SEXTO CONGRESO DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA UN CONGRESO DE LA NACIÓN 



Ángel Guerra Cabrera 



De la cresta de una ola popular emergió el Sexto Congreso del Partido
Comunista de Cuba que sesionó entre el 14 y el 19 de abril. La marcha
de los habaneros en la mañana del 14, recordando a los mártires y la
victoria en Playa Girón, mostró cuánto había calado en el pueblo la
reunión partidista así como su clara conciencia de lo que significaba
para el futuro de la revolución.

Sólo alguien muy insensible podía no sentirse conmovido ante la combatividad de todos y la alegría de los contingentes juveniles y estudiantiles en la multitud que invadió la gigantesca Plaza de la Revolución. No marchaban para protestar, ni
para pedir otra cosa que la defensa y perfeccionamiento del
socialismo, ni mucho menos para exigir la renuncia del gobierno, sino
para apoyarlo y alentarlo, para decir que siguen siendo los mismos que
hace 50 años hicieron posible la primera derrota del imperialismo
yanqui en América.

La estirpe revolucionaria de ese pueblo es la de entonces, pero ahora
es mucho más instruido, diverso y culto políticamente, como pudo
confirmarse en los sustanciosos debates populares que antecedieron al
congreso y en las comisiones de trabajo de éste. Y es que lo que allí
se hizo fue dar los toques finales al Proyecto de Lineamientos de la
Política Económica y Social del partido y la revolución, que ya en ese
momento constituían un mandato de gran parte del pueblo cubano en
cuanto al profundo cambio de conceptos, estructuras y mentalidad que
exige la preservación y perfeccionamiento del socialismo en Cuba.

Como apuntó Raúl Castro en su informe al congreso: No sería infundado
expresar que, en su esencia, el congreso ya se celebró en medio de ese
magnífico debate con la población. Tomando como base las propuestas
formuladas en 163 mil reuniones, más de dos tercios de los
lineamientos fueron modificados antes de redactar la versión
finalmente presentada a los mil delegados al congreso. En síntesis, en
una fluida interacción entre el pueblo y el partido, fue decidido el
futuro de la revolución y, por tanto, de la nación. Significativo
contraste con lo que se practica en las democracias de libre mercado
donde despóticamente, sin consulta alguna a los afectados, se hipoteca
el futuro de generaciones con los planes de ajuste y reformas con tal
de continuar enriqueciendo a una elite insensible y codiciosa.

El informe y las conclusiones del congreso presentados por Raúl así
como los mencionados lineamientos son documentos de gran interés para
quienes luchan por alternativas a la suicida y devastadora
globalización neoliberal y también para los convencidos de que el
socialismo en sus diversas formas nacionales es lo único que ofrece
una alternativa viable a la amenaza de desaparición de nuestra especie
entrañada en el capitalismo. Raúl planteó crudamente dos problemas
centrales: uno es el indispensable cambio de mentalidad de los cuadros
del partido y del Estado como requisito para introducir los grandes
cambios que requieren la economía y la sociedad cubanas, y el otro, el
de la incapacidad mostrada por la organización partidista para crear
una reserva de sustitutos de la generación histórica y para que sus
órganos de dirección sean verdaderamente representativos en raza y
género de la composición del pueblo cubano. Dos tareas en las que ya
viene trabajando el partido hace meses y en las que va la vida de la
revolución. En el nuevo Comité Central se registra un incremento
importante en el número de negros, mestizos y mujeres pero será la
conferencia del partido, en enero próximo, la que abordará a fondo
esta problemática.

A Raúl se le vio en las sesiones del congreso, en su peculiar estilo,
como el estadista de altos quilates que se veía venir en él, ahora más
delineado en una personalidad profundamente crítica y autocrítica,
transparente y exigente, aglutinadora no sólo del partido sino de
todas las corrientes políticas y denominaciones religiosas patrióticas
que conviven en la sociedad cubana. El fomento de la unidad nacional
fue subrayado en su informe como misión primordial del partido así
como la política exterior latinoamericanista y tercermundista.

Aunque ninguna otra persona puede sustituir a alguien tan excepcional
como Fidel, Raúl está demostrando convincentemente que es su digno
sucesor. Con la fortuna, además, de seguir disponiendo del comandante
como consejero y arma estratégica de la revolución: soldado, como se
asume a sí mismo, de la batalla de ideas.