SER MUJER 



LA ACTITUD REVOLUCIONARIA DE EVA 



Difundido por Jorge Pedro Zabalza: Blog Zurdatupa

La actitud revolucionaria de Eva nos enseña que si los humanos dejamos de obedecer ciegamente, de creer en algo o en alguien de forma ”religiosa”, sin cuestionamientos, adquirimos la capacidad de pensar, de ser críticos, de discernir utilizando la lógica y el razonamiento, pero nos convertimos en un peligro, en una molestia para las autoridades o los líderes que exigen devoción y ciega confianza.

En la Biblia se relatan distintas versiones sobre la creación del hombre. En una, Dios crea primero al hombre y luego a la mujer. "Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente." (Génesis 2.7) "Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.»" (Génesis 2.18) "Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. / De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. / Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»" (Génesis 2.21). De acuerdo con esta versión de la creación en la Biblia, se considera que la primera mujer fue hecha de una costilla del hombre, para que éste no estuviera solo.
Otra interpretación, surge del significado de la palabra hebrea tzela, que puede ser traducida como “costilla” o “mitad”, esta versión dice que Adán era un ser hermafrodita. Cuando vino el momento de buscarle un interlocutor, se creó a Eva, practicando un corte vertical al ser originario. El primer ser poseía tanto la masculinidad como la femineidad. Según esta interpretación, surgimos como consecuencia de los deseos de la parte masculina, él manifestó una necesidad, fuimos separadas de su ser (como la costilla) para ayudarle, él así lo deseo, él sigue siendo origen en la creación y nosotras aparecemos supeditadas a sus necesidades intelectuales y reproductoras.
Por si esto fuera poco, el fruto con que Eva tentó a su pareja aparto del Paraíso a toda la Humanidad y fuimos condenadas, entre otras cosas, a padecer los dolores del parto. Las mujeres seguimos acumulando y pagando culpas. Dicen estudios realizados, que el fruto de la discordia no era una manzana, esa fruta no existía en la zona donde supuestamente estuvo situado el Edén. La equivocación procede de un editor bíblico que tradujo malus-malum (mal o fruto) por manzana. Desde entonces el fruto prohibido es la manzana. Para los judíos se trata de un higo, una nuez o una algarroba; para los ortodoxos de una naranja. Los protestantes inculpan a la miel, y los musulmanes creen que se trataba de un vaso de vino ofrecido por Eva a Adán. En lo que todos se han puesto de acuerdo es en la culpabilidad de Eva, haciéndola responsable intelectual del crimen que provocó el destierro de ambos del Paraíso. Eva la intrigante, la curiosa, la subversiva, la costilla, la mala mitad, la mujer. El fruto prohibido representa la sabiduría y el conocimiento, el pecado consiste en querer alcanzar dicha lucidez. La actitud revolucionaria de Eva nos enseña que si los humanos dejamos de obedecer ciegamente, de creer en algo o en alguien de forma “religiosa”, sin cuestionamientos, adquirimos la capacidad de pensar, de ser críticos, de discernir utilizando la lógica y el razonamiento, pero nos convertimos en un peligro, en una molestia para las autoridades o los líderes que exigen devoción y ciega confianza.
María Magdalena no corrió mejor suerte que Eva, es acusada en la historia bíblica como prostituta, profesión que aparece con la puesta en escena de la propiedad privada y considera el cuerpo de la mujer una mercancía que se puede adquirir mediante el pago. La iglesia, dirigida por hombres la lleva al último peldaño en la escalera moral que ellos mismos han creado, la colocan a su servicio para satisfacer la libido. María Magdalena, la pecadora, la sucia, la prostituta.
En el Medioevo se llegó a discutir entre hombres si la mujer poseía o no alma. Mientras los señores feudales discutían, obligaban a las mujeres a utilizar el cinturón de castidad, imponían el derecho de pernada y perseguían a las brujas para quemarlas en piaras. La mayoría de las víctimas quemadas durante la edad media, acusadas de practicar la brujería, eran mujeres, muchas de ellas parteras que poseían conocimientos de cómo prevenir o cortar los embarazos. Eran sin lugar a duda una amenaza para la iglesia, el episcopado y el poder del hombre. Estas mujeres nos entregaban poder de decisión sobre nuestra vida, nos enseñaban como controlar nuestro cuerpo. Una mujer inteligente que sobresalía por sus cualidades, era una amenaza para el macho y rompía con el esquema del papel que gentilmente la ideología dominante nos adjudico. Había que asegurar el control sobre la sexualidad de la mujer y el control sobre la propiedad privada de los genes del padre. Eva mordía otra vez el fruto del conocimiento y era castigada por ello, las transgresoras ponían en peligro el poder de la Iglesia. Fuimos condenadas a ser menores de edad, a pasar de la tutela del padre a la del marido. Parir, servir y callar.
Tomás de Aquino nos ve como una deficiencia de la naturaleza, de menor valor y dignidad que el hombre, afirma que este ha sido creado para la obra más noble, la de la inteligencia; mientras que la mujer fue creada con vista a la generación. Somos, según afirmó, necesarias para el acto de reproducción, pero el hombre podía haber sido ayudado más adecuadamente por otro hombre. La imagen que la iglesia impone sigue siendo la de la mujer tentadora, débil, pecadora, sacada del hombre y creada para él, un útero, una herramienta.
Los personajes bíblicos son paradigmas, ejemplos individuales cuyas vidas sirven para definir un ideal que acarrea consecuencias de orden moral y ético para el comportamiento humano. Ha pasado mucho tiempo y a pesar de que hemos evolucionado enormemente en el plano técnico y científico, en países “desarrollados” del primer mundo sigue habiendo notorias diferencias entre ambos sexos. Aunque la mujer realice un trabajo igual o similar al del hombre, gana generalmente menos dinero. No accede de la misma manera a puestos de poder, es víctima de violencia doméstica y de violaciones sexuales, etc. Un hombre a través de la iglesia sigue imponiendo sus reglas de macho en nuestro mundo. Decide sobre nuestros cuerpos, nuestra salud, nos trata como recipientes, prohíbe el uso del preservativo, prohíbe el aborto como si le perteneciéramos, como si no tuviéramos capacidad de decisión sobre nuestra vida.
¿Pueden los hombres que sustentan el poder, puede el papa y su séquito, asegurarle a esos millones de niños que vienen al mundo a comer basura, a vagar sin rumbo fijo, a morir de sida y otras enfermedades, un presente digno, un futuro? ¿Se harán cargo estos ilustres señores que prohíben el uso de preservativos, que condenan el aborto, de criar a esos seres sin rostro? ¿Serán capaces, en nombre de Dios, de repartir su oro y riquezas entre los que nacen en nombre de la Iglesia? No, seguirán amenazando con un castigo eterno, blandiendo la moral desde sus tronos y desde sus cómodos sillones del poder, desde un lugar tan alto que no distinguen la vida que corre descalza, la que lucha por un día más, la que se desangra en manos de una curandera.
Debemos seguir en el rescate de la verdadera mujer, es una responsabilidad que tenemos que enfrentar las mujeres unidas, cada una en sus propias circunstancias. Cada vez son más los hombres que muerden el otro lado de la manzana y nos acompañan en esta lucha haciéndola propia. No sólo tenemos que destruir la imagen que la mujer tiene sobre sí misma, tenemos que sacudirnos la carga de una historia pasada, una historia que no fue escrita por nosotras y que nos llena de culpas y miedos. Hagamos oír nuestras voces, escribamos nuestra historia, seamos protagonistas de nuestras vidas. Hoy como siempre las mujeres tenemos mucho que decir y las que podemos alzar nuestras voces somos responsables de hacerlo, no solo por nosotras, sino por todas aquellas mujeres que por problemas sociales, culturales, religiosos o políticos aún no lo pueden hacer.
Verónika Engler