EUGENIO ESPEJO PRECURSOR DE LA PRIMERA INDEPENDENCIA 



POCOS RECUERDAN AL REVOLUCIONARIO 



Por Oswaldo Albornoz Peralta

Hoy los médicos y periodistas ecuatorianos celebran un aniversario más del natalicio de su patrono: pocos recuerdan al revolucionario y precursor de nuestra primera independencia

Eugenio Espejo precursor de la primera independencia[1]

Su ideario político y libertario

Nos corresponde explorar en el mundo de las ideas políticas y libertarias de Espejo. Empecemos por manifestar, como es muy comprensible, que sus ideas políticas radicales y menos las que se relacionan con la independencia de los pueblos americanos, pueden ser encontradas en sus libros. Al contrario, varias veces critica allí algunas proposiciones de los enciclopedistas y se pronuncia contra la revolución francesa calificando sus reformas de irreligiosas en un sermón que escribe en 1793. A este respecto, Philip Louis Astuto piensa que “había intercalado estos comentarios derogatorios sobre la Revolución Francesa, así como sus observaciones elogiosas sobre la Conquista, para aquietar los temores de las autoridades coloniales que a buen seguro sospechaban de sus actividades sediciosas y traicioneras”.[2] Es seguro que esto sea así, porque en su última prisión ─1795─ se le acusa precisamente de haber manifestado que no era pecado la decapitación de Luis XVI y que los pueblos tienen derecho a sublevarse contra los malos gobernantes. Además, como dice González Suárez, la idea sobre el establecimiento de gobiernos republicano─democráticos era nacida del ejemplo de Francia y de los Estados Unidos. De lo que se desprende que Espejo, aparte de los reparos que puede haber tenido acerca de asuntos religiosos ─pues su cristianismo no ha sido puesto en duda─ no era enemigo de la gran transformación burguesa de 1789.
Espejo es sumamente precavido. En su libro La ciencia blancardina, protestando porque el fraile Juan de Arauz había afirmado que El Nuevo Luciano vomitaba un “humor pestilente y un cruel veneno aún contra lo más respetable y sagrado”,[3] confiesa haber usado seudónimo y no su verdadero nombre en esa obra, por temor a ser denunciado ante el Tribunal de la Inquisición. Véase pues, hasta donde se extiende su reserva.
Sin embargo de todo esto, algunos estudiosos de Espejo, al no hallar pruebas firmadas y autenticadas en juzgado de sus ideales más revolucionarios, unos con buena fe y otros no tanto, han tratado de disminuir su valor como pensador avanzado. Felizmente, sólo son las excepciones.
Pero, si no todo su pensamiento está contenido en sus obras, lo que aparece allí es suficiente para considerarlo como el espíritu más progresista del siglo XVIII. Todos sus trabajos están saturados de ideas liberales y cita a sus autores cuando estos no represen-tan mayor peligro, como Groccio y Puffendorf pongamos por caso, ambos teóricos del derecho natural y pensadores tempranos de la burguesía europea, con huellas por consiguiente, en muchos aspectos, de la jurisprudencia feudal. El primero ─cuyas concepciones se forman bajo la influencia de la lucha en Holanda por su independencia del dominio español y la instauración de la república burguesa─ sostiene que proviene de la “naturaleza” del hombre y no de la voluntad de Dios como enseñan los teólogos medievales. El segundo, con la cobardía propia de los burgueses alemanes que Engels pone tan bien de relieve, defiende los derechos de los príncipes germanos y se pronuncia por la limitación de los poderes del emperador, estimando legítima la existencia de la servidumbre feudal. La larga cita de este autor que Espejo transcribe en sus Reflexiones acerca de las viruelas, donde se señalan los deberes del buen ciudadano, tiene por objeto criticar la avidez de riquezas y comodidades de las clases elevadas.
También ─y no podía ser de otra manera─ en sus libros se transparentan las ideas de los principales pensadores ilustrados de España, que aunque con la timidez proveniente del escaso desarrollo de su burguesía, tienen una intención antifeudal. Al hablar de Campomanes demuestra haber conocido sus obras, por lo menos sus más importante y conocidas: Tratado de la regalía de amortización, a la que ya nos referimos, Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774) y Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento (1775-1777). Y es seguro que está al tanto de los estudios de Jovellanos y de las Sociedades Económicas de la metrópoli.
De los autores franceses ─cuyos libros son harto conocidos a pesar de estar prohibidos─ menciona a Montesquieu, del cual acoge su teoría sobre la influencia del clima sostenida en El espíritu de las leyes, pues en su Voto de un Ministro Togado de la Audiencia de Quito, al referirse a la desidia de los pobladores de Ibarra, piensa que el defecto se debe al clima, “tan dominante en las operaciones de la vida y sus costumbres”.[4] Nombra así mismo a Voltaire, alabando su prosa, pero como es natural, haciendo reparos a sus ideas religiosas. Estudia la obra de Guillaume Raynal, Histoire philosophique des établissements et du comerce des européens dans les deux Indes, donde se condena el colonialismo español y que según Keeding influye para que Espejo se adhiera a la teoría del libre comercio reflejada en su obra Memoria sobre el corte de quinas. Y aunque sea sin nombrar a Rousseau y llamando a acatar las órdenes del rey, con suficiente claridad, acoge los fundamentos del contrato social: “ Cuando no consideramos ─dice─ más de que por una necesidad inevitable de solicitarnos las ventajas de la sociedad, hemos radicado el depósito de la Autoridad Pública en el Rey. Que por la misma razón le hemos entregado voluntariamente parte de nuestra libertad, para que haga de nosotros lo que juzgue conveniente; que su poder, en atención a este sacrificio, se extiende únicamente a procurar el bien común de sus vasallos: Y que bajo estas miras, no podemos resistir a sus preceptos, considerando bien que ellos no tienen otro objeto, que el del buen orden, la economía, la conservación y la felicidad del Estado...” [5]
Es seguro que conoce la Constitución francesa. Esto no es difícil, porque en España su circulación es amplia, y todos los impresos de allá llegan prontamente a las colonias americanas merced a las relaciones frecuentes que existen con la metrópoli. Keeding piensa que, posiblemente, la obra de “filosofía en francés” que Rodríguez sacó de la antigua biblioteca de los jesuitas ─que consta de una nota del bibliotecario José Pérez─ era la constitución de los Estados Unidos de 1776 o de la constitución francesa de 1791. Luego añade: “No parece imposible. Pues, que Eugenio Espejo tenía entre los casi 15.000 volúmenes de la Biblioteca Pública algunos manuscritos con respecto al constitucionalismo moderno, los cuales escondidos entre los libros menos recorridos por los lectores, estaban más seguros que en su casa. Estos papeles hizo conocer a Miguel Rodríguez”.¬[6]¬ Es más probable que se tratara de la Constitución francesa, ya que allí están incluidos los “derechos del hombre” que más tarde el sacerdote Rodríguez ─uno de los mejores discípulos de Espejo─ los traduciría al castellano.
El verdadero pensamiento político de Espejo, además, puede ser rastreado en los numerosos informes y cartas de las autoridades españolas, donde, restando las factibles exageraciones, no cabe duda que mucho tienen de verdad. En todos ellos se le tilda de peligroso subversivo, armado de un arsenal de ideas peligrosas que, para tales funcionarios, no son otras sino las provenientes de la Francia revolucionaria y de los pensadores liberales avanzados de la época. Igual contenido tienen las denuncias que sus enemigos y partidarios de la monarquía presentan en su contra. Tal, por ejemplo, la acusación de fray Esteban Mosquera presentada al virrey de Santa Fe. Allí, según Carlos Paladines, se califica a él y sus partidarios de sediciosos afrancesados, jacobinos y convencionalistas, términos “en que se refleja la ideología de los republicanos franceses y se plantea la ruptura con la monarquía española”.[7]
Las ideas políticas de sus principales discípulos ─sin que esto signifique igualdad de concepciones, pues algunos de ellos, como Mejía, llegaron a superar a su maestro─ son un hilo conductor que nos lleva hacia su auténtico pensamiento. Los más avanzados son sin duda el nombrado Mejía, Miguel Antonio Rodríguez, Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga y Antonio Ante, todos ellos republicanos y demócratas partidarios de la independencia total, como lo demostraron en sus posteriores actuaciones. Ellos sí, son los “herederos de los proyectos sediciosos de un antiguo vecino, nombrado Espejo”,[8] de que habla el Presi¬dente Molina en una carta.
Después de lo que se deja escrito, no es extraño que la gran mayoría de los escritores que se han ocupado de Espejo, hayan llegado a la conclus¬ión de que es conocedor y simpatizante de las corrientes políticas más avanzadas de su tiempo. Benites Vinueza dice al respecto: “La base de su cultura es francesa, enciclopedista y por lo mismo, revolucionaria. Los filósofos de la Pre-revolución, especialmente Montesquieu, D'Alambert, Rousseau y Voltaire, modelan su pensamiento político y determinan su actitud ante la vida. Tiene una inmensa fe en la "ilustración" y sus ideas pedagógicas inquietan el medio quiteño”.[9]
Y Enrique Garcés añade a lo anterior: “Espejo conocía a fondo toda la obra realizada por los republicanos de Estados Unidos de Norte América. Sabía de memoria la declaración de Filadelfia y estudiaba cuidadosamente todo el proceso de la independencia y formación de los Estados Unidos. Washington le era familiar. Espejo, estaba profundamente saturado de la tesis de la Revolución Francesa. Los enciclopedistas eran sus amigos íntimos”.[10]
No se puede dudar de las afirmaciones anteriores. En la época de Espejo las ideas liberales, provenientes de diferentes fuentes y países, están ampliamente difundidas. La monarquía española hace toda clase de esfuerzos para impedir la entrada de libros subversivos en sus colonias. Los obispos no se cansan de prohibir su lectura, a la vez que la Santa Inquisición, persigue sin tregua a sus poseedores y lectores. Jorge Carrera Andrade, basándose en el cronista Ascaray y refiriéndose a Quito, dice que “Las corrientes del pensamiento seguían una dirección insospechada desde la época de Montúfar y Fraso; el pensamiento democrático se fortalecía en los barrios populares, los libros franceses adquirían gran boga, el prestigio de las autoridades religiosas iba en disminución cada día y un viento liberal soplaba aun entre las clases elevadas”.[11]
También afirma este mismo escritor que los miembros de la Sociedad de Amigos del País no sólo son lectores de los filósofos franceses, sino que traducen y copian sus escritos para difundirlos en los pueblos de la Real Audiencia de Quito. Y en su Galería de insurgentes, aludiendo a la propagación de las ideas liberales norteamericanas ─“filosofía de Filadelfia”─ afirma que el sabio Franklin mantiene correspondencia con los animadores de las Sociedades Económicas de España y América, entre ellos con Espejo, secretario de la clandestina Escuela de la Concordia.
Pensar que Eugenio Espejo, ojo avizor y receptáculo de todo lo nuevo, no conozca y no esté comprometido con estas ideas, resulta bastante ingenuo.
Pasemos a ver cuáles son sus ideas relacionadas con la independencia de las colonias españolas.
De nuevo tenemos que recalcar aquí, que si sus principios políticos tienen que ser escondidos al máximo, con mayor razón esto se hace obligatorio con las ideas emancipadoras, ya que ellas, directamente, están relacionadas con los intereses más caros de España. Por consiguiente, el control y celo de las autoridades, es muy estricto sobre este particular. Y las penas para los rebeldes y conspiradores, están en consonancia con la gravedad que se atribuye a la falta o delito. No hay que dejar ninguna huella, ninguna señal que puedan alertar a los suspicaces cancerberos metropolitanos, Se impone el secreto más absoluto.
La primera vez que Espejo aparece públicamente como sedicioso es con motivo del sumario que se instaura en su contra en 1788 como autor de la sátira antiespañola denominada El retrato de Golilla, por haberse en¬contrado en su poder un ejemplar de ese escrito versificado, donde se pone en ridículo a encumbrados personajes: se llama “rey de barajas” al soberano español, y sobre todo, se aplaude el levantamiento acaudillado por Túpac Amaru, por considerar justa la defensa de los derechos de los indios. Espejo niega, rotundamente, ser el autor de ese “terrible pasquín”.
El presidente de la Real Audiencia de Quito, Juan Josef Villalengua y Marfil, en nota reservada y dirigida al virrey de Santa Fe, manifiesta que cualquier tribunal de Europa condenaría a prisión perpetua al responsable de ese crimen. Y luego añade: “El no haberlo yo executado, o esta Rl. Audiencia sin embargo de no ocultársenos la justicia que así lo exijia, ha sido no sólo por las Causales que en el Auto del Tribunal a fol. 53 de los susodichos se tuvieron presentes, sino también por la que habiendo de salir reos forzosamente en la causa, muchos sugetos de clase distinguida, amigos, corresponsales y confidentes de Espejo, ocacionaría semejante procedimiento en esta Providencia, un incendio difícil de apagar a menos de cortar la Causa en el Estado que se nota (...)” [12]
De lo transcrito se desprende que la conspiración es ya bastante extendida y cuenta con comprometidos de importancia social. Se teme que esto salga a la luz pública y que los resultados de un escándalo de esta naturaleza sean contraproducentes. Mejor, entonces, suspender la causa.
El escritor cuencano Alberto Muñoz Vernaza asevera que los versos de la primera parte y fragmentos de la segunda de El retrato de Golilla pertenecen a un poeta francés, y que Espejo es autor solo de las últimas estrofas, donde se hace referencia al Ministro de Indias José Gálvez y a la sublevación de Túpac Amaru, porque ese personaje aún no había sido nombrado para tal cargo, ni tampoco se había verificado la rebelión del segundo al momento de aparecer la sátira. Si esto es así, quiere decir que Espejo, al prolongar la mordaz crítica, está de acuerdo con el contenido de lo ya escrito. Y el aditamento que le corresponde tiene singular valor, porque significa que comprende toda la trascendencia de la insurrección del caudillo peruano. A la vez que demuestra, nuevamente, su predisposición para la defensa de las reivindicaciones y anhelos del pueblo indio.
El pensador argentino Arturo Andrés Roig ─al que siguen algunos escritores ecuatorianos─ piensa en cambio que Espejo es partidario de las reformas y enemigo de los movimientos populares. En su libro titulado Humanismo en la segunda mitad del siglo XVIII, asimilando o incorporando al mestizo quiteño al ideario de una fracción de la nobleza criolla, deduce y sostiene que es contrario de todos los movimientos de las masas “ignaras" y "plebeyas”, razón por la que se opone a insurrecciones como la de Túpac Amaru y la de los comuneros de Nueva Granada. Dice que analizando sus textos “se nos presenta en una posición que no podemos sino declararla conservadora”. [13] Un ilustrado inofensivo, en suma.
Dejando a los lectores la apreciación y medida de esta tesis, prosigamos adelante.
Con el objeto de atender su defensa de la acusación planteada en su contra por este motivo ─aunque algunos piensan que su verdadero propósito es trabajar por la independencia─ se encamina a Bogotá. En esa ciudad entra en contacto con los próceres colombianos Nariño y Zea, donde se integra a la logia secreta dirigida por el primero, que trabaja por la emancipación y por la divulgación de principios revolucionarios. El viaje le sirve sin duda para radicalizar su pensamiento y trazar planes más concretos sobre la futura liberación de las colonias españolas. Y así, con ideales más profundizados y pulidos, vuelve a Quito para seguir su trayectoria de rebelde.
Años más tarde, en 1794, una nueva inculpación recae sobre su persona. El día 21 de octubre de 1794 aparecen en algunos lugares de la ciudad de Quito unos banderines de color escarlata con el siguiente texto latino: ¡Salva cruce! Liberi esto. Felicitatem et gloriam consequtor. La traducción sería esta: Al amparo de la cruz seamos libres. Consigamos gloria y felicidad.
Existen algunas versiones, aunque con pocas diferencias, de las palabras latinas escritas en los banderines. Hemos escogido la que consta arriba por ser la más clara, tal como corresponde a una consigna de agitación y propaganda, objetivo central de su colocación. Otra clase de enunciado ─menos inteligible─ resulta del todo inapropiado para esa finalidad.
Las autoridades españolas, comprendiendo prontamente el sentido subversivo de los letreros, emprenden con afán la búsqueda de los culpables. Espejo, ya inscrito en el libro negro de los conspiradores, es apresado como su inspirador. Y no hay duda, aunque no aparezcan pruebas y otros sean los autores materiales, que él, solo él, es el verdadero responsable de un acto tan audaz y peligroso. Porque, no en vano, es el eje y cerebro de la conjuración que se está gestando.
El escándalo tiene resonancia y llega lejos. El presidente de la Real Audiencia ordena que patrullas de soldados vigilen las calles por las noches y, sin embargo, nuevos carteles aparecen en las paredes. El virrey de Santa Fe envía sendas comunicaciones para que se corte de raíz el brote conspirativo. Y desde Madrid, el duque del Infantado ─Manuel Godoy, el favorito de la reina María Luisa─ refiriéndose a los letreros y banderas colocadas en las calles de Bogotá y Quito, “advirtió propagados los excesos, y ser estos el resultado de las primeras roturas del fuego, que renacería continuamente con más fuerza, si no se aplicaba toda la vigilancia debida; consideró también en el Virrey Espeleta una especie de indulgencia y concepto menos serio y perjudicial, y le previno seriamente en orden de 23 de marzo que ejecutase las penas que conviniese imponer a los seductores para su castigo y tranquilidad pública, y sin ser indulgente ni detenido en reflexionar, si la materia era o nó más o menos grave”.[14]
La alarma es justificada. Ya no se trata de hechos aislados. Por todas las colonias españolas de América llueven los papeles subversivos y cada vez son más frecuentes las manifestaciones de descontento. El fuego, que más tarde ardería en todo el continente, de brasa, empieza a convertirse en llama.
En nuestra misma Audiencia, poco después, en marzo de 1795, se exhibe en la ciudad de Cuenca un largo cartel versificado, ya no en latín subversivo, sino en castellano claro, más expresivo y contundente. De allí, para muestra, entresacamos los siguientes versos:
A morir, o vivir sin Rey,
prevénganse, valeroso vecindario,
que la libertad queremos,
y no tantos pechos y opresiones de Valle.
Indios, negros, blancos y mulatos,
ya, ya, ya. El que rompiere
su vida perder quiere;
no se puede sufrir;
como valerosos vecinos
juntos a morir o vivir,
unánimes hemos de ser.[15]
Aquí también se redoblan las pesquisas por parte del gobernador Vallejo. Pero el atrevimiento no se detiene ante nada. Nuevos anónimos, de igual o parecido contenido, se dejan en los intersticios de las puertas de calle de las casas de la ciudad. Todos con esta significativa advertencia: “El que rompiere, su vida perder quiere”.[16]
La concepción de Espejo sobre la independencia puede resumirse en los siguientes puntos principales.
1º Independencia conjunta de todas las colonias españolas
Considera, sagazmente, que los movimientos aislados para lograr la emancipación están condenados al fracaso, dado el poderío militar de España. Esta idea le impulsa a buscar contacto con los separatistas de los demás países dominados por España, a fin de trabajar mancomunadamente para el éxito de tal propósito.
“Espejo ─dice González Suárez─ quería que el primer grito de independencia se diera a un mismo tiempo en todas las capitales de los virreinatos y de las audiencias, y que todas las colonias se unieran estrechamente unas con otras, para apoyarse y defenderse del poder de la Metrópoli, la cual sin duda, haría grandes esfuerzos para impedir la emancipación de ellas”.[17]
La historia ha confirmado la justeza de este parecer. Los levantamientos son casi simultáneos y la lucha, en extensos espacios territoriales, se efectúa solidariamente. Los ejércitos de uno y otro país se ayudan mutuamente, y sus soldados, sin egoísmos, derraman su sangre a miles de kilómetros de su tierra natal. De otro modo, la guerra de liberación, hubiera sido más larga y más cruenta todavía.

2º Plena independencia

Una gran parte del criollismo, sobre todo en los primeros momentos, no piensa en una separación total de España. Aspira meramente a la autonomía, es decir, a reemplazar a la burocracia española en el comando político de las colonias, conservando, empero, la protección de la monarquía extranjera. De aquí, esos iniciales pronunciamientos difusos, donde a la par que se habla de libertad, se manifiesta una completa lealtad al amado Fernando VII. No se trata sólo de táctica como algunos han dicho: es reflejo del pensamiento de un amplio sector criollo. Tanto es así, que los historiadores Stanley y Bárbara Stein consideran que si se hubiera aceptado el plan de Aranda de crear monarquías en América vinculadas dinásticamente con España, éstas habrían sido, durante el siglo XIX, “la forma predomina¬nte de organización política”.¬[18]¬ Por lo menos, nos parece a nosotros ─ya que la proposición anterior minimiza el peso y poder de las otras clases sociales─ la resistencia a un cambio de este modelo de gobierno por parte de la seudo nobleza americana, hubiera sido muy amplia y desesperada.
La posición autonomista de este sector criollo es comprensible. La autonomía garantiza, con el paso del poder a sus manos, la conservación de sus vastas propiedades y el control sobre todas las riquezas de las colonias. Todo esto con el amparo de la fuerza militar de España para defender sus intereses y doblegar cualquier rebelión de las masas populares oprimidas y explotadas. Le significa, por tanto, una espléndida salida, a la vez que un buen negocio.
Espejo es totalmente contrario a esta posición oportunista. El propugna una independencia total y absoluta.

3º República y no monarquía

Otra parte del criollismo, cuando comprende que la autonomía se hace imposible por la terca oposición española y por la creciente opinión popular en favor de una total independencia, se pronuncia también por la emancipación, pero propugnando la monarquía como forma de gobierno, a sea con soberanos importados de Europa o escogidos en la élite de nuestra seudo nobleza. Así, descartada la autonomía, el estado monárquico se convierte en una nueva alternativa tendiente a la preservación de los privilegios de los terratenientes criollos.
Por entrañar la defensa de los intereses del criollismo, el pensamiento monárquico gravita con fuerza durante toda la etapa de la lucha emancipadora y aún después de conseguida la libertad. Basta recordar ese ir y venir desesperados, desde varios países de América, en busca de posibles reyes, sin siquiera importar su procedencia, con tal de que garantizaran el statu quo social de las ex colonias. O recordar esos proyectos que se forjan por doquier para implantar monarquías a contrapelo de la voluntad popular, que siempre está presente, para oponer su veto.
Benites Vinueza dice: “Cuando se piensa que los movimientos emancipadores del sur del Continente, hasta principios del siglo XIX, tuvieron en general una marcada aspiración monárquica, y que en México surgió el imperio de Agustín I de Itúrbide, asombra que Espejo, con aguda visión de futuro, auspiciara el sistema republicano quizás como eco de la emancipación de América sajona ocurrida años atrás”.[19]
En el Ecuador también hay intentos monárquicos. Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, trata de establecer una ridícula corte de oropel sostenida por la nobleza quiteña, mezquina aspiración que divide a los patriotas. Después, fray Vicente Solano, desde su periódico El Eco del Azuay, aboga por la creación del Imperio de los Andes para coronar a Bolívar. El general Flores, apoyado por altos militares y aristócratas del Distrito del Sur, también es partidario de una monarquía bolivariana. Felizmente, el Libertador, que comprende que el pueblo es contrario a esos planes, rechaza el servil ofrecimiento.
Empero, desde un principio, las aspiraciones monárquicas de la nobleza no tienen mayores perspectivas en nuestra patria. La primera constitución que se dicta en 1812 es republicana. Se incluyen allí los tres clásicos poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. La inspiración del liberalismo francés ─con las concesiones de rigor en el campo de la religión sobre todo─ es franca y bastante marcada. El jurista conservador, doctor Ramiro Borja, reconoce este hecho al afirmar que “en esta Constitución se habla de pacto social, de derechos naturales del hombre, de la conservación de la libertad; bajo la influencia clara de la teoría del “Contrato Social” y de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en la cual se dice que “El objeto de toda sociedad política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre...”, enunciado que casi con los mismos vocablos se contiene en la Carta Política de 1812”. [20]

Igual parecer sostiene otro escritor conservador, Julio Tobar Donoso, en el estudio titulado Desarrollo Constitucional de la República del Ecuador.
El autor de esta constitución es un discípulo de Espejo, el sacerdote Miguel Antonio Rodríguez, a quien ya mencionamos. Es uno de los patriotas republicanos más esclarecidos y valientes. Por su actividad revolucionaria es condenado a muerte, pena que luego se la conmuta con la de destierro en Filipinas. El furibundo realista Ramón Núñez del Arco se expresa así de su persona: “criollo, insurgente y seductor. Se precipitó con extraordinario furor y entusiasmo y fue Representante que siempre peroraba con arrogancia y desvergüenza. Hizo publicar una obra titulada Derechos del Hombre extractada de las máximas de Voltaire, Rousseau, Montesquieu y semejantes. Presentó al Congreso las constituciones del estado republicano de Quito las que fueron adoptadas, publicadas y juradas. En suma fue tan insolente y atrevido que a nuestro Soberano el señor don Fernando 7º lo trataba públicamente con el epíteto triscón de el hijo de María Luisa”.[21]
Hoy, estas palabras, tienen sabor de loanza. Loanza para él y para su maestro Espejo. Porque el gran precursor que dinamita los cimientos de la colonia, quiere que la guerra de independencia ─guerra de liberación nacional─ desemboque en una república verdaderamente democrática e iguali¬taria. Es decir, una república avanzada, enmarcada dentro de lineamientos liberales y burgueses, meta progresista máxima a la que se puede aspirar en esa época. Sueño generoso, que no se cumple en todas sus perspectivas.
Espejo, entonces, es el que señala el mejor camino por donde debe recorrer la patria. Y convertido en guía, para que no se equivoque el rumbo, ofrenda su vida sin arredrarse ante los riesgos de la peligrosa senda.
Por esto, merecidamente, este audaz baqueano del porvenir, pasa a la historia.
Mas aquí también es preciso advertir antes de terminar, a fin de que no nos acusen de silenciar opiniones diferentes, que no todos los his¬toriadores y escritores están de acuerdo en la amplitud y radicalidad de sus ideas relativas a la emancipación americana. Blandiendo el argumento de la insuficiencia de pruebas, han minimizado al máximo su pensamiento y su acción revolucionaria. Roig habla de su “monarquismo”. Zaldumbide, después de profundas dudas y vacilaciones, le niega la calidad de doctrinario y sólo le concede generosamente el título ─para él de segunda clase─ de simple propagandista... Y Samuel Guerra Bravo dice que “le faltó tiempo para cuajar un plan y unas estrategias transformadoras”, añadiendo además, que “sus preocupaciones en este campo no pasaron de meras conversaciones”.[22]
Al restar así los méritos de Espejo, se quiera o no, se desvaloriza su título de Precursor. Desvalorización que cuando no entraña una sutil y disimulada forma de discriminación, por lo menos a nuestro parecer, constituye una gran injusticia.


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[1] Fragmento de un estudio integral del pensamiento de Espejo: ver Oswaldo Albornoz Peralta, Ideario y acción de cinco insurgentes, Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Quito, 2012, pp. 15-86.
[2] Philip Louis Astuto, Eugenio Espejo, Fondo de Cultura Económica, México, 1969, p. 148.
[3] Escritos del Doctor Francisco Javier Eugenio de Santacruz y Espejo, t. II, Imprenta Municipal de Quito, 1912, p. 13.
[4] Ibíd., p. 205.
[5] Eugenio Espejo, Reflexiones sobre el contagio y transmisión de las viruelas, Imprenta Municipal, Quito, 1930, p. 22.
[6] Ekkehart Keeding, “Las ciencias naturales en la antigua Audiencia de Quito”, Boletín de la Academia Nacional de Historia Nº122, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1973, p. 66.
[7] Carlos Paladines, “El pensamiento económico, político y social”, en Espejo: conciencia crítica de su época, Ediciones de la Universidad Católica, Quito, 1978, p. 223.
[8] Federico González Suárez, Ultima miscelánea, Imprenta del Clero, Quito, 1942, p. 415.
[9] Leopoldo Benites, Un zapador de la colonia, Quito, 1949, p.28.
[10] Enrique Garcés, Eugenio Espejo, médico y duende, Talleres Municipales, Quito, 1944, p. 225.
[11] Jorge Carrera Andrade, Galería de místicos e insurgentes, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1959, p. 79.
[12] Citado por Guillermo Hernández de Alba, “Viaje de Espejo, el precursor ecuatoriano a Santa Fe”, en el Boletín de la Academia Nacional de Historia 65, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1945, p. 104.N
[13] Arturo Andrés Roig, Humanismo en la segunda mitad del siglo XVIII, t. II, Corporación Editora Nacional, Quito, 1984, p. 76.
[14] ¡Salva Cruce!”, enEkkehart Keeding, “Espejo y las banderitas de Quito de 1794: Boletín de la Academia Nacional de Historia Nº 124, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1974, p. 253.
[15] Ídem, p. 258.
[16] Víctor Manuel Albornoz, La independencia de Cuenca. Relato histórico, Tip. Municipal, Cuenca, 1943, p. 5.
[17] Federico González Suárez, Ultima miscelánea, op. cit., p. 414.
[18] Stanley y Barbara Stein, La herencia colonial de América Latina, siglo XXI editores, México, 1979, p. 165.
[19] Leopoldo Benites Vinueza, Francisco Eugenio Espejo, Habitante de la noche, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1984, pp. 37-38.
[20] Ramiro Borja y Borja, La Constitución Quiteña de 1812, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1962, p. 76.
[21] Ramón Núñez del Arco, Los hombres de Agosto, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1940, p. 45.
[22] Samuel Guerra Bravo, “Itinerario filosófico de Eugenio Espejo”, en Espejo: conciencia crítica de su época, op. cit., p. 336.