EL NUEVO SERVIDOR PÚBLICO 



DE LO QUE ME LIBRÉ. NO LOS HUBIERA AGUANTADO. 



Por: Carlos Cifuentes

Uno de los cambios que trajo el gobierno de la “revolución ciudadana” es un nuevo modelo de funcionarias y funcionarios públicos. Hoy las entidades están saturadas de jóvenes directivos 35-0, no más de 35 años y cero experiencia. Siempre atareados, no se dan abasto, con dos o más blackberrys, la inseparable laptop, iPads o tablets. Llevar a cuestas todos estos equipos se considera signo de estatus. Rozagantes, elegantemente vestidos, con ropa adquirida durante sus aburridos y sacrificados viajes fuera del país, fácilmente se distinguen del resto de empleados. Muchos van al gimnasio, hacen pilates, acuden al spa, manicure una vez por semana. Asiduos visitantes de la zona rosa, gustan de tomar coctelitos, tequila o algún otro licor de moda.

Con ellos, se ha institucionalizado la permanencia en las oficinas más allá del horario regular. Quien trabaja ocho horas diarias es visto como vago y falto de compromiso. Permanecer dos, tres, o más horas luego de concluida la jornada contribuirá a reforzar la imagen de entrega, sumisión e incondicionalidad que exige la revolución. Aquello, al igual que decir ‘sí’ a todo cuanto se le pida, independientemente de si es ilegal o antiético, es parte de lo que se conoce como “ponerse la camiseta”. Y claro, a los jóvenes burócratas no les fue difícil adaptarse a estas exigencias, de ahí que mientras el resto da por concluida la jornada, ellos recién inician otra reunión. Y así trascurre sus vidas, de reunión en reunión, una más insustancial que otra. Eso sí, de cada reunión deben obtener un “producto” que pasado a power point será presentado a la máxima autoridad, donde lo más seguro es que reciban una puteada que los vuelva a la realidad y les recuerde que nada, con excepción del jefe, es perfecto. El nirvana estos jóvenes lo alcanzan cuando la autoridad los llama por su nombre de pila, les da una palmadita en la espalda o pide colaboración para involucrarlos en algún chanchullo.

Mención especial merece la aparición en escena de un gran número de mujeres en puestos de relevancia. ¿De dónde salieron? Se escucha que andaban por ONGs, en redes de mujeres, haciendo un posgrado, en fin… Mujeres que dotadas de cierta autoridad son el terror de las oficinas. Es impresionante observar como la sensación de poder puede transformar un apacible valle en un volcán, ¡qué digo volcán!, en un cataclismo grado 10, de consecuencias impredecibles. Con decirles que ni siquiera sus congéneres se salvan. Estas mujeres, hiperactivas, en vigilia constante, están en todo, quieren acaparar varias tareas a la vez. Su obsesión por destacar las vuelve altamente competitivas, lo que sumado a las limitaciones en el conocimiento de ‘todo’, como ellas quisieran, las torna peligrosas en extremo, más si alguien se atreve a invadir su espacio celosamente marcado, las contradicen, o evidencian sus errores.

Pero no todo es color de rosa en estos círculos que rodean al poder. Existen ciertas cosas que de tanto en tanto los atormenta. Una de ellas es la ejecución del plan operativo anual y posterior evaluación por resultados. Es que el futuro de la autoridad y por extensión de “su equipo”, dependen de la ejecución de ese plan. En realidad es una especie de prueba para comprobar cuánta habilidad tienen los funcionarios para gastar la mayor cantidad de recursos. El desempeño en el sector público se mide por una simple ecuación (más gasto = mayor eficiencia). De ahí que los últimos meses del año la administración entra en una suerte de paranoia contratando a diestra y siniestra. La consigna es gastar, gastar y gastar hasta que el saldo presupuestario sea lo más próximo a cero. En ese frenesí en que todo es emergente, se saltan procedimientos, se tuerce la ley, se inventan proveedores, florecen los talleres de capacitación, seminarios, etc. Es la época en que los más antiguos sacan a relucir todas sus artimañas para complacer al jefe, mientras los jovencitos sienten dolores de parto rindiendo cuentas sobre el avance de los proyectos. Lo que la mayoría ignora es que la obsesión por firmar contratos responde a otra ecuación (más contratos = más ingresos).

En beneficio de estos jóvenes es necesario decir que su comportamiento obedece a un instinto natural de conservación y supervivencia. No les queda otra. En estos tiempos quien se pone legalista o no se alinea con el “proyecto”, está automáticamente fuera. Su concurrencia a marchas, contramarchas y concentraciones, no son sino actividades que deben cumplir como buenos soldados. No entienden palote de política, menos han leído el manifiesto del movimiento; no importa, simplemente deben estar con la “revolución” y atender las disposiciones de las oficinas de recursos humanos, convertidas en centrales de campaña y reclutamiento. Estos chicos forman parte de la imagen de “renovación” que quiere proyectar el poder, igual que la nueva Constitución, nuevas leyes, nuevas carreteras, nuevo armamento… Son el relevo a funcionarios con ciertos años de servicio que, en unos casos, bajo grotescas e infundadas acusaciones; y en otros, apelando a una mañosa ley de servicio público, son obligados a renunciar.

En resumen, junto a la sostenida campaña en contra de los partidos políticos a fin de instaurar un nuevo partido único; igual que el mañoso nuevo órgano electoral, que validará una nueva reelección; igual que lo sucedido con la nueva Función Judicial, dependencia donde se procesa a opositores y disidentes; igual que la nueva Policía Nacional atrapada entre la infructuosa lucha antidelincuencial y la sinuosa manipulación política, lo que se pretende a través del enorme aparato estatal es tener el control absoluto y, de paso, contar con un inmenso ejército de servidores dispuestos a defender al Gobierno, y sus cargos.

¿Qué pasará con este ejército de jóvenes cuando acabe la aventura “revolucionaria”, que de revolucionaria no tiene nada y sí bastante de populismo, caudillismo, clientelismo, autoritarismo, concentración de poder, uso indiscriminado de recursos, abuso e intolerancia? No lo sé, Quizá, utilizando una palabra de moda, tendrán que “reinventarse”, y si no son despedidos, adaptarse a las exigencias del siguiente nuevo dueño del país.