¿LA DEMOCRACIA DE PAPEL? 



LA FALSIFICACIÓN DE LAS FIRMAS Y EL TAPETAZO A LAS IDEOLOGÍAS  





Germán Rodas Chaves
OPCIÓN SOCIALISTA

Miles de ciudadanos se hallan indignados debido a que sus nombres e identidades han sido arrebatados por algunas de las organizaciones autodenominadas políticas recolectoras de firmas, las mismas que presentaron arbitrariamente las supuestas afiliaciones para fabricar la ilusión que nos hace suponer que estamos en un nuevo momento de la democracia ecuatoriana, en el cual, supuestamente, millones de ecuatorianos habrían adoptado la determinación de afiliarse a los partidos políticos, tanto así que las 157.000 firmas de respaldo que cada organización política requería, se constituyó, aparentemente, en una secundaria disposición del Código de la Democracia.
El conflicto de las firmas falsas desnuda varias circunstancias. Una de ellas que los autores de dicha legislación se interesaron en dar vida a cualquier membrete, en vez de construir un sólido apoyo a las doctrinas del pensamiento. Aquella ha sido la forma más cínica de suprimir el debate ideológico y de instaurar un modelo que niega el rol de los partidos políticos y construye, por el contrario, un sistema electoral respaldado en el clientelismo político.
Otra realidad puesta en el tapete es la concepción de democracia que tiene el partido de gobierno, el mismo que parte del supuesto que las elecciones constituyen la máxima expresión de la democracia, anulando bajo esta falsa premisa otras formas de expresión social y ciudadana que, de lo que hemos visto, son irrespetadas en sus opiniones y en sus derechos.

Una mascarada deleznable

En este panorama debe explicarse la facilidad con la cual cualquier grupo autocalificado de partido político pudo abrirse camino en el Consejo Electoral para su legalización, exentos de cualquier caracterización teórica, doctrinaria y filosófica y únicamente preocupados de sus membresías tan peculiares (Creo, Avanza, Suma, Despega, Equipo, etc.) que, finalmente, demuestra la mascarada construida con la finalidad de anular los contrapesos electorales.
Todo lo referido en medio de la estigmatización a los partidos políticos de larga data a los cuales, sin valoración objetiva, en medio de la generalización y sin poner de lado a los que provienen de la lucha del pueblo y que jamás han sido poder, se los ha vuelto responsables de la crisis de los últimos años, como si los grupos financieros no hubiesen sido, adicionalmente, los causantes de las tragedias del último período.

Los desatinos referidos, seguramente organizados detrás del cortinaje del poder por los beneficiarios del mismo, se han constituido en la forma artera de impedir que desde las ideas y a partir del razonamiento se cuestione la realidad del país; además, ha constituido el mecanismo para continuar en la tarea de mantener a la población somnolienta a propósito de repetir eslóganes y confundir la ideología y la democracia radical con el mediatismo electoral.

El bumerang que castiga la moral pública

Una vez que, en medio del estupor y la indignación ciudadana, se volvió evidente el conflicto de las firmas falsas, el partido de gobierno, que había anunciado que en sus ficheros tenían una cifra de un millón y medio de afiliados, tuvo que solicitar al CNE que alrededor de 300.000 de sus firmas de apoyo fueran suprimidas porque, según ellos, un mal adherente a sus filas las había recaudado inadecuada e inescrupulosamente.

Si el petardo de las firmas “chimbas” no emergía, la rueda de molino respecto de la supuesta masiva afiliación a Alianza País estuvo a punto de triturar la verdad de los acontecimientos a más de permitir, inadecuadamente, el oleaje de inscripciones de grupúsculos que pervirtieron la frágil vida democrática electoral.
Una vez que se han revisado las firmas de Alianza País, este movimiento ha logrado su inscripción con un número de 827.000 adhesiones.


El bumerang ha castigado a quienes pretendieron escabullirse amparados en el concepto “del margen de error”, falacia que no pudo escudar la verdad de los acontecimientos que, también, dejó al desnudo la irresponsabilidad de diversos sectores partidarios, así como evidenció la circunstancia que el fortalecimiento de las corrientes políticas no es preocupación para el Estado porque solo le interesó cuantificar a los actores y sujetos electorales, en vez de exigir contenidos en la vida de las agrupaciones y de las tendencias políticas.

El posneoliberalismo, ¿incapaz de entender la democracia?

Se ha afirmado mediante uno de los voceros del régimen, bajo cuya dirección se aprobó “El Código de la Democracia”, que las reglas para el funcionamiento de los partidos políticos pone en orden al sistema electoral y que no es un invento del actual régimen, sino que únicamente se han reacomodado los conceptos que ya se usaron para determinar la vida de los partidos políticos.

Vaya cinismo. Claro que es así. El Código de la Democracia es la continuación de las normas que la derecha política en las tres últimas décadas usó para “restringir la democracia”. Lo obvio, si el actual Gobierno no fuere únicamente un régimen posneoliberal, hubiese sido que modificara las reglas de la participación electoral para fortalecer a las corrientes de pensamiento crítico, a las cuales, por el contrario, las ignora o denigra mediante mecanismos diversos o las estigmatiza como opositores, sin comprender que su postura crítica, aquella que demanda la razón y la conciencia, es indispensable cuando existe el compromiso real de modificar estructuralmente la sociedad.

El futuro democrático, otra vez en manos del pueblo

La democracia vuelve a estar representada exclusivamente en las papeletas y en las ánforas electorales. La democracia asume así el nivel más elemental. Será, apenas, una competencia –desigual competencia– para ceñir el cinto a los nuevos especuladores de la fe pública, convertidos en vendedores de una democracia de papel…

En este contexto, la construcción de los paradigmas de la democracia corren el riesgo de diluirse. Será la voluntad ciudadana, en todo caso, la que pueda corregir estos dislates en las propias urnas y, sobre todo generando, en el mediano plazo, todos los esfuerzos para asimilar que el concepto de la democracia que anhelamos, sea aquella que tenga la capacidad de construir el Ecuador con la participación de todos los ciudadanos, y en todos los hechos de la vida nacional.