LAS TEJEDORAS DE SOMBREROS DE PAJA TOQUILLA DE AZUAY Y CAÑAR 



LA UNESCO INCORPORÓ AL SOMBRERO DE PAJA TOQUILLA AL PATRIMONIO CULTURAL  



Oswaldo Albornoz Peralta

La UNESCO incorporó al sombrero de paja toquilla al Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Este hermoso producto de exportación elaborado por prodigiosas manos de tejedoras ecuatorianas tiene tras de sí una larga historia de explotación.
Tanto La elaboración como la comercialización de los sombreros de paja toquilla de las provincias del Azuay y Cañar tienen una serie de características que se deben señalar para la mejor comprensión del tema. Para este cometido nos remitiremos de manera especial al trabajo del doctor Luis Monsalve Pozo titulado El sombrero de paja toquilla, por ser a nuestro juicio el que con mayor claridad desentraña esa compleja trama.
Las tejedoras –pues la mayoría, el 95%, son mujeres– provienen de dos lados: uno campesino y otro urbano.
Las primeras residen en los alrededores de los pequeños poblados de esas provincias y se dedican a la tejeduría para poder subsistir, ya que la minúscula parcela de que es propietaria su familia, es insuficiente para proveer los bienes necesarios mínimos para su supervivencia. Es una actividad impuesta por la miseria. Impuesta por el desigual reparto de la tierra.
Son artesanas, pues son dueñas de la materia prima y de la horma de madera sobre la cual se teje el sombrero. Pero el producto que confecciona ya no pasa directamente a manos del consumidor, sino que va dirigido al mercado, en este caso, primordialmente, al mercado de exportación. Es decir, son productoras de mercancías, que, como dice Lenin, han caído “inevitablemente dentro de la economía mercantil, bajo la dependencia del capital comercial”.[i]
Las tejedoras urbanas, domiciliadas en las ciudades de Cuenca y Azogues son, según el doctor Monsalve Pozo, las esposas de los obreros y las mujeres con numerosos hijos de padre desconocido, “las que pelean la vida con el trabajo de doce o quince horas diarias”.[ii] Además, aclara el autor citado, no son trabajadoras accidentales –como afirman los exportadores para disimular la explotación– sino que viven solo de esa ocupación. Su número pasa de diez mil personas en las dos ciudades.
Para la comercialización del sombrero intervienen algunos intermediarios como es de rigor cuando se trata de productores dispersos, cuyas ganancias son aumentadas por métodos deshonestos, conforme ya se había denunciado en el primer congreso de industriales realizado en 1935. En una ponencia presentada por la delegación del Cañar se dice al respecto lo siguiente:
Los señores exportadores tienen un sinnúmero de agentes que recorren diariamente y en los días de feria, las poblaciones donde se teje el sombrero, y a los que se paga una comisión o porcentaje, sobre el monto del capital invertido en la compra; y como seguramente esa comisión talvez no corresponde a sus ambiciones, ellos regatean el precio, manifestando “que el sombrero se halla depreciado en el exterior, que es de mala calidad, e inservible para la exportación, que no hay pedidos, etc., etc,”, procurando con estas artimañas, pagar siempre lo menos posible, estafando así, al pobre tejedor, y también a las Casas Exportadoras, puesto que facturan en los mejores precios, al momento de las entregas.[iii]
Los principales intermediarios son los revendones –comúnmente llamados “perros” – y los comisionistas.
El recorrido para la compra de los sombreros está a cargo de los “perros”, que venden la mercancía adquirida a los comisionistas, o simplemente la entregan, puesto que algunos trabajan a sus órdenes. A veces hacen adelantos de dinero a las tejedoras, recurso de que se valen no solo para asegurar las adquisiciones, sino como medio de presión para la rebaja de precios.
Los comisionistas son agentes directos de las casas exportadoras. Tanto los unos como los otros, siguiendo las instrucciones de los exportadores, indican las medidas que deben tener las diferentes partes del sombrero: la falda, la copa y la plantilla.
La elaboración de los sombreros de paja toquilla, desde su inicio hasta su venta, atraviesa por diversas fases.
Los exportadores, una vez que han recibido los sombreros de parte de los comisionistas, disponen su “azoque”, trabajo que consiste en apretar de uno en uno los remates de su ruedo para asegurar que no se abran o zafen. También incluye el corte con tijeras de las pajas que quedan dentro de la copa, cuidando no afectar la trama.
Los “azocadores” –así se llaman los encargados del “azoque”– reciben varias docenas de sombreros para trabajar en sus casas. Son por tanto trabajadores a domicilio que cobran a destajo o por pieza que, como dice Marx, no es sino la forma transfigurada del salario por tiempo.
El trabajo a domicilio, que ahorra al capitalista la adecuación de locales, tiene para el obrero funestas consecuencias. Al transformar su casa en taller, sin ninguna condición para ese uso, se convierte en un foco antihigiénico que ocasiona múltiples enfermedades. La prolongación de la jornada que se impone para ganar un poco más, al agotar y debilitar su organismo, le hace también susceptible a toda clase de dolencias. Además, casi siempre, este tipo de labor va acompañado con el empleo de menores de edad que ayudan la faena de sus familiares.
Del “azocador”, los sombreros pasan al “compositor”. Su función es lavar, planchar hormar y macetear los sombreros, siguiendo los patrones indicados por los importadores extranjeros. Unos son obreros que trabajan en locales de propiedad de las Casas Exportadoras y otros realizan la “compostura” en su propio domicilio,[iv] convertido así en una prolongación de la manufactura.
La última fase de la elaboración de los sombreros ya no tiene lugar en el Ecuador, sino en las fábricas de los Estados Unidos. Allí se procede a un nuevo lavado y blanqueado. Y finalmente, de acuerdo con los requerimientos de la moda, son adornados y obtienen la forma definitiva para la venta en los almacenes.
Expuesto lo anterior, nos corresponde tratar de un aspecto fundamental que entraña el negocio de los sombreros de paja toquilla: el de las ganancias de las diferentes personas que intervienen en su elaboración y comercialización. Nos referiremos a los años 1943 y 1944.
Revendones y comisionistas.
El revendón o “perro”, aprovechándose del apremio económico de las tejedoras, compra el sombrero en la suma de seis o siete sucres generalmente, y cuando más, paga diez sucres.
Los sombreros así adquiridos son entregados a los comisionistas en doce o quince sucres, los que a su vez los vende al exportador al precio de dieciocho o veinte.
Es decir, que el valor de los sombreros se ha duplicado al pasar por las manos de los intermediarios mencionados, en mengua de la ganancia de los productores.
Tejedoras y exportadores.
Veamos lo que dice Luis Monsalve Pozo sobre la ganancia de la tejedora y del exportador:
Partamos del (…) caso del sombrero de diez sucres que, promedialmente, es el tipo que teje la generalidad de la población. De este precio hemos de restar la suma de dos sucres que vale la paja, con la que se teje el sombrero. Vamos a suponer que en la semana de setenta y dos horas de trabajo, cada persona consiga tejer dos sombreros. Por lo mismo, esta persona recibirá por semana la cantidad de diez y seis sucres, ya que hemos de deducir los cuatro sucres que paga por la materia prima. Por tanto, este trabajador, ganará por cada día de trabajo –jornada de doce horas- la suma de dos sucres con setenta y seis centavos. En cambio, veamos lo que ocurre con el exportador. Según datos oficiales, en 1943, han exportado las Casas de Cuenca una cantidad de sombreros con un precio igual, según lo volveremos a repetir luego, a S/. 24.267.408,005. Ahora, como en esta suma tienen los exportadores, como ganancia líquida, la cantidad proporcional al 8%, resulta que las Casas Exportadoras han ganado la suma de un millón setecientos ochenta y dos mil cuatrocientos sucres; lo que da una ganancia por día, para cada exportador, de dos mil ochocientos cincuenta y seis sucres! Pero nada ha sucedido. La relación es justísima: dos sucres sesenta y seis centavos para el trabajador a cambio de dos mil ochocientos cincuenta y seis sucres para el comerciante! [v]
El escritor citado advierte que estos beneficios son mayores en 1944 y luego, para que resalte mejor las diferencias, señala la ganancia por hora de trabajadores y exportadores:
Tejedores …………………………. …. S/. 0,03 (por hora)
Azocadores …………………………… S/. 0,06
Compositores …………………..……... S/. 0,10
Exportadores ………………..……… S/.31,50 [vi]
A lo anterior hay que añadir las ganancias adicionales que obtiene el exportador merced a la devaluación constante de nuestra moneda, quien se aprovecha hábilmente de este fenómeno –o dolosamente mejor– para ganar más perjudicando al productor. El economista Leonardo Espinosa expresa al respecto lo siguiente:
Mientras la economía nacional soportaba los efectos de la crisis mundial iniciada en 1929, que significó crisis de realización y caída de los precios del cacao, la elaboración del sombrero se encuentra en ascenso por la política seguida por los comerciantes exportadores –con la complacencia y financiamiento de las casas neoyorquinas- consistente en ofrecer, al momento de las devaluaciones monetarias, el sombrero a menores precios en dólares para mantener e incrementar los volúmenes de exportación, mejorando sus ingresos en moneda nacional, mientras congelaban los precios de adquisición del sombrero al productor directo, lo que significó una contracción del ingreso real del toquillero.[vii]
Esto es válido para la época que tratamos, ya que, como dijimos, las devaluaciones del sucre son constantes, amén de que los exportadores de cualquier producto, siempre proceden en esta forma. El conocido político Andrés F. Córdova, ya había anotado una maniobra igual en el año 1938.
Existen datos posteriores respecto a la ganancia de los tejedores consignados por la Junta Nacional de Planificación y Coordinación Económica.
Esta entidad afirma que en 1950, en relación con el volumen tejido por los tejedores urbanos y rurales, los ingresos de los primeros son de S/. 963 anuales y los de los segundos de S/. 445 en el mismo tiempo. Según esas cifras, la entrada semanal se de S/. 18, 52 y S/. 8, 56 respectivamente. Y la ganancia diaria –en semana de seis días– es de S/. 3, 09 y S/. 1,43 en el mismo orden.
Para 1954 los tejedores de las ciudades ganan S/. 633 y los tejedores del campo S/. 337 en el año. Entonces, el ingreso por semana se de S/. 12,17 y de S/. 2, 03 por día para los primeramente nombrados, y de S/. 6,48 y S/. 1,08, para los últimos.
Los ingresos para los productores, como se ve, siguen siendo misérrimos, no obstante el aumento del costo de la vida. La miseria es, por tanto, el denominador común en todas las épocas de exportación taquillera. Pero veamos esto en detalle.
Monsalve Pozo, para el año 1944, dice que una familia de seis personas, suponiendo que las tres tejan sombreros con una entrada de S/. 2,60 diarios, los ingresos alcanzan a la suma de S/. 187,20 mensuales. En cambio los egresos son los siguientes:
Alquiler de tienda ………….. S/. 20,00
Alimentación ………………. S/. 150,00
Luz eléctrica ……………….. S/. 1,50
Botica ………………………. S/. 15,00
Vestidos ………………….…. S/. 20,00
Total S/. 206,50

Egresos …………………….. S/. 206,50
Ingresos ……………………. S/. 187,20
Diferencia …………………. S/. 19,30 [viii]

Si los ingresos son insuficientes para la mera subsistencia, serán carne de hospital, como sucede efectivamente. El número de tejedoras enfermas que ingresan al Hospital civil de Cuenca, que señala el mismo doctor Monsalve Pozo, es verdaderamente alarmante. Problema agudo, trágico y espeluznante, para utilizar sus palabras.
La Junta de Planificación, para el lapso comprendido entre 1950 y 1954, afirma lo que a continuación transcribimos:
De todas maneras, el ínfimo rendimiento en salarios permite un nivel bajísimo de vida, que escasamente alcanza al de mera subsistencia. A estas condiciones que devienen en un genuino estado de desnutrición, se añade el desenlace natural que es la tuberculosis, originada también por el hecho de que el tejido del sombrero exige una determinada presión en el pecho, la que ocasiona la consiguiente falta de oxigenación y la deformación del esternón… Es significativo anotar que el Departamento Médico del Instituto de Recuperación ha concedido cédulas de afiliación a 6.782 tejedores urbanos y rurales que concurren a los dispensarios de Cuenca y Azogues y de este número 6.745 han recibido atención que se dispensa en un promedio de 120 tejedores diarios en las dos ciudades.[ix]
Se puede tener una idea cabal de la triste situación de las tejedoras, si se tiene en cuenta el gran número que se dedican a la elaboración de sombreros. Monsalve Pozo calcula que son 80.000 ocupadas en esa labor en 1944. Consiguientemente, al suponer que cada familia de tejedor se compone de cinco miembros, los afectados serían nada menos que 400.000 personas.
La cantidad de tejedoras arriba señalada –que puede estar un tanto abultada– va disminuyendo conforme pasan los años en correspondencia al descenso de las exportaciones. La Junta de Planificación[x] da esto datos para los años 1950 y 1954:
1950
Provincias Urbanos Rurales Total
Azuay 5.967 20.668 26.635
Cañar 4.633 16.012 20.645
Total 10.600 36.680 47.280
1954
Azuay 5.266 9.584 14.850
Cañar 1.465 11.078 12.543
Total 6.731 20.662 27.393

La disminución del número de trabajadores anotada, incrementa la miseria. Las tejedoras urbanas desplazadas quedan en la desocupación más completa, ya que la ausencia de fuentes de trabajo en las dos provincias, impide que puedan encontrar una nueva ubicación Las familias campesinas son condenadas a vivir de sus insuficientes parcelas –cada vez más pecunias por la subdivisión a que están sometidas– o a deshacerse de ellas para satisfacer necesidades perentorias. Así, una gran cantidad de campesinos también quedan en la desocupación –sobre todo las mujeres que constituyen la gran mayoría de los tejedores como ya se dijo– mientras otros –los hombres en especial– se transforman en trabajadores eventuales o se proletarizan.
Mientras esto sucede con los trabajadores, al otro lado, al lado de los exportadores, campea el lujo y la riqueza, que crece de acuerdo al ritmo de las exportaciones.
Este ritmo con las naturales altas y bajas, en los últimos ocho años del período que aquí tratamos –que corresponde a la época de auge de la exportación cabalmente– es el siguiente para las provincias de Azuay y Cañar según la Junta de Planificación:[xi]

Años
Unidades
Dólares Precio promedio
por docenas
(en dólares)
1947 2.438.203 2.993.685 14,73
1948 2.919.507 3.123.142 12,83
1949 3.382.682 3.419.104 12,13
1950 3.423.497 3.403.772 11,93
1951 2.937.867 2.838.048 11.59
1952 2.622.670 2.559.539 11,71
1953 3.166.561 3.032.707 1149
1954 1.759.686 1.446.733 9,86

En 1944 existen en Cuenca –centro de la manufactura taquillera– unas veinte casas exportadoras según Monsalve Pozo. Las principales son la Casa “Miguel Heredia Crespo” y la Casa “Sucesores de M. Delgado e Hijos”. Unas trabajan ganando una comisión, como agentes de los importadores de los Estados Unidos, como las regentadas por Stanley Brandon, Eduardo Malo Andrade y Daniel Herrera. Y otras, las dos primeramente nombradas por ejemplo, comercian de manera independiente con todo el mercado exterior.
El número de casas exportadoras disminuye en los años siguientes. Adrián Carrasco, en su estudio titulado Evolución y estructura de las organizaciones de trabajadores en el Azuay, señala solo diez para el período de auge de la exportación, o sea, para 1945 – 1954. Sin duda se debe a la competencia o a la fusión de unas con otras.
Los exportadores dueños de estas casas, como ya sabemos, son los que reciben la parte del león del negocio de los sombreros de paja toquilla. Y no solo de este negocio. Pues a la vez son “grandes agricultores, comerciantes exportadores de cascarilla, compradores de oro: lo abarcan todo, todo cae en la trampa dichosa de sus redes”.[xii]
Y el dinero acumulado por ellos ni siquiera sirve mayormente al progreso de las dos provincias. Al respecto, dice Adrián Carrasco:
Sus modalidades de explotación se asientan en la intermediación comercial: son expertos en exportar e importar, en comprar y vender para así apropiarse de excedentes, pero sin que su capital dinero se reintegre al proceso de producción. Esto explica el que los excedentes acumulados en el período de auge del sombrero de paja toquilla –luego de su crisis– sean trasladados por la burguesía fundamentalmente al sector comercial”.[xiii]
Se invierte, pues, en el comercio y no en la producción. No se hace nada a favor de la industrialización.
Pero en cuanto a explotación se refiere, y en consecuencia a ganancia, por encima de nuestros exportadores están los importadores extranjeros. Ellos son los que imponen los precios, y como sucede siempre con los productos que proceden de los países dependientes, éstos son injustos y los más bajos posibles. Se juega constantemente a la baja del valor de los sombreros, de manera que aunque se exporte más, las entradas nunca corresponden al aumento de volumen como sería lógico.
Esta es, en síntesis, la triste historia de las tejedoras en los años a que nos hemos venido refiriendo.
Algo, sin embargo, hay de positivo. La proletarización de un importante sector de trabajadores, trae aparejada la adquisición de una conciencia de clase, que los capacita para la organización y para la lucha en defensa de sus derechos. Y esto sucede, efectivamente, pues se crean algunas organizaciones de trabajadores dedicados a la elaboración de sombreros de paja toquilla. Y esto, es ya bastante.

Aritmética capitalista
Tres y tres son diez
cuando cobra el señor burgués.
Diez y diez son tres
cuando paga el señor burgués.
Es la aritmética al revés
la base elevada y altruista
del sistema capitalista
que defiende el señor burgués.
Manuel Agustín Aguirre [xiv]


________________________________________
[i] V. I. Lenin, El desarrollo del capitalismo en Rusia, Editorial Progreso, Moscú, 1979, p. 348.
[ii] Luis Monsalve Pozo, El sombrero de paja toquilla, Cuenca, 1944, p. 5.
[iii] Actas del Primer Congreso de Industriales del Ecuador, Imprenta Nacional, Quito, 1936, p. 263.
[iv] Luis Monsalve Pozo, op. cit., p. 14.
[v] Idem, p. 17.
[vi] Idem, p. 18.
[vii] Varios, Simposio del Ecuador en 1830: Ideología, Economía y Política, en Revista Cultura Nº 6, Impreso en Editorial “Don Bosco”, Quito, 1980, p. 244.
[viii] Luis Monsalve Pozo, op. cit., pp. 32-33.
[ix] Junta Nacional de Planificación y Coordinación Económica, Azuay y Cañar. Desarrollo económico. Situación agraria y forestal, Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1956, pp. 52-53.
[x] Idem, p. 49.
[xi] Idem, p. 47.
[xii] Luis Monsalve Pozo, op. cit., p. 11.
[xiii] Adrián Carrasco, Evolución y estructura de las organizaciones de trabajadores en el Azuay, Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca, Cuenca, s. f., pp. 94-95.
[xiv] Manuel Agustín Aguirre, Pies Desnudos, Editorial Universitaria, Loja, 1935, p. 272.