MEDALLAS OLÍMPICAS 



EL DEPORTE ES UN FENÓMENO SOCIAL 





Fausto Jaramillo Y.
Estudios: Universidad Central del Ecuador y Universidad de Berlín. Fue
Director de los departamentos de Radio y Televisión de CIESPAL, Secretario General de la Vicepresidencia del Ecuador, Presidente del Colegio de Periodistas de Pichincha. (Quito-Ecuador), Productor y Director de Televisión, y ha publicado "Los frentes de una guerra" en co-autoría, "La noche de las cacerolas", tercermundo.com o Dinosaurios en el siglo XXI, Crónicas de un viajero, La Odisea de América Latina. En imprenta: "Prohibido prohibir" o un ensayo sobre la década de los años 60 del siglo pasado, "Ecuamor", "Pobre Macondo" o "Panamá Hat”

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Resulta difícil para un periodista no especializado como yo, el aceptar sin reservas, que el deporte se ha transformado en uno de los fenómenos sociales más importantes, tanto por la cantidad de espectadores que atrae, como por las pasiones que despierta y provoca; tema que ocupa espacios y tiempos mucho mayores que los que podríamos dedicar a la búsqueda de soluciones a los graves problemas personales y sociales que nos aquejan. Por eso, ahora intentaré acercarme al deporte con algo de conocimiento para no caer en un trance de inconsciencia e idiotez al momento de acudir a un estadio a espectar una competencia.
En semanas pasadas, la atención del mundo entero estuvo centrada en Londres, donde se llevaron a cabo las Olimpíadas. Tras su finalización y conocerse los resultados, muchas preguntas revivieron el afán de saber por qué ciertos atletas llegan a la cima y otros se quedan en el camino.
Las teorías explicativas son múltiples: unas apuntan a la configuración genética que hace a algunos atletas aptos para la práctica de tal o cual deporte; se dice, por ejemplo, que la relación entre el peso del esqueleto y de los músculos es importante para quienes practican la velocidad y la resistencia, mientras que quienes practican competencia de contactos físicos, en partidos de larga duración, requieren una mayor carga muscular. Por lógica, quienes no cumplen a satisfacción esta relación, siempre estarán en desventaja frente a quienes su organismo se halla dentro de los parámetros ideales.
Es posible que esa configuración genética facilite la práctica de tal o cual deporte, pero es insuficiente al momento de explicar los triunfos. Si nos atuviéramos únicamente a ella, quien quiera obtener una medalla olímpica no necesitaría entrenar, bastaría con que los especialistas midieran su cuerpo y descubrieran la relación esqueleto-músculo, para competir. Tampoco existe (que se sepa) una tabla científicamente elaborada que mostrar la relación entre el coeficiente obtenido de dichas mediciones con los grandes triunfos deportivos, como para que sirva de un parámetro infalible para los deportistas.
Pero claro, lo anteriormente expuesto no significa que no le otorguemos ningún valor a esta teoría. Es muy posible que la genética tenga mucho que ver con la práctica deportiva y la configuración somática ofrezca ciertas facilidades para orientar la dedicación del atleta a tal o cual deporte.
Otros apelan a la voluntad de lucha por sobresalir de cada atleta. Esta teoría revive la concepción del Thymos, planteada por los griegos y luego recogida por varios filósofos, entre ellos Hegel, que predica que los seres humanos difieren de los animales en que, además de los deseos naturales de alimentos, bebidas, hábitat; es decir de aquellas cosas, externas a él, y que le permiten sobrevivir, desea ser reconocido por otros seres humanos con cierto valor y dignidad. Precisamente, ese valor se relaciona, en primera instancia, en su voluntad de arriesgar su propia vida en una lucha por el prestigio.
La teoría del Thymos ya fue descrita por Platón en su libro La República, al señalar que en el ser humano existen tres partes: una que desea; otra que razona y una tercera que la llama Thymos, y que puede ser interpretada como “ánimo”, o “coraje”. El comportamiento humano puede ser explicado por esta “parte” que le induce al ser humano a buscar cosas exteriores a él, que satisfaga su deseo de reconocimiento de su valía, lo que ahora llamaríamos “autoestima” o “respeto a sí mismo”. No es difícil reconocer al Thymos, cuando en forma innata creemos que tenemos cierto valor; si los demás nos tratan como si valiéramos menos de lo que uno cree, sentimos ira; cuando no conseguimos comportarnos de acuerdo a nuestro propio valor, sentimos vergüenza, y si nos valoran coincidiendo a lo que nosotros creemos que valemos, aparece el orgullo y la satisfacción. Según Hegel, el deseo de reconocimiento y las emociones de ira, vergüenza y orgullo forman parte de la personalidad y ejercen un inmenso poder en la vida de cada ser humano.
Es, gracias al Thymos, que en nuestro país reconocemos las figuras de varios deportistas como Jefferson Pérez, a quien vimos en varias oportunidades forzar sus capacidades hasta límites insospechados con tal de alcanzar el triunfo; a un Iván Vallejo, quién ascendió, en más de una oportunidad, al Everest, la montaña más alta del planeta, sin la ayuda del oxígeno; y ahora a Alex Hurtado, presente en la carrera Olímpica de Londres, en los 200 metros planos, a pesar de sus limitaciones, como por ejemplo, entrenar apenas un par de meses y viajar a Londres sin un par de zapatos adecuados para ese tipo de competencias, y sin embargo lograr insertarse entre los 10 hombres más rápidos del planeta. Cuando los ecuatorianos le escuchamos sus declaraciones de pobreza, privaciones, faltas de apoyo, contrastamos con aquellas otras de que al momento de la partida escuchaba las voces de todos los ecuatorianos que lo presionaban para que alcance la meta. Esas frases demuestran claramente el afán de ser reconocido por su pueblo. Esa es la voz del Thymos.
Claro que existen otros deportistas o atletas ecuatorianos que merecen estar incluidos entre los mencionados, pero apenas he intentado establecer ejemplos recientes de lo que significa el esfuerzo individual en estas gestas deportivas.
Una tercera teoría nos habla de estos atletas son producto de una bien planificada política administrativa y gubernamental. Una empresa londinense señalaba que las investigaciones realizadas en Europa arrojaban como resultado que cada uno de los competidores que había subido al podio de los triunfadores costaba al gobierno o a la entidad encargada de cuidarlos, nada menos que 40 millones de Euros.
En esa cifra constan los valores de médicos, sicólogos, fisioterapistas, representantes, relacionadores públicos, dietistas, viajes a participar, alojamiento, premios, primas, medallas, vestimentas, etc.etc. Es que un atleta debe ser reconocido desde muy niño para educarlo y adiestrarlo en su especialidad, cuidarlo como si se trata de una joya nacional ya que sus triunfos provocan verdaderas catarsis sociales que elevan la autoestima nacional y distraen la atención política de los ciudadanos; por eso, un deportista de élite es tan mimado; y eso cuesta y mucho.
Seguramente ninguna de estas teorías explica, por si sola, el logro de los triunfos; pero cada una de ellas aporta una visión digna de tomarse en cuenta al momento de acercarse a la comprensión de este fenómeno.
Lo que resulta detestable de todo este asunto es que en lugar de entender las razones para el triunfo, mucha gente se ha constituido en una casta privilegiada que lucra del deporte y del deportista. Alrededor de quien practica cualquier deporte, hay en la actualidad se mueve todo un ejército de personas, llámense marketineros, publicistas, representantes, choferes, guardaespaldas, asesores de imagen, estilistas que buscan el aprovechamiento del momento de fama del deportista, cuándo está en la cima; pero cuando sus capacidades merman o simplemente no logra los resultados deportivos esperados, enseguida lo abandonan a sus suerte y corren tras el nuevo ídolo que aparezca.
Tampoco deja de ser detestable esa pléyade de dirigentes deportivos que esconden sus ansias de poder o de figuración en comités, o Ministerios. Poco o nada les interesa el valor humano y el valor social que se manifiesta en cada jornada deportiva; para ellos lo verdaderamente importante es el mantenerse en el cargo, apoyar al crecimiento de la imagen política de su líder o de su partido y, aunque no menos importante, el ocupar un espacio propicio para sus ambiciones personales, bien sean éstas, políticas o económicas.
En estas olimpíadas, entre los ecuatorianos, se ha destapado una olla de grillos. Luego de que una ridícula disputa entre un Comité y un Ministerio, cuyos titulares quisieron apropiarse del destino de la organización deportiva, provocando, distracción en la concentración y en la planificación del entrenamiento de los deportistas, al fin se designaron a 36 atletas a que nos representaran el Londres. Fue la más numerosa delegación de cuántas han representado al país en una justa deportiva. Al partir hacia la sede de las competencias se sobredimensionaron las esperanzas, intentando esconder las falencias, pero éstas, necias como son, al momento de la verdad surgieron claras y contundentes.
No faltó la nota folklórica de un líder que intentó desfilar a la cabeza de la delegación, seguramente con el fin de captar la simpatía de un sector de la población, y cuando recibió la negativa, de parte de los organizadores, no tuvo el coraje de aceptar su responsabilidad, endilgándola a una anónima secretaria el envío de la solicitud respectiva.
Precisamente, esa pretensión muestra a las claras que el deporte no es de los deportistas; se trata de una estratagema política y de imagen, antes que de una manifestación del thymos social. El thymos es el motor individual, pero el mundo de la política ha distorsionado el suyo hasta convertirlo en una piltrafa maltratada.
Biología y medicina, la parte del alma llamada Thymos y una inversión planificada y que responda a la justicia, deberían ser los caminos a recorrer en el deporte de competencia individual.
Los deportes colectivos tienen otras condiciones y características y responden a los intereses del mercado, por eso merecen otro artículo en el que en forma más extensa podamos analizarlos.