FUSILARON AL CORONEL LUIS VARGAS TORRES 



LA PATRIA NUESTRA DE CADA DIA  



Por Pedro Saad Herrería

Cuenca. URGENTE.- A las 8:40 de la mañana de este domingo, 20 de marzo de 1887, en el preciso momento en que el Obispo oficiaba misa en la Catedral, fue fusilado aquí el coronel liberal esmeraldeño Luis Vargas Torres, de 32 años de edad.

Pocos momentos después de las 8 de la mañana, con fanfarrias y redobles de tambor, hicieron su ingreso a la plaza principal el auditor de guerra, mayor Mariano Vidal y el condenado, a quienes acompañaba el sacerdote Landívar, pese a que Vargas Torres se había negado a recibir comunión del Obispo Miguel León.

Los esperaba un piquete del batallón Azuay, al mando del oficial Ezequiel Sigüenza, dispuesto a llevar a cabo el fusilamiento.

El auditor leyó la sentencia y advirtió a la muchedumbre que “todo aquel que protestare por este hecho correrá en el acto igual suerte”.

Como es lógico, el silencio cayó sobre la plaza, pero alcanzó a escucharse un lejano sollozo, que hizo que el joven coronel buscara con la mirada, para encontrarse con los ojos de sus compañeros de armas que habían sido obligados a asistir a la ejecución.
Sacándose el amplio sombrero que lo ha caracterizado, Vargas Torres hizo un amplio saludo a sus compañeros y diciéndoles “Hermanos, hasta la eternidad”, se volvió hacia Sigüenza e inquirió “¿dónde debo colocarme?”

El oficial señaló el cuarto arco de la plaza, y Vargas Torres se ubicó allí. Un suboficial del batallón se acercó para vendar sus ojos, pero el coronel lo rechazó cortésmente. Le ofrecieron un punto de apoyo, que fue igualmente declinado. Alzó la mirada, adelantó un tanto el pie izquierdo y, poniendo sus manos en las bocamangas del chaleco, esperó la descarga.

Así sonó la voz de “Fuego”.

Un Héroe Indeclinable

Desde que fuera capturado el 7 de diciembre del año pasado, la odisea legal y moral del “caso Vargas Torres” ha tenido conmovido a todo el país.

Capturado por las fuerzas del gobierno de Plácido Caamaño, Vargas Torres se presentó ante el coronel Antonio Vega Muñoz, se cuadró marcialmente y le dijo “Coronel, aquí tiene usted a su víctima”.

Vega, quien pese a sus convicciones curuchupas se ha distinguido siempre por su caballerosidad, le repuso “Imposible. Su vida está garantizada mientras yo tenga el comando de las tropas”.

El Consejo de Guerra instaurado los días 4 y 5 de enero de este año de 1887 sentenció a la pena capital a Vargas Torres y a cuatro de sus compañeros de armas y de Logia masónica (Pedro Cavero, Filomeno Pesantes, Jacinto Nevares y Rafael Palacios).

En el proceso, Vargas Torres, pese a no ser abogado con título, asumió la defensa de los acusados y concluyó su vibrante intervención diciendo “Juzgad. Fallad. Yo he cumplido con mi deber”.

Tan pronto se dictó la sentencia, se sugirió a los condenados que firmasen una solicitud de indulto, que los cuatro compañeros suscribieron de inmediato, pero Vargas Torres se negó a hacerlo. En su nombre –y sin su conocimiento– firmaron los doctores Emilio Arévalo y Moisés Arteaga.

El Consejo de Estado resolvió favorablemente el indulto de los otros cuatro condenados, pero se negó a hacerlo con Vargas Torres, dando con esto la razón al héroe, que siempre consideró inútil e indigno pedir clemencia a un gobierno al que considera su enemigo tiránico y antipatriótico.

Comenzó entonces una auténtica cruzada nacional para reclamar la conmutación de la pena, y un grupo de miembros de su Logia (curiosamente denominada “Paz y Orden”), entre los cuales se encontraba su medio hermano Jorge Concha Torres, planearon una fuga del presidio, para llevar a Vargas hasta el Brasil, atravesando toda la selva. Para esto cohecharon a un guardia del penal.

Realizado el proyecto, los complotados lograron sacarlo de la cárcel; pero, ya encontrándose fuera, Vargas Torres constató que la fuga lo incluía sólo a él, y que sus compañeros permanecerían detenidos.

Temió entonces que, a falta de él y a pesar del indulto concedido, se fusilara a sus compañeros de prisión y, volviéndose hacia el carcelero que le había franqueado la salida, le preguntó “¿cuánto quieres por los demás?”

“Nada -fue la respuesta-. Pagaría con mi vida. La fuga de uno puede explicarse. La de todos, imposible”.

Luis Vargas Torres lo miró a los ojos y, sin decir una sola palabra más, volvió a su celda, pese a que el camino de su fuga estaba expedito.

El día 11 de marzo se insistió en pedir que se conmutara la pena, lo que fue igualmente negado y, como el coronel Vega caballerosamente se negara a cumplir la sentencia, se lo trasladó, confiando el mando al coronel Muñoz Vernaza.

A la tarde de ayer su celda fue visitada por un oficial, un letrado civil y el Obispo León. Vargas Torres, que recibía en ese momento la visita del niño Carlos Zevallos Zambrano (hijo de una amiga de su familia), lo retuvo diciéndole: “No te vayas. Vas a oír mi sentencia de muerte, y mañana me vas a ver fusilar, para que aprendas cómo mueren los hombres”.

Efectivamente, el objeto de la visita era informarle que la mañana de hoy se llevaría a cabo la sentencia, y el Obispo le ofreció entonces sus “auxilios espirituales”. Vargas Torres lo rechazó. “Ustedes ven la luz de un lado -le dijo-. Yo la veo del opuesto. Pierde usted su tiempo y me lo quita a mí”.

De inmediato sacó papel y pluma y escribió una extensa carta a su madre.

Escarnio sobre el Crimen

Luego del fusilamiento de hoy, el Comisario Municipal Mariano Abad Estrella resolvió que el cadáver del coronel francmasón no podía reposar en el cementerio, y dispuso que cuatro peones lo tomaran de brazos y piernas y lo llevaran a rastras, mientras su cabeza golpeaba contra los adoquines de las calles.

Fue arrojado en una pendiente, donde un espíritu caritativo echó al menos una manta sobre su cuerpo, que rodó a la quebrada.

La misma quebrada a la que hace 30 años fue arrojada la igualmente excomulgada poetisa Dolores Veintimilla de Galindo.

Paz para el héroe en el Oriente Eterno.