LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DEL PERIODISTA: A TODOS CON LA MISMA VARA 



¿A QUIÉN LE PERTENECE LA INFORMACIÓN? 



MEDIACIONES/CIESPAL
Por José Villamarín Carrascal

La responsabilidad social del periodismo puede parecer una tautología, pero la relación entre la profesión periodística y las consecuencias de su ejercicio en la sociedad pasa por dos preguntas fundamentales: ¿a quién le pertenece la información? ¿cuál es la función del periodista?. Se adelantan algunos criterios pertienentes y reflexiones agudas sobre nuestro contexto.
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“La publicidad oficial solo a medios públicos”
“Hijo del ‘Rey del colchón’ mata a su madre”
“Actuación de la Cancillería es extraordinaria”
“El socialismo se agota, pero Chávez no lo cree”
“Asistentes a plantón van alentados por oferta de ‘regalos’ de edil de AP”.
“Portada del diario El Universo estafa a sus lectores”
“Dueños de casinos financian a sectores de la oposición para apoyar al NO”
¿Responsabilidad social? Por la forma en que están escritos, estos titulares de la prensa pública y privada de nuestro país, parecen verdades, pero no necesariamente es así: algunos de ellos son títulos mentirosos; otros, mercantilistas y atentatorios al derecho de presunción de inocencia; unos terceros, simples opiniones elevadas a nivel de verdad; otros no son verificados; y unos cuantos terminan siendo propagandísticos, sesgados ideológicamente, malintencionados…
¿Responsabilidad social? Si a esta corta lista de errores de medios nacionales le añadimos las perlas de los grandes referentes del periodismo mundial (The New York Times, Washington Post, CNN, Fox), ya podemos ubicarnos, desde la práctica discursiva de los medios, en lo que significa la responsabilidad social del periodismo.
Jayson Blair, periodista del New York Times, el periódico más prestigioso del mundo, escribió decenas de noticias sobre EU sin haber salido de su departamento de Nueva York. Todas las notas, incluidas algunas fotografías, se bajó de internet, las compuso a su manera y se las envió como si fuesen suyas.
Jenaeth Cook, del Washington Post, tuvo que devolver el Pulitzer que se ganó con su reportaje titulado “El mundo de Jimmy”, cuyo protagonista era un niño de 8 años, adicto a la heroína, que nunca existió a no ser en la cabeza de la famosa reportera, famosa por su irresponsabilidad y falta de ética.
¿Responsabilidad social? El mismo Washington Post, con los no menos famosos Bob Woodward y Carl Bernstein, luego de un valiente periodismo investigativo, descubrieron el espionaje telefónico de Richard Nixon en contra de los Demócratas, lo que dio lugar al caso Watergate que terminó en la caída del Presidente de la nación más poderosa del mundo. Es el único Presidente estadounidense que ha renunciado a su cargo.
Y en nuestro país, el caso de las mochilas escolares, de la Isla Santay, de la corrupción en el sistema judicial, el caso Flores y miel, el primer millón de dólares de Jacobito, el caso Cabrera, del cura Flores y decenas de casos más de corrupción se conocieron gracias al accionar de los medios de comunicación.
Estos últimos casos, contrariamente a los primeros, sí permiten hablar de periodismo con responsabilidad social.
Este tema, por ser un eje que atraviesa todo el quehacer periodístico, tiene infinidad de entradas para ser analizado. Yo voy a ensayar solamente un par de ellas, que terminan indeleblemente en la ética, pues ambas, ética y responsabilidad social, son dos caras de la misma moneda.
La primera entrada implica responder una pregunta clave: ¿a quién le pertenece la información? Para llegar a esa respuesta, permítanme una brevísima referencia histórica.
En el siglo XVIII, en la época de la monarquía absoluta, en la persona del Rey residía la soberanía de todo; por ende, también de los nacientes medios informativos. La censura previa, el sistema de concesiones y la orientación de la prensa desde las instancias del poder eran una marca más de la soberanía regia, dice Carlos Soria, Director del Departamento de Ética de la Universidad de Navarra. Era la época en la que la información le pertenecía al poder (cualquier parecido con la época actual es pura coincidencia).
En el siglo XIX, cuando el Feudalismo cede el paso al Capitalismo, surge el entendimiento liberal de la información: se hace trizas la justificación de la censura previa y la prensa deja de ser un otorgamiento gracioso del poder. Entramos a lo que se conoce como etapa empresarista de la información. En el plano económico, los talleres se convirtieron en fábricas, luego aparecieron las empresas y de allí las industrias. Todo se mercantilizó, incluyendo la información. La libertad de prensa devino libertad de empresa. En el caso de los medios, el dueño de la empresa, que era el dueño del capital, era quien decidía qué contenidos iban o no. La información le pertenecía al dueño del medio (cualquier parecido con la época actual es pura coincidencia).
Para fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, el planteamiento liberal de la información es objeto de fuertes críticas. Empiezan a surgir las escuelas de periodismo en Europa y Estados Unidos y aparece por primera vez el concepto de profesión periodística. Bajo este abrigo, aparecen los gremios de periodistas, los principios deontológicos, la defensa de la profesión. Es la etapa profesionalista de la información. El dueño del medio era el dueño del capital económico, es cierto; pero el periodista era el dueño del capital intelectual. Era quien, en última instancia, decidía qué se publicaba y qué no. El periodista era el dueño de la información (cualquier parecido con la época actual es pura coincidencia).
Hasta que llegamos al año 1948, cuando se formula la Declaración Universal de los Derechos Humanos, donde, por primera ocasión, la información es reconocida como un derecho universal, un derecho de todo ser humano. Nos ubicamos en la etapa universalista de la información. Al ser esta un derecho, eso implica que la información le pertenece al ciudadano, como cualquier otro derecho: a la vida, a la salud, a un nombre, a la dignidad. La información, por lo tanto, le pertenece al público (ningún parecido con la época actual es coincidencia alguna porque casi, casi, no existe ningún parecido).
Como conclusión, diremos, entonces, que la información no le pertenece ni al poder, ni al medio de comunicación, ni al periodista: le pertenece al púbico. Actuar en consecuencia es un principio ético. Y no como suele hacer buena parte de periodistas, que al momento de escribir su noticia, lo hacen, primero, pensando en cómo le gusta al jefe; segundo, pensando en la competencia; tercero, en no molestar a los anunciantes. Y en nuestro país, en los últimos años, se lo hace también pensando en cómo defender o en cómo afectar al Régimen, según si es medio público o privado, respectivamente.
¿Y el público, el dueño de la información, “el único amo del periodista”, en palabras de ese referente del periodismo ético que es el colombiano Javier Darío Restrepo? Pues pocos, francamente pocos, están pensando en él, lo que significa un irrespeto y una falta a la ética, una falta a un derecho humano. Eso no es ser socialmente responsable.
La otra entrada para abordar el tema es identificar cuál es la función del periodista. Para ello nos remitamos al qué y al para qué de la profesión.
Es muy conocida la caracterización de que el periodista es un profesional que busca, selecciona, procesa y difunde hechos y opiniones sobre lo que sucede en el entorno. Este es el qué de la profesión, es decir, lo qué hace el periodista.
Pero no existe la información por la información. Como dice el comunicólogo chileno Camilo Taufic, siempre nos comunicamos para influir en los demás. Lo que importa es qué se pretende con esa información, es decir, el para qué. La respuesta no es otra que la toma de decisiones. La información sirve para tomar decisiones, desde las más pequeñas y cotidianas (cómo vestirse de acuerdo a la previsión del tiempo que nos informa la radio) hasta las más controversiales y de alta responsabilidad (por qué candidato votar en las elecciones). Una información adecuada posibilita tomar una decisión menos errada. Esa decisión debe ser libre y no coaccionada, dirigida. La responsabilidad del periodista consiste, entonces, en posibilitar que el público se forme una opinión libre y autónoma sobre el entorno y, sobre esa base, pueda tomar una decisión e incidir en él.
¿Cómo lograr que el lector se forme una opinión libre y autónoma? Un primer paso es cumpliendo a cabalidad con lo que llamamos estándares de calidad de la información. Estándares o indicadores que se los maneja en cualquier sala de redacción, pero que se los olvida intencionalmente, por desconocimiento o quemimportismo. A saber:
Equilibrio y contrastación de fuentes para evitar que se haga propaganda y no información.
Separación entre información y opinión para evitar que un punto de vista se lo eleve a categoría de verdad.
Verificación para no actuar como el chismoso de barrio que oye algo y, sin onfirmar su veracidad, corre a difundirlo. Es el típico periodista corre-ve-y-dile.
Contextualización para permitir comprender el hecho en su verdadero significado
Precisión en los hechos, los datos, las cifras, los nombres, las interpretaciones.
Y rigurosidad idiomática pues el lenguaje es el principal instrumento del periodista, y así evitar, por ejemplo, que se escriban frases de más de cien palabras, o sea, de más de un metro de longitud puestas una junto a otra (como lo hizo un medio nacional).
Y conste que no estoy proponiendo nada extraordinario, nada que no conozcan los periodistas. Solo que por razones ideológicas -los llamados medios púbicos- y por razones comerciales o ideológicas -los medios privados-, estos estándares suelen olvidarlos sin siquiera ruborizarse, incumpliendo así con su responsabilidad social.
En esta breve intervención he pretendido, con ejemplos de la realidad mediática del país y de otros lares, explicar lo que significa, en la práctica, la responsabilidad social. Una responsabilidad a la que, luego de la aprobación relámpago de la Ley de Comunicación, tanto los llamados medios públicos como privados deberán empezar a acostumbrarse a cumplirla, para dejar de ser actores políticos y poner en práctica su papel de mediadores, posibilitadores del debate, del diálogo, de la participación y, en esa medida, convertirse en creadores de ciudadanía.
Y no caer en publicaciones como esta, de un canal argentino, atentatoria a los derechos ciudadanos: “Accidente en Flores: mueren dos personas y un boliviano”. Eso no es, no puede ser, responsabilidad social.
Para finalizar, solo permítanme recordarles que “sin periodistas no hay periodismo, y sin periodismo no hay democracia”. Por eso, el periodista debe ser socialmente responsable al tomar la pluma o el micrófono en sus manos.

1. Ponencia presentada por José Villamarín Carrascal, catedrático y decano de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador.

¡DESPIERTA! EL GRAN HERMANO DE ORWELL HIZO CLIC EN TU PC
Por Hernán Ramos
RIENDA SUELTA
YUYAK –Academia del Pensamiento
Hong Kong.- Medios en línea apoyan a Edward Snowden, ex contratista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de EEUU. La imagen del estadounidense aparece junto a la petición "Pardon Edward Snowden" dirigido a la Casa Blanca, en la pantalla de un ordenador en esta ciudad.
Luego de que Wikileaks destapara la gran cloaca que aún emite olores nauseabundos, la semana pasada se abrió otra, más grande, profunda, más inmunda y trascendente que la anterior. Si los "cablegate" descubrieron la maccartiana política exterior de la primera potencia mundial que va camino de convertirse en segunda, la denuncia de la existencia y aplicación del orwelliano-estadounidense programa de vigilancia mundial de todas las comunicaciones que generamos los seres humanos -en todas sus formas y aplicaciones digitales que se transmiten a través del ciberespacio-, simplemente hela la sangre, pone los pelos de punta y aniquila toda capacidad de entendimiento: el ser humano, ahora sí, dejó de serlo en el buen sentido comunicacional de la palabra; hoy no es más que un simple número, en el mejor de los casos un código. Al eliminarse la barrera de lo privado, todos somos sospechosos (salvo quienes codifican todo lo que escribimos, hacemos, pensamos), y al romperse vilmente la privacidad colectiva de la comunicación, a título de reivindicar una cruzada antiterrorista, el rebaño humano se estandarizó y todos nos convertimos en culpables hasta que se demuestre lo contrario; por eso estamos casi condenados a ser unos mudos globales.
Lo que era una sospecha más o menos persistente en el mundo de la comunicación y del periodismo serio y responsable, en esta era digital de marras se volvió una temible certeza. La mala noticia llegó a todos de la mano de un joven claramente inteligente y experto en informática -Edward Snowden-, quien hasta hace poco trabajó en una empresa especializada en ciberseguridad que vendía sus servicios a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, según sus siglas en inglés), convertida por Washington, desde el 11 de septiembre de 2001, en el santuario mayor del control antiterrorista del planeta, con énfasis, claro, en la gendarmería del gelatinoso y etéreo ciberespacio.
En estos días, mientras evolucionan los hechos, seguiremos con el desguace de esta trama monumental, enfatizado desde el lado ético, mediático y filosófico ya que sobra tela para cortar. Pero no quiero obviar un inciso que juzgo necesario abordar con brocha gruesa para descifrar un poco mejor lo que estamos viviendo con el caso Snowden: el negocio que se mueve detrás de todo.
Por años, el mercado mundial de las "soluciones de ciberseguridad" ha generado un creciente interés en muchas industrias, empresas y entidades privadas y públicas. ¿Por qué? A nivel de entidades estatales y privadas es tendencia marcada el incremento irrefrenable de los delitos cibernéticos, fenómeno de masas atado a la profunda "internetización" de la sociedad global. Esos delitos se agrupan en dos rubros: i) robo simple y puro de información sensible y calificada; ii) piratería. En años recientes, a nivel del Estado, en la alta burocracia que se ocupa de la seguridad en EEUU, se agrega otra paranoia: las amenazas de ataque a través del ciberespacio contra organizaciones públicas que guardan secretos de Estado; y a nivel privado, el riesgo para las empresas que ven amenazada su ganancia por su vulnerabilidad ciberespacial. Un informe casi encriptado de una firma especializada, anota: "Si la amenaza es la pérdida de datos valiosos, la interrupción de los servicios financieros, la liberación de la propiedad intelectual, el cierre de la infraestructura nacional crítica o simplemente el daño a la reputación de la cual se conoce que se han comprometido, la posibilidad de un ataque cibernético representa a la vez un peligro para la seguridad nacional y una fuente potencial de grandes pérdidas". (Global 20 Leading Cyber Security Companies 2013, Visiongain, London, 2013). Así expuesto, el tema queda más claro que el agua.
Estos antecedentes facilitan la comprensión de otros detalles. Según la misma fuente, en este momento "existe mucho en juego: Visiongain ha evaluado el mercado de la seguridad informática, que solo en el 2013 alcanzará US$ 68,34 mil millones". Y "como están disminuyendo los presupuestos globales de defensa, los contratistas de defensa están tomando cada vez más interés en la creciente área de la seguridad cibernética a través de adquisiciones y crecimiento orgánico, lo que a su vez les está planteando un desafío a los proveedores de seguridad en Tecnologías de la Información (TI)". El joven Snowden andaba por esos pagos hasta que decidió hablar y ya ven lo que está pasando.
En todo caso, este enorme y creciente mercado -el de la ciberseguridad-, apetitoso y voraz, hoy está dominado por 20 empresas. Algunas de ellas resultarán familiares para el silvestre cibernauta de a pie, pero en su habitat son los depredadores de primera línea, son los tiburones blancos a la hora de repartirse la tajada.