SOBRE HÉROES Y TUMBAS 



¿QUIÉNES SON LOS HÉROES? 



I PARTE
Fausto Jaramillo Y.
¿Quiénes son los héroes?
Ernesto Sábato, bautizó a su extraordinaria novela con este nombre. Historias entretejidas que marcan la muerte como punto de partida para la vida. ¿Será que es necesario morir, para nacer?
Definir al héroe, no es una tarea de fáciles dimensiones. El imaginario popular cree que el héroe es aquel que, en un momento de su vida, saca a relucir o deja escapar de su interior capacidades más allá de las que los otros humanos son capaces de demostrar. Normalmente esas capacidades resaltan en momentos dramáticos o extraordinarios, por lo que para enfrentarlos hace falta, también, capacidades extraordinarias. El héroe por lo general es un ser individual, pero, sus cualidades representan las características deseadas por un pueblo, aquellas que el colectivo las asume como definitorias de su identidad. Por eso definir al héroe no es un ejercicio retórico que sirva de instrumento para satisfacciones intelectuales; por el contrario, se trata de que, a través del héroe o de los héroes, podemos encontrar alguna o algunas de las bases sobre las que se asienta la construcción de aquello que a lo largo de los siglos ha sido la etérea aspiración de una sociedad y que la llamamos identidad.
Los héroes, a lo largo de la historia, han sido los encargados de encarnar los ideales, los valores con los que cada sociedad pretende ser reconocida. Esas cualidades o valores, de los cuales cada miembro de ese conglomerado social, se siente orgulloso de poseerlos, o al menos, de creer poseerlos; y, por los cuales, no escatiman esfuerzo alguno para defenderlos, llegándose incluso a jugarse la vida, forman parte de esa definición tan anhelada, por todos los pueblos que la conocemos como identidad. La misión entregada a los héroes es, entonces, la de servir de elementos cohesionadores de una comunidad, que al sentirse como herederos de una cualidad o de un valor, y compartir esa herencia entre todos quienes conforman un grupo, se logra crear un sentido de pertenencia que responde a esas eternas interrogantes de ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy?
Cada pueblo, en cada época, ha creado sus héroes o los ha ido moldeando, adaptando a las circunstancias. No son seres perfectos e inamovibles; por el contrario, sufren de retoques permanentes; pero los cambios que sufren son adaptaciones atrayentes y no desfiguraciones que los destruyan.
A los héroes no siempre se los encuentra en la historia: también los hay sacados de la imaginación y del arte. Algunos son seres de carne y hueso, a quienes se les ha añadido cualidades importantes necesarias para la construcción de la identidad colectiva. En ocasiones no ha habido necesidad de hacerlo, puesto que esos hombres ya la poseían, pero el imaginario social ha acrecentado en ellos dichas cualidades hasta límites insospechados, los ha magnificado, hasta desfigurar su humanidad y los ha convertido en mitos o leyendas y luego en héroes.
Si intentáramos establecer una lista de héroes conocidos en el mundo entero encontraríamos en ella a personajes tan disímiles como Ulises, Alejandro “Magno”, el Rey Arturo, Ricardo- Corazón de León, El Cid, Supermán, Batman, James Bond, y el Capitán Maravilla, Linterna Verde y Rin Tin Tin, Lassie y Atila. Pero estoy seguro que nadie incluiría en dicha lista a Cristóbal Colón o a Albert Einstein; o peor aún, a Miguel Ángel, a la Madre Teresa de Calcuta o a Filípides.
¿Qué cualidad o qué dimensión de valor, hace falta para que la humanidad permita la entrada, de alguien o de un personaje real o ficticio, al campo de los héroes? ¿Por qué algunos actos de valor cometidos por los humanos no merecen esa distinción?
El siglo XX, fue, que duda cabe, el escenario cimero de lo que Alvin Toffler llamaría la Segunda Ola; es decir aquella etapa histórica de la humanidad en la que la industria y el comercio configurarían la vida y la forma de entenderla y enfrentarla. En este escenario, los medios de comunicación se transformaron en los grandes difusores de ideas y valores presentes en las realidades o en el imaginario popular de un pueblo. En este contexto, algunos estudios sobre los medios de comunicación realizados tanto en Europa como en América, intentan demostrar que en éstos, bien sean los escritos o los electrónicos, incluso los virtuales, las noticias y temas de la política y de deportes ocupan las primeras páginas o espacios destacados, luego vienen las del espectáculo internacional y nacional; las que tienen que ver con el ámbito económico o de las ciencias y la tecnología, si bien son importantes, ocupan espacios de relleno. En algunos medios, este orden se trastoca para dar cabida a las noticias de crónica roja, es decir, las de violencia, muerte y sexo.
Así, entonces, es en estos espacios donde se refleja una sociedad; son, por decirlo de alguna manera, la fuente de la creación de los héroes y de los villanos que requiere una sociedad en su proceso de cohesión.
Los héroes modernos, creados por los medios de comunicación, pasan por ser reconocidos por una colectividad, debido a su presencia ocasional o permanente, en los espacios que éstos los permiten aparecer; aquellos que “hacen noticia”, es decir los hombres y mujeres que ocupan en las primeras páginas, diciendo o comentando sobre algún hecho o evento, o siendo ellos mismos los protagonistas de dichos actos. Algunos tienen una presencia efímera y pronto pasan a ocupar las tumbas del olvido. Mientras que otros pocos, muy pocos, logran traspasar el tiempo y ubicarse en el panteón de los héroes que guarda cada sociedad.
Para no ir más lejos, miremos lo que ha acontecido en la historia de la civilización occidental, en la segunda mitad del siglo XX, y primera década del siglo XXI. Personajes como John F. Kennedy, Fidel Castro y el “Che” Guevara están presentes en la memoria popular, mientras que Daniel Cohn-Bendit, o el Comandante Marcos, Ben Gurión, Golda Meier, y hasta el Papa Juan XXIII, apenas si son recordados, a pesar de que éstos últimos originaron profundos cambios en la conformación de los mapas e idearios políticos locales y mundiales de su época.
Los Beatles, ocupan un lugar preponderante en la memoria colectiva de la juventud del mundo, al igual que Elvis Presley, mientras que personajes como Neil Amstrong, el primer astronauta en pisar la Luna, o Christian Baarnar, médico que realizó el primer trasplante de corazón, apenas si son mencionados en ciertos tratados especializados, y eso que su contribución a la ciencia y a la tecnología es inmensa y profunda.
Los deportes también han contribuido y contribuyen a eso que llamamos memoria colectiva con nombres como Di Estéfano, Puskas, Pele, Maradona, Cassius Clay o Mohamed Alí, que han logrado traspasar el tiempo por décadas, pero otros que en su momento también fueron héroes venerados han caído al olvido: Didí, Gerson, Kempes, Joe Frasier, Sonny Liston, Carlos Caszely, Mc Enroe, Axel Mitbauer, Jesse Owens, Mark Spitz, Nadia Comaneci, Carl Lewis, Michael Phelps, forman parte de esta interminable lista.
Nada diferente de lo que ocurre en el país que ha dominado la geopolítica y la economía del siglo: los Estados Unidos. Allí los deportes que se practican con la aceptación popular mayoritaria, el beisbol y el fútbol americano han estado, desde siempre plagados de atletas poderosos, parecidos a los antiguos gladiadores del circo romano, dispuestos a morir por su ideal, que casi siempre coincide con el color verde de los billetes que ganarían, antes que con los valores definitorios de su pueblo. Adorados por las rugientes masas de asistentes a los estadios mientras lograban victorias que las enardecían; incluso, el imaginativo mercadeo se inventaba el “Salón de la Fama”, para honrar sus hazañas, sin embargo y a pesar de ello, las viejas figuras apenas son recordadas, son cuerpos que ocupan los cementerios de la memoria antes que el cielo de los héroes.
Al cine se lo llamó el arte del siglo XX, aunque en los años finales, la televisión, le redujo su atractivo y su capacidad de movilizar masas, pero en ambos escenarios se crearon personajes que según la propaganda debían ocupar el parnaso reservado a los grandes. Eran seres, hombres y mujeres, animales como perros y delfines, incluso dibujos animados, que en su momento hicieron suspirar a millones de personas; pero su carácter ficcional, impostado, falso, les permitió durar el tiempo suficiente hasta que otras figuran ocuparan sus puestos. El olvido es quizás la característica más descollante de estos seres que nunca moraron en el panteón de los héroes sino el de las figuras de celuloide, en el papel de los periódicos o una figura en la pantalla de cristal. ¿Alguno de ustedes, recuerda a Jeff Chandler, Víctor Mature, Rock Hudson, John Wayne, Steve Mc Quenn, Anthony Quinn, Marcello Mastroiani, Jean Paul Belmondo, Lino Ventura, entre los hombres, y a Anouk Aymee, Catherinne Spaak, Virna Lisa, Rossana Mangano, Rossana Podestá, Annie Girardot, Rita Hayworth, Katherine Hepburn, entre las mujeres?, ¿verdad que no? y la lista podría ocupar cientos de páginas. Apenas fueron figuras de plastilina en manos de directores que les permitieron posar delante de una cámara, pero no, héroes de actos y pensamientos propios que abrieran caminos a los pueblos, y por eso, sus vidas descansan en el anonimato mientras sus actuaciones en películas. Sus tumbas no descansan en el cementerio de los héroes.

Los héroes de la primera ola.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en que los héroes permanecían largos períodos en la memoria de los humanos. Eran los tiempos a los que Toffler llama “La primera Ola”, en que aun no existía la escritura y la tierra era el gran elemento que marcaba la vida de los seres humanos, por eso, los héroes tenían otras características y otros objetivos.
Los pueblos de la antigüedad sustentaban su vida y su cosmovisión en la tierra, a la que rendían culto y a la que ofrendaban hasta sus vidas, los personajes de sus historias estaban, precisamente, ligados a ella; la defensa y conquista de los territorios requerían de figuras o íconos que defendieran simbólicamente la necesidad de la guerra, del sacrificio de la vida propia en aras de conquistar o defender, según sea el caso, ese territorio necesario para la subsistencia del colectivo. Esos personajes correspondían, como no podía ser de otra manera, a la cosmovisión de cada pueblo, tenían sus características incluso somáticas: cabello de tal o cual color, una piel clara, oscura o cobriza, eran altos, más altos que el común del pueblo, vestían igual que los demás, hablaban el mismo idioma y se enamoraban de una hermosa princesa, casi siempre, hija del líder o rey que gobernaba, y la desposaban para vivir eternamente felices, pero todos ellos, sean cual sea su origen, representan o encarnan las cualidades requeridas para la sobrevivencia de todos, antes que la correspondiente a cada individuo. Existe, entonces, en cada relato la presencia de la solidaridad hacia lo colectivo antes que la egoísta función de lo individual.
Y aquí radica uno de los principales elementos de los héroes. En toda sociedad, desde las primitivas que habitaron el planeta hace miles y miles de años, a las modernas sociedades postindustriales, existe un segmento poblacional, muy pequeño por cierto, que tras su desaparición física, ha logrado vencer a la muerte y, sus miembros, vive en la memoria colectiva, en algún lugar privilegiado del panteón de los héroes; a dicho segmento pertenecen los seres que en su vida entregaron su esfuerzo, muchas veces superior a sus fuerzas, en aras de la sobrevivencia de la colectividad. Con el paso de los años, a veces de los siglos, la propia sociedad se encarga de desfigurarlos y otorgarlos ciertas cualidades que, a lo mejor, en vida, no las tuvieron, pero que, sin embargo resultan importantes al momento de intentar definir la identidad del pueblo que ellos ayudaron a moldearlo. Surgen así los mitos.
Los mitos, cuentos y leyendas ocupan un espacio destacado en la educación de las nuevas generaciones; pero para ello era necesario inventar, a partir de historias reales, relatos de coraje, expuestos por personajes que se convertirían en ejemplos; éstos debían exhibir los valores destinados a sustentar la vida en común. Así, poco a poco, la memoria histórica de los pueblos primitivos, abandona la realidad para adentrarse en el espacio de lo simbólico, y de esa manera alcanzar su permanencia en la memoria colectiva.
En los mundos occidental y oriental, los seres que viven en los mitos, cuentos y leyendas son seres sobrenaturales, con fuerza, con decisión, con valentía sobrehumana, cualidades difíciles de ser alcanzadas por simples mortales; son seres semidioses; cuando no son dioses, al menos son hijos de los dioses. Sus amores y sus odios traspasan los estrechos límites de lo humano y corresponden a pasiones extraordinarias. Es que claro, lo inexplicable solo podía ser explicado por la presencia y voluntad de los dioses. Los héroes, por el contrario, son seres humanos ligados a la tierra, la trabajan, siembran y cosechan, odian a quienes pretendían quitarles sus tierras, y aman a los líderes que expanden los límites de la tierra, aunque para lograrlo requieren tener todas las cualidades humanas amplificadas con cierto tinte otorgado por los dioses. Los primeros héroes son guerreros, conquistadores o defensores de parcelas de territorio donde alcanzar la sobrevivencia de la colectividad.
Así, a manera de ejemplo, para los griegos, las conquistas de Filipo, el Grande, y las hazañas de su hijo Alejandro que amplió los límites de la tierra conquistada, lograron sentar las bases de la gloria de Atenas. Claro que no fueron los únicos ejemplos ni hazañas de los hombres de este pueblo, pero, al ser sus líderes los que lo lograron, marcaron el rumbo que habrían de seguir lo griegos. Luego de ellos, Homero vendría a cantar a Agamenón y su fraternidad con Melenao; a ellos habrían de unirse varios otros reyes o líderes como Odiseo y Aquiles a fin de vencer a Príamo, el Rey de Ilión (de ahí el nombre de Ilíada) o Troya, y padre de Héctor y París, el raptor de Elena, la esposa de Melenao. Pero, por increíble que parezca, de estos nombres, sólo un par de ellos, habrían de poblar el imaginario griego en el lugar reservado a los héroes: Odiseo, mejor conocido como Ulises y luego transformado en una legión de hombres dispuestos a luchar contra los monstruos, Maciste, Thor y tantos otros; y Aquiles, el guerrero casi inmortal.
La tierra, el vulgar control del comercio en el estrecho de los Dardanelos, no se menciona en la Ilíada, porque ser una razón muy mundana, indigna de los héroes; por eso la guerra de Troya encuentra su justificación en el honor, la venganza y en el amor de una mujer. Cada uno de los personajes de la obra se apropia de una virtud y entre todos luchan sin denuedo y descanso por alcanzar el triunfo. La unidad de los jefes de los pueblos y la inteligencia como arma de combate, es el mensaje oculto de la obra y ello abrirá el cauce para la grandeza del pueblo griego.
Al valor de estos personajes, ni siquiera los dioses pudieron doblegar. Y cuando entre ellos sobresalía alguno, al que los propios dioses habían otorgado poderes superiores a los que podía aspirar ningún humano, pues, entonces los dioses mostraban su humanidad y sucumbían a sus ambiciones poniendo de manifiesto, en sus acciones, la envidia, la trafasía, la traición y muchas bajezas más. A Aquiles, cuando niño, los dioses le cubrieron con una piel intocable, por tanto con la cualidad de invencible; sin embargo, tenía en uno de sus talones, su punto débil. Los mismos dioses, regaron el secreto de su debilidad para que sus enemigos pudieran darle muerte.
La guerra duró varios años y cuando todo parecía agotado, una treta inteligente de Ulises, un rey hijo de padre y madre humanos, sin poderes sobrenaturales, apenas investido de una gran capacidad de raciocinio, habría de darles la tan anhelada victoria a los griegos, tras la cual Odiseo (que era el verdadero nombre de Ulises) habría de iniciar su viaje de retorno a la isla de Itaca, su reino, y a permitir que Homero, escribiera otro canto: la Odisea, donde este personaje, al enfrentar a enemigos inimaginables, a bestias indescriptibles, habría de encontrar la puerta hacia la inmortalidad de los héroes.
Los héroes griegos son los primeros conocidos y de quienes tenemos constancia documentada de su existencia; sin embargo, no fueron los únicos. Tras ellos, o junto con ellos, están los héroes de todos los pueblos conocidos, incluso de los llamados bárbaros o no inmersos entre los pertenecientes a los grandes imperios.
El período al que nos estamos refiriendo, es decir cuando la tierra era el centro de la vida, duró muchos siglos, tiempo suficiente como para que se sucedan varios imperios y muchas formas de entender el tránsito humano en el planeta. Tras los griegos vinieron otros pueblos a ocupar su lugar, entre ellos, los romanos. Este imperio, con larga duración en el tiempo, con tantas contribuciones a la organización social, nace de un mito: el de los hermanos Rómulo y Reno, abandonados por sus padres y recogidos y amamantados por una Loba. Pero, miremos con atención, según el mito, el padre de ellos, fue nada más y nada menos que el dios Marte, al que le encantaba seducir a las mortales; por lo tanto, los fundadores de Roma eran hijos de un dios, (no podían ser menos) y con ello, ya tenían asegurado su paso al cementerio del los héroes.