para aquella práctica de quienes, lejanos a los principios, sin coherencia ideológica y sin adhesión a una, optan por actuar dentro, cerca o arrimados de alguna de ellas (o de sus organizaciones) para perseguir intereses propios o por fuera de los planteamientos programáticos que verbalmente dicen defender. Lo más natural en estos sujetos es que, desvanecidas las expectativas de su utilitarismo, migren o abandonen las filas donde estuvieron temporalmente, para reaparecer en otra que le anuncie iguales o mejores posibilidades que la anterior a efectos de seguir medrando de lo que les sea posible. Estos, por su naturaleza, son una importante fuente de corrupción y deterioro de las organizaciones y su ideología; su efecto corrosivo es uno de los más efectivos de los que dispone el capitalismo para “adecuar” a sus dinámicas políticas a unos y otros.
4 La veracidad o realidad de estas percepciones en la sociedad, constituyen temas que ocupan análisis de economistas, politólogos, sociólogos, educadores, salubristas, etc. que, con excepción de los adscritos a AP o de cercana “simpatía” al gobierno, ponen en duda los logros gubernamentales. Las contradicciones o inconsistencias de los índices difundidos y contrastados con la realidad; la pervivencia de lacras que a todas luces muestran ampliación o ahondamiento; los magros o modestos resultados en términos de “cambios palpables”; la ampliación de la cobertura del bono de desarrollo humano; la inexistencia de reforma en el agro y de una política para la redistribución de la propiedad agraria; la ausencia de una política de empleo y el supuesto “congelamiento” de las cifras de desempleo y subempleo; el intocado déficit de vivienda; y, todo esto y más, a pesar de los volúmenes de recursos con los que ha contado, hacen pensar que lo que existe es una gran propaganda. Sólo en cuanto a la inflación es evidente que “los cambios” son una quimera y, a pesar de que un solo dato no representa la totalidad de la realidad, es significativo el crecimiento de la canasta básica: para abril del 2009, correspondía al valor de USD$519,oo y, para el mes de febrero de 2014 (apenas 5 años después), pasó a los USD$630,oo que representa un incremento del 21,3%, es decir, muestra el deterioro de casi la cuarta parte de la capacidad de consumo de la población. Por lo demás, es claro que lo que el gobierno propone, a pesar de la apropiación que han hecho del “buen vivir”, sigue las lógicas del “desarrollo” sin que hayan incorporado a su concepción (su naturaleza política y social no lo permite) las críticas que se han producido al capitalismo y las diversas teorías que perseveran en privilegiar a los valores de cambio como sustrato de las relaciones sociales y de las relaciones humanos-naturaleza.
5 Es de enorme significación el caso de las tres asambleístas obligadas guardar silencio en el tema de la criminalización del aborto y sancionadas bajo la imputación de haber optado por no acatar la “decisión colectiva”, que fue visible y repudiado aún por sectores de AP.
6 Al inicio, AP se constituye con organizaciones de clara tendencia de izquierda, de centro-izquierda, socialista y democrática. En la segunda vuelta del primer proceso electoral que le erige a Correa como Presidente, fue visible cómo en diversas provincias se incorporó, incluso como “coordinadores” a derrotados candidatos de partidos como el PRE, PSC, PRIAN, PSP. La estrategia de sumar fuerzas se convirtió en el justificativo para desnaturalizar y abandonar el proyecto original. Esta línea de conducta contó con la complicidad de personajes que, después, fueron las primeras víctimas de estas traslaciones: Alberto Acosta y Gustavo Larrea, sobre todo. Al anuncio del equipo de gobierno, la cuestión fue mucho más grave, allí ya fue notoriamente claro que personajes de orientación derechista radical, como Alexis Mera, serían quienes tengan la batuta en sus manos. Hasta ahora nadie ha podido exponer como un cuerpo coherente y sistemático en qué consiste el proyecto del gobierno o lo que ellos mismos denominan como “socialismo del siglo XXI”. Lo único visible corresponde a lo que reiteradamente invocan como su devocionario: la Constitución y el Plan Nacional del Buen Vivir. Los dos instrumentos se violan con reiterada y grosera frecuencia (basta como ejemplo el caso del Yasuní).
7 Una posible interpretación corresponde a la necesidad política de tener influencia sobre sectores sociales bajo la directa acción del aparato gubernamental, y la que permite el IESS sobre los afiliados voluntarios y, especialmente, los del seguro social campesino. Esta “distribución” estratégica mantendría, sin embargo, la influencia social bajo el mismo mando de Correa.
8 Para algunos analistas, uno de los errores de AP y Correa radicó en habersustituido las disputas electorales locales por las disputas de orden nacional. Admito con reserva el criterio y por ello lo incluyo. Más delante haré referencia al tema para ubicar la razón de tales límites.
9Los problemas relacionados con el aeropuerto y la accesibilidad vial, las aflicciones que aquello creó para los usuarios del transporte aéreo; las multas e impuestos (que se develaron, con las propias medidas adoptadas con desespero al final de la campaña, como excesivas, y provocaron una propuesta sabatina de pedido de disculpas a la población por parte del mismísimo Presidente Correa); la inútil, dispendiosa y caóticaciclovía; el empecinamiento en el negocio del metro; la campante inseguridad.
10 Más adelante se encuentra una reflexión sobre este elemento en particular.
11 Esto fue criticado por candidatos como Barrera sin rebasar el límite criticado. A tal nivel llegó esta dinámica que AP se vio forzada a “halagar” al electorado con la apurada rebaja de multas y la suspensión de la tasa de un peaje a una semana de las elecciones.
12 Una diferencia de 20% del electorado no puede ser tenida como cualquier victoria. En ciertos casos, ese porcentaje está cerca de constituir una votación de 2 a 1 sobre los contrincantes.
13Los porcentajes que se desprenden del conteo rápido permiten avizorar que los Alcaldes ganadores en esas ciudades obtienen los siguientes porcentajes: Cuenca 44%; Guayaquil 59%; Quito 58%; Manta 53%; Santo Domingo 44%; Machala 56%; Babahoyo 62%.
14 Los datos con los que abordamos el análisis corresponden a los publicados en el diario El Comercio y en el portal del CNE, aproximándolos. Son, aún, provisionales pero, para los efectos de la reflexión, permiten apreciar la tendencia y sostienen con seguridad la conclusión que extraemos.
15 Hubo, por ejemplo, alianzas entre SUMA y el MPD; entre SUMA y el PSC; entre SUMA (oposición) con AVANZA (principal aliado del gobierno, según el mismo Presidente Correa); entre AP y Pachakutik (declarado enemigo del gobierno por Correa); entre AP y AVANZA; y, entre AP y movimientos locales. De paso esto pone en duda el aserto de que en AP hubo sectarismo.
16 Es lamentable que esta realidad permita el protagonismo de fuerzas que, más allá de los membretes nuevos que las identifican, son las responsables de la debacle institucional y democrática que aún mantiene en zozobra al país, en tanto que las fuerzas transformadoras y liberadoras (que fueron puestas al costado por Correa una vez que ganó las elecciones el 2007) siguen ineptas e inactivas debido a la agresiva campaña de aniquilamiento lanzado, sobre todo, contra las organizaciones sociales.
17 El uso de esta conceptualización, para referirnos al decurso de la historia humana y de la realidad en general, en modo alguno se desentiende de la existencia de rupturas o “saltos”, como lo explica la ciencia.
18 Prevengo a los lectores que la referencia a Voltaire y Marat, especialmente, únicamente corresponde a lo estrictamente referenciado: su ética frente al proyecto social en el que creyeron y por el cual lucharon.