EL “ENEMIGO PÚBLICO” DEL ESTABLISHMENT FRANCÉS 



LA HISTERIA DEL GOBIERNO FRANCÉS CONTRA DIEUDONNÉ 



por Diana Johnstone
Red Voltaire

Publicado inicialmente en Estados Unidos, este artículo busca explicar en el extranjero la histeria del gobierno francés contra Dieudonné, el humorista más popular de Francia. Diana Johnstone muestra en este trabajo cómo y por qué la clase dirigente francesa está pisoteando todos los valores republicanos que dice defender.
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Manuel Valls, el ministro francés del Interior, quien se ha declarado «eternamente ligado a Israel», pretende perseguir como «antisemitismo» toda forma de oposición al sistema en general y al colonialismo israelí en particular.
En París, los medios de prensa tradicionales y los políticos comenzaron el año con un deseo común para el 2014: amordazar definitivamente a un cómico franco-africano que se ha hecho demasiado popular entre los jóvenes.
Entre las fiestas de Navidad y las del fin de año, fue nada más y nada menos que el presidente de la República en persona quien, en medio de una visita oficial en Arabia Saudita –visita motivada por (muy grandes) intereses comerciales– declaró que su gobierno tiene que hallar la manera de prohibir los espectáculos del humorista Dieudonné M’Bala M’Bala y llamó al ministro francés del Interior Manuel Valls a hacerlo El líder del partido conservador de oposición UMP, Jean-Francois Copé, se unió de inmediato al coro expresando un «apoyo total» a la idea de someter al incontrolable humorista al silencio.
En medio de ese coro mediático unánime, el semanario Le Nouvel Observateur escribió en un editorial que Dieudonné «ya está muerto», destruido y acabado. La redacción de ese medio incluso debatía abiertamente sobre cuál sería la mejor táctica: meterlo en la cárcel por «incitación al odio racial», suspender sus espectáculos argumentando potenciales «amenazas para el orden público» o recurrir a las presiones amenazando a las autoridades municipales con reducir las subvenciones destinadas a las actividades culturales si autorizan los espectáculos de Dieudonné.
El objetivo de Manuel Valls, quien como ministro del Interior es el jefe de todas las fuerzas policiacas de Francia, no puede ser más claro. Pero el poder no parece tener muy claro el método a seguir.
Mientras tanto, se repite constantemente el mismo cliché despectivo según el cual «Dieudonné ya no hace reír a nadie».
En realidad, es lo contrario. Y es ahí donde reside el problema. En los videos grabados durante su más reciente gira por numerosas ciudades francesas puede verse grandes salas de espectáculos archirrepletas con un público que se ríe a más no poder con las ocurrencias de su artista preferido. Dieudonné ha popularizado además un simple gesto que él llama «la quenelle» [1], gesto adoptado y repetido por la juventud a través de Francia como una forma de expresar su burla o desafío al sistema imperante.
Para justificar la campaña contra Dieudonné, la principal organización judía de Francia, o sea el CRIF (Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, equivalente francés del AIPAC estadounidense), y la LICRA (Liga Internacional Contra el Racismo y el Antisemitismo), que gozan ambas de una serie de privilegios y prerrogativas en el derecho francés [2], inventaron una extravagante historia para tildar al humorista y sus seguidores nada más y nada menos que de «nazis».
Para cualquiera resulta evidente que la «quenelle» es un gesto grosero que significa algo así como «¡por el culo!» y que se hace extendiendo un brazo hacia abajo mientras que la mano del brazo opuesto se sitúa a la altura del hombro del brazo que se mantiene extendido hacia el suelo, como representando el largo de la «quenelle».
Pero, según el CRIF y la LICRA, la «quenelle» es «un saludo nazi al revés». ¡Hay que tener los ojos muy abiertos cuando se anda a la caza del nazi escondido!
Como alguien ha señalado con toda razón, «un saludo nazi al revés» podría considerarse precisamente como antinazi, a no ser que se le agregue algo como «¡Heil Hitler!», lo cual no es el caso. Pero los medios de difusión se hacen eco de la afirmación del CRIF y de la LICRA señalando, como mínimo, que «algunos consideran la “quenelle” como un saludo nazi invertido». No les importa que quienes hacen ese gesto no tengan la menor duda de que este significa «¡al sistema, por el c…!». Pero, ¿hasta qué punto son el CRIF y la LICRA parte del «sistema»?
Francia tiene mucha necesidad de reírse
La industria francesa está en vías de extinción, sus fábricas están cerrando una tras otra. Los franceses de menos ingresos están teniendo que pagar más impuestos, para salvar los bancos y el euro. La desilusión de los ciudadanos ante la Unión Europea sigue en aumento. Las reglas de esa misma Unión Europea impiden toda acción seria destinada a mejorar el estado de la economía francesa. Mientras tanto, los políticos –sean de izquierda o de derecha– siguen aferrados a sus discursos huecos, plagados de clichés sobre los «derechos humanos», que les sirven de pretexto para justificar sus actitudes guerreristas en el Medio Oriente y sus diatribas en contra de China y Rusia. El por ciento de opiniones positivas sobre el presidente Hollande ha caído a 15. La gente vota pero las politicas siguen siendo las mismas porque es la Unión Europea quien las impone.
¿Por qué la clase dirigente desata su furia contra «el humorista más talentoso de su generación», título que le reconocen sus colegas, incluso los mismos que lo denuncian?
La respuesta corta es probablemente que la creciente popularidad de Dieudonné entre la juventud ilustra una acentuación de la diferencia entre generaciones. Dieudonné hace reír ridiculizando a todo el establishment político, lo cual le ha valido un torrente de insultos y ser blanco de innumerables gestiones tendientes a prohibir sus espectáculos, a arruinarlo en el plano financiero e incluso a meterlo en la cárcel. Los ataques verbales crean el contexto propicio para que sea además blanco de agresiones físicas. Hace unos días, su asistente Jacky Sigaux fue agredido físicamente por varios hombres enmascarados en pleno día y justo frente a la sede de una alcaldía parisina. El agredido presentó una denuncia ante las autoridades pero ¿qué protección puede esperar de un gobierno cuyo ministro del Interior –Manuel Valls–, a cargo de la policía, ha prometido buscar la manera de hacer callar a Dieudonné?
A pesar de tratarse de un tema importante es prácticamente seguro que no se mencionará debidamente en los medios de difusión fuera de Francia –exactamente de la misma manera como tampoco se analiza debidamente por parte de la prensa francesa, que es la fuente de casi toda la información que se menciona en el exterior sobre este asunto. Las dificultades de traducción, así como los malentendidos y la desinformación acentúan y favorecen la confusión.
¿Por qué lo odian?
Dieudonné M’Bala M’Bala nació hace 48 años en un barrio de la periferia parisina, de una madre blanca proveniente de la Bretaña francesa y de un padre africano originario de Camerún. Con esos orígenes, Dieudonné podría ser considerado el modelo por excelencia del «multiculturalismo» que la ideología dominante de izquierda dice querer promover. Y así fue durante la fase inicial de su carrera, en dúo con su amigo judío Elie Semoun. Dieudonné hacía entonces campaña en contra del racismo, concentrando sus ataques contra el Frente Nacional [3] y llegó a presentarse como candidato contra una candidata de esa formación en las elecciones municipales de la localidad francesa de Dreux, una ciudad-dormitorio situada 99 kilómetros al oeste de París, donde reside el propio Dieudonné. Al igual que los mejores humoristas, Dieudonné se refirió siempre a los hechos de actualidad con un nivel de compromiso y una dignidad poco comunes en su profesión. Su carrera era floreciente. Actuaba en películas, aparecía frecuentemente en numerosos programas de televisión y ya trabajaba en solitario. Es un excelente observador y se le dan de maravilla las imitaciones bastante sutiles de diversos tipos de personalidades y grupos étnicos, como africanos y chinos.
Hace 10 años, el 1º de diciembre de 2003, al participar como invitado en un programa de televisión sobre la actualidad titulado On ne peut pas plaire à tout le monde [No es posible caerle simpático a todo el mundo], lo cual es una gran verdad, Dieudonné llegó al estudio más o menos disfrazado de «convertido al sionismo extremista» y sugiriendo a los demás participantes que «se unieran al Eje del Bien israelo-americano». Aquella alusión relativamente moderada al «Eje del Mal» de George W. Bush parecía muy de actualidad. El sketch se terminaba con un breve saludo: «¡Isra-heil!» A pesar de estar lejos del Dieudonné de los primeros tiempos, el popular humorista encontró una acogida entusiasta de parte de los otros comediantes y el público presente en el estudio incluso se puso de pie para ovacionarlo.
Aquello sucedió en tiempos del primer ataque estadounidense contra Irak, ataque al que Francia rechazó unirse, actitud que llevó a Washington a rebautizar las papas fritas que los estadounidenses llaman comúnmente «french fries», con el nombre de «freedom fries».
Comenzaron a aparecer entonces las protestas contra la actuación de Dieudonné, sobre todo ante el gesto final del sketch, interpretado como una forme de establecer una equivalencia entre Israel y la Alemania nazi.
«¡Antisemitismo!» Esa fue la acusación, a pesar de que el sketch estaba dirigido contra los gobiernos de Israel y de Estados Unidos, al igual que contra todos sus aliados en el Medio Oriente. Comenzaron entonces los llamados a prohibir los espectáculos de Dieudonné, a llevarlo los tribunales y a destruir su carrera. Dieudonné trató de explicar que su sketch no era contra los judíos y, al contrario de lo que otros habían hecho antes que él, no pidió perdón por una ofensa que no cree haber cometido. ¿Por qué nunca protestaron los africanos que fueron blanco de sus chistes? Tampoco protestaron los musulmanes ni los chinos. ¿Por qué hay una sola comunidad que reacciona de forma tan virulenta?
Así comenzó toda una década de escalada. La LICRA emprendió una serie de acciones penales en contra de Dieudonné (acusándolo de «incitación al odio racial»), acusaciones que aunque no fructificaron ante la justicia francesa eran una manera de mantener la presión en contra del humorista. En vez de plegarse, ante cada ataque Dieudonné iba un poco más lejos en su crítica contra el sionismo. Pero al mismo tiempo, el humorista iba siendo excluido poco a poco de los estudios de televisión mientras que los grandes medios de la prensa francesa lo trataban como un paria. Hasta que la reciente proliferación en internet de imágenes en las que pueden verse jóvenes que hacen el gesto de la «quenelle» parece haber llevado al establishment a la conclusión de que un ataque frontal contra Dieudonné sería más eficaz que tratar de ignorarlo.
Trasfondo ideológico
Para tratar de comprender la significación del caso Dieudonné hay que tratar de situarlo en su contexto ideológico. Por una serie de razones demasiado complejas para exponerlas aquí, la izquierda francesa –la izquierda cuyas preocupaciones fundamentales solían ser el bienestar de los trabajadores, la igualdad social, la oposición a las guerras de agresión y la libertad de expresión– prácticamente ha dejado de existir. La derecha ha ganado la batalla decisiva de la economía con el triunfo de políticas que favorecen la estabilidad monetaria y los intereses del capital financiero internacional (el «neoliberalismo»). Como premio de consolación, la izquierda goza de cierto predominio ideológico basado en el antirracismo, el antinacionalismo y el compromiso a favor de la Unión Europea –e incluso de la hipotética «Europa social», que se aleja a pasos de gigante hacia el cementerio de los sueños no realizados. En realidad, esa ideología coincide a la perfección con una globalización basada en las exigencias del capitalismo financiero internacional.
A falta de una verdadera izquierda social y económica, Francia se ha hundido en una especie de «política de la identidad» que enaltece el multiculturalismo y reacciona con vehemencia en contra del «comunitarismo», o sea contra la afirmación de cualquier tipo de particularismo considerado indeseable. Pero existen particularismos étnicos que son menos bienvenidos que otros. El velo islámico fue primeramente prohibido en las escuelas y las peticiones para que se prohíba en el espacio público se hacen cada vez más insistentes. El niquab o la burqa, a pesar de no ser frecuentes en las calles de Francia, han sido prohibidos por ley. Estallan polémicas sobre los alimentos halal en los comedores escolares y sobre las plegarias en la vía pública, mientras que se publican frecuentemente caricaturas de burla al islam. Independientemente de lo que podamos pensar sobre eso, lo cierto es que la lucha contra el comunitarismo puede ser vista también como algo dirigido en contra de una comunidad en particular. Simultáneamente, los dirigentes políticos franceses se han puesto a la cabeza de quienes llaman a desatar la guerra en países musulmanes como Libia y Siria, mientras que proclaman su devoción a Israel.
Y al mismo tiempo hay otra comunidad a la que se prodiga todo tipo de atenciones. Durante los 20 últimos años, y a pesar de que la práctica religiosa y el compromiso político han disminuido considerablemente, el holocausto que en Francia se ha dado en llamar Shoah ha ido convirtiéndose en una especie de religión de Estado. Las escuelas conmemoran la Shoah todos los años y esta es cada vez más predominante en una conciencia histórica que sin embargo está en retroceso sobre todos los demás aspectos, al igual que en muchos enfoques en materia de humanidades. Y de todos los acontecimientos de la larga historia de Francia, la Shoah es el único que se encuentra actualmente bajo la protección de una ley. En efecto, la ley Gassot prohíbe expresamente toda forma de cuestionamiento sobre la historia de la Shoah, lo cual constituye una interferencia absolutamente sin precedente en la práctica de la libertad de expresión. Además, ciertas asociaciones –como la LICRA– tienen ahora el privilegio de poder llevar a los tribunales a todo el que consideren autor de actos de «incitación al odio racial» (acusación que se interpreta de manera muy amplia y desigual) y de percibir sumas de dinero a título de «daños y perjuicios» en nombre de la «comunidad insultada». En la práctica ese dispositivo legal es utilizado para perseguir un supuesto «antisemitismo» y el «revisionismo» relacionado con la Shoah. A pesar de que los tribunales las rechazan en muchos casos, ese tipo de acciones emprendidas ante la justicia forma parte de un clima de hostigamiento e intimidación. Francia es uno de los pocos países en los que el movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) contra la colonización israelí puede ser también denunciado ante los tribunales como una forma de «incitación al odio racial».
Organización violenta, la Liga de Defensa Judía (LDJ), ilegal en Estados Unidos e incluso en Israel, es conocida por haber saqueado librerías y por sus agresiones contra personas aisladas, a veces personas de edad avanzada. Cuando los agresores son identificados, huir a Israel es una escapatoria frecuente. Las víctimas de la LDJ nunca inspiran en la opinión pública nada que pueda compararse a la ola masiva de indignación pública que se produce cada vez que un judío es víctima de una agresión gratuita.
Por otro lado, los políticos franceses participan en la cena anual del CRIF con la misma dedicación con que los políticos de Estados Unidos van a la cena del AIPAC –pero no lo hacen ni siquiera en busca de financiamiento para sus campañas electorales sino solamente para demostrar su devoción.
Francia cuenta con la comunidad judía más importante de Europa occidental, población que en su mayoría escapó a la deportación en tiempos de la ocupación alemana, cuando los inmigrantes judíos eran enviados a los campos de concentración. Además de una comunidad judía establecida desde hace mucho tiempo, hay muchos recién llegados del norte de África. Todo eso conforma una población con éxitos muy dinámicos, muy presente en las profesiones más visibles y populares, como el periodismo, el mundo del espectáculo, la ciencia y la medicina.
Entre todos los partidos políticos de Francia, el Partido Socialista (en particular a través del Partido Laborista de Shimon Peres, formación miembro de la Internacional Socialista) es el que mantiene los lazos históricos más estrechos con Israel. En los años 1950, mientras Francia luchaba contra el movimiento de liberación nacional argelino, el gobierno francés –a través de Shimon Peres– contribuyó al proyecto israelí de producción de armas atómicas. Hoy en día, no es el Partido Laborista sino la extrema derecha quien gobierna Israel. La reciente visita amistosa de Francois Hollande a Benyamin Netanyahu demostró que la deriva a la derecha de la vida política en Israel no ha creado ni la más mínima tensión en las relaciones entre Tel Aviv y París, que hoy parecen incluso más estrechas que nunca.
A pesar de todo lo anterior, la comunidad judía en Francia es muy pequeña en comparación con el gran número de inmigrantes negros originarios de las ex colonias francesas de África. Hace unos años, Pascal Boniface, reconocido intelectual miembro del Partido Socialista, advertía prudentemente a los dirigentes socialistas franceses que su inclinación a favor de la comunidad judía podía llegar a provocar problemas electorales. Esa advertencia, plasmada en un documento de análisis político, dio lugar a una reacción de rechazo que casi le costó la carrera.
Pero el hecho es real. No es poco frecuente que los franceses de origen árabe o africano tengan la impresión de que el «comunitarismo» que realmente goza de influencia es el comunitarismo judío.
Explotación política del holocausto
Norman Finkelstein demostró hace algún tiempo que es posible explotar el holocausto con fines no precisamente muy nobles, como extorsionar a los bancos suizos. Pero en Francia la situación es muy diferente. Es indudable que los constantes recordatorios sobre los horrores de la Shoah funcionan para Israel como una especie de protección contra la hostilidad provocada por los abusos contra los palestinos. Pero la religión del holocausto tiene un impacto político diferente y más profundo, que no está relacionado directamente con el destino de los judíos.
Más que otra cosa, Auschwitz ha sido interpretado como el símbolo de adónde conduce el nacionalismo. La referencia a Auschwitz se utiliza para que los europeos sientan remordimiento, sobre todo los franceses si se tiene en cuenta que su papel relativamente marginal en la cuestión de Auschwitz fue consecuencia de la derrota militar de Francia y de su posterior ocupación por parte de la Alemania nazi. Bernard-Henri Levy, el escritor cuya influencia se ha acrecentado en proporciones realmente grotescas durante los últimos años (al extremo de empujar el presidente Sarkozy a implicarse en la guerra contra Libia) comenzó su carrera sosteniendo que la verdadera «ideología francesa» es el «fascismo». Culpabilización, más culpabilización y de nuevo culpabilización. Al presentar lo sucedido en Auschwitz como el acontecimiento más significativo de toda la historia contemporánea, cierto número de escritores y personalidades públicas justifican por defecto el creciente poder de la Unión Europea como sustituto indispensable de las naciones europeas intrínsecamente «malas». ¡Nunca más otro Auschwitz! Hay que disolver los Estados-Naciones en una burocracia tecnócrata liberada de la influencia emocional de ciudadanías que pudieran no votar correctamente. ¿Se siente usted francés? ¿Se siente alemán? Si es así, debería sentirse culpable por lo sucedido en Auschwitz.
Los europeos se sienten cada día menos entusiastas ante una Unión Europea que está arruinando las economías nacionales de sus países y que los priva de toda forma de control democrático sobre ellas. Se les permite votar a favor del matrimonio entre homosexuales, pero ni hablar de votar por alguna medida keynesiana y todavía menos por algo que huela a socialismo. El objetivo de la culpabilización por lo sucedido en el pasado es garantizar la fidelidad de la población al sueño europeo.
Si nos guiamos por las fotos, los fans de Dieudonné son en su mayoría hombres jóvenes, de entre 20 y 30 años, o sea nacidos al menos dos generaciones después de la Segunda Guerra Mundial. Pero han estado oyendo hablar de la Shoah desde que nacieron. Sólo en París hay más de 300 escuelas donde existe una placa conmemorativa sobre el terrible destino de los niños judíos enviados a los campos de concentración nazis. ¿Qué efecto puede tener todo eso? Para muchos de los nacidos después de esos terribles hechos es como si todo el mundo tuviese que sentirse culpable –culpables no por lo que no hicieron sino culpables por lo que habrían hecho o no de haber tenido la posibilidad [o sea, si hubiesen vivido en aquella época. NdT.].
Cuando Dieudonné convierte Chaud Cacao, una vieja canción «tropical» algo racista, en Shoah Ananas, sus fans la cantan masivamente. A mí me parece que no están burlándose de la verdadera Shoah sino más bien de quienes se pasan la vida recordándoles un hecho que se supone que debe hacerles sentirse culpables, insignificantes e impotentes. Buena parte de esa generación está cansada de hablar del periodo 1939-1945, cuando su propio futuro les parece cada vez más sombrío.
Nadie sabe cuándo parar
El 28 de diciembre de 2013, después de marcar un gol, Nicolas Anelka, conocido jugador de futbol de origen afrobelga [4] que juega en Inglaterra, hace el gesto de la «quenelle» en signo de solidaridad con su amigo Dieudonné M’Bala M’Bala. Ese simple gesto, en principio insignificante, fue objeto de otro escándalo.
Meyer Habib representa en la Asamblea Nacional de Francia a los «franceses del extranjero» –entre los que se cuentan 4 000 israelíes con pasaporte francés [5]. De inmediato envía por Twitter el siguiente texto: «¡La “quenelle” de Anelka es intolerable! Voy a presentar un proyecto de ley para que se castigue ese nuevo saludo nazi que practican los antisemitas.»
Francia ha adoptado leyes para «castigar el antisemitismo». Y el resultado es lo opuesto. Ese tipo de disposiciones tienden simplemente a confirmar la vieja idea según la cual «los judíos dirigen el país» y no hacen otra cosa que favorecer el ascenso del antisemitismo. Cuando los jóvenes franceses ven que un franco-judío trata de transformar un simple gesto en delito, cuando la comunidad judía se moviliza para prohibir el humorista preferido de esos mismos jóvenes franceses, el resultado no puede ser otro que un ascenso –más rápido aún– del antisemitismo.
La correlación de fuerzas en esta escalada es por demás desigual. Un humorista no tiene otras armas que la palabra y sus fans, que podrían dispersarse si la situación se pone verdaderamente difícil. Del otro lado están la ideología dominante y el poder del Estado.
En ese tipo de conflicto, la paz civil depende de la sabiduría y de la serenidad de quienes detentan el poder. Si no actúan en ese sentido, es muy posible que nadie salga vencedor.
Diana Johnston