NUEVO PERÍODO DE CORREA CON UN PAÍS CONFUNDIDO Y UNA IZQUIERDA DIVIDIDA Y EN CRISIS EXISTENCIAL 



EL PAIS ATRAVIESA POR UN PERIODO HISTÓRICO CRÍTICO. 



Rodrigo Santillán Peralbo

El país atraviesa por un período histórico de esperanzas, pero también de rupturas, desencuentros, desencantos y en importantes sectores sociales y políticos de graves frustraciones, ahondados por la revolución ciudadana que, carente de firmeza ideológica propia, ha recurrido al discurso y banderas de la izquierda, pero entre el decir y el hacer han surgido profundas contradicciones que desmoronan, irremediablemente, el discurso revolucionario que encantó a las izquierdas que apoyaron la primera elección de Correa

Ha comenzado el tercer período del presidente Rafael Correa Delgado, apoyado por una abrumadora mayoría de votos que, inclusive, la tiene en la Asamblea Nacional con 100 asambleistas de un total de 137. Esa mayoría es más que suficiente, hasta para reformar la Constitución de Montecristi y adaptarla a los intereses de Alianza País, es decir de Correa.

Grave es la responsabilidad que asume ante el pueblo y la historia. No habrá pugna de poderes ni amenaza de muerte cruzada. Habrá paz entre las funciones del Estado subordinadas al poder del Presidente de la República, así digan que este Ecuador es republicano y democrático.

En la historia republicana ningún presidente había acumulado tanto poder como el presidente Correa, quizá con excepción de García Moreno, “El Santo del Patíbulo”, según acertado calificativo de Benjamín Carrión.

Tanto poder puede convertirlo en un gran estadista o transformarlo en un populista totalitario. Esta es su encrucijada en la que cayeron, también, los izquierdistas revolucionarios que se miran y se cuestionan en medio de una disyuntiva existencial: colaboracionismo incondicional u oposición crítica frente al espejismo de un futuro incierto, en que la propuesta de cambios radicales deviene en reformismo, a fin de consolidar la modernización del Estado, para satisfacer las demandas del capitalismo en crisis global.

Correa es un fenómeno político a la ecuatoriana que ha conseguido tres elecciones consecutivas y una indiscutida estabilidad que puso fin al desfile de gobiernos por el Palacio de Carondelet. Ese fenómeno político de intensa popularidad se caracteriza por su indiscutido carisma, su gran capacidad de comunicador que eleva su discurso sarcástico a veces, insultador siempre, mordaz y descalificador con su voz de distintas tonalidades y burdas imitaciones, a encender a las masas, arrancar largos aplausos, encandilar sus mentes para dibujarse como un líder nato e irremplazable.

Interpreta los anhelos, deseos y sentimientos de los pueblos y vendió la imagen del único hombre-político, capaz de cambiar al país, y con la siembra de esa ilusión obtuvo el respaldo popular cansado de la partidocracia y sus corruptuleas. Ante las masas se presentó como el político sin mácula, que iba a erradicar la corrupción en sus distintas caretas, pero al empezar su tercer período la corrupción permanece, se estabiliza y crece, al parecer, incontenible.

El renovado discurso de Correa, descalificador de la vieja partidocracia, entusiasmó a muchos sectores de la izquierda dividida que creyeron que había llegado el momento de cambios trascendentes que transformarían al país burgués, para posibilitar la refundición de un nuevo Ecuador del pueblo y para el pueblo que sería el partícipe directo de la profundización de la democracia, que permitiría la vigencia de los derechos humanos y libertades públicas, la vivencia en solidaridad, el principio de la inauguración de la justicia social y de la justicia común, equidad y la solución de problemas consuetudinarios: sociales, económicos, culturales, la superación de las taras en los sistemas educacionales, de la salud, vivienda, seguridad social, pobreza-indigencia.

En medio de la encrucijada, el Presidente Correa, a su regreso de la gira por Europa comenzó un discurso diferente, sin recurrir a posiciones ideológicas de izquierda y más bien con sentido pragmático convocó a la unidad, para cuidar la imagen internacional del Ecuador, pero ¿de qué unidad puede hablarse si ha dividido a socialistas, comunistas y todos los partidos y movimientos de izquierda en gobiernitas y críticos opositores? Ha dividido al movimiento indígena, sindicalismo, ambientalista, FEUE, universidades, profesionales, empresarios, intelectuales, artistas, periodistas, actores políticos y sociales, e incluso familiares, en grupos, aparentemente, irreconciliables: buenos y malos, es decir correistas y opositores, entre oportunistas y realmente convencidos.

Más allá del divisionismo y las ambiciones personales, es oportuno pensar en el país, y debatir sobre la izquierda y sus posibilidades, propuestas y acciones. La más importante y deseable unión, aunque suene a utopía inalcanzable, sería la de las izquierdas que, separadas, nunca alcanzaron el poder y que, en cuanto colaboracionistas, propusieron reformas, más nunca cambios revolucionarios.

Es de reconocer que las izquierdas, en especial las organizadas en los partidos Comunista del Ecuador y Socialista, desde las bases y junto a obreros, campesinos, indígenas, intelectuales y estudiantiles impulsaron profundas reformas que alcanzaron verdaderos triunfos en materias de derechos humanos fundamentales, en derechos sociales y económicos, y en libertades públicas básicas, en el reconocimiento de los derechos laborales y sindicales, en los derechos de movimientos indígenas, sociales y culturales. La izquierda ha sido fundamental en la dación del Código del Trabajo, y en importantes y trascendentes leyes sociales como las de la seguridad social, salud, educación superior con plena autonomía administrativa y académica, en la actualidad limitada por la revolución ciudadana.

Este es el tiempo de la unidad previo reconocimiento de la diversidad estratégica y del ejercicio de la crítica y autocrítica que desmitifique el colaboracionismo y explique el proceso revolucionario irrenunciable e indispensable.

Es el tiempo del trabajo ideológico y de la educación política del pueblo, porque sólo la toma de conciencia de la realidad permitirá transformarla y más aún, porque solo un pueblo políticamente educado jamás se deja engañar por discursos populistas, izquierdistas y revolucionarios en la teoría y de realizaciones de derechas en las práctica.

Ante las realidades múltiples y cambiantes de los procesos políticos, es indispensable comenzar a estructurar una propuesta unitaria desde la izquierda en verdad revolucionaria, propuesta que sea capaz de recibir adhesiones desde el pueblo para enfrentar con posibilidades de éxito al capitalismo reforzado con las reformas de la revolución ciudadana que moderniza el Estado burgués, tantas veces requerido por las oligarquías y clases dominantes. El pueblo quiere respuestas a sus necesidades reales y sentidas, a sus angustias cotidianas y esperanzas permanentes. La izquierda jamás debe conformarse con las migajas que le ofrece el poder o con las viejas propuestas que la anquilosaron.

Desde hace varios años la izquierda dividida no ha sido capaz de sintonizarse con el pueblo y ese desenlace ha incidido en la desorientación de las masas que, en los procesos electorales se han visto impulsadas y manipuladas para votar, inclusive, por sus enemigos de clase, o por oportunistas o populistas vestidos de izquierdistas y portadores de sus banderas y consignas. Hasta hubo un candidato de las oligarquías que cínicamente coreaba con sus partidarios: “El pueblo unido jamás será vencido”.

La división de la izquierda le ha dejado al pueblo en el abandono político y social, más aún, le ha arrebatado las esperanzas de cambios y transformaciones que le permitan construir sus vidas en estadios de igualdad. Esta realidad devastadora debería ser suficiente para unificar a las izquierdas desde sus bases hasta los pequeños y burdos liderazgos personalistas y egoístas que ni siquiera satisfacen sus ambiciones enancadas en el poder en planos absolutamente secundarios, o fuera del poder rumiando quimeras que no se acercan, por lo menos, a las utopías revolucionarias que motiven a la lucha popular en busca de las transformaciones necesarias.

Es indispensable reconocer la crisis existencial de la izquierda que se muestra incapaz de reconocer esa crisis, sus errores y limitaciones que le alejaron de las masas, como si una revolución fuera posible sin la participación del pueblo y su empoderamiento de la política, la economía y la cultura. La incapacidad de la mayoría de los dirigentes de partidos, movimientos y grupos de la izquierda para visionar el futuro inmediato y peor el mediato ha obnubilado el ser y el deber ser del revolucionario y su persistencia en la lucha creadora que conduzca a transformar las realidades.

Dentro del análisis de la problemática de la izquierda, Jorge Oviedo Rueda sostenía: “Después de la caída del llamado “socialismo real” el discurso de la dominación mundial inventó la tesis de que había dejado de existir la izquierda y la derecha como nociones políticas. Antes de la revolución francesa, las nociones de izquierda y derecha ya existían. En realidad existen como una necesidad del discurso político desde el surgimiento de la sociedad clasista, con Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Marx, Weber, Popper, Hayak, Fukuyama, y con el falso discurso del Socialismo del Siglo XXI.

Añade: Aceptar la desaparición de las nociones de izquierda y derecha es dejar sin voz a los de abajo por la elemental lógica de que en una sociedad dividida en clases, los que manejan los instrumentos ideológicos son los de arriba. Izquierda es sinónimo político de pueblo, lo ha sido en el pasado y lo seguirá siendo mientras en la sociedad existan intereses de clase.

Luego de referirse al proceso histórico de la izquierda Oviedo expresa: “Dos acontecimientos internacionales removerán las aguas pacíficas de la izquierda ecuatoriana al finalizar la década de los años cincuenta: por un lado el sisma chino-soviético y por otro el triunfo de la revolución cubana. Ambos actualizaron, a nivel mundial, la discusión sobre el carácter de la revolución. Surgió en el seno de la matriz comunista el Partido Comunista Marxista Leninista (PCMLE) y en la socialista el Partido Socialista Revolucionario (PSRE).

El PCMLE cerró sus filas para convertirse en un aparato clandestino destinado a darle dirección política a todas sus expresiones de masas. Desde entonces la UNE, la FEUE, el Movimiento sindical, campesino etc. son la fachada pública de las mismas tesis demo-burguesas del PCE. En la corriente socialista el PSRE planteó la necesidad de recuperar las tradiciones de la lucha popular para impulsar la lucha por el socialismo.
En realidad de verdad, jamás las diferencias ideológicas entre socialistas y comunistas fueron superadas. Cada uno en sus cuarteles mantuvo sus tesis, llegando a sectorizar sus influencias en el seno de las masas. La unidad de la izquierda siempre fue una aspiración, nunca una realidad.

Era la época de la guerra fría, el mundo estaba dividido por dos sistemas antagónicos que esperaban el primer descuido de su rival para sobreponerse. Ese antagonismo marcó la vida del planeta después de la segunda guerra mundial y dio origen a la peor tragedia vivida por la humanidad que fue la carrera armamentística. A los países del tercer mundo, la lucha anticolonialista del África y la revolución cubana, les abrieron nuevas perspectivas. Se comenzó a considerar la posibilidad de actuar de inmediato por conquistar las metas de la liberación y el socialismo.

Este ciclo, que en el Ecuador se inicia a comienzos de la década de los años sesenta, termina veinte años más tarde, al finalizar los gobiernos militares de Rodríguez Lara y Poveda Burbano.

¿Qué discutía la izquierda ecuatoriana? La discusión giraba en torno al carácter de la revolución: revolución socialista vs. transformación demo-burguesa como paso previo al socialismo. En otras palabras, revolución o reforma.

Ninguna de las dos posiciones triunfó. La izquierda socialista se fue atomizando hasta quedar aislada de las masas, la izquierda comunista se entregó en cuerpo y alma a los proyectos “progresistas” del centro, incapaces, en ambos casos, de levantar, o bien un proyecto revolucionario o bien una propuesta reformista coherente. Toda la izquierda comenzó a agonizar carente de iniciativas y de propuestas.
La muerte de Jaime Roldós puso fin a toda expectativa de cambio. Con su vicepresidente, el demócrata-cristiano Osvaldo Hurtado Larrea, se inicia la “negra y larga noche neoliberal” en el Ecuador. Los trabajadores organizados iniciaron la resistencia contra el neoliberalismo que tomó fuerza después del hundimiento de la Unión Soviética. El gobierno autoritario de León Febres Cordero tuvo que enfrentar la débil pero heroica oposición armada del grupo Alfaro Vive Carajo que, junto al estallido de la resistencia indígena sirvió para frenar las intenciones neoliberales de la derecha ecuatoriana. La izquierda asumió la lucha contra el neoliberalismo, sí, pero nunca investida de personalidad propia, siempre amparada en las propuestas y las figuras más progresistas del centro y del populismo. Nombres como el de León Roldós Aguilera, Frank Vargas Pazos e inclusive el del propio Lucio Gutiérrez, sirvieron para frentear la lucha contra la ya conformada partidocracia. Ante una crisis total, que no era sólo económica, sino política, ética, social, etc., la izquierda seguía pensando en cómo ir de la mano de líderes que le dieran diciendo y haciendo lo que a ella le correspondía. Estaba afectada de una bobería política que le impedía aprender de las lecciones de la historia y no le capacitaba para asumir sus retos.
Las sucesivas crisis políticas que llevaron al Ecuador a tener siete presidentes en el lapso de una década habían creado condiciones para una conducción revolucionaria de las masas, lo que implicaba la definición de un programa democrático, anticapitalista y revolucionario que nunca fue considerado siquiera por la izquierda ecuatoriana, a estas alturas ya demasiado corroída por las posiciones oportunistas y electoralistas que en su seno habían anidado. Esa izquierda, al final de la etapa, definió un programa marcadamente reformista y lo confiaron, sin condiciones, a una figura nueva que ellos juraron les llevaría, como una locomotora, al cambio revolucionario. Todo lo apostaron a la tesis de que en este proceso había un “gobierno en disputa” y que de esa batalla saldrían triunfadores. Correa no era más que una circunstancia, detrás de él estaba, decían, el colectivo, que daría dirección correcta al proceso.
Correa les resultó suave por fuera y duro por dentro. Todos los cálculos de la izquierda “boba” han naufragado en un caudillismo prepotente que, a nombre del socialismo, está rearticulando el capitalismo dependiente ecuatoriano a las necesidades de la acumulación del capitalismo corporativo mundial.
Salvo el velasquismo del siglo pasado nada puede ser tan perfecto como el actual correismo para frustrar las aspiraciones populares. Esa izquierda es responsable de haber cedido al reformismo el impulso histórico del cambio y el discurso socialista.
En un contexto internacional favorable a los gobiernos progresistas triunfó Rafael Correa en el 2007. Su marco conceptual y definición ideológica ha sido el ambivalente discurso del socialismo del siglo XXI que anuncia mucho, pero no define nada. Lejos de los modelos revolucionarios del pasado siglo, el llamado Socialismo del Siglo XXI actúa en un marco de convivencia con el capitalismo contemporáneo. Apuesta al fortalecimiento del Estado por medio del gasto público y sostiene que la redistribución de la riqueza social se la puede hacer por medio del asistencialismo y la reforma tributaria. Tiende a olvidar problemas vitales para toda política de izquierda como son los del poder, del Estado y de la economía profunda, sobre los cuales no es capaz de trascender más allá de las concepciones clásicas del liberalismo. Su acción política apunta a terminar la obra trunca del liberalismo alfarista cuyo objetivo final fue la creación de un capitalismo democrático, dice Correa, de amplia base popular. Teóricamente se supone que el gobierno correista encarna la etapa pos-neoliberal, que tendrá que evolucionar a un socialismo de mercado o capitalismo popular para desembocar en lo que ellos llaman el bio-socialismo republicano.
Oviedo agrega: Las izquierdas en el Ecuador tienen mayoritariamente una matriz común que es el stalinismo. El socialismo revolucionario ecuatoriano (PSRE) que era la única fuerza que escapaba a esa matriz, fue ahogado sin contemplaciones durante la década de los ochenta por la última fracción “patiamarilla” del socialismo.
Al referirse al último intento de unificación de la izquierda, Oviedo sostiene: Lo que resulta más preocupante es que la llamada Izquierda Plurinacional no demuestra ninguna inquietud por la autocrítica. Cree que lo de Correa fue una traición y no un error, con lo cual todo lo reduce a un asunto individual. “Nos equivocamos con Rafael Correa” es la frase más frecuente en las cabezas visibles de sus ex colaboradores, lo que se puede comprobar en que en el programa pos correista propuesto por la Izquierda Plurinacional sólo hay cambios de forma y no realmente de fondo. No parecen comprender que a la izquierda de Correa sólo puede estar un programa revolucionario, anticapitalista y proyectado al socialismo. Defender la Constitución de Montecristi entrampa la acción de una izquierda revolucionaria a la defensa del proyecto reformista de Correa, lo que puede resultar inútil si se considera que Correa es el político reformista mejor dotado de todos los tiempo y a él, sólo a él, le corresponde llevar adelante la reforma histórica que el Ecuador necesita. No parece ser esa la conciencia de la Izquierda Plurinacional. Parece sentirse frustrada porque un “sapo” como Correa le birló su derecho a transitar por el camino de la reforma. Así lo dicen sus orígenes stalinistas.
El capitalismo actual enfrenta a la izquierda a nuevos retos. El stalinismo remanente es a estas alturas una aberración. Se cae a pedazos la civilización del capital. Una elemental ética revolucionaria nos aconseja que debemos ayudarle a morir y no a reforzar sus carcomidas estructuras. La Nueva Izquierda está avocada a plantear y luchar por otras bases civilizatorias que tendrán que levantarse, necesariamente, sobre las ruinas de la civilización del capital.
Jaime Muñoz Mantilla efectúa algunas acotaciones al análisis de Oviedo y expresa: El PCE nació en 1931, no en 1932... El trabajo de la militancia del PCE en la organización del campesinado indígena fue relevante. Sentaron las bases para lo que después sería la CONAIE, con militantes abnegados que entregaron su salud y su vida al trabajo organizativo. Hacia la II Guerra Mundial, el PCE jugó un papel importante en la lucha contra el nazismo. Un líder destacado fue Joaquín Gallegos Larra, quien dirigió el Frente Anti Fascista.
Es verdad que la mejor alternativa fue el PSRE, opuesto al reformismo del ala derecha del PSE y a la obediencia a los dictados del Comintern, por parte del PCE.
Hay que señalar, inevitablemente, la infiltración de la CIA en las organizaciones de izquierda. Lo que devendría en PCMLE tuvo a tres traidores, comprados por la CIA. Uno de ellos anda por Miami, luego de intentar asesinar a una señora. No es despreciable la necesidad de que la base de la llamada izquierda (la del MPD-PCMLE) despierte y descubra la verdadera naturaleza de su dirección. Hay que recordar las permanentes alianzas de este partido en el Parlamento con la derecha más reaccionaria -la del PSC. Ellos enarbolaron la tesis de que “hay que votar por LFC para agudizar las contradicciones”. Luis Villacís arengando a la policía en el fallido golpe del 30S, de franca inspiración imperial (aunque nieguen ellos mismos y otros, que haya sido intento de golpe)…
El discurso de la Coordinadora, lejos de plantear un proyecto de transformación profunda, alterantivo al correismo, es de generalidades, de defensa de la “libertad de expresión”, etc., lo que le vuelve una variante de la otra oposición, la derechista. Los únicos que “le dieron haciendo una propuesta” fueron unos pocos intelectuales valiosos que, sin embargo, olvidan los pecados políticos de estas dos organizaciones. Así, el pueblo no tiene, al momento, opción electoral que signifique un proyecto liberador, hacia el socialismo. El correísmo no es otra cosa que un proyecto neokeynesiano de modernización capitalista, aunque por otro lado, privilegia el extractivismo, lo que le vuelve parte de la división mundial del trabajo, diseñada por las transnacionales y el imperio. Copta intelectuales, tecnócratas y más y organiza una red de espionaje que intimida a los burócratas que medio intentan criticar los actos evidentes de corrupción que se van dando en diversos sectores y niveles.
Sólo queda a la iniciativa, valor y conciencia revolucionaria comenzar procesos de reorganización popular, desde la base, con presencia de intelectuales y profesionales progresistas, para reiniciar un nuevo proceso, rescatando, obviamente, el acumulado histórico, cuyo discurso se usurpó desde el gobierno para luego desmarcarse de él en la práctica”.
Al iniciarse el tercer período de Correa y su revolución ciudadana, tenemos un país políticamente confundido y con una izquierda casi inexistente. Correa apartó de su gobierno a los movimientos ambientalistas, indígenas, sindicales. “Perdió la base social histórica que dio contenido a su propuesta discursiva de conducir el país por la izquierda. Pero, en un ejercicio de autosuficiencia política, construyó o imantó a organizaciones sociales mediante mecanismos de división, captación, burocratización de las dirigencias e, incluso, a través de negociaciones que son reconocidas por dirigentes gremiales como un chantaje”.

Carlos Figueroa afirma: “El problema de la izquierda ecuatoriana es que ha encauzado sus procesos con personajes prestados. De allí, las grandes decepciones y traiciones”. Añadía que el gobierno, hasta ahora, ha sumado un match point en su embestida. En cuatro años remató dos décadas de sindicalismo público y ahora fructifica en su afán de clonar sindicatos a su semejanza. Entre tanto, a las organizaciones que aún quedan al margen del poder les resta una travesía por el desierto.

Raúl Prada Alcoreza, al comentar la unidad plurinacional, sostenía: “¿Cómo comenzar? ¿De qué manera? ¿Cómo escribir un documento de apoyo a un frente de izquierda, que también es un frente plurinacional? Sobre todo cómo comenzar a preguntarse ¿qué nos preguntamos ante la formación de un frente político con estas características, en un país que ha aprobado una Constitución que define un mandato claro, construir un Estado plurinacional y defender los derechos de la naturaleza?

En el siglo pasado, el universal, moderno y ultimatista siglo XX, los frentes de izquierda se formaban para luchar contra las dictaduras militares, contra el dominio casi directo del imperialismo, también contra el dominio de la derecha conservadora, vinculada a los intereses oligárquicos de la alianza de terratenientes y burgueses. Ahora, en el comienzo indeterminado del siglo XXI, se forma un frente de izquierda, de partidos de izquierda y de organizaciones indígenas, para enfrentar a un gobierno caracterizado de progresista, incluso de izquierda, en el panorama de esta peculiar izquierda gubernamental sudamericana. ¿Cómo explicar esta situación? ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué clase de lucha es esta?

Cuando en el siglo XX llegaron partidos de izquierda al poder, así hablaremos, sin complicarnos, usando un lenguaje de uso común, las divisiones se manifestaban después, como arrastrando discusiones anteriores sobre la relación de tácticas y estrategia. Incluso llegó a ser sangrienta la lucha entre tendencias, empero, no hubo oportunidad, no se dio la oportunidad, en estas revoluciones a la disidencia. Fueron aplastadas cruelmente. En el siglo XXI los contextos y las coyunturas, el perfil de los mismos, sus problemáticas, parecen haber cambiado, respecto a los contextos y las coyunturas de las luchas en el siglo XX. Los gobiernos de izquierda que llegaron al gobierno en Sud América no son ultimatistas como los gobiernos revolucionarios que caracterizaron al siglo XX, no se plantean el todo o nada, socialismo o muerte; aunque lo digan a veces por veleidad o por repetición, quizás imitación de antiguos tiempos heroicos; son, mas bien, conscientes que conviven con el capitalismo, en su forma de dominación financiera, de dominio trasnacional y explotando la energía fósil y mineral.

Son gobiernos “pragmáticos”. No ponen en la mesa de discusión el viejo debate de reforma o revolución, ni se inclinan por Eduard Berstein, quien planteó que más vale un paso en el movimiento que el programa, también escribía en defensa del reformismo que la palabra revisionismo, que en el fondo sólo tiene sentido para cuestiones teóricas, traducida a lo político significa reformismo, política del trabajo sistemático de reforma en contraposición con la política que tiene presente una catástrofe revolucionaria como estadio del movimiento deseado o reconocido como inevitable…

En otro acápite de su análisis, Raúl Prada Alcoreza relieevaba: El frente de izquierda plurinacional ecuatoriano expresa la alianza estratégica de la lucha anticapitalista y anticolonial, la alianza entre trabajadores e indígenas. Expresa también el compromiso con la madre tierra, la defensa de los derechos de la naturaleza. Emerge como respuesta a la crisis múltiple del Estado-nación; crisis política, pues no deja de ser un instrumento de la dominación mundial que cumple con la administración de la transferencia de los recursos naturales de las periferias al centro del sistema-mundo capitalista; crisis económica, pues no sale del círculo vicioso de la dependencia, continuando con la expansión del modelo extractivista; crisis social, pues mantiene la estructura de desigualdades, ante la cual son impotentes las reformas sociales; crisis histórica, pues el Estado moderno no deja de ser una continuidad de la colonialidad del poder. Esta izquierda del siglo XXI se propone como programa político transiciones de salida de la crisis múltiple, incluyendo la crisis ecológica. Ante la crisis política, salir de la subalternidad del Estado-nación, con la determinación de construir un Estado plurinacional. Ante la crisis económica, salir del modelo extractivista y rentista mediante la transición efectiva a una estructura económica no-extractivista y no-rentista, basada en eco-producciones encaminadas a la soberanía alimentaria y en la adecuación de equilibraciones en los ecosistemas; ante la crisis social, además de defender los derechos conquistados de los trabajadores, avanzar en la igualación social a través de transformaciones estructurales de las condiciones de posibilidad que son causas de las desigualdades; ante la crisis histórica, que también es crisis de legitimidad, conducir las transformaciones institucionales por la vía de la descolonización”

Las diferentes visiones sobre la problemática de la izquierda, los análisis de los fracasos de todas las propuestas y estrategias, el desperdicio político de las coyunturas, la miopía del ser revolucionario, el chasco del colaboracionismo, la desfachatez del oportunismo, la tontera del anarquismo y la indiferencia, conducen a reconocer los errores cometidos por las dirigencias encasilladas en viejas rencillas, empantanadas en propuestas y visiones obsoletas y dogmatizadas.

Esta es la hora de pensar en construir una nueva izquierda que vaya desde las bases hasta las cúpulas, pero sobre todo, que sea capaz de desprenderse de las anacrónicas dirigencias que fracasaron en la conducción de partidos y movimientos, motivados quizá por ambiciones personales más que por el ideal revolucionario.

Este Ecuador requiere de una nueva izquierda que impulse los procesos de cambio desde el pueblo, para el pueblo y con el pueblo. Ningún pacto, ni componenda, ni colaboracionismo a sus espaldas. Una izquierda tranparente inexorablemente uncida a los intereses de las masas. Una nueva izquierda que convoque a los jóvenes, hombres y mujeres a emprender tareas revolucionarias realistas, para el aquí y ahora.

Todos juntos: obreros y campesinos, intelectuales y profesionales, estudiantes, amas de casa, empleados, desempleados, en marcha compacta para refundir el país.

Comunistas, socialistas, miristas, AVC, Montoneras, cristianos revolucionarios, bases pachakutik, bases MPD, movimientos sociales, movimientos indígenas, ambientalistas, todos a unirse con un proyecto político común: Unificar a las izquierdas de todas las tendencias. ¿Es una utopía más, o una posibilidad cierta?