LOS HÉROES DE LA TERCERA OLA 



DE LA CIENCIA Y TECNOLOGÍA A LA ERA DEL CONOCIMIENTO 



III Parte
Fausto Jaramillo Y
Se ha denominado a esta etapa de la historia, en que las ciencias y la tecnología han destruido, una vez más, las 2 dimensiones básicas: el tiempo y el espacio, hasta límites nunca imaginados, como la Era del Conocimiento.
Las ciencias sociales están conscientes de que no es posible determinar con precisión milimétrica los límites de un evento, de una etapa o peor aún, de una civilización. La forma de entender una cosmovisión es producto de muchos eventos que se producen a lo largo de muchos años, incluso siglos, en los que intervienen muchos factores de diversa índole hasta configurarla.
La tercera ola presenta como característica principal que el conocimiento abandonó los cenáculos cerrados de las élites, sean estas económicas o sociales, para instalarse en algún sitio para estar al alcance de quien la busque. Todo ser humano puede alcanzarle, trabajar con él hasta transformarlo. El conocimiento es la única capacidad humana que es inagotable, inasible y sujeta a un constante perfeccionamiento. Es la única riqueza que no pertenece a nadie en particular, sino a todo aquel que la quiera poseer.
Pero además, debemos aceptar que el conocimiento no tiene límites; es factible su crecimiento, día a día, hasta romper todos los esquemas, todas las barreras presentes y por aparecer.
Entonces debemos buscar a los héroes de esta Era, entre quienes, en algún momento de sus vidas tuvieron el valor de desafiar sus propios límites para adentrarse en los caminos del conocimiento.
Si bien, a lo largo de los siglos, muchos hombres lograron desentrañar muchos de los misterios de las leyes de la naturaleza y apropiarse del conocimiento que surgía de aquellas leyes, no es menos cierto que el siglo XX se presenta como el más prolífero. Es en este, cuando la naturaleza fue motivo de especial atención, muchas de sus leyes fueron descubierta y estudiadas. Precisamente, a principios del siglo XX, muchos de los fenómenos físicos, especialmente en la cosmología basada en los estudios de Newton, así como los esquemas de la geometría de Euclides y los conceptos del tiempo absoluto derivados de Galileo, ya habían superados y todas esas teorías ya no respondían adecuadamente a lo que la realidad planteaba.
Sería muy fácil, señalar a los héroes del conocimiento siguiendo la lista de ganadores del Premio Nobel de ciencia que desde hace más de 100 años se viene entregando a quienes han dedicado su vida a desentrañar las leyes de la naturaleza para satisfacción propia y beneficio colectivo; pero no todos ellos han logrado la talla de héroes, o al menos de científicos que la humanidad los ha reconocido como “grandes”; es decir, aquellos que con su trabajo han influido en eso que llamamos “cosmovisión”, lo que quiere decir, una concepción total de la forma de entender la “Era” en que nos ha tocado vivir.
El siglo XX bien puede ser calificado como el fin de una era y el inicio de otra. Los últimos vestigios de la era agraria desaparecieron, mientras la era industrial también entró en un declive incontenible. La era del conocimiento daba sus primeros pinitos en la primera mitad del siglo, y hacia el final había logrado su madurez
En la primera y segunda décadas del siglo se producen hechos tan relevantes como la revolución mexicana y soviética, basadas en el campesinado. Revoluciones éstas que a la larga mostrarían sus debilidades y no cuajarían sus postulados, más bien, al finalizar el siglo, ambas ocupan un lugar en el pasado.
En el interregno entre las dos guerras mundiales, aparecen hombres y nombres que marcarían el inicio de esta llamada Tercera Ola.
El 29 de mayo de 1919, un eclipse solar fue fotografiado desde la Isla del Príncipe, frente al África Occidental, y desde Sobral, en el Brasil; cuando fueron reveladas las placas se comprobó la veracidad de una nueva teoría del Universo.
El autor de esta nueva teoría era un judío alemán, de apenas veinte y seis años, que trabajaba en la oficina de patentes de Berna. Su nombre: Albert Einstein, y su teoría se hallaba publicada en un cuadernillo titulado: “Acerca de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”. Esa teoría sería conocida como la Teoría de la Relatividad.
Desde que su nombre fue conocido en la comunidad científica, Einstein se reveló como un hombre de ciencia atípico. En su metodología planteaba como esencial la comprobación de sus ecuaciones. Si en alguna de las pruebas su teoría fallaba, eso significaba que estaba errada. Eso era algo que nunca antes, nadie había planteado; un científico que exigía la comprobación de su teoría antes de aceptar su validez.
Albert Einstein, es el primer nombre que encontramos en esta lista incompleta de héroes, correspondiente a esta Era, Su teoría abrió las puertas microscópicas para que el ser humano se interne en los misterios del átomo y las partículas subatómicas hasta llegar, hace pocos meses, a la llamada “partícula de Dios”, así como los portones del universo, pues gracias a sus cálculos del tiempo y del espacio, ha sido posible alcanzar a desentrañar muchos de los arcanos escondidos más allá de nuestra atmósfera, de nuestro sistema solar, de nuestra Vía Láctea, y penetrar el universo infinito.
Por los mismos años, aparece otro hombre audaz que intentó desentrañar los misterios de la psiquis humana, su nombre: Sigmund Freud. Sus teorías crearían una escuela del pensamiento en la sicología y, sin lugar a dudas, su influencia en el mundo traspasaría el mundo académico para maravillar el pensamiento político y social. Sin embargo, Freud, en la actualidad va perdiendo su encanto, va ingresando al panteón de los seres humanos, sin alcanzar esa aureola mítica que rodea a los héroes; y que si está presente en personajes como Steven Jobs, o Bill Gates, que cuando jóvenes dejaron sus estudios y vida normal, para dedicarse a “jugar” con nuevas tecnologías y seducir al mundo.
Pero, sigamos con esos personajes que en las primeras décadas del siglo XX, buscaron afanosamente comprender el mundo, a través del conocimiento. Claude Leví-Strauss se adentró en la selva amazónica en busca del hombre primitivo, queriendo encontrar las diferencias entre el ser “civilizado” y el “primitivo”, pero lo que encontró es que el ser humano es el mismo, apenas se diferencia en su proceso de adaptación al entorno que le rodea. Leví-Strauss cambió la forma de comprensión antropológica de la vida, de la historia, de la sociedad, Sin embargo de ese legado, su nombre ocupa el panteón de los humanos. Seguramente, él lo habría querido así.
Las dos guerras mundiales no produjeron héroes, lo que trajeron fue devastación y miseria. Seguramente muchos soldados cumplieron sus misiones más allá de lo ordenado, muchos seres humanos tuvieron un comportamiento solidario más allá de lo imaginado, pero fue tanta la destrucción que su proezas y hazañas no fueron suficientes como para hacer olvidar los horrores vividos.
Hay jefes, hay nombres, pero no hay héroes. Muchos de los generales que dirigieron las operaciones militares, luego después de finalizada la guerra no resistieron la tentación de ingresar a la política, y allí se perdieron. La lucha en la arena de las elecciones es más inescrupulosa y traidora que la de los campos de batalla. Ellos no resistieron esa guerra y luego de su muerte, serán recordados como líderes políticos antes que como héroes militares.
Esa ausencia de héroes militares solo demuestra que la defensa y conquista de territorios ya no es el escenario ideal para su aparecimiento. La Tierra había perdido su encanto. Los héroes militares ya no seducen a los pueblos.
El reacomodo geopolítico tras la segunda guerra mundial trajo consigo el desconcierto. Había que conocer más que reconocer a las potencias del nuevos sistema bi-polar. Ambas debían mostrar sus cualidades y ambas buscaron mostrar los defectos del otro. Así, entonces, la publicidad ocupó un lugar preponderante y, como todos sabemos, la publicidad no tiene a la verdad como su mejor aliada. A la propaganda y a la publicidad les apremia los resultados inmediatos antes que la solidez de la verdad que, casi siempre, demora en ser reconocida.
Es, entonces, cuando encontramos dos escenarios bien definidos: el uno, el de la propaganda que como muestras daría eventos como la conquista de la Luna, en la que se escriben nombres como Yuri Gagarín, o Neil Armstrong y hasta la perrita Laika. Ninguno de ellos ocupa el cementerio de los héroes.
Otros nombres que actúan en este escenario es el de los deportistas y artistas del espectáculo. La lista de éstos es tan grande como rollos del papel en el que se editan los diarios. Son héroes desechables, que duran mientras no aparezca otro que rompa los records impuestos o, simplemente, sean destronados en el corazón de sus admiradores por el siguiente cantante, bailarín, o artista de cine. Ni siquiera merece la pena nombrarlos porque ya sus nombres van camino del olvido y sus “hazañas” no dejaron ninguna enseñanza en sus pueblos.
El otro escenario es el de los hombres de ciencia que, sin ocupar las primeras páginas de los diarios, han ido creando las condiciones sociales para el aparecimiento de esta nueva Era.
Carl Sagan, fue un científico que tuvo la audacia de entender que en este mundo no era suficiente sus conocimientos, sino que había que difundirlos al mayor número de personas en el mundo; por eso, se convirtió en estrella del espectáculo al tiempo que legaba una gran teoría científica, la del Big Bang que serviría de base al trabajo posterior de los físicos.
Christiaan Barnaard, un joven médico sudafricano tuvo la osadía de realizar el primer trasplante de corazón, de un ser humano difunto a otro que agonizaba en el hospital en el que él trabajaba. Con esta operación se daría inicio a la medicina moderna y al desarrollo acelerado de la genética.
La conquista del espacio trajo consigo el desarrollo de dos tecnologías que habrían de ser las más populares, las que se regarían por el mundo trasformando costumbres y condiciones: el uso de la computadora, ya que era preciso tomar decisiones, basadas en cálculos acelerados y las comunicaciones satelitales que serían la base del Internet y del teléfono celular.
Pero esa misma aceleración produce el olvido instantáneo del ayer. No hay tiempo para digerir lo sucedido, e inmediatamente hay que ocuparse de lo que está sucediendo y de los sucesos del siguiente minuto. Los héroes de esta Era, no pueden luchar contra el tiempo del olvido y deben contentarse en morar eternamente en las tumbas del deber cumplido.