PISTA LIGERA ES LA NUEVA ESTRATEGIA DEL PENTÁGONO PARA AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE 



PRETENDEN REDUCIR COSTOS DE LOS INTERVENCIONISMOS 



Rodrigo Santillan P.
Cada inquilino de la Casa Blanca ha creado, sustentado y ejecutado doctrinas ideológicas, políticas, económicas y militares en las que ha basado su expansionismo y construcción imperial, con claros objetivos de dominación neocolonial para América Latina y el Caribe denominados “patio trasero” y “lago privado” de Estados Unidos. En estos días, el Pentágono ha comenzado a ejecutar su nueva política estratégica en América Latina y el Caribe, denominada “pista ligera” (light footprint, en inglés) que indistintamente se refiere desde una intervención militar moderada hasta agilidad operacional, intervención sin huella o presencia ligera, para lo que utilizaría a las fuerzas armadas y policiales de nuestras patrias.
Desde el siglo XIX se ejecutan “doctrinas” de neo colonización. Para fundamentar la expansión territorial, los políticos y gobernantes de Estados Unidos se apropiaron de la alucinación nacida del “destino manifiesto” esbozado por el periodista John L. O´Sullivan en 1845 que, en síntesis, considera que la divina Providencia eligió a los Estados Unidos para ser una potencia política y económica, una nación superior, que debía y podía imponerse a las demás naciones y pueblos de de la Tierra, inferiores a la raza anglosajona.
Otra de las doctrinas de extrema influencia fue la denominada Doctrina Monroe sintetizada en la frase “América para los americanos”. Fue elaborada por John Quincy Adams y atribuida a James Monroe en el año 1823 y anunciada el 2 de diciembre del mismo año. La frase toma su sentido dentro del proceso de imperialismo destinado a penetrar, intervenir, dominar y neo colonizar a nuestra América Latina y el Caribe, que según esa doctrina” son propiedad de los norteamericanos que se dicen conformar los Estados Unidos de América, cuando en realidad deberían llamarse los Estados Unidos de Norte América.
En la actualidad, se ejecuta parcialmente la metamorfoseada "Doctrina Obama" que en resumen es la de la teoría de la "guerra limitada" y la nueva política exterior de Estados Unidos que no es nueva. En la práctica demuestra que los países de América Latina y el Caribe no son tratados de igual a igual sino como tercermundistas inferiores y subdesarrollados.
América Latina y el Caribe con Estados libres, soberanos e independientes buscan socios para el progreso y no amos como sugiere la política exterior de la Casa Blanca a la que sólo le interesa la continuidad imperial de dominación y neo dominación para perpetrar el histórico saqueo de los recursos naturales que quedan y para perpetuar las injerencias económicas, políticas y militares en los asuntos internos de nuestras patrias y, eventualmente, para propiciar nuevos golpes de Estado como los ocurridos en Venezuela, Honduras o Paraguay, para proteger los sacrosantos intereses estadounidenses o para defender la “democracia, las libertades y derechos humanos” que son pisoteados en cada intervencionismo yanqui.
En la Administración Obama se desató la crisis económica, moral y política que ha carcomido a Estados Unidos durante décadas, pero además el mundo ya no soporta al imperio, lo repudia y anhela su fin. Obama y su gobierno no entienden que se han producido cambios profundos en la estructura del sistema internacional y que el planeta está harto y asqueado de la política guerrerista e injerencista de Washington que tampoco ha sido capaz de asimilar y menos superar el síndrome de Vietnam. La derrota de Estados Unidos en Vietnam significa el principio del fin del imperio y sus aliados neocolonialistas.
Obama, Premio Nobel de la Paz se ha convertido en el Señor de la Guerra después del descalabro en Irak y en Afganistán que coadyuvan a consolidar la conciencia de la derrota en los círculos militares, financieros y políticos de las derechas republicanas de Tea Party y de las derechas liberaloides de los demócratas que claman por la recomposición del imperio.
Con la pretensión de satisfacer a unos y otros, Obama ha desarrollado su propia visión del sistema internacional que ya no domina como antes, al tiempo que ha diseñado su política exterior junto a una doctrina para el uso de la fuerza militar por parte de Estados Unidos bajo la teoría de la “guerra limitada” y light footprint o pista ligera para América Latina y el Caribe que ya fue probada con fracasos y éxitos en Medio Oriente y África.
Con esa nueva estrategia, el Ministerio de la Guerra de Estados Unidos comúnmente conocido como Pentágono, pretende involucrar directamente a las fuerzas armadas y policiales de cada país o nación-Estado, para que hagan el trabajo sucio en materia de represión de los movimientos sociales y populares con la consiguiente violación de los derechos humanos y libertades públicas, todo en defensa de los intereses económicos o políticos de la Casa Blanca. Se supone que con el uso de esa estrategia, Washington podrá reducir los gastos financieros que serían muy elevados si los intervencionismos guerreristas son directos con el uso de la fuerza militar.
Para que pista ligera funcione, el Pentágono, el South Command, la CIA, la DEA y la totalidad de las agencias de la NSA, por sus siglas en inglés, deberán penetrar profundamente en las fuerzas armadas y policiales de cada nación a las que entregarán armas y equipos nada sofisticados o en desuso para que, contentos con los nuevos juguetes bélicos, los usen en contra de sus propios pueblos. Además, se incrementarán las ofertas de becas, cursos, seminarios, visitas pagadas para oficiales y tropas. En otras palabras, pista ligera es la reedición de la Escuela de Las Américas en cada país. Recuérdese que en esa Escuela de las Américas “formaron” a los dictadores, torturadores, a los expertos en desaparición forzada de personas y en ejecuciones extrajudiciales.
La “cooperación” eficaz de las fuerzas armadas nacionales y de los cuerpos policiales en la ejecución de los planes del Pentágono se fundamenta en un largo y tradicional servilismo de militares y policías que se convirtieron en ejércitos de ocupación adentro de sus patrias. Las bases militares instaladas en suelo latinoamericano y caribeño y las embajadas yanquis han sido y son sitios seguros para la incubación de golpes de Estado y las consiguientes dictaduras que han significado sangre, muerte y dolor para millares y millares de personas y horrenda humillación y pérdida de soberanías para nuestras patrias.
En un importante análisis de la política militar y exterior de Estados Unidos, Manlio Dinucci en “Metamorfosis de la Doctrina Obama” publicado por Red Voltaire, sostiene: Durante su primer mandato, el presidente Obama se distancia formalmente de la política exterior y militar de su predecesor, Bush Jr., dando la impresión de que Estados Unidos ya no quiere seguir siendo «el policía del mundo» y que desea retirarse en el plano militar, tanto en Afganistán como en otros países, para concentrarse en sus problemas internos. Así nace lo que se ha definido como la «Doctrina Obama». Pero no por ello desaparece la guerra de la agenda de la administración Obama: así lo demuestra la guerra contra Libia, dirigida en 2011 por la OTAN –organización encabezada y comandada por Estados Unidos– con un ataque aeronaval masivo y mediante el uso de fuerzas respaldadas e infiltradas desde el exterior.
Al inicio de su segundo mandato, el presidente Obama anuncia que «Estados Unidos está pasando la página». Pero la siguiente es también una página de guerra. La nueva estrategia prevé el uso de fuerzas armadas más flexibles y dispuestas a desplegarse rápidamente, dotadas de armas cada vez más sofisticadas en el plano tecnológico. Prevé, al mismo tiempo, un uso cada vez más extenso e intensivo de los servicios secretos y las fuerzas especiales. En la nueva manera de hacer la guerra el ataque abierto se prepara y se acompaña con la acción encubierta para socavar el país desde adentro. Así se hizo en Libia y así está haciéndose ahora en Siria, armando y entrenando «rebeldes», que en su mayoría no son sirios y muchos de los cuales pertenecen a grupos islamistas oficialmente considerados como terroristas.
Y al mismo tiempo el presidente Obama enuncia la nueva «estrategia contraterrorista». La «guerra ilimitada contra el terror» se convierte en una serie de «acciones letales selectivas» que apuntan a «desmantelar redes específicas de extremistas violentos que amenazan América» [Léase Estados Unidos. NdT.]. En esas acciones se utilizan cada vez más los drones armados, cuyo uso se presenta como «legal» porque Estados Unidos está librando una «guerra justa y de autodefensa».
El demócrata Obama, que se presentó como una «paloma» –incluso laureado con el Premio Nobel de la Paz–, prosigue ahora fundamentalmente la estrategia del republicano Bush, el «halcón», de abierto respaldo a la intervención armada.
En la metamorfosis de de la Doctrina Obama intervino directa y sagazmente Samantha Power, ex profesora en Harvard, ganadora del premio Pulitzer con un libro donde teoriza sobre «la responsabilidad de proteger» que supuestamente tiene Estados Unidos en la «era del genocidio». En otras palabras, continúa resucitando la tesis del destino manifiesto.
Manlio Dinucci continúa y advierte que Power entra en el Consejo de Seguridad Nacional –órgano reservado a las eminencias de las fuerzas armadas y de los servicios secretos estadounidenses, cuya tarea consiste en aconsejar al presidente en política exterior y en el plano militar. Obama la pone después a la cabeza del nuevo «Comité para la Prevención de Atrocidades» y posteriormente la nombra representante de Estados Unidos ante la ONU.
Es Power la principal artífice de la campaña de preparación de la guerra contra Libia, presentándola como una guerra necesaria para poner fin a la violación de los derechos humanos. También es ella quien, invocando el mismo motivo, presiona para que Estados Unidos bombardee Siria.
Y la mano experta de Samantha Power está seguramente detrás del reciente discurso de Obama ante la Asamblea General de la ONU. Sobre todo cuando afirma que, ante los conflictos en Medio Oriente y en el norte de África, «el peligro para el mundo no es una América [Estados Unidos] demasiado impaciente por inmiscuirse en los asuntos de otros países» sino que «Estados Unidos pueda desentenderse creando así un vacío de liderazgo que ningún otro país está dispuesto a llenar».
Estados Unidos reclama por lo tanto el derecho a intervenir militarmente donde quiera que sea, no en aras de su propio interés sino porque Estados Unidos está investido de la sacrosanta «responsabilidad de proteger». La Divina Providencia así lo habría dispuesto, pero sin considerar que el Dios guerrerista sólo es el Dios del imperio en decadencia absoluta.
Roberto M. Yepe Papastamatin, en Rebelión decía que históricamente, las sucesivas estrategias de política exterior de los Estados Unidos han sido el resultado del consenso de los sectores y grupos de poder prevalecientes dentro su clase dominante. Han sido, por tanto, bipartidistas y responden a los intereses y objetivos de largo plazo definidos por el Estado imperialista.
En las condiciones de la segunda posguerra, los Estados Unidos pudieron plantearse el objetivo de la hegemonía global, frustrado por la rápida emergencia de una superpotencia nuclear rival. El fin de la Guerra Fría condujo a lo que un comentarista neoconservador llamó un “momento unipolar”. Desde ese momento, hasta nuestros días, la estrategia norteamericana ha estado planificada para imponer su hegemonía global.
Recordemos que hace veinte años fue filtrado a la prensa un documento del Pentágono que planteaba descarnadamente el objetivo de impedir, por todos los medios posibles, la emergencia de alguna nación o grupo de naciones con la aspiración de desafiar el liderazgo militar y económico norteamericano. Hubo una rápida desautorización pública de dicho documento y fue reformulado con un lenguaje eufemístico. Sin embargo, la evidencia empírica y el propio discurso oficial evidencian que ese ha seguido siendo el principio rector de la política exterior norteamericana.

La tradicional, multidimensional y persistente estrategia de dominación y sometimiento sobre las naciones latinoamericanas y caribeñas, con su trágico saldo en términos de vidas perdidas y sufrimientos humanos de todo tipo, cobró un nuevo sentido, así como una importancia aun mayor que la que ya tenía, con esa pretensión de hegemonía global, percibida como viable al finalizar la segunda guerra mundial.
El dominio sobre nuestra región es uno de los soportes fundamentales de la estrategia global norteamericana. Desde su propia percepción, los Estados Unidos no pueden pretender mantener una posición de primacía global si no es capaz de controlar en lo fundamental al hemisferio occidental.
A pesar de los extraordinarios avances logrados por las fuerzas progresistas en América Latina y el Caribe desde 1998, los Estados Unidos la siguen considerando como una zona relativamente segura (o asegurada a su favor), dentro de un contexto global crecientemente competitivo, inestable, impredecible y desafiante para sus intereses hegemónicos.
Esta es la causa principal de su supuesta o aparente baja prioridad o importancia dentro de la política exterior norteamericana, que en realidad es un falaz cliché, interesadamente desmovilizador, que se intenta imponer a fuerza de repetirlo incesantemente por medio de las agencias internacionales de prensa.
Los elementos que sintetizan los intereses estratégicos de los Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe son los siguientes:
• Mantener una superioridad apabullante en el plano estratégico-militar en el continente americano.
• Preservar, reproducir y renovar los mecanismos estructurales de dependencia e inserción subordinada de las economías latinoamericanas y caribeñas en el sistema económico mundial.
• Garantizar el acceso, en condiciones ventajosas, a los recursos naturales estratégicos presentes en la región.
• Maximizar su participación en el sistema de propiedad, la base productiva, los mercados y los sistemas financieros de los países latinoamericanos y caribeños, en particular su participación relativa vis a vis otras potencias extrarregionales.
• Mantener la preponderancia de los valores norteamericanos en los circuitos mediáticos y de la cultura popular.
• Contrarrestar los fenómenos transnacionales percibidos como amenazas para la sociedad estadounidense.
Los márgenes de acción de un Presidente, su equipo asesor y las nuevas autoridades departamentales que designe son bastante limitados, sobre todo en materia de definiciones estratégicas. En el caso de América Latina y el Caribe, en particular, se trata de una política bien establecida, en la que órganos como el Pentágono y su Comando Sur, la CIA, y el Departamento de Estado velan por su conveniente continuidad de acuerdo a las demandas y los intereses definidos por la elite del poder norteamericano”.
Naturalmente que ninguna estrategia o política de penetración o dominación, por nueva o remozada que sea, como la light footprint o pista ligera alcanzaría el éxito deseado por la Casa Blanca con el uso del Pentágono, Comando Sur, CIA, DEA y las demás agencias de la NSA si no contara con la complicidad, apoyo, visto bueno o franca colaboración de gobiernos “amigos” de América Latina y el Caribe que, en verdad, son gobiernos cipayos y devotos serviles del imperio.
La denominada nueva política del Pentágono para América Latina cuenta con gobiernos amigos, aliados, cipayos como los de México, Colombia, Chile y Perú que, curiosamente, forman la famosa Alianza del Pacífico apadrinada por Estados Unidos para oponerse al ALBA y desaparecerla. Con esos gobiernos que traicionan a sus pueblos y que venden o enajenan la soberanía e independencia de sus patrias, Washington y su Pentágono pretenden firmar una serie de acuerdos o convenios bilaterales de cooperación militar y ya se sabe en que acaba esa “cooperación” militar: sometimiento de las fuerzas armadas y policiales al Pentágono, DEA, CIA, Embajadas; es decir a la voluntad geopolítica del imperio.
Esa “cooperación” pasa por la compra de conciencias de militares y policías a quienes se les adoctrina en una serie de cursos de capacitación, programas de entrenamiento, visitas de observación, conferencias programadas para diseminar la ideología imperial e imponer sus dogmas que deben ser defendidos por las fuerzas armadas y policiales a las que paga el pueblo, paradójicamente, sometido. Además, Estados Unidos ejecuta una serie de programas de “donaciones” de equipos militares que religiosamente son pagadas por nuestras patrias a las que saquean y depredan los recursos naturales por mano de las transnacionales. Fuerzas armadas y policiales tienen la obligación de defender a las transnacionales; es decir los intereses de Estados Unidos.
¿Acaso nuestras Fuerzas Armadas y policiales no reciben asesoramiento, cursos y entrenamiento de militares norteamericanos con larga experiencia en crímenes de guerras, torturas e interrogatorios deshumanizados que practicaron en Irak, Afganistán, Guantánamo, Libia, Siria? Oficiales de toda graduación rinden homenajes y pleitesías a esos asesores-instructores del imperio del terror.
Con la ejecución de la nueva estrategia “pista ligera” ya no se trata de desplazar ejércitos, marina y aviación para someter a determinado país, como ocurrió con República Dominicana, Granada, Panamá y Centro América, tampoco de trata de abrir nuevas e inmensas bases militares, aéreas y marítimas en la región. Ahora, con las nuevas tecnologías y armas sofisticadas se pretende crear unidades móviles capaces de desplazarse con enorme rapidez y mantener reducidos grupos especializados que se denominan grupos de apoyo consultivo. Estas unidades de gran movilidad, a más de estar formadas por especialistas que dictan cursos militares teóricos-prácticos, según la nueva estrategia deben estar preparados para intervenir, eventualmente, en cualquier tipo de operaciones especiales.
Para la aplicación de esas estrategias, México podría convertirse en el principal aliado en esa parte del mundo, tanto como lo es Colombia para América del Sur. Roberto M. Yepe Papastamatin considera que México es el nexo bilateral más intenso de los Estados Unidos con nuestra región, representando el 58% del comercio de los Estados Unidos con América Latina y el Caribe, así como alrededor del 12% del total de su comercio a nivel mundial. Es un interés norteamericano fundamental profundizar el control y la absorción subordinada de la economía mexicana, incluyendo los recursos petroleros. Por México y Centroamérica pasa el 90% de la cocaína consumida en los Estados Unidos y el enfrentamiento al crimen transnacional sirven de contexto a una creciente presencia de personal militar, policíaco y de seguridad norteamericano.
Entre otros objetivos, la nueva doctrina de Obama pretende:
• Intensificación de la política de cooptación hacia Brasil. La administración de Obama pareciera estar siguiendo en buena medida las recomendaciones del informe del Consejo de Relaciones Exteriores. Está en curso un proceso de creciente institucionalización del diálogo político, incluyendo los aspectos de cooperación militar y en los temas de seguridad, así como de proliferación de iniciativas y programas bilaterales en materia económica, científica y educacional.
• Ampliación y/o profundización de la red de acuerdos bilaterales de liberalización económica, particularmente a través del Acuerdo de Asociación Transpacífica (TPP).
• Ampliación y/o profundización de los acuerdos bilaterales y los regímenes subregionales cooperativos en materia militar y de seguridad. La Cuenca del Caribe seguirá siendo un área de máxima prioridad en materia de seguridad. Dentro de ella, la presencia militar en Colombia reviste particular importancia por su ubicación geográfica equidistante con respecto a los dos extremos del continente americano y su eventual utilización como punta de lanza hacia Venezuela, la región amazónica y otros territorios de América del Sur ricos en recursos naturales.
• Realización de todos los esfuerzos posibles para desgastar, subvertir, derrocar e intentar revertir los diversos procesos emancipadores en el continente (gobiernos del ALBA, otros gobiernos progresistas y los procesos multilaterales de concertación y unidad regionales).
De manera general, continuará la sistemática satanización mediática de todos los líderes, actores sociales y procesos que se oponen a la dominación norteamericana, con el correspondiente apoyo a todos aquellos aliados locales portadores de los intereses retrógrados, imperiales, transnacionales y oligárquicos.
Igualmente, continuará el estímulo a la división entre una “América Latina del Pacífico”, supuestamente bien dispuesta para recibir los beneficios de la globalización neoliberal, frente a la “América del Atlántico”, limitada por supuestos prejuicios neoproteccionistas y nacionalistas anticuados. Y, finalmente, deberá seguir el discurso para dividir a las fuerzas y gobiernos progresistas entre la “izquierda responsable” y la que supuestamente no lo es.
A más de lo expresado por Roberto M. Yepe Papastamatin que es Profesor en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García” (Cuba), la nueva política del Pentágono para América Latina y el Caribe deberá ser ejecutada con la cooperación militar de la región que será entrenada para el uso masivo de aviones no tripulados, los famosos drones, según el imperio, destinados para combatir el narcotráfico, el crimen organizado internacional, el terrorismo global que son los pretextos que ha utilizado el imperio para penetrar en nuestras patrias y acercar los objetivos de dominación neocolonial.
Por otra parte, Estados Unidos no piensa abandonar el espionaje electrónico sino utilizarlo tan ampliamente como la tecnología lo permita. En su nueva política a ser aplicada por el Pentágono existe un grande e importante capítulo relacionado con el uso de sofisticados equipos móviles para vigilar las redes sociales y liquidar la libertad de expresión en Internet que era el último patrimonio de los seres libres del planeta tierra. Con la utilización de Internet, el imperio piensa controlar los medios de comunicación social públicos y privados, la programación de los canales de televisión, en especial, la que se transmite vía satélite.
Todos los espacios pretende ocupar Estados Unidos lo que demuestra que las críticas y el rechazo sobre el espionaje electrónico que ha recibido del mundo entero, les tiene sin cuidado. Ignorar los rechazos para continuar con los ´proyectos de dominación global es la ambición suprema del imperio. ¿Qué importan los derechos humanos?
El analista Jim Lobe afirma que la política de Estados Unidos hacia América Latina está en piloto automático, en gran medida por los poderosos intereses que las burocracias militares y de la DEA han solidificado durante décadas. Esta es una de las causas de que la Casa Blanca haga "oídos sordos" al "clamor" de gobiernos democráticos y de la sociedad civil de la región por una relación bilateral diferente, asegura el informe "Hora de Escuchar", publicado por la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) y otros dos centros de pensamiento.
Si bien la ayuda militar y de seguridad de Estados Unidos a la región viene cayendo desde 2010, las cantidades en dólares pueden resultar engañosas, según uno de los coautores del informe, Adam Isacson, analista de la WOLA y experto en Colombia.
Aunque los grandes paquetes de asistencia, como el Plan Colombia antiinsurgente y antidrogas, se reducen o llegan a su fin, "están en ascenso otras formas menos transparentes de cooperación entre fuerzas militares", explicó Isacson.
Esto obedece en parte a que la administración de muchos programas ha migrado del Departamento de Estado (cancillería), que tiene normas de derechos humanos más estrictas, al Pentágono.
Asimismo las Fuerzas de Operaciones Especiales -unidades de elite como los Boinas Verde del ejército o los grupos Mar, Aire y Tierra de la armada (SEAL)- están realizando más entrenamiento a efectivos latinoamericanos y caribeños, a raíz de su retiro de Irak y su reducción paulatina en Afganistán. En la última década, estos grupos se multiplicaron por más de dos y ahora suman unos 65.000 efectivos.
Su comandante, el almirante William McRaven -responsable de la acción que acabó con la muerte de Osama bin Laden- se ha mostrado especialmente agresivo buscando misiones para sus tropas en nuevos teatros de operaciones, incluso en América Latina y el Caribe, donde están entrenando a miles de sus pares. "Usted puede entrenar a mucha gente por lo que cuesta un helicóptero", dijo Isacson.
Esta mayor inversión en operaciones especiales forma parte de una estrategia más amplia del Pentágono (Departamento de Defensa), que consiste en mantener una presencia de "bajo impacto" en todo el mundo, reforzando su influencia en las instituciones militares locales”.
Para el teatro de operaciones que tiene como escenario a América Latina, la estrategia se llama “pista ligera” e incluye la ampliación de la colaboración técnico-militar bilateral con Bogotá, Lima y Santiago en América del Sur hasta formar un eje que servirá como contrapeso al Consejo de Defensa de Unasur. Con el apoyo de las fuerzas armadas y policiales de esos tres países, los norteamericanos pretenden desestabilizar a la subregión, disminuir el accionar del Consejo de Defensa y del ALBA y liquidar la influencia de Caracas y La Paz, a cuyos gobiernos ansía destruir.
Informes provenientes de diversas fuentes señalan con insistencia que las Fuerzas de Operaciones Especiales de Estados Unidos están presentes cada vez más en América Latina para tareas de capacitación y de recaudación de inteligencia y otras misiones militares que, con otros programas de asistencia estadounidense a la región, se realizan bajo el rubro del viejo esquema de la lucha antinarcóticos, a pesar de los llamados por un cambio en las políticas antinarcóticos.
Un informe publicado por tres centros de investigación y análisis –Grupo de Trabajo para Asuntos Latinoamericanos (Lawgef), Centro para políticas Internacionales (CIP) y la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) “que mantienen un banco de datos conjunto sobre programas de asistencia estadounidense a América Latina– registra que aunque el nivel de asistencia estadounidense se ha reducido a uno de los más bajos en una década, lo preocupante es un mayor énfasis en relaciones militares menos transparentes y la sordera ante el creciente coro a favor de repensar las políticas prohibicionistas sobre las drogas por todo el hemisferio”.
En gran medida, lo que viene ocurriendo no se refleja en los grandes presupuestos, sino que está bien encubierto por un velo de misterio, deslucidos informes ante el Congreso y el público y una migración del manejo de programas desde el Departamento de Estado hacia el Departamento de Defensa, subraya el informe “Hora de escuchar: tendencias en asistencia de seguridad de Estados Unidos hacia América latina y el Caribe”.
Más aún, el informe indica que a lo largo de los últimos años, Estados Unidos ha ampliado su participación directa en operaciones antidrogas en el hemisferio occidental, sobre todo en América Central.
El informe destaca que, como en casi todo rubro, el gobierno de Barack Obama ha favorecido el empleo de Fuerzas de Operaciones Especiales en sus políticas de seguridad, y que serán cada vez más empleadas en América latina para capacitación y organizar ejércitos. Tales misiones cumplen funciones que van más allá de la mera provisión de entrenamiento. Ellas permiten que las unidades de Fuerzas Especiales se familiaricen con el terreno, la cultura y los oficiales clave en países donde algún día podrían operar, indica el informe. Agrega que también permiten que el personal estadounidense reúna información confidencial sobre sus países anfitriones.
La nueva estrategia regional de los Estados Unidos requiere una respuesta de América Latina y el Caribe, y esa respuesta también debería ser regional. Sin dudas es un tema sumamente pertinente para discutir en el Alba-TCP, el Consejo de Defensa de Unasur y en la Celac. No se trata de previsiones agoreras de militantes radicales de izquierda o anti norteamericanos. Los propios documentos del gobierno de los Estados Unidos y la prensa de ese país nos están advirtiendo sobre lo que viene. En el nuevo equilibrio mundial que se va conformando, urge defender la autonomía estratégica de América Latina y el Caribe no solo en la dimensión política, sino también en la militar, sostenía Yepe Papastamatin
Otros análisis sobre pista ligera y operaciones militares especiales de Estados Unidos en América Latina señalan que en este clima de nuevas agresiones se torna indispensable la unidad de los pueblos para derrotar al imperio. Añaden -en principio- que el imperio puede aparecer como "huída hacia adelante", propio de de una bestia desesperada, confundida y arrogante. Como siempre ha sido a lo largo de la historia con todos los imperios en crisis la posible "solución" reviste carácter agresivo y militar. Un "repliegue" imperial de otras zonas aumenta el peligro tanto en América Latina como en África. En lo que se refiere a América Latina tienen en marcha planes criminales de agresión particularmente contra Venezuela y Bolivia. Naturalmente - como ha sido con todas las acciones militares imperiales - en el fondo está el saqueo, el "camino fácil" del robo a mano armada, del asesinato para hacerse por la violencia de los bienes ajenos, pero también, tal cual siempre lo han hecho, para "estatuar el ejemplo" ante pueblos en lucha por sus históricas reivindicaciones, proceso que en la actualidad se está viviendo en el Continente irredento.
Tal cual lo quisieron hacer con Cuba, la heroica, lo pretenden implementar hoy en día contra Venezuela y Bolivia. Cuentan para ello con las pulidas estrategias aplicadas en Afganistán, Irak, Libia y Siria, que se basan en la colaboración de mafias locales que participarán en la repartija saqueadora. Esas mafias también están presentes hoy en día en Venezuela y Bolivia y están creando el clima para dar el zarpazo cuando el amo les ordene. Todo hace prever que no será un camino de rosas ni para el imperio, ni para los traidores "nacionales" pero el costo - como siempre - lo pagarán los pueblos.
Es la hora de la lucha de los pueblos para frenar los desaforados apetitos del imperio. Es la hora de la liberación de nuestras patrias para alcanzar la unidad solidaria de América Latina y el Caribe. Ninguna política o estrategia imperial podrá triunfar si nuestros pueblos de unen en una gran patria como la soñada por nuestros libertadores.