A LA ORILLA DE LAS “PARTITURAS LITERARIAS” DE GUILLERMO MONTOYA MERINO, EXPLORADOR DE TEMAS Y DE TIEMPOS 



MONTOYA EN SUS "PARTITURAS LITERARIAS" 



Sergio Román Armendáriz (1934)

GMM:

‘Artista plástico e ingeniero químico, poeta, gestor cultural
y un entramado de mundos
donde la palabra, el pincel y el abrazo
laten de forma permanente.
Y, además,
ex-Presidente de la Casa de la Cultura
Núcleo de Chimborazo, y
prioste en la fiesta del reencuentro”.
Gabriel Cisneros Abedrabbo (1972)

Durante el fluir de un par de décadas, una anterior y la otra posterior a la cópula y a la fractura entre dos milenios (de diciembre de 1992 a febrero de 2012), Guillermo Montoya (1955) pone fecha minuciosa a cada una de sus ‘Partituras literarias’ que suman treinta. Y una, más. Todas escoltadas por la portada de nuestro coterráneo internacional, Miguel Yaulema (1939).

En su escritura transcurre un varón renacentista, a quien todas las cosas terrestres o celestes y divinas o profanas, le interesan.

Ahora, firma, una tras otra, sus composiciones.

Adivino este momento que incluye el acariciar milimétrico del bolígrafo contra las hojas pautadas.

Hedónica lectura resplandece al abrir el volumen. Son las ‘Montañas poéticas del Ecuador’ y, sobre ellas, coronándolas, el Chimborazo, emblemático volcán nevado que recuerda ese diluvio de metáforas que Miguel Ángel León endosó al coloso, figuras que al resumirse en un enigmático verso: ‘Cimborio de platino’’, originan un lexical hallazgo que remite, según la semántica, ‘al fruto del nenúfar que parece una copa o una cúpula’, descripción que rima la nostalgia del autor cuando, en su ‘Introducción’, habla de ‘vecinos permanentes o visitantes transitorios que un día compartieron con nosotros, sus humanas inquietudes devenidas en fascinantes construcciones estéticas’, cuyas sombras estilísticas y cuyas ideológicas almas parecen estar volando siempre en la memoria que hoy deposita su tesoro en este libro donde Guillermo Montoya cultiva el ensayo, ese género libérrimo que inventó Michel de Montaigne (1533-1592) y al cual, Alfonso Reyes (1889-1959) le descubrió esa función de servicio que bautizó ‘ancilar’ porque, con respeto y cuidado, une tiempos y temas diversos los cuales, al conjuro de la sintaxis y por la magia de la retórica, le permiten, a la ficción y al testimonio, gozar de unicidad y carácter.

Guillermo, en la mencionada ‘Introducción’, rescata una definición gozosa del oficio que ejecuta pues lo asume al igual que ‘un desafío de hilvanar textos de aproximación a las pistas de intención y motivación de sueños de pintores y poetas, pacientes indagaciones en la vibración de las agujas de las brújulas orientadoras de su frenesí creativo’.

Esta luz se completa con un apéndice de variadas reflexiones.

El índice registra 31 asuntos entretejidos que pueden codificarse en tres líneas melódicas y un colofón armónico:

La primera línea se refiere a la Cultura con mayúscula y a sus dos suscitadores principales en nuestro país del vigésimo siglo: Benjamín Carrión (1897-1979) a la vanguardia y, luego, a un salto, su mejor alférez, Alfonso Chávez Jara (1956-1991).

Pertenecen a este tramo, las piezas siguientes:

° Dos discursos, ambos en el Día Nacional de la Cultura, (1993 y 1999).
° El discurso en el 53 Aniversario de fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, (1997).
° El discurso de Reconocimiento a personalidades de la Cultura, (2012).

La idea eje de este primer segmento ubica su dialéctica más allá del límite elitista de las Bellas Artes y sus academias, para integrar, en este desbordamiento revolucionario, a las comunidades y al pueblo, con una perspectiva tridimensional que abarque Identidad, Democracia y Desarrollo.

La segunda línea melódica se refiere a las técnicas visuales propias de la pintura, la fotografía y la escultura donde desfilan las imágenes de:

° Enrique Veloz Coronado, (1992).
° Rocío Gaybor de Corral, (1997).
° Maura Black, (1999).
° Héctor Villamarín, (2000).
° Liseth Novoa y Carlos J. Veloz, (2002).
° Mercy Mendoza Llerena y Eduardo Baldeón Velasco, (2004).
° ‘Trude Fokja’, (2006).
° Edwin Lluco, (2006).
La idea eje de este segundo tramo parece exhortar a la búsqueda de una casi invisible preceptiva de apreciación de la cromática, la geometría, las lentes, la profundidad de campo y demás instancias del lenguaje icónico.

La tercera línea melódica se refiere a la epifanía del vocablo exacto o sugestivo, canónico o iconoclasta, evanescente o preciso. Verbigracia, en:

° Antonio Guerrero Drouet, (1993).
° Teresa Neira de Robalino, (1996).
° Magaly Vanegas Coveña, (1998).
° Dolores Herrera Cárdenas, (2000).
° Alfonso Chávez Jara, (2003).
° Gabriel Cisneros, (2006).
° Violeta Luna, (2007).
° Franklin Cárdenas, (2008).

Estimular la modulación de una realidad, no la cuántica ni la metafísica, sino la atinente a esa ‘construcción estética’ que emerge de un contacto fugaz pero electrizante entre quien observa y el ente observado, es la idea eje de este tercer segmento.

Vertical, el colofón reconoce las virtudes de:

° José Quevedo Mera, (1998).
° Adriana 1ª, (1999).
° Wilson Andino Reinoso, (1999).
° Carlos Arcos Cabrera, (2005).
° El ‘Ingeniero Químico’, (2007).
° Alberto Viteri Andino, (2008).
° Pepe Quevedo Burnham, (2008).
° Y asume la agridulce remembranza del ‘Colegio San Felipe Neri’, (2010).

Con su pluma afinada por instantes de atalaya, Guillermo Montoya Merino enfoca con destreza la superficie que él ha seleccionado, en cada caso o situación, para imprimirle sus acentos y sus puntos de giro, su galvanización. Por eso, más que denotar, connota y, así, con sabia paciencia, distribuye sus sintagmas y sus paradigmas apenas sostenidos por los tiempos y los temas del fruto de un nenúfar.

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