LOS PUEBLOS ORGANIZADOS PUEDEN Y DEBEN PROFUNDIZAR LA DEMOCRACIA PARA LIQUIDAR LA DEMOCRACIA LIBERAL REPRESENTATIVA 



CONSTRUIR UNA DEMOCRACIA REAL Y PROFUNDA 




Rodrigo Santillán Peralbo
Ojalá que en el año 2014 haya éxitos, felicidades y prosperidad para todas y todos que, en cualquier parte del mundo, leen SIEMPRE, por los pueblos, revista del pensamiento universal, que ansía coadyuvar en los procesos de cambio que permitan alcanzar la justicia social, libertad, plena vigencia y respeto de los derechos humanos en paz, armonía y solidaridad, utopías irrenunciables que se concretarían cuando las democracias sean reales y profundas que reemplazarían a las democracias representativas liberales y neoliberales.
La democracia liberal-burguesa impone una serie de características que al suprimirlas o negarlas la anularían. Por ejemplo, no existe democracia cuando derechos y libertades son retaceados, disminuidos o violados desde el poder del Estado que persiste como una forma de control y represión de la clase burguesa-explotadora sobre el proletariado que, al no poseer más que su fuerza de trabajo, se constituye en víctima del sistema capitalista que permite y ampara la vigencia de la propiedad privada de los modos de producción, en la que se concreta el principio del latino Plauto: “Homo homini lupus” rescatado por el filósofo inglés Thomas Hobbes en su obra Leviatán.
En teoría, el Estado existe con la finalidad de proteger al hombre de otros hombres, pero Engels y Marx ya sentenciaron que el Estado deber ir a un museo de antigüedades junto a la piedra de moler y a la rueca de tejer, porque jamás ha protegido al hombre.
El Estado no ha desaparecido, más bien se ha perfeccionado para defender los intereses de las burguesías; en consecuencia el Estado no protege al hombre de las ambiciones, gulas y ansias de riqueza y poder de unos pocos en perjuicio de unos muchos. El sometimiento de las mayorías a la voluntad de las políticas y economías de las minorías en el poder no es, ni puede ser democracia.
Definitivamente el ser humano siempre ha sido sometido a la obediencia a fuerzas socio-económicas y políticas superiores, muy a pesar de sus luchas para alcanzar la libertad que, junto al derecho a la vida, debían ser derechos esenciales. Si el Estado no respeta y garantiza el derecho a la vida, los demás derechos carecen importancia. Ni siquiera debieran ser proclamados y menos constitucionalizados.
El derecho a la libertad necesariamente debe ser condicionado a la responsabilidad social si se entiende que libertad es la capacidad de la voluntad consciente para hacer o no hacer. Más aún, si el ser humano acepta la vigencia del Estado y sus autoridades, o cuando decide vivir en sociedad para que se realice su instinto gregario, renuncia a parte de su libertad, por tanto no es totalmente libre en ningún tipo de Estado, ni sociedad, ni en ninguna democracia.
¿La persona humana sacrifica su derecho a la libertad integral a cambio de que el Estado y la sociedad le garanticen su seguridad de no ser afectado en sus derechos esenciales o fundamentales definidos por las democracias demoliberales?
La existencia del Estado no garantiza los derechos de las personas, más bien es el Estado el que viola los derechos a través de la imposición de leyes y constituciones altamente punitivas o por sobre ellas, si se trata de proteger los privilegios de clase o la permanencia del bloque en el poder.
Los derechos fundamentales sólo son respetados cuando no se constituyen en una amenaza para el sistema; por tanto, el hombre carece de fuerza y protección contra la omnipresencia del Estado que, a través de sus aparatos represivos integrados por militares y policías, ejerce todo el poder contra el ciudadano, generalmente en indefensión.
Un sofisma de las democracias neoliberales es la graciosa concesión del derecho al sufragio universal, libre y secreto. Suele sostenerse que los procesos electorales son sinónimo de democracia, pero es necesario que el ciudadano se registre en un padrón electoral para que ejerza el derecho al voto, y los ciudadanos que ejercen ese derecho tampoco intervienen en las decisiones del Estado y del grupo en el poder. Así, el voto sólo es un instrumento de los políticos para afianzarse en el poder en busca de alguna legitimidad, pero ¿qué pasa con los ciudadanos que ni siquiera ejercen el “derecho al voto”?
También suele afirmarse que “las elecciones deberían ser libres y justas y el proceso político, competitivo. El pluralismo político se define como la presencia de varios partidos políticos”. En la práctica no existen procesos electorales libres y justos porque en este tipo de democracias liberales, la competencia electoral está signada por el poder del dinero que compra y usa el poder mediático para difundir la propaganda con la que se aliena a los posibles votantes. Esta situación determinaría que el poder se compra como cualquier mercancía en el bazar de todas las ofertas y demagogias políticas.
¿Quiénes tienen el poder de compra? Los partidos políticos que nacen de las burguesías para defender sus intereses de clase que se identifican con el libre mercado del sistema capitalista que les permite convertir a la fuerza de trabajo del proletariado, en otra mercancía ajustada a los vaivenes de la oferta y la demanda.
En el mercado electoral, los partidos políticos que carecen del poder del dinero, no tienen opciones para llegar al poder mediante “elecciones libres y democráticas”. Partidos de la izquierda marxista, sin recursos económicos no son elegidos porque el poder de la propaganda de las burguesías, dueñas también del poder mediático, satanizaron al comunismo y al socialismo.
En el Ecuador, la democracia liberal y neoliberal está en entredicho. En este país el derecho al voto es obligatorio, en consecuencia deja de ser un derecho para convertirse en obligación que, incumplida, es sancionada. En estas condiciones el voto obligatorio es antidemocrático en su esencia, según los cánones demolilberales.
A pesar de sanciones, el abstencionismo oscila entre el 25 y 30%. Si el voto fuese voluntario, tal vez se elevaría hasta más allá del 50% como ocurre en Chile y Venezuela, y así las autoridades de elección popular, serían nominadas por la más vergonzosa minoría porque el ciudadano está harto de la clase política, del sistema manipulador de conciencias, de frustraciones y decepciones colectivas. La legitimación del poder está cuestionada porque, además, el bloque en el poder, usa de los recursos del Estado para la permanente propaganda política tanto en los procesos electorales como en los tiempos de receso. El populismo izquierdoso abusa del poder para mantener o incrementar el clientelismo político
La democracia entendida como el gobierno del pueblo y para el pueblo no existe, aunque se pretenda afirmar que el poder del pueblo está en el voto que, generalmente, es irracional porque es motivado por la afectividad. Para que el voto sea una manifestación consciente, los partidos y movimientos políticos deberían educar al ciudadano ideológica y políticamente.
Tampoco existe democracia cuando se concentra el poder en una sola persona que es la negación del Estado de Derecho, y tampoco es democracia cuando el derecho a pensar diferente se castiga de palabra y obra para rendir culto a la personalidad del líder y a la voz oficial.
Si se siembra el miedo y la desesperanza, si se amenaza cotidianamente, si la libertad es condicionada, la democracia es un mito a pesar de todos los procesos electorales que pueden encumbrar a demagogos y mediocres de sonrisa forzada, falsos abrazos e incurables megalomanías. La democracia será posible cuando la cultura política pertenezca a los pueblos.
Si los procesos electorales devienen en un gran fraude democrático por su esencia y forma, también la democracia liberal-neoliberal se ha transformado en otro fraude de proporciones incalculables. En la actualidad, los movimientos y partidos políticos en el poder, con la fuerza de “la tiranía de las mayorías” alcanzada en procesos electorales “democráticos”, han reformado leyes y constituciones para concretar reelecciones indefinidas, para no interrumpir “los proyectos revolucionarios”. Se ha consagrado “democráticamente” el caudillismo populista al mismo tiempo en que se ha mandado al basural de la historia, la alternabilidad democrática.
En estos nuevos gobiernos democráticamente electos en América Latina, a más de las reelecciones indefinidas, se han producido una serie de fenómenos nuevos: tendencia a la concentración del poder en un solo líder, ineficiencia o inexistencias del sistema de pesos y contrapesos que definen a la democracia liberal, supresión de algunas libertades y derechos o penalización de comportamientos sociales opuestos a las decisiones y voluntades de los gobernantes, nuevas concepciones sobre la libertad de expresión y de opinión, o criminalización de las mismas y liquidación de la vieja partidocracia.
Cabe recordar que “toda Constitución democrática liberal define el carácter democrático del Estado. El objetivo de una Constitución es frecuentemente el de fijar límites en la autoridad del gobierno. La tradición política de este tipo de democracias enfatiza la separación de poderes, la judicatura independiente y un sistema de observación y control entre los distintos poderes. Muchas de las democracias europeas se centran más en la importancia de constituirse en un Estado de Derecho. La autoridad gubernamental es ejercida de forma legítima solamente en armonía con las leyes escritas y promulgadas de acuerdo con los procedimientos establecidos.
Muchas democracias utilizan el federalismo (también conocido como separación vertical de poderes) o versiones endulzadas como el Estado de las Autonomías español para prevenir posibles abusos e incrementar la participación ciudadana repartiendo el poder entre los gobiernos municipales, regionales (provinciales o estadales) y nacionales.
Los criterios más frecuentes para distinguir las democracias liberales toman la forma de derechos y libertades específicos. Los más claros ejemplos son:
- Derecho a la vida y a la integridad de la persona.
- Libertad contra la esclavitud.
- Libertad de movimiento por el país.
- Igualdad ante la ley y derecho al debido proceso bajo el Estado de Derecho.
- Libertad de expresión
- Libertad de prensa y acceso a fuentes alternativas de información.
- Libertad de reunión y asociación
- Libertad de enseñanza.
- Libertad de culto.
- Independencia judicial y legislativa.
- Derecho a la propiedad privada y a la compraventa, uno de los puntos más controvertidos.
En la práctica, las libertades democráticas están limitadas. Hay limitaciones legales como el copyright o las leyes contra la difamación. Hay también limitaciones a los discursos antidemocráticos, contra los discursos en contra de los derechos humanos o aquellos que hacen apología del terrorismo.
En los Estados Unidos, durante la Guerra Fría, restricciones de este tipo fueron aplicadas a los simpatizantes del comunismo. Actualmente esto se aplica a las organizaciones que promueven el terrorismo o la incitación al odio racial o religioso. Ejemplos de ello son las leyes antiterroristas, la ilegalización de ciertos partidos políticos o la clausura de las emisiones por satélite de Hezbolá. Los críticos claman en contra de estas limitaciones pues opinan que pueden ir demasiado lejos y provocar que los procesos judiciales dejen de ser justos y correctos.
La justificación común para estos límites es que es necesario garantizar la existencia de la democracia, o la existencia de las libertades por sí mismas. Por ejemplo, el permitir la libertad de expresión para los defensores del genocidio mina el derecho a la vida y la seguridad. Existe división de opiniones en relación a hasta cuánto se puede extender la democracia, en incluir en ella a sus enemigos.
Si los grupos que se excluyen por estas razones representan una parte relativamente pequeña de la población, ese país puede seguir siendo considerado una democracia liberal. Algunos argumentan que esto no difiere mucho de los regímenes personales en que se persigue a la oposición, si bien estas restricciones no son tan severas y afectan a un número reducido de personas. Otros remarcan que las democracias son diferentes. Al menos en teoría, también los opositores a la democracia tienen derecho al debido proceso. En principio, las democracias permiten críticas y cambios en los líderes de la política y la economía; lo que está prohibido es realizarlos de forma violenta o promover alcanzarlos de ese modo.
La separación de poderes o división de poderes (en latín trias politica) es una ordenación y distribución de las funciones del Estado, en la cual la titularidad de cada una de ellas es confiada a un órgano u organismo público distinto. Junto a la consagración constitucional de los derechos fundamentales, es uno de los principios que caracterizan el Estado de Derecho moderno”.
Pero, en varias democracias latinoamericanas, pretendidamente autocalificadas como revolucionarias por los caudillos o líderes gobernantes, tanto constituciones como leyes son interpretadas, aplicadas o ejecutadas al antojo de ellos, con lo que se suprime la democracia liberal que patrocina el Estado de Derecho. Cierto que proclaman la vigencia de derechos y libertades, pero no tienen inconveniente en violarlos si una o muchas personas se oponen al gobierno “revolucionario”.
Cuando se habla de Estados de Derecho, “modernamente la doctrina denomina a esta teoría, en sentido estricto, separación de funciones o separación de facultades, al considerar al poder como único e indivisible y perteneciente original y esencialmente al titular de la soberanía (nación o pueblo), resultando imposible concebir que aquél pueda ser dividido para su ejercicio”, se lee en Wikipedia, la enciclopedia “libre” que añade:
La teoría de la separación de poderes se acuña en la obra de Montesquieu Del Espíritu de las Leyes, que se inspiró en la descripción que los tratadistas clásicos hicieron de los sistemas políticos de la Antigüedad (especialmente en la que Polibio hace de la República romana -además de las teorías de Platón y Aristóteles-) y en la experiencia política contemporánea de la Revolución inglesa del siglo XVII (que había dado origen a la teorías de John Locke).
Prominentes autores de la Ilustración francesa (Jean-Jacques Rousseau) o de la Independencia de Estados Unidos (Alexander Hamilton) también teorizaron sobre el particular.
Montesquieu define el "poder" a la vez como función y como órgano. La admiración que profesa al sistema político británico (que interpreta como una independencia entre poderes ejecutivo, legislativo y judicial, encarnado cada uno en rey -es decir, en su gobierno-, parlamento y tribunales), ha sido matizada por otros autores, que la consideran exagerada, al ser en realidad una relación con vínculos muy estrechos.
Para prevenir que una rama del poder se convirtiera en suprema, y para inducirlas a cooperar, los sistemas de gobierno que emplean la separación de poderes se crean típicamente con un sistema de "checks and balances" (controles y contrapesos). Este término proviene del constitucionalismo anglosajón, pero, la propia separación de poderes, es generalmente atribuido a Montesquieu.
Checks and balances se refiere a varias reglas de procedimiento que permiten a una de las ramas limitar a otra, por ejemplo, mediante el veto que el presidente de los Estados Unidos tiene sobre la legislación aprobada por el Congreso, o el poder del Congreso de alterar la composición y jurisdicción de los tribunales federales. Cada país que emplee la separación de poderes tiene que tener su propio mecanismo de checks and balances; cuanto más se aproxime un país al sistema presidencial, más checks existirán entre las distintas ramas del poder, y más iguales serán en sus poderes relativos”.
No existe Estado de Derecho si una o todas las funciones del Estado se subordinan al Presidente o Jefe de Gobierno que representa al poder Ejecutivo. Más aún, para que haya Estado de Derecho, desde el Presidente de la República hasta el último ciudadano obedecen y actúan de conformidad con las disposiciones constitucionales o legales. Nadie, por ninguna circunstancia está por sobre la Constitución y las leyes que son un freno a las ambiciones de poder, excesos o abusos.
En un Estado de Derecho la constitución y las leyes son el verdadero poder, pues la autoridad de cualquier nivel somete sus acciones u omisiones a ellas, es más, la legitimación de las autoridades del Estado proviene de la norma jurídica.
Según la Agencia de Noticias UN, el filósofo italiano Gianni Vattimo ha afirmado que “Construir una sociedad liberal requiere una revolución comunista”. Ha agregado que la democracia occidental ha devenido en un juego de grupos de poderes económicos.
¿Quién gana las elecciones en los EE. UU.? El que tiene bastante dinero. Básicamente, los que no tienen dinero para la campaña electoral no están ni siquiera en la lucha. Deberíamos señalar que esos vicios estadounidenses se trasladaron a América Latina.
“El límite de la democracia occidental representativa es doble. De un lado, para ganar representación parlamentaria necesitas muchísimo dinero. Esto pone a los partidos en las manos de los poderosos. De otro, en ella los representantes se distancian siempre más de los electores.
Obviamente no podemos renunciar al Parlamento. Pero necesitamos también la calle. El filósofo canadiense Charles Taylor hace años imaginaba dos brazos: el de las instituciones y el de la calle, que controla y estimula al otro.
Me gustaría una democracia más viva, en el sentido de que hayan, obviamente, las instituciones representativas, pero en la cual los representados sean más activos y se hagan escuchar más continuamente.
En sus críticas a las democracias neoliberales, Gianni Vattimo sostenía que son la transmisión del poder político a la economía. Es decir, ¿quién decide sobre lo que se hace hoy en Italia, por ejemplo? Los Estados Unidos, que tienen bases militares allí, y los bancos, que prestan dinero para financiar las industrias. El poder político en el neoliberalismo casi desapareció y ha devenido una función de la economía.
Las liberales son las fórmulas clásicas de la democracia representativa cuando se imponen a otros pueblos. Un país en donde no hay elecciones como en los Estados Unidos, no es un país democrático, por ejemplo.
Es la idea de que el Estado liberal, como nosotros lo hemos conocido y construido, es la única posibilidad positiva de la humanidad. Yo prefiero vivir en una sociedad liberal, pero no quiero imponerles una democracia liberal a otros países.
El filósofo italiano ha dicho que el neoliberalismo transforma a los Estados liberales en Estados autoritarios porque, en la medida en que el poder político es transferido a la economía, esta deviene un principio de opresión de, por ejemplo, los derechos sindicales incluso en el interior.
Es que en un Estado liberal, la libertad formal democrática se pierde hasta un cierto punto porque la economía se vuelve dominante y se transforma en neoliberalismo, que se come al liberalismo y lo destruye.
Según UN el comunismo hermenéutico es comunismo porque es el ideal de una sociedad liberal y democrática en la que no exista la dominación del hombre por el hombre. Es el ideal de una sociedad sin clases, anárquica. Es hermenéutico porque renuncia a la verdad absoluta y asume la multiplicidad de interpretaciones.
La UN pregunta ¿qué es una revolución comunista? ¿Es una revolución violenta? Y Vattimo responde que es la actividad política de los ciudadanos, los movimientos de calle, la acción de base, anárquica, los conflictos, la protesta. Es una revolución anarquista que multiplica el desorden social para limitar a los poderosos, pero sin recurrir a la violencia para limitar el daño.
Al referirse a la democracia liberal afirma que es una forma de gobierno que consiste en una democracia representativa donde la capacidad de los representantes electos para la toma de decisiones políticas se encuentra sujeta al Estado de derecho y normalmente moderada por una Constitución que regula la protección de los derechos y libertades individuales y colectivas. Estableciendo restricciones tanto a los líderes como a la ejecución de la voluntad de una determinada mayoría.
“Las democracias liberales se suelen caracterizar por la tolerancia y el pluralismo político; las ideas sociales y políticas diferenciadas, incluso las más extremas, pueden coexistir y competir por el poder político siempre sobre una base democrática. Las democracias liberales celebran periódicamente elecciones donde los distintos grupos políticos tienen la oportunidad de alcanzar el poder. En la práctica, estas elecciones las ganan los grupos que defienden la democracia liberal, de modo que el sistema se perpetúa a sí mismo.
El término "liberal" dentro de la expresión "democracia liberal" no implica que el gobierno de una democracia de este tipo deba seguir estrictamente la ideología política del liberalismo, si bien el concepto puro de "democracia liberal" nace de la corriente del liberalismo político.
Algunas personas argumentan que la "democracia liberal" no respeta la voluntad de la mayoría (excepto en la elección de representantes). La "libertad" de la voluntad de la mayoría está restringida por la Constitución o leyes precedentes. Por otra parte, el poder es realmente ostentado por un grupo de representantes relativamente pequeño. Así, el argumento sigue con que la "democracia liberal" no es más que una oligarquía disfrazada, siendo preferible la democracia directa. Las nuevas tecnologías pueden permitir la implantación de sistemas como la democracia electrónica.
Otros dirían que sólo una democracia liberal puede garantizar las libertades individuales de sus ciudadanos y prevenir la conversión a una dictadura. La aplicación de la voluntad de la mayoría sin moderación alguna podría llevar a la opresión de las minorías. Un argumento utilizado en sentido contrario es que los líderes electos serían más capaces y estarían más interesados en los temas a tratar que el votante medio, que debería esforzarse mucho en recopilar la información necesaria para luego discutir y votar sobre ella.
Algunas democracias liberales tienen ciertos elementos de participación directa como pueden ser los referendos o plebiscitos. En países como Suiza o Uruguay se emplean para pulsar la opinión popular sobre infinidad de cuestiones legales, mientras que en otros quedan limitados a temas de extrema importancia como fueron, en España, aquellos por los que se aprobó la Constitución de 1978, los diferentes Estatutos de Autonomía o la adhesión importantes tratados internacionales (Unión Europea, OTAN...).
Las democracias liberales modernas, por definición, permiten los cambios regulares de gobierno. Esto ha llevado a una crítica generalizada sobre su trabajo a corto plazo. En cuatro o cinco años los gobiernos deberán volver a afrontar unas elecciones, y evidentemente deben pensar en como ganarlas. Este hecho hace que prefieran llevar a cabo políticas que les proporcionen beneficios a corto plazo al electorado (o a los propios políticos) antes de las siguientes elecciones, a otras acciones impopulares cuyos beneficios tarden más en ser apreciados. Esta crítica asume que es posible hacer predicciones a largo plazo acerca de la sociedad, algo que Karl Popper ha criticado con el nombre de historicismo”.
En varios países latinoamericanos existe una quiebra de las democracias liberales representativas. Han sido los gobiernos autocalificados de “progresistas” los que han patentado elecciones continuas, referendos o plebiscitos para sostener que van al activismo de las democracias directas que inexorablemente conducen a eternizarse en el poder.
Si los pueblos fuesen los que deciden -con el uso consciente de su poder soberano- entonces sería factible pasar de las democracias representativas a la profundización de las democracias. Sólo los pueblos con elevada cultura política, dueños de una ideología definida proveniente del marxismo, pueden organizarse para ejecutar la profundización de las democracias capaces de cambiar sus historias.