Miradas sobre nuestra América: JUAN BOSCH OTEANDO A NUESTRA AMÉRICA 



JUAN BOSCH, NOTABLE INTELECTUAL Y POLÍTICO DOMINICANO 



Por Jorge Núñez Sánchez

Hay hombres que resumen en su vida las luchas y esperanzas de todo un pueblo. Uno de ellos fue el profesor Juan Bosch, notable intelectual y político dominicano, que nació en La Vega, en 1909, y falleció en Santo Domingo, en 2001, después de una larga vida de combates por la democracia y contra las diferentes fuerzas opresivas que afectaban a nuestra América.
Para las gentes de mi generación, su nombre fue todo un símbolo de la dignidad nacional dominicana y latinoamericana, puesto que había liderado la lucha contra los males que azotaban a los pueblos del Caribe: las dictaduras, la marginalidad social y las intervenciones extranjeras.
Nacido en una época marcada por la presencia omnipotente de tiranos y dictadores, su vida pública se inició precisamente denunciando a esas tiranías y luchando contra ellas. En su país se había instalado la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo a raíz de la ocupación militar norteamericana de 1916 a 1924 y como parte del nuevo sistema de dominación continental, en el que ocupaban lugar protagónico ciertos oficiales de las guardias nacionales formadas por los EE. UU. en cada país ocupado: era el caso de Trujillo, en su país, pero también el de Anastasio Somoza, en Nicaragua.
Juan Bosch, como otros muchos dominicanos, se empeñó en la lucha contra esa dictadura "sangrienta y fecal", para usar el calificativo creado para el género por el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Ello lo llevó a la cárcel y después a un largo exilio de casi un cuarto de siglo, que marcó definitivamente su vida y le puso en el camino de la reflexión sobre la realidad pasada y presente de su pueblo y de los demás pueblos de América Latina. En esa circunstancia escribió en Chile, en 1955, su estremecedor libro Póker de espanto en el Caribe, en el que desnudaba a las brutales dictaduras de Trujillo, Somoza, Pérez Jiménez y Batista, impuestas conjuntamente por el poder norteamericano y las oligarquías locales, dentro de un plan continental de mantenimiento del statu quo y el inmovilismo social.
Para nuestro personaje, su principal interés estribó siempre en el análisis denunciador de la tiranía que asolaba a su patria, como lo reflejan sus varios libros y múltiples artículos sobre Trujillo y el trujillismo escritos en esos años de ostracismo. Así nació, entre otras producciones, aquella obra titulada Trujillo, causas de una tiranía sin ejemplo, publicada en Caracas en 1959, mientras gobernaba Venezuela el doctor Rómulo Betancourt, principal abanderado de la oposición continental contra el trujillismo y a quien el tirano caribeño intentó asesinar mediante un audaz atentado, el 24 de junio de 1960.
Eso provocó, al fin, la reacción indignada de los gobiernos democráticos del continente, a la que se sumaron los Estados Unidos luego de la llegada de Kennedy al poder, en enero de 1961, por considerar que la continuación política de Trujillo podía dar lugar al surgimiento de "otra Cuba". En ese marco, un grupo de militares y civiles dominicanos vinculados a los EE. UU. ejecutó al "Generalísimo" el 30 de mayo de 1961, en busca de dar paso a una democratización formal del país y evitar un estallido revolucionario a la cubana. Con una mezcla de pragmatismo y cinismo, el presidente Kennedy había definido poco antes las posibles salidas a la situación dominicana, diciendo: "Hay tres posibilidades que son, en orden de preferencia: un régimen democrático honrado, una continuación del régimen de Trujillo y un régimen castrista. Debemos apuntar a la primera posibilidad, pero realmente no podemos renunciar a la segunda, hasta que estemos seguros de que podemos evitar la tercera".
En realidad, los EE. UU. buscaron desde el comienzo un “trujillismo sin Trujillo”. De ahí que toleraran de mala gana esas elecciones de diciembre de 1962, en las que triunfó Juan Bosch con un 60% de los votos, y que luego apoyaran a la torpe dictadura que puso fin, en septiembre de 1963, a ese ensayo democrático. Y, en fin, la descarada y brutal invasión militar que ejecutaron en 1965, cuando el pueblo reaccionó contra esa dictadura con la revolución popular del 24 de abril. 3 Miradas sobre nuestra América
Cabe señalar que Juan Bosch fue el abanderado de una democracia de nuevo tipo, que buscaba asentarse en las reformas sociales y el fervor popular antes que en el viciado sistema político de los viejos partidos. Por lo mismo, puede considerársele un adelantado de las nuevas formas de democracia que hoy se ensayan en América Latina.
Para luchar contra la tiranía trujillista, Bosch había fundado en 1939, junto con algunos compañeros de ideas, el Partido de la Revolución Dominicana (PRD). Más tarde, tras el ajusticiamiento del tirano, Bosch fue candidato de ese partido a la Presidencia de su país y resultó electo abrumadoramente como el nuevo gobernante de su patria. En tal condición, le tocó la dura tarea de iniciar la democratización y moralización de un país que durante tres décadas había vivido bajo una oprobiosa tiranía.
Durante los siete meses que duró su gobierno, promulgó una nueva Constitución Política, en la que se fijaron los derechos laborales, la libertad sindical, de cultos y de acción política. También se esforzó en cobrar impuestos para financiar un vasto programa de obras públicas y suspendió contratos lesivos al interés nacional, como uno suscrito con la petrolera norteamericana Esso Standard Oil para la construcción de una refinería.
Esas medidas golpearon a los rezagos del viejo régimen y en especial a la corrupta jerarquía militar trujillista, que, siguiendo un plan intervencionista gestado por los poderes imperiales, derrocó a Bosch en septiembre de 1963 e impuso un Triunvirato Civil, que terminó teniendo solo dos miembros. El gobernante derrocado marchó al exilio en Puerto Rico, donde entonces actuaba como Gobernador su amigo Luis Muñoz Marín, un político de tibio corte socialdemócrata. Ahí escribió Bosch, en 1964, un formidable libro de denuncia titulado Crisis de la democracia de América en la República Dominicana, publicado en México ese mismo año y cuya traducción francesa fue publicada al año siguiente por la editorial parisina Cujas. En esta obra analizaba la resistencia de la estructura de poder oligárquico–imperialista a toda apertura democrática, como lo probaba su derrocamiento y lo confirmaría la posterior intervención militar de los Estados Unidos.
Entre tanto, a comienzos de 1965 se alzó contra el gobierno dictatorial la oficialidad no contaminada del ejército dominicano, en busca de restaurar a Bosch en el poder. De inmediato, el pueblo tomó las armas en apoyo de los militares constitucionalistas, estallando la “Guerra de abril”, en que las fuerzas democráticas derrocaron al gobierno usurpador y arrinconaron a los sectores militares que opusieron resistencia al proyecto de restaurar a Bosch en la Presidencia de la República. Entonces, cuando todo anunciaba el triunfo de los rebeldes, el gobierno de los EE. UU., presidido por Lyndon Johnson, envió 45 mil soldados para ocupar la República Dominicana y evitar, según dijeron, el surgimiento de “otra Cuba”.
Bosch inició un nuevo exilio, esta vez en España y Francia, que se extendería de fines de 1966 hasta el inicio de la década de los setentas, y donde se dedicaría a investigar y escribir con su conocido impulso intelectual y político. En ese periodo reflexionaría profundamente sobre la realidad de su país y de nuestra América. Es también el periodo en que Bosch visita varios países y se entrevista personalmente con gobernantes como Tito, de Yugoeslavia, y Norodom Sihanouk, de Camboya. Como consecuencia de todo ello, inició un giro político hacia la izquierda, reflejado en sus nuevos libros.
El maestro estuvo siempre muy claro respecto de las fuerzas a las que combatía y que lo combatían y eso le ayudó a profundizar, durante este periodo de residencia en Europa, en el análisis de la dimensión internacional de la política, la evolución histórica del capitalismo y la división del mundo capitalista en un espacio central y otro periférico, dominante el uno y dependiente el otro. Estudió también el fenómeno del capitalismo hiperdesarrollado en los Estados Unidos, que había dado lugar a la formación de esa estructura de poder que Eisenhower llamara “el complejo militar–industrial”, la que, según apreció Bosch, se expresaba políticamente en el “pentagonismo”. También estudió la evolución histórica de la composición social dominicana y concibió la tesis de un nuevo régimen político para los países dependientes o de capitalismo subdesarrollado: la tesis de la dictadura con respaldo popular o de la hegemonía política del pueblo.
Precisamente de esa época es su importante ensayo El pentagonismo, sustituto del imperialismo, terminado en 1967, en plena época de la guerra de Vietnam, y presentado como ponencia a la Tercera Conferencia Interamericana de Ciencias Políticas y Sociales, que tuvo lugar en Santo Domingo. En él, Bosch se lanzó a la inédita tarea de actualizar la teoría del imperialismo, analizando la acción creciente del "complejo militar industrial" y estudiando las nuevas tendencias políticas que surgían en el mundo como consecuencia del fenómeno que Bosch identificó como "capitalismo sobredesarrollado". La agudeza y profundidad de su ensayo, unidos a su oportunidad, convirtieron a este trabajo en un hito del pensamiento político latinoamericano, que conoció sucesivas ediciones a partir de ese año.
Para cuando redactó el prefacio de este libro, en enero de 1968, Juan Bosch, radicado entonces en Benidorm, España, andaba ya a caballo entre dos de los mayores proyectos intelectuales de su vida.
De una parte, escribía el prólogo y preparaba la publicación de su notable obra Composición social dominicana, que fuera el primer gran ensayo de interpretación sociológica general de la historia de su país, enfocado a partir del análisis de las formas productivas, la estructura social, la acción y contradicción de las clases y grupos sociales. Por su nivel científico y su lenguaje preciso y diáfano, este libro se convertiría prontamente en un clásico de los estudios histórico-sociales, al punto de que hasta la fecha se ha conocido más de veinte ediciones.
De otra parte, andaba empeñado en el estudio de la historia del Caribe, región que por sus especiales características de Mediterráneo americano había fungido, durante casi cinco siglos, como frontera exterior de las diversas potencias europeas en sus disputas coloniales. Surgió así su magistral libro De Cristóbal Colón a Fidel Castro, el Caribe, frontera imperial, gran libro y libro grande a la vez, en cuyas 740 páginas quedó revelada para siempre esa agitada y tremenda historia del Mar Caribe, poblada de empresarios azucareros, esclavos, piratas, bucaneros, corsarios, agentes coloniales, contrabandistas, dictadores y revolucionarios. Cosa curiosa: la aparición de esta obra, en 1970, bajo el sello de la editorial española Alfaguara, coincidió con la de otro libro, de similar título e intención, escrito en inglés por el notable intelectual y político trinitario Eric Williams (From Columbus to Castro: the history of the Caribbean, publicado por Harper and Row,. Además, ese mismo año vio la luz su libro Composición social dominicana, antes mencionado, bajo el sello editorial de la Impresora Arte y Cine, de Santo Domingo.
Salvando tiempo y circunstancia, este libro de Bosch sobre el Caribe me parece el equivalente intelectual americano de ese brillante estudio de Fernand Braudel titulado El Mediterráneo y el mundo del Mediterráneo en la época de Felipe II. No solo que ambos libros tienen un largo título, que más bien parece una breve descripción del tema que enfocan, sino que también se asemejan en su afán totalizador de análisis sobre unos grandes horizontes geográficos que son, a su vez, grandes espacios civilizatorios y grandes escenarios históricos. Además, ambos enfocan los diversos planos en que se desenvolvía la historia regional, de modo paralelo o entrecruzado, planos que en el libro del dominicano son tres, como él mismo se ha encargado de precisar: uno, la lucha de los imperios coloniales por despojar de sus tierras y riquezas a los pueblos del Caribe; dos, la lucha entre esos imperios por prevalecer e imponerse a sus similares en esas tareas de rapiña; y, tres, la lucha de resistencia o liberación de los pueblos caribeños contra esas fuerzas colonialistas o neocolonialistas que los acosaban.
En las décadas posteriores, Bosch volvería a la lucha electoral, esta vez para enfrentar a Joaquín Balaguer, el heredero político de Trujillo, y para buscar una elevación de la conciencia política nacional. Para ello, rompió con el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), formación que él mismo fundara, pero que había perdido su rumbo en medio de las aguas agitadas de la política contingente, y fundó el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), al que concebía como un instrumento indispensable para la toma del poder y la transformación social de su país. Sobre ese mar de fondo, Bosch triunfó en las elecciones de 1990, pero Balaguer, con respaldo de los Estados Unidos, la gran burguesía dominicana y hasta la Iglesia Católica, manipuló el conteo de votos y alteró los resultados, autoproclamándose finalmente vencedor en la contienda.
Aunque no volvió a ejercer el poder, don Juan formó a una generación de nuevos líderes políticos, de la que saldrían los futuros gobernantes de su país. Por otra parte, se empeñó en utilizar las nuevas técnicas de comunicación, como la radio y la televisión, para educar políticamente al pueblo, hablándole de sus deberes y derechos e instruyéndole en los mecanismos y recursos de la acción política en democracia.
A la vez que enfrentaba políticamente al seudo-democrático y corrupto régimen balaguerista, heredero directo del trujillismo, Bosch, en plena madurez vital, volvería a investigar y escribir sobre sus temas fundamentales: aparecieron de este modo sus libros La fortuna de Trujillo (Santo Domingo, 1985), La pequeña burguesía en la historia de la República Dominicana (Santo Domingo, 1985), El capitalismo tardío en la República Dominicana (Santo Domingo, 1986) y Las dictaduras dominicanas (Santo Domingo, 1988).
Pero, más allá de la lucha vital e intelectual contra los dominadores de su país, Bosch también elaboraría profundos estudios sobre la historia de las ideas en República Dominicana y en nuestra América. Ahí están sus obras sobre Eugenio María de Hostos, el precursor de la liberación intelectual y educativa dominicana, y sus libros sobre el Libertador Simón Bolívar (uno de ellos para jóvenes), que revelan la admiración de este luchador y pensador de hoy por los luchadores y pensadores de ayer.
En fin, todas estas nuevas obras de ciencia social vendrían a sumarse a sus varias y ya afamadas obras literarias. Porque hay que precisar que Juan Bosch fue, además de un gran luchador por la democracia, un notable literato y en especial un maestro del cuento.
Su carrera literaria se inició en 1933 con el libro de cuentos Camino Real, recreación de sus experiencias vitales en su pueblo natal. Poco después dio a luz su novela breve La Mañosa (1936), que tiene por personaje central a una mula. De aquellos primeros tiempos son también sus cuentos La mujer, recogido en innumerables antologías, Dos pesos de agua y El abuelo.
Al regresar a su país, luego de un largo ostracismo, recogió sus escritos en dos volúmenes titulados: Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio, publicados ambos en 1964. Para entonces, su obra literaria ya era conocida y publicada en otros países de América Latina, como Cuba y Chile, donde se habían publicado sus biografías Hostos, el sembrador (Cuba, 1939) y Judas Iscariote, el calumniado (Chile, 1955).
Bosch escribió algunos cuentos perfectos, como La nochebuena de Encarnación Mendoza, y otros de gran fuerza social y carga filosófica, como Los amos, La muchacha de la Güaira, Dos pesos de agua y La mujer. Empero, dejó de cultivar el cuento en los años sesentas, aunque su aporte a este género literario era ya significativo, tanto por sus creaciones cuanto por las lecciones literarias, expuestas en la obra Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, que fuera elogiada por Gabriel García Márquez, quien se ha declarado discípulo literario de Bosch.
Nuestro autor cerró su ciclo narrativo con la novela El oro y la paz, publicada en 1975. Esta obra ganó en República Dominicana el Premio Novela Nacional de Literatura, ese mismo año, y ha sido calificada por la crítica como “una obra maestra de la literatura dominicana”.
* * *
Quiero referirme de modo particular a la visión histórico– social de Juan Bosch, expresada en muchos libros y en una formidable colección de ensayos y estudios históricos, pero también en otras cosas que estimamos fundamentales en un historiador: una forma particular de ver la realidad, y un método propio para estudiarla y comprenderla. Hablemos, pues, de esa su particular forma de ver la realidad, que lo distinguiera de la mayoría de científicos sociales de su mundo y su tiempo.
Ante todo, salta a la vista su visión amplia y totalizadora de los fenómenos históricos, construida en una época y en un espacio del conocimiento en que reinaban -y por desgracia todavía reinan visiones particularistas, localistas y reduccionistas. Y es que el campo de la historiografía, como ningún otro de las ciencias sociales, está minado en la teoría y en la práctica por el particularismo. De una parte, estudia hechos particulares, eventos diferentes entre sí, cada uno de los cuales tiene su propia historicidad. De otra, hay una antigua pero sostenida tendencia positivista a mirar a la historia como una ciencia de los hechos únicos e irrepetibles, tan particulares que se estima que ni siquiera pueden ser reducidos a categorías generales de análisis. Y, por fin, podríamos agregar que hay en los historiadores latinoamericanos una suerte de pasión nacionalista, que actúa como una fuerza distorsionadora del enfoque científico y lleva a la mayoría de ellos a empeñarse exclusivamente en el estudio de la historia de su país y a renunciar voluntariamente al estudio de fenómenos de espectro más amplio, como los regionales o universales. Pues bien, a contrapelo de todas esas tendencias, creencias y realidades particularistas, Juan Bosch se empeñó en ver y comprender la realidad histórica más allá del siempre estrecho horizonte de lo nacional, observándola en los amplios escenarios de lo continental y lo mundial. Esa tendencia se mantiene inclusive en sus obras de análisis de la particular realidad dominicana, la que es estudiada siempre con referencia a otros fenómenos mayores que la enmarcan, como la acción colonialista y neocolonialista en el Caribe, la presencia del imperialismo o los flujos y reflujos del capitalismo internacional.
De este modo, don Juan nos enseñó a mirar la historia latinoamericana con una visión amplia y totalizadora, por encima de los deslindes aldeanos impuestos por una tradición colonial y un nacionalismo estrecho, y nos orientó a establecer los grandes fenómenos de nuestra historia común, encuadrados, a su vez, en los grandes fenómenos de la historia universal. El gran ejemplo de ese modo de estudiar la historia fue su libro De Cristóbal Colón a Fidel Castro, verdadero monumento a la ciencia social, en el que los pequeños fenómenos locales se engarzan en una visión totalizadora del conjunto, marcada por la expansión capitalista occidental, las disputas y conflictos entre los imperios y las luchas de los pueblos contra el colonialismo y el neocolonialismo.
Hablemos ahora del método de análisis utilizado por Bosch para sus estudios historiográficos. Hombre de variados talentos intelectuales y dueño de una amplia cultura, fue sin embargo un investigador nato, un buscador permanente, un hermeneuta clásico, que no se conformaba con lo ya sabido, que no extrapolaba conclusiones, que no pontificaba sobre lo desconocido, como lamentablemente se acostumbra hacer en este oficio por parte de gentes que tienen bastante menor erudición que este maestro dominicano. Así, su ruta científica fue siempre de la factología a la teoría, de lo concreto a lo abstracto, de lo nacional a lo internacional. De ahí que sus conceptos, sus categorías de análisis, sus conclusiones, su teoría historiográfica, en suma, no fueran ejercicios de esfuerzo mental para acomodar la realidad a una teoría predeterminada -como solían hacer por entonces muchos marxistas criollos- sino resultados científicos surgidos de la aprehensión cognoscitiva de la realidad y encaminados a orientar a otros investigadores en la ruta de aproximación al conocimiento.
A este rigor científico, a este ejercicio de constante hermenéutica, se debe el hecho de que Bosch haya contradicho con firmeza y seguridad ciertos paradigmas y "paradogmas" que entonces se imponían en las ciencias sociales latinoamericanas, como aquel de la contradicción fundamental entre clase burguesa y clase proletaria. Él demostró con sus investigaciones y conceptos que el capitalismo no era, en América Latina, una planta nativa sino exótica, cuyo cultivo nos había sido impuesto desde fuera y que, por lo mismo, había crecido escuálida y deformada. También demostró que ese desarrollo capitalista atípico no había generado una estructura capitalista plena, ni las clases propias del capitalismo clásico, y así nos fue explicando finalmente el por qué carecíamos de burguesías nacionales capaces de cumplir con las tareas históricas que son propias de tales grupos sociales, como la creación y defensa de un mercado interno, la promoción de un desarrollo autónomo o el fortalecimiento de una identidad nacional.
De este modo nació precisamente su famosa contradicción entre los conceptos de "clase dirigente" y "clase dominante". Según ella, cualquier país que no tuviera una burguesía nacional, con intereses propios e independientes, sino una burguesía larvaria y dependiente del capital extranjero, carecía en realidad de una clase dirigente, capaz de promover el interés nacional, y a lo sumo podía tener una clase dominante, empeñada en mantener el sistema de dominación y en promover los intereses del capitalismo extranjero.
Hay más: creo que necesitamos profundizar en el análisis de su concepto de clase dirigente, que tiene unos ribetes politológicos y antropológicos que la aproximan al concepto de elite sustentado por Magnus Morner, otro gran estudioso de la realidad latinoamericana. En efecto, la clase dirigente de Bosch, capaz de asumir la representatividad histórica de la nación y promover las tareas del progreso nacional, se parece mucho a la elite de Morner, que concentra poder económico, prestancia social y acervo cultural.
Adicionalmente, Juan Bosch nos aproximó en el plano teórico a un fenómeno muy importante de nuestra historia latinoamericana, cual es el mecanismo preferente de acumulación capitalista de nuestras burguesías. Los estudios del maestro demuestran que en nuestros países, ante la falta de condiciones para el desarrollo de un mercado interno, y por ende de un modelo de capitalismo industrial, nuestras clases dominantes han encontrado su mejor y mayor mecanismo de acumulación de capital en el manejo del Estado. Y esa acumulación la han efectuado por medios lícitos o ilícitos, sutiles o brutales, según cual haya sido su gusto y el nivel de resistencia de sus pueblos. A veces, se ha tratado del simple y llano robo de fondos públicos, pero en otras ocasiones las burguesías han efectuado acciones expropiatorias más sutiles, como p. e. las tristemente célebres devaluaciones monetarias, a través de las cuales los grupos agroexportadores expropiaban a sus pueblos y se enriquecían fabulosamente. En fin, en otros casos se ha tratado de saqueos sistemáticos y duraderos, que ciertos grupos dominantes han ejecutado contra sus pueblos y países mediante la imposición de brutales tiranías, como esas del Caribe que Juan Bosch estudiara con tanto afán. Y no sé si don Juan fue el primero en analizar este fenómeno, pero estoy seguro de que fue quien con mayor ahínco y lucidez investigó el desarrollo de esas lumpen-burguesías, florecidas bajo la oscura sombra de los sátrapas, el mayor de los cuales, Trujillo, llegó incluso a sustituir en su papel económico a la misma clase dominante, concentrando en su propias manos la economía nacional..
En resumen, hay que destacar el hecho de que la obra de Bosch no fue el fruto de un esfuerzo intelectual aislado, efectuado en una alta torre de marfil. Al contrario, se trató de una obra de investigación-acción, en la que el ejercicio intelectual iba de la mano con la lucha política y se alimentaba mutuamente con ésta. Por eso que toda la obra de este gran historiador se orientó hacia una verdadera pedagogía de masas y sus libros fueron escritos para el pueblo letrado y especialmente para los estudiantes, en busca de crear una conciencia social acerca de esas realidades estudiadas y formar una conciencia ciudadana para el ejercicio de una empresa de liberación nacional, entendida como ruptura de las ataduras de la dependencia, pero también como construcción de un país nuevo, de un hombre nuevo y de una historia limpia de las escorias del pasado.
Mas el análisis de la obra boschiana no estaría completo si no hablásemos de su método expositivo, que también significó un reto para las costumbres intelectuales de nuestro tiempo. Convencido de que la mayoría de lectores se aburrían de la ciencia social precisamente por las formas elitistas y recargadas que tenía la exposición, preñada de términos altisonantes, conceptos abstrusos e interminable número de citas, el maestro propuso un método expositivo claro, directo y abreviado, elaborado con un lenguaje elegante pero de fácil comprensión, en el que el hilo del discurso no fuera cortado por citas ni sobrepesos formales.
En síntesis, hallo en la obra historiográfica de don Juan Bosch la hermosa conjunción de una labor investigativa ejemplar, de una labor teórica significativa y de una labor pedagógica envidiable. Y si a todo esto unimos su talento literario y su grato estilo, creo que podemos explicarnos el sostenido éxito de sus libros sobre la historia dominicana, latinoamericana y universal.
Conocí al profesor Bosch a fines de los años setentas, cuando era un insigne exiliado político, cuyos libros concitaban la creciente atención de los científicos sociales, pero tuve la oportunidad de tratarlo más cercanamente en los años siguientes, en el marco de actividades del Comité de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América. Sabio, lúcido y experimentado, era uno de esos políticos raros y ejemplares, que se guían por una ética de principios y no por intereses coyunturales o vulgares apetitos de poder.
Él compartía la idea bolivariana de que “un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”. Y precisamente por eso, uno de sus empeños estaba en la educación política del pueblo, con miras a sacarlo de su tradicional papel de comparsa de los partidos, para convertirlo en la vanguardia consciente de una renovada democracia republicana. Otro empeño suyo era la defensa de la soberanía de los pueblos de América Latina y el Caribe, a la que veía siempre amenazada por poderes imperiales que buscaban avasallarla, para mejor someterla a su dominio y explotación.
Junto con la defensa de la soberanía de nuestra América, Bosch se empeñaba en profundizar y fortalecer la identidad de nuestros pueblos, que él la hallaba asentada en una comunidad cultural hecha de palabras, experiencias y sueños compartidos.
Notable oteador de nuestra historia y nuestra cultura, hallaba que el sentimiento unitario de los latinoamericanos era una veta profunda que corría por el fondo de nuestro espíritu. “Una música, un cantar, una danza identifican a latinoamericanos nacidos en países muy alejados entre sí; los identifican y los unen sin que en ese movimiento de sus almas hacia la unidad juegue un papel la posición política; pero si, además de su identificación latinoamericanista, se produce también la de carácter político, entonces el vínculo que los une pasa a ser múltiple y, por tanto, más poderoso que el que es de origen puramente político.”1
1 Juan Bosch, “Una lección de historia: la unidad de los pueblos centroamericanos”, en “Juan Bosch. Temas Internacionales”, Miguel Collado compilador y editor, Fundación Juan Bosch, Sto. Domingo, 2006, págs. 213–215.14 Juan Bosch
Siguiendo con ese análisis de nuestra identidad espiritual, Juan Bosch apreciaba que “nos identifican todas las experiencias culturales que forman el conjunto de la latinoamericanidad, empezando por la lengua. Esos valores culturales pueden parecer subjetivos, pero son objetivos; tanto lo son que en la caso de la danza podemos verla y en el de la música podemos oírla. Subjetivos son, sin embargo, los hechos históricos… a pesar de que fueron objetivos en el momento en que eran ejecutados; y ocurre que … los hechos históricos que llevaron a cabo los pueblos y sus líderes, forman uno de los componentes más fuertes de los vínculos que unen a los latinoamericanos de habla española. Se nombra a Martí o a Bolívar y todos sentimos que se está hablando de dos fundadores de la Patria Mayor.”2
Esa vocación latinoamericana del profesor Bosch tuvo expresiones teóricas, pero también otras de carácter político, que lo vincularon a las luchas por la democracia y la dignidad de nuestros pueblos. En los años ochentas, tuvimos la fortuna de compartir algunas de ellas junto con otros ecuatorianos, entre los cuales, los recordados maestros Oswaldo Guayasamín, Nela Martínez, Pedro Jorge Vera y Carlos Oquendo. Me refiero a las acciones del Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, fundado en 1982, cuyas acciones se enfocaron especialmente a combatir la presencia de las dictaduras supervivientes en el continente y a enfrentar los desafueros del gobierno estadounidense de Ronald Reagan, quien había declarado una atroz guerra secreta contra la Nicaragua sandinista y proclamado nuevos designios imperiales sobre América Latina, bajo la teoría de que Centroamérica constituía la “cuarta frontera” de los Estados Unidos. En ese notable Comité, la presencia y palabra del profesor Bosch contribuyeron significativamente al enriquecimiento de sus tareas y a la comprensión de los fenómenos que se hallaban en proceso.
En concordancia con ello, en 1983 se constituyó en nuestro país el Comité Ecuatoriano de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, que tuvo como Presidente a Oswaldo Guayasamín, como Vicepresidente a Pedro Jorge Vera, como vicepresidente Alterno a Eduardo Zurita Gil, como Secretario al autor de estas líneas y como miembros a Carlos Oquendo, Nela Martínez, Monseñor Leonidas Proaño, Manuel Medina Castro, Edmundo Durán Díaz, Lenin Oña Viteri, Eugenia Viteri, Raúl Pérez Torres, Juan Isaac Lovato, Juan Cueva Jaramillo, Leonardo Vicuña Izquierdo, Fernando Cazón Vera, Alfonso Jara Moral y César Verduga, entre otros.
Al año siguiente, en febrero de 1984, se reunió en Quito el Tribunal Antiimperialista de Nuestra América, a iniciativa del Comité Ecuatoriano de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, con el fin de juzgar a Ronald Reagan por sus numerosos crímenes de guerra. La sesión única del juicio se desarrolló el 11 de febrero, en el Teatro de la Universidad Central del Ecuador, precisamente bajo la Presidencia del profesor Juan Bosch, cuyo viaje al Ecuador fue ocasión propicia para que el maestro Oswaldo Guayasamín pintase su retrato.
* * *
Como parte de sus empeños de luchador democrático y científico social, Bosch desarrolló a lo largo de su vida un riquísimo ejercicio analítico sobre la sociedad y la historia latinoamericanas. Naturalmente, ese ejercicio fue más profundo y detallado respecto de su mundo más próximo, esto es, de la República Dominicana y del área del Caribe, y más general respecto del resto de países y regiones de América Latina, pero en ambos casos tuvo el mérito de ahondar en aspectos cruciales de nuestra historia y vida política, analizándolos con su consabida maestría de científico social.
La presente recopilación revela ese permanente interés que el profesor Bosch tuvo por los asuntos latinoamericanos de su tiempo, que lo motivaron a escribir ensayos, dar conferencias o montar programas radiales acerca de ellos.
Cada uno de los trabajos recogidos en este libro es una pequeña obra maestra, pues analiza un tema o evoca un recuerdo de modo preciso y lo redondea en pocas páginas. Así, el artículo Análisis de las sociedades de la América Latina, escrito en 1990, enfoca el asunto de la estructura oligárquica y la emergencia de las burguesías latinoamericanas, plantea las contradicciones entre viejas y nuevas fuerzas de poder local, agrega la irrupción de los intereses imperialistas y muestra en breves trazos los vínculos entre poder local y poder imperial en cada coyuntura histórica, ¡todo ello en apenas dos páginas!
Similar cosa podría decirse de su ensayo Problemas de la democracia en nuestra América, el trabajo más amplio incluido en este libro, que en apenas 16 páginas analiza el origen histórico del sistema democrático, su gestación y distorsiones en América Latina, los alcances y limitaciones de nuestra independencia, la estructura étnico–cultural del continente, el gravoso efecto social de las guerras, el sistema de explotación colonial y neocolonial, la revolución haitiana y sus efectos en Santo Domingo, los orígenes y alcances del trujillismo, etc. En síntesis, un trabajo “preciso, conciso y macizo” como exigían los clásicos de la literatura política.
Dejamos, pues, en las manos del lector, esta selecta colección de artículos y ensayos del profesor Juan Bosch, que sin duda contribuirán a una mejor comprensión de la historia y la vida social de nuestra América.
Jorge Núñez Sánchez
UNA NOTA ESPECIAL:
El organizador y coordinador del Tribunal que juzgó a Ronald Reagan en el Ecuador, fue Rodrigo Santillán Peralbo, en ese entonces Presidente de la Unión Nacional de Periodistas. Naturalmente que contó con el apoyo del Comité de Intelectuales, de la UNP, de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Central del Ecuador y de otras organizaciones. La edición del folleto que contenía el fallo fue de responsabilidad de Rodrigo Santillán Peralbo
La Redacción de SIEMPRE