CON LA GLORIA EN LAS MANOS 



EL FOFO LLEGÓ Y SE ACERCÓ AL FÉRETRO 




Simón Zavala Guzmán
Jurista, escritor, poeta.
Su poesía consta en las mejores antologías del mundo.
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Eran las seis de la tarde y tres minutos. El Fofo llegó y se acercó al féretro que estaba en la mitad de la sala funeraria donde se realizaba el velatorio de su padre. Levantó la puertita de la ventana del ataúd para ver el rostro pálido del difunto y lo observó por cerca de un minuto, como lo hacía desde cuando era niño, con temor y sobresalto. Le había quedado al viejo esa mueca de desprecio con que él a su vez lo miraba cuando lo reprendía por ser díscolo, introvertido, acomplejado, vago e insolente con todo el mundo. Recordó las palabras que el viejo le repetía con disgusto: Nunca llegarás a nada, porque eres tonto y resentido y no quieres estudiar. Cuando seas grande te pondré una librería, para ver si así aprendes a leer algo, y si no puedes, para que vendas libros al peso, aunque estoy seguro que ni eso has de poder hacer. Las palabras agolpadas en el recuerdo fueron como cuchillos afilados rasgando las carnes atrofiadas del Fofo. Miró al muerto, escupió con asco al suelo y dentro de sí, se dijo: Al fin viejo asqueroso te largaste a los quintos infiernos con tu linaje, tu plata y tu diplomacia de porquería. Cerró la puertita de la ventana del ataúd y salió del velatorio apresuradamente. Debo llegar pronto, se dijo, porque la Malena tiene que llamarme para decirme si el tonto del Editor ha decidido ya publicar mi última novela, esta sí, realmente buena, las otras me resultaron pésimas. Apresuró el paso, y en pocos minutos llegó a la casa. El teléfono timbró y escuchó la voz de la Malena: Mi Fofo querido, el editor dice que la novela es mala y que no la puede publicar. Lo siento. Cerró el teléfono con iras. Maldito hijo de perra, dijo casi como un gruñido. Me las vas a pagar. Hacerme esto a mí que soy el mejor escritor. Se sentó en un sofá y ya un poco sereno, alzó la vista y miró la pistola que reposaba en la repisa. A la mente le vino la imagen de su padre, diciéndole con ese gesto cruel de desdén que le marcó la vida: no ves, no sirves para nada, torpe. Cuándo vas a aprender a escribir zoquete? Con un impulso inusitado se levantó, tomó con decisión la pistola, y se dijo en alta voz: Te ríes no, ya no volverás a burlarte de mí, porque ahora viejo de mierda, hasta en la muerte te voy a hacer la vida imposible. El sonido del disparo pasó desapercibido en la algarabía de la noche quiteña. Una chiva llena de muchachas y muchachos que cantaban con mucha alegría, circuló a los pocos minutos, bordeando la casa esquinera donde vivía solo el Fofo. El cuerpo quedó tendido en el piso sobre un charco de sangre como un fardo insignificante y pestilente.