GOLPE DE ESTADO MILITAR-CÍVICO EN EGIPTO CON MUCHOS MUERTOS 



WASHINGTON HACE GUIÑOS A GOLPISTAS 



Washington hace guiños a golpistas en Egipto y no condena el putsch
Egipto concita la atención del mundo pues hubo un golpe de Estado que derrocó a Mohamed Mursi. Los seguidores del presidente, detenido, han sido reprimidos y hay varios muertos. Washington hace guiños a los golpistas militares y civiles.
EMILIO MARÍN
Los islámicos son mayoría entre los 84 millones de egipcios y su organización más reconocida es la Hermandad Musulmana, de la rama sunnita, muy perseguida por el gobierno dictatorial de Hosni Mubarak.
Con la caída de aquél, afín a Estados Unidos y sus aliados europeos en febrero de 2011, tras imponentes movilizaciones en la plaza Tahrir, aquella Hermandad intervino en política por medio del Partido Justicia y Libertad (PJL). Alcanzó con aliados salafistas de Al Nur, también sunnitas, el 65 por ciento de las bancas del Congreso y en junio de 2012 Mohamed Mursi ganó las presidenciales con el 51,7 por ciento de los votos.
Mursi superó a los candidatos afines a Washington y la Unión Europea, como el ex canciller Amr Moussa y el ex titular de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Mohammed El Baradei.
Era evidente que los graves problemas sociales, económicos y políticos contra los que había explotado en 2011 la “Primavera Árabe” no iban a desaparecer como por arte de magia. Menos en este país clave, el más poblado del mundo árabe.
Apenas asumido, Mursi tuvo su primer choque con los militares. El Consejo Supremo Militar había disuelto el Parlamento, basándose en una sentencia de la Corte Constitucional. Por eso, el 30 de junio del año pasado, el juramento del primer mandatario tuvo que ser ante la Corte Constitucional y no ante el Congreso.
Las relaciones del flamante jefe de Estado y la oligárquica institución castrense empezaron con el pie izquierdo. Y eso que aquél había hecho dos concesiones importantes a la alta oficialidad: no habría juicios por los crímenes cometidos en 2011 en medio de las protestas contra Mubarak, ni los anteriores. Y el presupuesto militar quedaría al margen de la fiscalización del presupuesto general de la Nación, lo que implicaba ingresos legales y de los otros para aquella oficialidad. Su estilo de vida tan acomodado, como un cuerpo de elite, con sus privilegios, no corría ningún riesgo.

Golpe en puerta
De todas maneras, los militares (450.000 efectivos) se dieron a la tarea de limar el poder de Mursi, temerosos de que la Hermandad Musulmana tuviera amistad con Siria, algo que disgustaba a EE UU y las potencias europeas que motorizan las acciones armadas contra el presidente Bashar Al Assad.
Que Mursi pudiera evolucionar hacia una postura solidaria con los palestinos de Hamas, que gobiernan Gaza, y que incluso pudiera mejorar relaciones con el demonizado Irán, chiítas, eran posibilidades que acicateaban los espíritus golpistas en los cuarteles.
El comandante en jefe de las FF AA y Ministro de Defensa, general Abdel Fattah al Sisi, fue preparando el golpe de Estado, y el Pentágono lo dejó hacer. Por supuesto no estuvo solo, porque al cumplirse el año de las elecciones, el pasado 30 de junio, movilizaciones masivas habían reclamado la salida de Mursi. Lo acusaban de los malos resultados económicos y supuestamente su condición de islámico había recortado las libertades para mujeres y otros sectores de la población.
Políticos como El Baradei y movimientos civiles como Tamarrod, con mucha participación juvenil de clases medias y altas, organizaron esas protestas y reunieron millones de firmas exigiendo que el presidente llamara a elecciones urgentes, o sea que renunciara, teniendo en cuenta que su mandato recién había cumplido un año. En los choques entre destituyentes y defensores del mandatario hubo unos veinte muertos.
El 1 de julio, aprovechando ese momento de crisis, el general Al Sisi dio un ultimátum a Mursi para que en 48 horas atendiera aquellos reclamos. Una forma poco elegante de decirle que abandonara el cargo. Y como éste no lo hizo, el 3 de julio el general dio el golpe.

Un títere y muchos muertos
El golpe fue el 3 de julio, puntual según el úkase militar, y al día siguiente fue nominado presidente interino el titular del Tribunal Constitucional Supremo, Adli Mansour. La Constitución quedó suspendida y cerrado el Parlamento.
Mursi fue arrestado y aún su lugar de detención no fue blanqueado, pero varias manifestaciones fueron a hacer “sentadas” frente al cuartel de la Guardia Republicana, presumiendo que allí lo tienen prisionero. Y esta semana hubo una represión de los militares golpistas contra los manifestantes musulmanes, que provocó unos 70 muertos y 1.200 heridos, cifras que el ministro de Salud redujo significativamente. Para el Ejército se trató de “un ataque terrorista a un objeto militar”.
La máxima autoridad islámica, Mohamed Badia, fue detenido y luego liberado, tras lo cual convirtió a su mezquita Rabaa al Adawiya en centro organizativo de las protestas. El que sí fue apresado fue el número 2 de la Hermandad, Jairat al Shater. Además se emitieron órdenes de arresto contra el vice presidente del Partido Justicia y Libertad, Esam el Arian, otro dirigente de la agrupación, Mohamed el Beltagui, y al clérigo Safwat Higazi. Mursi sigue secuestrado y detenido por orden del general Al Sisi.
Coherente con esa represión, fueron cerrados tres canales de TV de la Hermandad, más Al Jazeera (los sunnitas de Mursi son cercanos a Qatar), radios y periódicos de la organización. Esas medidas, pero sobre todo la represión militar que dejó 70 muertos, motivó que los musulmanes llamaran a una “Intifada” o rebelión hasta que el presidente sea liberado.
Frente a la mezquita Rabaa al Adawiya, en Nasr City, estos sectores realizaron un gigantesco acto, como parte de un “viernes de ira”. El supremo guía islámico Badia proclamó que “permaneceremos en todas las plazas hasta sacar a nuestro presidente y recuperar el poder pacíficamente”.

Problemas internos y “luz verde” afuera
El golpe de Estado contó con un eje cívico en los líderes pro-occidentales, como los mencionados El Baradei y Moussa. Para formar una supuesta mayoría en contra de Mursi también habían atraído, inicialmente, al partido salafista, Al Nur, que no estaba de acuerdo con que se lo designara primer ministro al Nobel de la Paz El Baradei, de Al Dustur. A raíz de esta última intención, dada a conocer por Mansour (luego retrocedió), los salafistas anunciaron el abandono de las conversaciones en la coalición golpista.
Y lo que terminó por alejarlos de esa formación fue la matanza en el Cuartel de la Guardia Republicana. Si mantienen el vacío al presidente ilegal, los salafistas estarán ubicando a todo el espectro musulmán en la vereda de enfrente del golpe. Como esa rama sunnita es cercana a Arabia Saudita, su alejamiento sería significativo.
Que el general Al Sisi, factótum del putsch, y el presidente Mansour, no hayan podido designar al primer ministro, denota que las autoridades de facto tienen grandes dificultades políticas. No logran formar siquiera un elenco que empiece a gobernar.
Quien sí les ha dado “luz verde” es Barack Obama, cuidándose de pronunciar la palabra “golpe de Estado” para referirse a los lamentables sucesos. Es que una definición de ese tipo conllevaría, según la propia legislación norteamericana, a interrumpir la ayuda militar de 1.300 millones de dólares anuales que entrega a Egipto. Tal remuneración es el fruto podrido con que se lo premió por su participación en el Tratado de Paz por separado con Israel en 1978, cuando rompió con la mayoría de los países árabes que se negaban a ese reconocimiento, estando de por medio la situación de Jerusalén oriental, Gaza, Cisjordania, Alturas del Golán y Franja de Seguridad en El Líbano. Para El Cairo, los millones de dólares anuales y la devolución del desierto del Sinaí, fueron un buen precio.
En julio de 2012 Hillary Clinton, por entonces secretaria de Estado, visitó la capital egipcia y en setiembre Mursi fue invitado a la Casa Blanca por Obama. Si buscaban llevarse bien con un gobierno con el que no comulgaban demasiado, va de suyo que con los golpistas generales y políticos afines ya se empiezan a llevar mucho mejor.
Y el primer paso en esa dirección es que, como en oportunidad en Honduras en junio de 2009, cuando fue derrocado Manuel Zelaya, tampoco ahora -refiriéndose a El Cairo- las autoridades estadounidenses hablan de “golpe de Estado”.
En nota de Ivan Couronne, de AFP, fechada ayer y titulada “En EE UU, un silencio que esconde intereses”, se lee: “cuatro días después de la destitución de Mohammed Mursi Washington seguía evitando comprometerse”. Couronne interpreta que los malabares verbales de Barack Obama y otras autoridades para evitar la expresión “golpe” reflejan la voluntad de “no debilitar a los generales egipcios”, amenazándolos implícitamente en caso de que no organicen rápido elecciones libres.
Y citando a un experto del American Enterprise Institute, Michael Rubin, se alude al punto nodal de la conveniencia militar estadounidense: “el canal de Suez es muy importante, porque todos los barcos de nuestra costa este pasan por el canal de Suez para llegar al Golfo Pérsico, vía Mediterráneo”.
Si fuera por la Casa Blanca y en buena medida Israel, habría golpe para rato en El Cairo, pero por la oposición en aumento de un amplio sector de esa población, tal estabilidad es muy improbable.
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Sergio Ortiz
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