FEDERICO MAYOR ZARAGOZA A OSWALDO GUAYASAMÍN, LLENO DE POESIA Y SOLIDARIDAD 



GUAYASAMÍN ERA UN SEMBRADOR 





“Alzaré mi voz

cada mañana,

cada tarde,

cada noche

… hasta que se
pueble

de amor

la tierra
entera.

… hasta que
toda ligadura

haya sido
desatada”.

Desde La Habana, Pedro Martínez Pírez nos envía este escrito
dedicado a Oswaldo Guayasamín por Federico
Mayor Zaragoza

Es una hermosura, lleno de poesía y de amor.

Hay que sembrar: Solidaridad, Paz, Amor...y también árboles.

Oswaldo
Guayasamín era un sembrador. Decía que
lo importante era plantar semillas de amor para que un día pudiera fructificar
en el otro mundo posible que tanto procuró.
En el mundo apacible, de la convivencia, de las manos tendidas, nunca
más alzadas, armadas.

Oswaldo
Guayasamín no cesó ni un solo día en cavar surcos aún en los terrenos más
agrestes, aún en los tiempos más desapacibles.
Sabía bien, por su pasado, que el futuro debía ser
distinto. Estaba convencido de que el
por-venir está por-hacer.

A Oswaldo
Guayasamín quiero dedicarle, por su condición de sembrador infatigable, un
poema que escribí precisamente en Cáceres –donde él tiene su espléndida casa-
el 30 de junio de 2006:

“Ni una sola
gota

ha llovido.

Ni una sola
semilla

ha germinado.

Pero están ahí

en los surcos

que tuvimos

el coraje

de arar

en pedregales.

Todo parece
yermo.

Pero las
semillas

están ahí.

Y este estar

a la espera

del agua

que les dará
vida

es la gran
esperanza

que nos queda

en este
atardecer

sombrío…”

Al inaugurar su
Mural en la UNESCO, en 1994, Oswaldo escribió:

…“Millones de
niños que mueren de hambre o de enfermedades fácilmente curables, sin escuela,
sin hogar, deambulando por las calles o la tierra seca; niños viejos sin un día
de alegría, con sus grandes ojos húmedos, brillantes de tristeza: mártires, que
ni siquiera entienden su dolor… ¡Solamente el miedo!”…

Como Director
General de la UNESCO a la sazón, sabía bien lo importante que era aquel Acto en
que se incorporaba al Patrimonio Artístico de la UNESCO la obra de uno de los
grandes movilizadores del pensamiento y de la emoción del mundo
contemporáneo. Uní mi voz a la suya, en
el libro publicado con motivo de dicha inauguración, cuando ya iniciábamos la
firme colaboración -casi conspiración- en favor del desmesurado sueño del
desmesurado artista: La Capilla del Hombre.

Decía así:

“Alzaré mi voz

cada mañana,

cada tarde,

cada noche

… hasta que se
pueble

de amor

la tierra
entera.

… hasta que
toda ligadura

haya sido
desatada”.

La palabra de
Oswaldo Guayasamín -todo él se expresaba- era tan conmovedora como sus trazos y
colores. Su grito, escribí en otra
ocasión, no sólo estaba en sus frases, no sólo estaba en sus colores, no sólo
estaba en sus tonalidades, su grito estaba también en su garganta, en sus
labios, que delataba su tensión humana, su pasión.

Su com-pasión.
Para él el plural del “yo” era, ciertamente, “nos-otros”. En su
pintura, en sus palabras, el mensaje
universal de reconocimiento a la igual dignidad de todos los seres humanos.

Siempre el
grito de la libertad, de la solidaridad humana, de las alas sin adherencias
para el alto vuelo en el infinito espacio del espíritu.

Cada ser humano
único, frente a sí mismo, frente a la bruma, intentando descubrir y
descubrirse, conocer y conocerse.

Frente a la
bruma, en la cornisa. Es en la cornisa
donde Juan Rof situaba las más importantes decisiones, donde surgían mejor las
respuestas a quién somos y cuál es nuestro destino. Me gusta repetir
a este respecto el verso de José Bergamín: “Me
encuentro huyendo de mí cuando conmigo me encuentro”.

Oswaldo
Guayasamín, sacando fuerzas de flaqueza, pinta la ternura después de
la ira. Pinta esta caricia, esta sonrisa.

Hablando un día
con Oswaldo Guayasamín y Alfredo Vera convenimos en que sólo la desmesura es
histórica, sólo aquello que llega a sobreponerse al inmenso vendaval mediático,
sólo aquello que logra sobrepasar los límites de lo “posible”, puede contribuir
a iluminar las sendas del futuro. Es
este compromiso intergeneracional, este compromiso con “los demás”, lo que da
sentido a cada amanecer.

“Al denunciar
la pobreza, el hambre, la infamia, la violencia y la tortura, el arte de
Guayasamín no se limita a transmitir el mensaje del cual quiere ser intérprete
y vocero. Los hombres y mujeres
sufridos, dolidos, pero no resignados, “… son la expresión más cabal de su
pintura.

Transmite el
sentir

del miedo,

del lamento,

del llanto,

de la ira… en
el rostro del hombre.

Según Pablo
Neruda, “su corazón está lleno de criaturas, de dolores terrestres, de personas
agobiadas”.

Agobiadas pero
no desesperadas. “Son las manos de la
cólera y de la esperanza”, ha escrito Jeanne Baron. Hay muchos óleos
de “La Espera”,
impresionantes, como los murales de “La Miseria” y “Los Ríos de
Sangre”. Son “gritos” atemperados por la serenidad
del “Niño durmiendo” y los cuadros que debemos retener en nuestra mente
titulados “Madre y Niño”.

Oswaldo
Guayasamín, defensor de los oprimidos.

De la libertad.

De sus
retratos, destaca la inmensa “personificación”. Y la mirada. Miremos
siempre la mirada en las pinturas de
Guayasamín. Los rostros de “La Edad de
la Ira” están llenos de aristas, con contundencia. Pero después,
llega “La Edad de la Ternura”.

Con su obra
monumental, Oswaldo Guayasamín no se ha ido.
Permanece en nuestra historia y nuestro futuro. El símbolo de la
Capilla del Hombre,
inspira desde las alturas de Quito a todos los habitantes de la
Tierra. Les permite sentirse acompañados, sentirse
comprendidos, todos juntos, mestizos, para sumarse a un horizonte más
esclarecido de convivencia.

Oswaldo, el
artista del infinito sentido solidario.

Oswaldo,
el pintor de la conmoción y la sonrisa.

Oswaldo,
reconocido Pintor de Iberoamérica en la Cumbre de La Habana,
de quien yo he destacado dos dimensiones: la universalidad y la
historicidad. La universalidad por su
visión global, su cultura originaria y su proyección permanente hacia el
futuro, su torre de vigía, sus raíces profundas en un pasado turbulento, en un
presente pocas veces apacible.

Oswaldo
Guayasamín tenía en su pincel a todos los habitantes de la Tierra.
Los hombres, mujeres y niños que él pintó
son los hombres, mujeres y niños de todo el mundo. Todos los pueblos
sin exclusión, “desatados” de sus precariedades
y tormentos por la magia de Oswaldo Guayasamín.

Pero también su
historicidad, por la magnitud de su legado.
Es un maestro gigante, un coloso del arte que nos mejora, que nos hace
más profundamente humanos, que nos hace sentirnos iguales. Por esto,
con gran acierto, el Presidente
Correa propuso que su obra se declarara “Patrimonio Cultural de Iberoamérica”.

Oswaldo
Guayasamín, la pintura, el color. Pero
también, Oswaldo Guayasamín, la palabra.
Recuerdo la profundidad de sus conceptos, la permanencia en el aire de
su voz-grito.

Por esta razón,
Oswaldo Guayasamín -ya lo advirtió él claramente- sólo se ha ausentado
físicamente, pero la inmensa luz de su mensaje permanecerá siempre entre
nosotros.

Federico Mayor Zaragoza