LOS HÉROES DE LA SEGUNDA OLA  



LAS MÁQUINAS ACORTARON EL TIEMPO DE PRODUCCIÓN 



II PARTE
Fausto Jaramillo Y.

La llamada revolución industrial, no es únicamente un momento en la historia en que aparece un producto de la ciencia; es sobretodo un cambio en la forma de comprender la vida y enfrentarla. El movimiento continuo, que trajo consigo la máquina de vapor, rompió todos los esquemas vitales imperantes. Las máquinas modificaron la comprensión de dos de las dimensiones más importantes al momento de entender y aprehender el mundo: el tiempo y el espacio.
Si antes el paso de las estaciones, los días se medían acorde a la siembra y a la cosecha, ahora se debía medir el tiempo en horas, minutos y hasta segundos. Es que las máquinas acortaron el tiempo de producción de cualquier producto. Lo que a un ser humano de la era agraria le tomaba semanas o meses, ahora se redujo a horas o quien sabe, minutos. Veamos un ejemplo: ¿cuánto tiempo le tomaba a un ser de la era agraria en coser los calzados suyos, de su esposa, de sus hijos, de sus padres, de sus amigos? En el menor de los casos, debe haber sido meses, porque debía atender primero la siembra, luego el riego hasta llegar a la cosecha. Entre una y otra etapa, tenía tiempo para preparar el cuero, darle forma y coser cada uno de los zapatos. La máquina original, para hacer lo mismo, seguro se tomaba unas horas; hoy, en la actualidad, todos esos zapatos apenas le toman unos minutos a la máquina.
También destruyó y modificó la comprensión del espacio. A partir de la existencia de la máquina, la industria se instaló en la cotidianidad porque pudo producir excedentes de cualquier producto, los que debían ser vendidos, ya no a los propios habitantes del pueblo sino a los de otros pueblos, por más distantes que estuvieran. La mercadería debía ser transportada a cualquier parte. El comercio se aceleró. La máquina de vapor dio origen a los primeros vehículos, a los trenes, los barcos, en los que viajaban los propietarios de la mercadería a venderla en otros lugares. Claro que eso siempre fue posible, pero ahora, en el vehículo se posibilitó el transporte de grandes cantidades de carga, el alcanzar mercados muy distantes y recorrer caminos hasta ese momento apenas imaginados.
Junto con ese comercio, era apenas lógico, suponer la presencia de un sistema financiero que diera sustento a la industria naciente y al creciente comercio. El Poder, así con mayúscula, abandonó la tierra y se acomodó en el dinero.
Paralelamente, la revolución industrial modificó el paisaje. De la bucólica campiña, al principio, poco a poco, y luego aceleradamente, la humanidad contemplaba el surgimiento de las ciudades hasta alcanzar los tamaños de las modernas megapolis. El urbanismo es parte consustancial de esta época, y con él, habrían de llegar otras formas de contacto social, otras formas de relaciones y de problemas.
En resumen la Revolución industrial que se inicia en 1749 trajo consecuencias tales como:
1. Políticas: años más tarde surgiría la República, que reemplazaría a la Monarquía. Conceptos como Democracia; División de Funciones del Poder; la Fuente del Poder no es Dios, sino el Pueblo, expresada a través del voto universal; el Poder no es vitalicio ni hereditario; la igualdad ante la Ley, invadieron la mente de los humanos luego de que la máquina de vapor recorriera las nuevas carreteras que hirieran la geografía del planeta para que pudiera caminar por ellas.
2. Demográficas: migraciones del campo a la ciudad, de un feudo o reino a otro, y luego de un continente a otro.
3. Económicas: Producción en serie; desarrollo del capitalismo; aparición de las grandes empresas. Necesidad ilimitada de combustibles, primero el carbón y luego petróleo.
4. Sociales: nace el proletariado, explotación laboral, trabajo infantil. Aparecimiento de otras demandas. La despersonalización de las relaciones de trabajo: se abandonan el terreno y el taller familiar y la fábrica demanda y recibe oleadas de obreros y trabajadores con lo que surge el proletariado urbano.
5. Ambientales: Explotación irracional de la tierra. Deterioro del ambiente y degradación del paisaje.
En esta nueva era, los héroes cambiaron su vestimenta y se repensaron los valores que debían publicitar. Ya no debían luchar por la conquista o defensa de territorio sino por la “verdad” y la “justicia”, por la disciplina laboral y el dinero. Los rivales, adversarios o enemigos no eran los que provenían de otro clan, de otro pueblo, sino que ahora estaban enquistados en su seno e intentaban imponer otros valores.
Inglaterra fue la cuna de la revolución industrial, Francia, por su parte fue la tierra donde se abrió paso la nueva forma de organización política que vendría a acompañar y amoldar las instituciones que serían necesarias para esta nueva etapa de la historia: la República. Así, entonces, la ciencia y la tecnología provocan los cambios, pero la política los adopta y los moldea a su conveniencia.
Cosa rara, James Watt, el ingeniero que inventó el movimiento paralelo para convertir el movimiento circular a un movimiento casi rectilíneo, es decir el hombre que sentó las bases tecnológicas para esta revolución; así como Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Marat, Diderot o Robespierre, a pesar de todas sus contribuciones a la formación y constitución de un nuevo pensamiento y orden científico y político, traspasarían los umbrales de los héroes, quedándose en el panteón de los humanos.
Estados Unidos, a miles de kilómetros, se apropia de los dos fenómenos: nace como República y su economía se basa en la industria y el comercio.
Nada raro, entonces que miremos a ese país en búsqueda de los héroes de esta segunda ola, o nueva etapa de la historia universal.
Los “padres de la patria”, fueron emigrantes provenientes de la vieja Europa. Huían del viejo continente infestado de problemas, con persecuciones religiosas, con luchas por el Poder que regaban la sangre de sus gentes, con pestes y carestías que provocaban la muerte por inanición. En esas condiciones miraron al nuevo Continente, América como la tierra de salvación. Llegaron en barco, cargados de sueños y de sus familias, y apenas pisaban suelo americano se apropiaban de la tierra. Así, de las costas orientales atlánticas, la carrera hacia el Oeste fue la consecuencia natural, pero en esa carrera aparecieron los antiguos propietarios, las tribus indígenas, inferiores en número y en conocimientos científicos y tecnológicos.
De esta etapa surgieron nombres como Wyatt Berry Stapp Earp, mejor conocido como Wyatt Earp, un policía o Sheriff, implacable y rápido en el manejo del revólver que parece acercarse a la categoría de héroe, a pesar de que su vida conocida y documentada lo muestra en su humanidad, con virtudes y defectos parecidos a todos los que pertenecemos a la raza humana.
Conquistado el Oeste, tras la inmisericorde masacre a las tribus primitivas, la ola de colonos se dedican a construir ciudades y poblarlas. A partir de ese momento, los héroes deben encontrarse en lo urbano.
Superman es el prototipo de estos héroes, no humanos, con superpoderes, que vive en Metrópolis, y como sus creadores son inmigrantes había que otorgarle un origen indemostrable, por eso viene de Kripton, un lejano planeta ya destruido. Pero, también su origen es la causa de su vulnerabilidad: la kriptonita, es decir, los pedazos del planeta destruido que alcanzaban a llegar a la tierra, eran la causa de su debilidad y pérdida de poderes. (¿Le recordaban sus verdaderos orígenes?)
Superman puede volar, algo que, hasta ese entonces, había sido una ilusión humana, (recordemos a Icaro, en la mitología griega) a pesar de que la tecnología no había logrado solucionar el problema de la ley de la gravedad, los carros habían roto las ataduras del tiempo, y luego el tren vendría a romper los esquemas mentales de tiempo y espacio. No olvidemos que en esos días se decía que el tren, instrumento de la conquista del Oeste de ese país, “vuela”, entonces no debe admirarnos que Superman tuviera esta característica.
Superman, es indestructible, es el “hombre de acero”, es decir, es producto de la era industrial que moldea los metales.
Viste con los colores de la bandera de la nueva nación, y a pesar de que se conoce su infancia y su juventud, hasta llegar a la redacción del diario El Planeta, no envejece; se mantiene en una edad en la que el reloj parece haberse detenido, y cosa similar sucede con su eterno enemigo Lex Luthor, y eso, porque la sociedad que lo inventó, no puede darse el lujo de perder a su héroe, quien debe sobrevivir a todo atentado, a toda circunstancia para que siga marcando el camino trazado.
Pero un solo héroe no puede representar todos los valores que la sociedad reclama para sí. Debe, entonces, buscar otros que sin tener la dimensión del héroe principal, puedan representar otros valores.
La sociedad estadounidense, al no tener los hombres y mujeres de carne y hueso que ocuparan dichos lugares, los buscó en la sociedad del espectáculo. Los cómics, o revistas de figuras o dibujos fue el escenario donde podían ser encontrados. Batman, Robin, El Llanero solitario, Los Halcones negros, Capitán América, Mujer Maravilla, Gatúbela ; en fin, una serie interminable; algunos permanecieron en la preferencia popular, pero otros no resistieron la prueba del tiempo y desaparecieron. Si miramos con atención, todos estos “héroes” son apenas un remedo incompleto de Supermán; tienen en su palmarés una o varias “cualidades” del héroe mayor.
Cuando Estados Unidos pasó a ser considerado uno de los centros de la bipolaridad resultante de la segunda guerra mundial, esa necesidad se acrecentó; requería héroes que unificaran al país para mostrar al mundo su poder. La definición política de que eran la policía del mundo y que harían “lo que fuera necesario” para defender la vigencia de la democracia y los derechos humanos, debía ser respaldada no solo con la imagen que sus propios ciudadanos se hacían de sí mismos, sino también, a través de la imagen de ciertos héroes que cumplieran el papel de embajadores pedagogos que enseñaran a los otros países lo que eso significaba. Hollywood reemplazó a los comics, y si bien en un principio las películas eran “rosas”, lo que se debía a un intento de mostrar a sus soldados como seres humanos, dedicados a su trabajo, perfeccionistas, pero con sentimientos, capaces de romper ciertas reglas si es que la “verdad y la justicia” lo ameritaba.
Luego, Hollywood inundaría las salas de cine del mundo con una serie de películas, francamente bélicas que intentaban mostrar lo poderoso de su ejército. Los artistas, representando a los soldados eran capaces de todo lo imaginable en una guerra, a veces, ni siquiera se ensuciaban su uniforme al ejecutar todo tipo de acrobacias en el desierto de África, o en las playas y montañas europeas. John Wayne se olvidó su sombrero, sus botas y su caballo, así como las pistolas que le colgaban al alcance de sus manos, para vestirse de uniforme, manejar carros blindados y disparar fusiles, lanzallamas y tantas otras máquinas de matar.
Cuando los países que en la guerra real fueron sus enemigos, y tras la firma de rendición pasaron a ser sus aliados, los enemigos fueron los coreanos, los vietnamitas y para combatirlos aparecieron los héroes solitarios invencibles, capaces de destruir a sus enemigos con las únicas armas de su inteligencia, su cuerpo y una que otra bélica. Llegó la época de los Rambos, de los Terminator, y tantos otros que iluminaron con explosivos y sangre, las pantallas de cine. Estos héroes se parecían a Supermán, pero claro, eran humanos, capaces de obedecer, de sufrir, tal vez de sonreír, y de vez en cuando, solo de vez en cuando, alguna gota de sangre ensuciaba su rostro tras una maratónica pelea con sus enemigos. ¿Qué valores transmitían estos héroes? Los que el Departamento de Defensa, el conocido Pentágono, quería que se transmitieran: su ejército no solo era poderoso por las armas que poseían, sino por el patriotismo de sus héroes que a pesar de cualquier duda, de cualquier problema, de cualquier circunstancia, acudían a pelear por su país y lo hacían con fiereza y determinación. ¿Financiaba estas películas, el gobierno de su país?
Durante el reacomodo de la geopolítica, la explosión de las bombas atómicas en Hiroshima y en Nagasaki, impusieron el miedo. Los gobiernos y los gobernados sabían que si otra guerra, tan brutal como las anteriores, la devastación no sería de una fracción de su geografía, sino que podría llegar a ser universal. La diplomacia sórdida debía emplear caminos no muy santos, en los que los espías jugarían un papel fundamental. En este escenario ellos serían los nuevos héroes. Pero había una dificultad: ellos no podían ser conocidos, no tenían rostro, peor, nombre ni apellido. Entonces, ¿qué hacer? Pues, inventarse un héroe espía, o espía héroe; su nombre James Bond, con licencia para matar, pero no para iniciar una guerra; con permiso de ser cínico y prepotente, pero no para acabar con el adversario o enemigo. Bond, cosa rara, no es estadounidense, sino británico; pero sus enemigos no tienen nacionalidad, son seres poseedores de enormes riquezas que desean un Poder universal. Cosa extraña, sus nombres, y su forma de hablar los delata como originarios de países del oriente europeo.
Pero, James Bond, también mostraría síntomas de lo que vendría en el futuro. Una de sus cualidades es el dominio de la ciencia y el conocimiento, cualidades propias de una tercera “ola” o etapa de la historia.