LA CRÓNICA MODERNA: SUS ORÍGENES 



CONVERGIERON PERIODISMO Y LITERATURA 



Fernando Checa Montúfar
DIRECTOR DEL CENTRO INTERNACIONAL DE ESTUDIOS SUPERIORES DE COMUNICACIÓN SOCIAL PARA AMÉRICA LATINA
Se afirma que el siglo XIX es el siglo de la novela, efectivamente lo es, pero también lo es de otros productos literarios dados gracias a la creación de un nuevo campo cultural en el que convergieron periodismo y literatura, y que permitió el surgimiento de dos tipos de texto que revolucionarían las sociedades de aquel entonces: el folletín y la crónica. Ambos como resultado del desarrollo de una industria cultural, revistas y ediciones de libros populares por millares más cercanos a gustos y estéticas de las masas, del crecimiento de la prensa diaria con tiradas cada vez mayores y más baratas; lo que democratizó la cultura impresa porque permitió la incorporación de nuevos autores a la “ciudad letrada”, en el decir de Angel Rama, permitió la renovación de algunos “viejos” autores y el aparecimiento de una nueva masa de lectores con gustos, para disgusto de muchos, y estéticas diferentes a los de las élites letradas, donde no tenía más cabida el lenguaje experimental, ni el artepurismo solipsista. Esa democratización permitió que en los hogares pobres y mesocráticos se pudieran ver “libros amenos colocados en las estanterías del chorizo”, según el ilustrativo testimonio de Lackington, un librero inglés.
Dejemos a un lado el tema del folletín que fue un fenómeno editorial no solo interesante sino muy serio para pensadores como Antonio Gramsci que lo tuvo como uno de sus temas en las horas lúgubres pero fructíferas de la cárcel.
Dejemos este tema para hablar de la crónica. Las dos últimas décadas del siglo XIX atestiguaron el aparecimiento de magníficos escritores que se incorporaron al “mercado de letra” que se constituyó en el marco de la prensa modernizada, y su lógica mercantil sintonizaba con la floreciente cultura de masas; es decir, con “el nuevo mecenas colectivo y plebeyo”, así calificado por José Enrique Rodó. Autores o cronistas como José Martí, Rubén Darío, Enrique Gómez Carrillo, Julián del Casal, Gutiérrez Nájera, el mismo Rodó. Fueron autores que vieron en la prensa el espacio de una nueva expresión letrada, pero también de sobrevivencia, una fuente de ingresos que el libro no les daba, así se explica la frase de Martí “Ganado tengo el pan, ¡hágase el verso!”
Pero este encuentro entre periodismo y literatura fue un campo problemático, tenso, no exento de contradicciones. Por ejemplo, el caso del ecuatoriano Manuel J. Calle, uno de los exponentes más importantes de fines del siglo XIX y principios del XX, periodista valiente y combativo, mordaz e incisivo, respetado y temido, quien luego de años de oficio toma conciencia de su condición de asalariado al servicio de una empresa, escribe:
Han rodado sobre mí eternidades de años, tengo 48 y he vivido ciento, si padecer es vivir. Me creían un modesto soldado de las libertades públicas, desde que aprendí a manejar la pluma de periodista, y no he sido sino un forzado de las letras de molde, peón de imprenta a discreción de editores sin conciencia (…) Suponía que estaba cumpliendo un alto deber de verdad y de justicia, y no hacía sino cumplir la tarea para llenar la olla. Me juzgaba un hombre y no era sino una máquina de escribir.

O el caso de José Martí. Desde 1881 hasta su regreso a Cuba en 1895, Martí escribió para una veintena de periódicos y revistas de América Latina y EU. Uno de ellos fue La Opinión Nacional de Caracas. En 1882, su director, Fausto Teodoro Aldrey, le envió a Martí, luego de casi un año de que este empezara su colaboración, una carta en la que ponía en evidencia esa tensión y el poder de esa lógica, en ella le advierte:
el público se muestra quejoso por la extensión de sus últimas revistas sobre Darwin, Emerson, etc., pues los lectores de este país quieren noticias y anécdotas políticas y la menor literatura posible. En esta virtud voy relegando la Sección Constante porque murmuran de ella, diciendo que habla mucho de libros y de poetas. Por otra parte los párrafos son muy largos. Esta sección que deseo continuarla, debe ser de párrafos cortos”. Y luego agrega: “no sé si he acertado al interpretar el antojo de este público lector, que tiene pervertido el gusto en la materia .

Aquí está la creciente dictadura del estilo telegráfico en periodismo y la mirada arrogante sobre la audiencia (que ahora es muy actual sino véanse la mayoría de contenidos televisivos que, en el decir de Mario Benedetti, se emiten pensando que el público es un retrasado mental), una audiencia cuyas mayoritarias preferencias los mismo medios las han ido configurando.
Sí, significativa la aseveración de Aldrey, a la final, los diarios tenían que venderse y, para ello, había que satisfacer ese gusto “pervertido” del público. Si bien el énfasis de Aldrey estaba en lo económico, también en aquella carta pidió a Martí moderación en sus juicios sobre Estados Unidos. Sin duda, las directrices de Aldrey pusieron en evidencia la vinculación de la prensa con el poder económico y político (nacional y transnacional, con impronta neocolonial) vinculaciones que hoy también son evidentes. Poco tiempo después Martí renunció a su condición de corresponsal de La Opinión Nacional de Caracas.
Que la información periodística ya era una mercancía, pero también vinculada a lo político, no dejó lugar a dudas Bartolomé Mitre y Vedia, director de La Nación de Buenos Aires, en la carta que envió al mismo Martí, asiduo colaborador de ese diario, y en la que además de pedirle moderación en sus opiniones sobre Estados Unidos, le dice:
No vaya usted tampoco a tomar esta carta como la pretenciosa lección que aspira dar un escritor a otro. Habla a Ud. un joven que tiene probablemente mucho más que aprender de Ud. que Ud. de él, pero que tratándose de una mercancía –y perdone Ud. la brutalidad de la palabra, en obsequio a la exactitud- {REPITO}, que va a buscar favorable colocación en el mercado que sirve de base a sus operaciones, trata, como es su deber y su derecho, de ponerse de acuerdo con sus agentes y corresponsales en el exterior acerca de los medios más convenientes para dar a aquélla todo el valor de que es susceptible .
Sin duda, la noticia como mercancía (OJO: reconocida ya por un empresario mediático hace más de 130 años) fue una “palabra brutal” para un escritor acostumbrado a otras lógicas. Pero era una palabra precisa que ya daba cuenta de una realidad insoslayable para el letrado que se había incorporado, sin otra salida, al nuevo campo pese al trauma pues tenía que ganarse el pan para “hacer el verso.” En su carta de respuesta, Martí expresa ese trauma tormentoso: “!Qué mayor tormento quiere Ud. que sentirse capaz de lo grandioso, y vivir obligado a lo pueril!” .
En fin, la crónica de los modernistas decimonónicos fue el correlato periodístico-literario de las sociedades latinoamericanas en proceso de modernización, y tuvo las tensiones, problemas y contradicciones que esos procesos contenían. Por ello la diversidad de temas, muchas veces con enfoques contradictorios. La crónica, en su hibridez discursiva, apareció como una escritura de reflexión y de creación: informa e interpreta la actualidad, pero trabajando sobre la escritura, sobre el hecho poético; de ahí que los mejores cronistas hayan sido, ante todo, poetas. Fueron, como definió Martí a las crónicas, “esas pequeñas obras fúlgidas”, que no obstante la fugacidad que les otorgaba el medio, les daba, a cambio, una masividad jamás pensada hasta entonces . Masividad y fugacidad fueron también las ventajas y desventajas del nuevo campo. Martí fue muy leído en su época pero pasó a un relativo olvido pues no publicó ningún libro, sólo usó el periodismo, la oratoria y las cartas. Sería en 1910 cuando, con la publicación de Nuestra América en forma de libro y las sucesivas recopilaciones de su obra, a cargo inicialmente de su amigo Gonzalo de Quesada, su pensamiento se volvería perdurable, así como su influencia.
Pero para lograr esa masividad, el cronista tuvo que salir de su torremarfilismo, de su “yo” íntimo para dar cuenta de la realidad del mundo: desde sus manifestaciones más importantes hasta las minucias más cotidianas, prosaicas y triviales, aparentemente. A esos pequeños grandes temas, Martí los llamaba “temas menudos” o “la minucia del vivir”, pero destacaba su importancia: “No hay hechos menores”, “cada día es un poema”, pues “en la fábrica universal no hay cosa pequeña que no tenga en sí todos los gérmenes de las cosas grandes”. En suma, esta crónica originaria fue una verdadera “arqueología del presente”, según Aníbal González, pero también “una vitrina de modernidad”, según Julio Ramos. Y todo ello con una escritura que, sin descuidar el trabajo poético del lenguaje, respondía a las exigencias de un público más cercano a la estética de la cultura de masas que a la letrada.
Sobre estos apasionantes temas nos extendemos en un amplio artículo que forma parte del libro que presentamos en el marco de esta premiación, titulado “Crónica y (semi)modernidad en América Latina”. Artículo que hace una caracterización breve y panorámica del contexto en el que se produce la incorporación de América Latina al capitalismo mundial, de la modernidad como “totalidad civilizatoria” (Bolívar Echeverría), del modernismo como expresión cultural-artística problemática y diversa y, dentro de este marco, el nuevo sistema de escritura, la crónica, género del periodismo moderno y antecedente rico, complejo y fermental de lo que vendría luego, incluido el denominado Nuevo Periodismo. Ese fue el aporte fundamental de la crónica modernista para la transformación de la prosa latinoamericana: perfeccionó un instrumento, dignificado por grandes escritores, que puso a disposición de las nuevas generaciones de letrados para dignificarlo aún más y potenciar su rol en la sociedad.
No hay duda, la crónica contemporánea, heredera de la modernista, sigue siendo tan literaria como esta, siempre con espíritu renovador y comprometido con la realidad y la factualidad periodística. Porque hoy por hoy la realidad mejor contada se escribe en crónica como si fuera ficción, porque al final de cuentas la realidad sigue siendo la mejor ficción.
Allí están los herederos contemporáneos de los cronistas primigenios que día a día enriquecen el género. Allí están, para decir algo que se ha dicho muchas veces, las crónicas de Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, García Márquez, Germán Castro Caycedo, Alma Guillermoprieto, Pedro Lemebel, Juan Villoro, Alberto Salcedo, Martín Caparrós, Leila Guerriero y un largo etc. Autores que actualmente ha configurado lo que está siendo considerado como un nuevo boom de la literatura latinoamericana. Una expresión de ello son las antologías que últimamente se han publicado de lo mejor de crónicas y cronistas de la región: Darío Jaramillo Agudelo (2012), Jorge Carrión (2012), Miguel Silva y Rafael Molano (2006), así como la aparición de revistas en papel y digitales centradas en ella: Gatopardo, Etique Negra, El Malpensante, Soho, Lamujerdemivida, Letras Libres, The Clinic, entre otras. Aquí mismo, el caso de Huilo Ruales.
Con todos estos antecedentes, cabe recordar y reivindicar que lo que se ha llamado Nuevo Periodismo, cuyo origen y paternidad es atribuido a escritores angloamericanos de los años 60 y 70 (como T. Capote, N. Mailer, Tom Wolfe, Guy Talese), tiene su antecedente en los modernistas y en algunos de los contemporáneos mencionados, que ya lo practicaban antes de que el género recibiera la bendición de la prensa metropolitana. Desde luego, el llamado Nuevo Periodismo es una gran expresión del periodismo literario, pero los orígenes del actual género reina, “género ornitorrinco” como la ha definido Juan Villoro para destacar su fenotipia, podríamos decir, de múltiples procedencias. Esos orígenes no están ahí sino en la obra de los autores latinoamericanos mencionados que empezaron su tarea fermental en las dos últimas décadas del siglo XIX, hecho que, insisto, reivindicamos.
El libro que ahora ponemos a la consideración del público, además se honra con textos introductorios de los miembros del jurado internacional, Alicia Ortega, Alberto Salcedo Ramos y Samuel Blixen. Este es el número inaugural de nuestra nueva colección “Crónicas” que ofrecerá antologías de este tipo de textos, antologías de crónicas escritas por autores latinoamericanos y precedidas por un estudio introductorio a cargo de especialistas. Y ya han comprometido su aporte los 3 miembros del jurado internacional.
Este primer número de la colección contiene las textos ganadores del Premio CIESPAL de Crónica 2014 y otros seleccionados exclusivamente por el jurado internacional. Son un total de 20 crónicas en las que el lector tendrá la oportunidad de recorrer diversas geografías, conocer y reconocer personajes y hechos vinculados a temas ambientales, sociales, políticos, rurales, urbanos, culturales, deportivos y, sobre todo, acceder a una importante muestra de la crónica ecuatoriana de hoy.
Los trabajos presentados son ejemplo de que en Ecuador también se hace buen periodismo (“me he quedado gratamente impresionado” nos ha dicho Alberto Salcedo, criterio con el que coinciden Samuel y Alicia), lo cual nos complace y esperamos que esta iniciativa que se mantendrá anualmente incentive a periodistas, especialmente a los más jóvenes, para crecer en su trabajo periodístico y perfeccionar este tipo de texto.
Con este concurso y con este libro queremos hacer un homenaje al género, a los cronistas de todas las épocas y al periodismo ecuatoriano.