FANTASMAS DE LA IDENTIDAD 



UNA BÚSQUEDA DE LAS "SEÑAS PARTICULARES"  




Fausto Jaramillo Y.
Periodista profesional.
Estudios: Universidad Central del Ecuador y Universidad de Berlín. Fue
Director de los departamentos de Radio y Televisión de CIESPAL, Secretario General de la Vicepresidencia del Ecuador,Presidente del Colegio de Periodistas de Pichincha. (Quito-Ecuador), Productor y Director de Televisión, y ha publicado "Los frentes de una guerra" en co-autoría, "La noche de las cacerolas", tercermundo.com o Dinosaurios en el siglo XXI, Crónicas de un viajero, La Odisea de América Latina. En imprenta: "Prohibido prohibir" o un ensayo sobre la década de los años 60 del siglo pasado, "Ecuamor", "Pobre Macondo" o "Panamá Hat”
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Jorge Enrique Adoum, poeta mayor del Ecuador, al igual que muchos otros escritores y pensadores, tuvo la audacia de sumergirse en una búsqueda de las “señas particulares” que definan al habitante de nuestro país. En su obra, el autor decía que existen ciertas particularidades que nos acercan a la especie y otras que nos son propias y que apuntan a la identidad que por razones geográficas más que históricas o sicológicas, podríamos llamarla con el nombre del país o del pueblo que las poseen.

Por supuesto que dicha búsqueda no ha concluido, ni podemos esperar que algún día concluya, porque la identidad de un pueblo es algo cambiante, que siempre está en construcción. Ciertos acontecimientos provocan que emerjan determinadas condiciones o características que, normalmente, están dormidas; pero luego de que concluyan dichos eventos, vuelven al olvido o, al menos, a no ocupar un lugar determinante en la vida cotidiana de dicha sociedad. Hay otros que, a pesar de estar presentes en la superficie, en realidad apenas sirven para subsistir y no para definir el alma popular. Por eso, resulta difícil, aunque importante, el bucear en la historia y en la geografía del país, para encontrar unas líneas maestras que permitan acercarse a esa “identidad” tan esquiva.
Para seguir en esa búsqueda de la Identidad ecuatoriana, pidamos ayuda a Ortega y Gasset, filósofo español del siglo pasado, quién al definir al ser humano, tomó prestado de las matemáticas la siguiente fórmula: (Yo + sus circunstancias), en la que la primera parte de la ecuación significa lo genético, mientras que la segunda parte es lo cultural o adquirido.

La primera gran diferenciación entre los miembros de la especie humana la encontramos, precisamente, en lo genético: y es evidente, lo racial o étnico. Cuando vemos un color de piel determinado, enseguida pensamos que los orígenes de esa persona se internan en el África, o el Medio Oriente; cuando la piel blanca es la que se destaca, entonces pensamos que el origen quizás se halle en el misterioso Oriente, o en el norte de Europa; y cuando la piel es amarilla, enseguida la clasificamos entre los orientales. A más del color de la piel, podemos y, de hecho, recurrimos a establecer categorías por el color de los ojos, del cabello, por una nariz chata, por ojos rasgados, por la forma de los cabellos, por la altura y hasta por la medida de la cintura o del pie. Pero, gracias a la ciencia ahora no es posible remontarnos a los orígenes de la especia para comprender que el color de la piel no es otra cosa que la adaptación biológica a las características climáticas. Debemos recordar, al momento de hacer estas clasificaciones, que los genes, las cadenas de la vida, como se las llama, demuestran un origen común a todos los humanos, somos los únicos animales que caminamos sobre dos patas, tenemos un dedo de la mano opuesto a los otros cuatro, etc.

Caminando hacia atrás en la historia de la presencia humana en el planeta, la ruta se va estrechando cada vez más, hasta llegar a una tribu o una mujer única, madre de todos. La ciencia le ha puesto un nombre: Lucía y su esqueleto fue encontrado en el interior de la misteriosa África.

Al no poder sostener en la ciencia, las diferencias externas o aparentes, entonces recurrimos a las diferencias culturales

Sea cual fuese la raza, género o cualquier otra diferenciación somática, hay varias otras características externas, culturales que nos son comunes: somos capaces de almacenar recuerdos y procesar eventos; razonar y cometer varias veces el mismo error; ejercer el libre albedrío; amar y odiar con igual intensidad y hasta de perdonar; superar nuestras dificultades, traumas y complejos de múltiples formas y acciones; aprender que tenemos derechos y también obligaciones personales y sociales. Por supuesto, está la capacidad intelectual, las emociones, los sentimientos, como elementos comunes a todos los seres humanos que habitan el planeta. A esta lista podemos añadir cuántas queramos, suprimir otras, cambiar su ubicación prioritaria y modificarla.

Hay unas características que pretendemos, en unos casos, adueñarnos y decir que nuestro pueblo se inscribe dentro de ellas; o, en otros, preferimos entregárselas a los demás, a los diferentes, quizás porque creemos que ellas no deberían constar en el espíritu de nuestro pueblo. Con ellas, las que constan en una u otra lista, pretendemos definir las raíces de los diversos grupos humanos.





IMPUNTUALIDAD

Una de las características que creemos define al ecuatoriano, es la impuntualidad; que nos lleva a no estar de acuerdo con lo que marca el reloj y a inventarnos nuestro propio sentido del tiempo.

Como todos sabemos, en los orígenes de la presencia del ser humano en este planeta, está la tierra como base y fundamento de la vida. Cuando aprendió a labrar la tierra, ese ser primitivo de nómada pasó a sedentario e inició su camino civilizatorio. Quizá, debido a las labores de la tierra, nuestra primera percepción del tiempo es cíclica: un día sucede al otro, y en cada uno de ellos, el alba marca el inicio de las labores y la noche, el descanso. A la siembra le sigue la espera antes de proceder a la cosecha. Un año sucede al otro y aunque pueden presentarse eventos diferentes, la estructura básica es siempre la misma.

Muchos siglos después vendría la industria a trastocar la idea del tiempo entregándonos una percepción lineal, en la que el ser humano nace, crece, se reproduce y muere. Un segundo sigue a otro; un minuto a otro; una hora a otra; un día a otro: una semana a otra; un mes a otro y un año a otro. Es la línea la que grafica esa concepción, aunque a principios del siglo XX, Einstein, vendría a torcer esa línea y a negar su rectitud.

Esas distintas visiones estarán presentes en los pueblos, de acuerdo a la productividad en la que se desenvuelvan. Un pueblo agrícola tendrá una visión cíclica, mientras que en un pueblo industrial será la lineal. El primero sentirá que el tiempo no le pertenece y por lo tanto no le prestará mayor atención; mientras que el industrial comprende la importancia de la continuidad en la cadena de producción y sabe que no puede ser responsable de un atraso en la misma.

El tiempo para el primero es laxo, mientras que para el segundo, es inflexible. Por supuesto que los ecuatorianos nos alineamos con los pueblos impuntuales, pues aun nuestra historia es principalmente agrícola; la industria aun sigue siendo una meta por alcanzarse antes que una realidad imperante.

Pero, ahora que se dice que vivimos la era del conocimiento, no sabemos que efectos tendrá en nuestra visión del tiempo.

VAGANCIA

Si la anterior característica no resiste el análisis, aunque aparentemente era una de las definitorias, tampoco lo hace aquella que pretende encontrar en la “vagancia” la definición de nuestra identidad.

Recordemos que en la época en que la tierra era el elemento del que dependía toda la sobrevivencia y configuración de una sociedad, el trabajo “mayoritario” era el de la agricultura. En el hemisferio Norte, es decir en Europa, Norteamérica, el Norte de Asia, la agricultura podía desarrollarse pocos meses al año debido a las condiciones climáticas; en Otoño y en Invierno, las condiciones impiden que la tierra produzca alimento alguno. En cambio, en África, Oceanía y América del Sur, el clima benigno permite a la tierra producir en cualquier época del año. El sentido del ahorro, propio de aquellos que solo pueden producir 6 meses al año, no es conocido por los pueblos que pueden hacerlo los 12 meses.

En nuestra historia, de lo que se conoce, los pueblos primitivos fueron víctimas fáciles de los pueblos conquistadores. Los Incas originarios del Alto Perú, vivían en constante lucha contra la tierra; el páramo no es benigno ni apto para la producción agrícola, como tampoco lo es el desierto de la costa del Pacífico en el sur del continente. En su búsqueda de alimento, los Incas ascendieron al norte, conquistando y sometiendo a la esclavitud a los pueblos de esta geografía. Pero antes dejemos en claro una cosa, los Incas, si bien llegaron a la Costa, incluso leyendas dicen que navegaron hasta las islas Galápagos, no se establecieron en dicha región por las inclemencias del tiempo. Los pueblos asentados cerca del mar no conocieron la servidumbre de la que fueron víctimas los pueblos de la Sierra.

Sabemos además que la conquista otorga a los vencedores la posibilidad de imponer su cosmovisión, sus costumbres, sus leyes y sobre todo su voluntad sobre los vencidos. Entre esas imposiciones encontramos siempre la de “trabajar” para los conquistadores. Los Incas, a pesar del poco tiempo que reinaron en estas tierras, trajeron consigo su lengua, sus leyes y sus dioses, pero también impusieron la esclavitud a los pueblos andinos, incluso el exterminio como sucedió con los Caras en Yahuarcocha, vacío que era llenado, muchas veces, con la figura de los Mitimaes.

Idénticas circunstancias se vivieron con la llegada de los españoles a estas tierras. Cambiaron los “amos”, pero no la forma de vida. Los conquistadores de antes, se transformaron en esclavos de los nuevos amos provenientes del otro lado del mar.

Así, entonces, el trabajo era cumplido por la mayoría de la población que había sido “conquistada”, y durante siglos, esa fue la forma de vida en estas tierras.

El fenómeno descrito trae como consecuencia que el “conquistador” reduzca su trabajo al control de lo que hacen los “conquistados”. Es decir que la división laboral marcada a sangre y fuego en las luchas se mantenía incólume. Los de abajo, los conquistados doblan la espalda a todas horas, todos los días del año, mientras que el fruto de su trabajo iba a parar a las arcas de los “patrones” conquistadores. Los unos, la mayoría, trabajaron; los otros, la minoría, gozaron del producto de ese trabajo.

Si bien estos pueblos, hace apenas dos siglos, conquistaron la libertad de España, al interior de cada uno de ellos aun permanecen intocadas, como herencia malsana, ciertas prácticas sociales, ciertas costumbres y ciertas instituciones que no dejan espacio para el ejercicio pleno de una igualdad y de la justicia social.

La verdad es que el trabajo es la práctica cotidiana de la mayoría de la población. Claro que la búsqueda de la subsistencia tiene muchos rostros, algunos se muestran a la luz del día, mientras obras se esconden en un inframundo compuesto de abusos y hasta de delincuencia, pero la vagancia no es un adjetivo calificativo que pertenezca a este pueblo.

LA CULPABILIDAD AJENA
Si los factores anteriores no encajaban en la real identidad de este pueblo, el acusar a los demás de todos los males y el no aceptar la propia responsabilidad, si calza en el rompecabezas que debemos armar cuando pretendamos entender al ecuatoriano.
Pero, aclaremos, esta actitud no es exclusiva de este pueblo, aunque éste la ha elevado a la categoría de deporte favorito de todos.

Resulta innegable que, sin importar edad, condición social o económica, religión o género, el ecuatoriano promedio busca siempre deshacerse de la culpa de sus propios errores y retóricamente echarla al vecino, al otro.

Práctica común es decir que el culpable de la pérdida del año, o de cualquier problema escolar del niño, es el profesor o la profesora; es difícil encontrar que padres de familia, abuelos, amigos o compañeros, digan simplemente que la culpa es del niño o del joven.

Cuando se produce un accidente de tránsito, leve o grave, la actitud es la misma: el culpable es el otro; jamás soy “yo”, el culpable; no importa si la prueba de alcoholemia diga lo contrario, o si las evidencias demuestran otra cosa, la actitud es siempre igual: el culpable es el otro.

En los fracasos sentimentales, no se escucha el aceptar que la culpa puede ser compartida; que los dos son parte del problema; la justificación a la que se echa mano es siempre “el culpable es el otro”.

Este fenómeno que siendo individual se transforma en social, es tanto más evidente en la política. No recuerdo un solo líder político, un solo alcalde, prefecto, ministro o presidente que no echara la culpa de todos los males o errores al anterior, al otro, y por eso intentamos construir, cada nuevo período, un nuevo país, una nueva ciudad, una nueva provincia, y no aceptamos, no queremos aceptar la existencia de procesos políticos, a veces de corto plazo, pero la mayoría de largo plazo, en los que se va construyendo el país.

Así, entonces, la palabra amable empieza a desaparecer del lenguaje político. El insulto y la pelea se tornan irremplazables porque hay que convencer al electorado que lo que hizo el otro, o lo que dice el otro que hay que hacer, no corresponde sino al “mediocre”, al “tonto”, al “conspirador”.

La práctica del diálogo no existe. Si se parte de la premisa de que el “otro” es el propietario del error, mientras que el “yo” es el propietario de la verdad, se torna imposible el sentarse a conversar, el buscar la parcela de verdad que puede tener el “otro”.

En un marco individual, familiar y colectivo como el descrito se restringe la presencia de la solidaridad, de la comprensión y de la reparación de errores. Queda espacio para la violencia, para la agresión y la incomprensión.

Esta práctica individual y social está ligada a siglos de leyes y criterios punitivos que obligan a quien se equivoca o comete una infracción o delito a aceptar la verdad de los hechos. El esconder la culpa propia en el “vecino” impide, al menos temporalmente, el emprender acciones de reparación o corrección, y abre un gran espacio para huir de la verdad.
Estos son apenas tres ejemplos de cómo vamos construyendo la comprensión de nuestra Identidad. Existen muchos otros factores, otros adjetivos que califican al ecuatoriano. Pero, el presente artículo no es un ensayo completo, apenas pretende abrir la mente para iniciar una discusión clara, sincera y sin prejuicios que nos arrojen cerca de la verdad.

La definición de una Identidad, si bien debe tener componentes sociales y políticos, no puede olvidar que los pueblos están conformados por seres humanos en los cuales las pasiones y sentimientos, muchas veces, obligan a cometer deslices y equivocaciones, así como la capacidad de emprender grandes obras. Las virtudes y defectos humanos son los que determinan, en muchas ocasiones, los comportamientos sociales; por eso, la IDENTIDAD, debe partir de la aceptación de la humanidad de los componentes de la sociedad, del reconocimiento de sus defectos y virtudes antes que de la comprensión única de la historia y de los movimientos sociales como forjadores de ella.