LAZOS DE SANGRE 



LOS LAZOS FAMILIARES SON REACIOS A SU SEPARACIÓN 



Fausto Abad Zúñiga
No hay lazos gregarios más fuertes que aquellos que se afirman en la descendencia, mientras más cercanos, más duraderos e invulnerables. Son los lazos familiares reacios a su separación, salvo la muerte, y aún con ella, sus recuerdos perduran en la memoria de quienes los vivieron como si su rojizo horizonte se hubiese pintado para siempre en el éter generacional. La familia es el núcleo de ese sistema que se dilata en órbitas simétricas ligadas entre sí según la fuerza del impulso que las creó y el magnetismo que las mantiene en su rededor. He palpado grupos que se unen entre sí pretendiendo un lazo que los distinga y proyecte al ambiente externo como un todo sólido. Se exhiben en sectas o terruños. La tribu es quizá el espejo más emblemático de esa imagen.
Sin embargo, a escondidas del mundo, en la casi ignota periferia del norte planetario, nacía una nación desde el horror bárbaro a la gloria inmortal. Se perfiló como una discreta pero inmensa familia de millones de seres que expulsaron de su alma el egoísmo individualista, bajo el amparo de un solo padre. Su reciedumbre los adelantó en siglos al advenimiento del súper hombre de la ciencia. Se levantó del polvo al que la redujo la ruindad de más bombas que todas las lanzadas en la Alemania de la segunda guerra mundial, en un reducto de 120.000 km2. Allí quedaron, de quince millones, tan solo cinco sucios zombis, restos del cataclismo causado por la torva y voraz águila imperial entre 1950 y 1953. Eran los supervivientes de la fabulosa estirpe que forjó su propio mundo y lo grabó para los tiempos. Se los creyó en agonía dilatada de seis décadas de arduo excavar de sus entrañas en un largo entierro de sus muertos, amortajando su historia en la miseria de vidas enclenques y heridos mendicantes.
Pero no, cerraron su tierra con llaves imponderables y empezaron. Barrieron la basura de la destrucción y sembraron. Paso a paso, minuto a minuto, hombro con hombro. Con voluntad, con coraje, con furia redentora, con mente creadora, mirando al infinito, reduciéndolo a su linaje, al de la casta invencible de su obra, al baluarte irreductible de su corazón. El nuevo Dios hombre nació con una nueva especie, con una nueva era, para el hoy y el mañana, el ahora y el siempre, desde el instante hacia la perpetuidad. Se inició la fundición en la fragua catártica del bien, el pútrido fluido de la maldad. Moldearon un universo augusto con faros galácticos rutilantes, sin miedos ni temblores, guiados por la dimensión heroica de la voluntad paternal.
Se los había separado para siempre de su familia milenaria, dividiendo su espacio con una línea de fuego artificial infranqueable. En el exterior, silencio sepulcral. Lo ignoraban en el menosprecio del olvido. La omisión de su existencia lo esfumaba en los medios. Pero ese retiro lo sustentó en su titánico bregar. El refugio del regazo familiar lo acogió en la fiebre del trabajo revolucionario. Jamás se amilanó. Solo se calló. Intereses aviesos pugnaron por escurrirse en ese misterio. Pero fue en vano. La puerta de su muro nunca se abrió. El espigar cibernético conseguía bocetos aislados. El enigma nutrió la gula mediática de un Occidente bobo, perdido en fatigados supuestos de cárcel de férrea opresión. No obstante, para nutrir suspicacias, vertían lóbregos sucesos luego de lapsos ampliados. Se atribuían hambrunas aterradoras. Se pintaba el ocaso de una nación. Se les brindaba la extinción de una raza. Eran tretas racionadas. Ayudas extranjeras se recibían en sus dinteles. La entrada era prohibida. Contactos sigilosos chocaban con parcas y esquivas respuestas. Al fin a nadie podía importar las graves necesidades de unos cuantos “asiáticos retrasados”. La incógnita persistió en el planeta, mientras los telescopios y sondas siderales hurgaban el universo descubriendo cosmos inimaginables.
No puede ser, pensé años atrás. Debo saberlo. Hay que desentrañar ese secreto. Si lo sospeché fue por el azar. En mi curiosear cibernético se colaba un desfile militar extraordinario. El garbo y el orden de la participación femenina se exhibían en un cuadro espectacular con música marcial. Una plaza inmensa, una gran avenida y bocetos de rascacielos, una especie de tribuna y varios minutos de mirar arrobado. Nada más. Sólo eso no es un país me repetí. ¿De dónde salen tantos y tantas? Y los tanques y carros porta cohetes? Serán verdaderos?
De repente, un retumbe colosal. Una explosión en el núcleo de esa nación provoca la rabia del imperio. Sus endiosadas inteligencias plácidas en la “dulce vida” de la devastación y muerte fáciles y dispendiosas, no pudo penetrar ese germen famélico. Atrapadas en telarañas de tarántulas letales, fueron incapaces de atravesar las barreras de la nobleza de los lazos de sangre. No pudieron conseguir un solo Judas en una familia crecida ya en veinte y cuatro millones. Luego un segundo estampido y a poco, más, y cada uno mejor que otro. Los siguientes son acallados por la vocinglería mediática asalariada de un Occidente atónito. Surge un rosario de amenazas que se transforman en movilizaciones del terror imperial. Anuncian sanciones. Extienden la red imperial. No queremos ser Libia, ni Irak, ni Afganistán y tantos otros, proclaman y siguen.
De pronto rayos de luz rasgan al espacio desde ese país miserable, envuelto en su concha inescrutable, etérea, y orbitan satélites. Luego otra luz más potente, y otra, y otra, que crecen como estrellas fugaces en ascenso, capaces de hendir los tabernáculos imperiales y herirlos de muerte en sus nidos atómicos y en cadena como nunca lo imaginaron. Sí, eran los misiles, de corto, mediano y largo alcance. La Furia del escorpión se retuerce arqueando su aguijón tóxico, pero no se atreve contra lo que ve e intuye. Unas bombas quizá, pero mayor sería la protesta de su pueblo sorprendido en su sagrario. ¡Acaso cuando ellos comiencen, esos extraños esperpentos reventaron ya sus guaridas nucleares!
¿Cómo es posible que los mendigos del ayer jaqueen al Imperio más poderoso de la historia? Sencillo. Habían crecido en familia con un padre eterno que los levantó del barro y los hizo a su imagen y semejanza real.
Creó un país con honor, con libertad y goce de todas las conquistas de la civilización, con igualdad total en el conocimiento y las ciencias. Se construyó un colectivo de científicos, soldados, campesinos, servidores para todos y en todo, con el progreso del buen vivir gratuito al más alto nivel. Un Estado que se abastece a sí mismo y hace realidad la mítica autarquía griega.
En su diario caminar rige una moral aceptada y practicada sin los esguinces y vericuetos religiosos de un occidente incapaz de ver y aquilatar el valor de seres libres del miedo y la sumisión material y espiritual. En sus núcleos familiares solo prima el honor del uno y de todos, sucinto en el no hacer daño a nada ni a nadie y el respeto mutuo sin reservas. Si fallan, se aíslan y rechazan de por sí ante los suyos, que son todos. Las tareas reparadoras son su propia condena. Su religión está en su interior y es más filosofía ancestral. Admiten las otras y el Estado construye sus templos rígidamente apolíticos.
El sexo consumismo occidental se reemplaza por lo apto para todos, con variación de gustos pero sin las competencias de la extravagancia utilitaria. El progreso es de todos porque todas las empresas y sus frutos son de todos. Es un socialismo con esencia propia, inaccesible para las insaciables arcas del capital privado. Molles con todos los productos para el hogar y la quietud familiar diaria, semanal o vacacional. La industria y la cultura se esparcen en ambientes sanos. Todo lo que hacen sus campesinos, soldados, operarios, ingenieros, técnicos, etc. son trabajos de hermanos con suficiente talento cultivado para los relevos. Mucho de lo que se tiene no se muestra pero permanece seguro en donde casi todos saben de casi todo, hombres y mujeres, jóvenes y adultos.
Ante todo esto, el Imperio se replegó humillado. Corea del Norte, será el Norte sempiterno de los chicos y grandes. El símbolo del HONOR del ser humano. El pararayo de la paranoia perversa de los amos del mundo.