LA BATALLA DE VENEZUELA 



LAS POSIBILIDADES DE LAS DERECHAS DE TOMAR EL PODER SON MÍNIMAS 



Juan Diego García (ARGENPRESS)

Los recientes acontecimientos de Venezuela admiten variadas lecturas pero algo si resulta incuestionable: Las posibilidades de la derecha venezolana de retomar el poder siguen siendo mínimas. Tres grandes derrotas frente a Chávez en las últimas semanas confirman su incompetencia política, su enorme aislamiento social y la insuficiencia del respaldo de la derecha internacional que no compensa su debilidad interna.

En efecto, la izquierda venezolana ha obtenido triunfos contundentes que despejan toda duda sobre la fortaleza del proceso, en contraste con los anuncios catastróficos e interesados de los medios de comunicación que una y otra vez quieren ver el fin del proyecto bolivariano. Primero fue la aplastante victoria de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales; luego, una victoria aún más clara en las elecciones regionales y municipales en las cuales la izquierda aumentó su ya considerable ventaja sobre la derecha, y por último, el fracaso de la tentativa de dar un golpe de estado “constitucional” aprovechando la ausencia temporal del reelegido presidente (quien según las más recientes informaciones, evoluciona satisfactoriamente de su dolencia).

En cada una de estas ocasiones, la población de forma mayoritaria ha dado su apoyo al proyecto de Chávez, confirmando sin ningún género de dudas el respaldo democrático de que goza el gobierno revolucionario del Presidente-Comandante. En todos los casos, las victorias están acompañadas de un un cumplimiento riguroso de la legalidad, solo cuestionado por voces minoritarias dentro de Venezuela y con algún eco lastimero en Europa y Estados Unidos.

En estas condiciones la enfermedad del presidente y las incógnitas de su posible sucesión (con o sin nuevas elecciones) no afectan de manera significativa al proceso. Sin desconocer las debilidades que tiene el proyecto de Chávez, son muchas más sus fortalezas y el balance resulta muy positivo. Todo indica que los revolucionarios venezolanos han logrado consolidar una dirección colectiva que asegura la continuidad aún en el caso del fallecimiento del máximo dirigente. Un grado suficiente de madurez a todos lo niveles (popular e institucional) sugiere que a estas alturas el liderazgo de Chávez no es la única ni la principal fuerza del proceso. El presidente no es insustituible aunque obviamente su ausencia signifique una pérdida irreparable.

La economía marcha razonablemente bien a juzgar por los datos positivos que ofrecen las mismas entidades de Naciones Unidas; los programas sociales están siendo en general muy exitosos y explican el apoyo popular mayoritario que respalda el proyecto socialista, tanto en las urnas como en las movilizaciones en calles y plazas. Las gentes sencillas han sabido responder a todos los desafíos. Verdaderas mareas humanas hicieron fracasar un golpe de estado que apartó a Chávez del poder por pocos días y ahora llenan plazas y calles cada que que el proceso lo requiere, tal como quedó patente el pasado 10 de enero, fecha en la cual el reelegido presidente debía jurar de nuevo su cargo.

La derecha tampoco ha tenido suerte acudiendo a los militares. Hasta hoy han sido vanos los intentos de la oposición por disminuir o alterar el apoyo mayoritario de las fuerzas armadas a la legalidad. Hasta el respaldo de la derecha continental a la oligarquía venezolana ha resultado contraproducente. Tener como principal apoyo en la región a la derecha más recalcitrante y como vocero de la misma al señor Uribe Vélez de Colombia supone un tóxico de difícil digestión y aísla hasta de los sectores sociales moderados, internos y externos, que mantienen diferencias con Chávez.

Y al parecer, la guinda del pastel la pone Washington. De ser ciertas diversas informaciones, los Estados Unidos buscarían ahora dejar de lado (o al menos no dar prioridad) a las estrategias de derrocamiento del gobierno y apostarían por restablecer relaciones, esta vez, de “amistad y mutuo beneficio” con Venezuela. Si así fuere, la segunda administración de Obama supondría cambios importantes no solo para Venezuela sino para toda la región. Se habla inclusive de medidas audaces respecto a Cuba y se subraya -para dar mayor credibilidad al asunto- el inesperado apoyo al proceso de paz en Colombia (algo nuevo en la política estadounidense respecto a este país andino).

Pero en cualquier caso lo más destacable es sin duda la fortaleza interna demostrada por el movimiento popular venezolano. La decisión expresada de mil maneras por los sectores populares, su probado compromiso con el proyecto bolivariano y el nivel alcanzado en su organización aseguran una resistencia eficaz a los planes desestabilizadores y prometen triunfos más contundentes. Quienes ignoran estos factores y prefieren regodearse burlándose de las manifestaciones folclóricas de la población, seguramente muy signadas de una religiosidad ingenua pero comprensible y de un culto al líder hasta cierto punto inevitable dadas las circunstancias, terminan por no comprender nada y resultan incapaces de explicar por qué, respetando las reglas del juego democrático, Chávez ha ganado limpiamente 13 de las 14 elecciones en las que ha participado. Tan solo perdió una consulta y por menos de un uno por ciento de los votos. La participación electoral es enorme (más del 80% del censo en las recientes elecciones presidenciales) y el sistema no ofrece la menor duda en cuanto a transparencia y eficacia, al punto que el propio ex presidente Carter lo ha llamado “el mejor sistema electoral del mundo”.

Sería de gran ayuda poder leer los despachos de la embajada gringa en Caracas (por lo general, bien informada) y contrastarlos con las noticias de la prensa (prácticamente toda contra Chávez). Seguro que los servicios de inteligencia reportarán a Washington el enorme cariño de la geste del común a Chávez, la satisfacción de las mayorías sociales con los logros del proyecto socialista y, sobre todo, que en Venezuela los Estados Unidos no cuentan con una derecha de suficiente entidad sobre la cual se pueda diseñar alguna estrategia creíble.

El líder venezolano, a despecho de la imagen caricaturizada que lo presenta en los medios como el caudillo pintoresco de una república tropical, ha demostrado una enorme sagacidad, gran inteligencia práctica y sobre todo un sentido muy aguzado para saber qué quieren y qué necesitan las grandes mayorías. Unas virtudes que le faltan en gran medida a los líderes de la oposición, ninguno de los cuales se destaca precisamente por su inteligencia y don de gentes, pero sobre todo, porque ninguno de ellos encarna otra cosa que la imagen de un pasado triste, de pobreza para las mayorías en medio de la inmensa riqueza de la “Venezuela la rica, Venezuela la grande” que cantó Neruda. La derecha no consigue ocultar el estrecho vínculo que la une a una oligarquía indolente, ignorante y fatua.

Pero las cosas no siempre transcurren según lo dicta la razón. Y aunque todo indicaría que intentar sacar a Chávez del poder por medios ilegales llevaría seguramente a una guerra civil, no debe descartarse que las mentes calenturientas de la derecha y sus aliados internacionales apuesten por la confrontación directa, la invasión armada o cualquier otro tipo de acción “salvadora” con el apoyo de la “comunidad internacional” para recuperar “la democracia y el orden”. Afortunadamente, y al menos por el momento, todo indica que las cosas no van a discurrir de esta manera y quienes desean el derrumbe del proceso revolucionario en Venezuela tendrán que seguir esperando a mejor ocasión. En manos de esas mayorías populares que han dado muestras tan claras de apoyar el proceso bolivariano está profundizar los logros, superar las errores y avanzar en su proyecto de socialismo. Cuentan con la simpatía de las gentes sencillas del mundo que miran con esperanza el camino emprendido en Venezuela. Es universal el deseo de que el presidente Chávez se recupere pronto y regrese al puesto de mando. Pero pase lo que pase, su puesto de honor en la historia ya está asegurado.