ISRAEL: ¿PUNTA DE LANZA DEL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO? 



EL MANIQUEISMO ES MUY COMÚN EN LA HISTORIA 





Por Maximiliano Pedranzini*

“La mejor fortaleza que puede existir es no ser odiado por el pueblo, porque si tú tienes la fortaleza y el pueblo te tiene odio, ellas (las fortalezas) no te salvan”. Nicolás Maquiavelo, El príncipe.

“Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre”. Daniel 2:44

El maniqueísmo es muy común en la Historia, y más aún cuando no se analizan aquellos elementos sociales que componen la cosmovisión de un pueblo, de una nación o de un grupo étnico en particular, con un Estado como forma de organización social y ubicados en un determinado territorio como es el caso del Cercano Oriente, región de infinitos conflictos y luchas armadas a lo largo del siglo XX y principios del siglo XXI. Al entrar por la puerta grande de la hermenéutica histórica, se debe analizar su origen, sus causas y su desarrollo a través del tiempo, observar las condiciones objetivas y subjetivas que generan este proceso, algo así como una “genealogía del conflicto”. En este sentido, Jean-Paul Sartre en una entrevista que le había realizado el periodista Arturo Schwarz para los Quaderni del Medio Oriente en 1969, decía algo acerca de esto: “Considero al maniqueísmo como uno de los peligros más graves del pensamiento de nuestra época. Es precisamente responsabilidad nuestra, de los intelectuales, denunciarlo. En el conflicto árabe-israelí, precisamente, no hay verdad total ni de un lado ni del otro, y se debe poder comprender perfectamente a ambos” (Jean-Paul Sartre, 1973: 262). Entender el conflicto implica de alguna manera remitirse a las páginas más oscuras de la historia del siglo XX: El Holocausto. ¿Cómo describimos el mismísimo infierno que fue Auschwitz y la barbarie de la razón moderna? Primo Levi nos ofrece una descripción notable de lo que significó el ese infierno: “Esto es el infierno. Hoy en nuestro tiempo, el infierno debe ser así, una sala grande y vacía y nosotros, cansados teniendo que estar de pie, y hay un grifo que gotea y el agua no se puede beber, y esperamos algo realmente terrible y no sucede nada y sigue sin suceder nada. ¿Cómo vamos a pensar? No se puede pensar ya, es como estar muertos. Algunos se sientan en el suelo. El tiempo transcurre gota a gota” (Primo Levi, 1995: 32). Auschwitz es la cicatriz que lleva el pueblo judío. El haber experimentado en los campos de concentración lo que significó la Solución Final, “el exterminio masivo de millones de seres humanos por parte de una maquinaria tecnológico-racional montada específicamente para desarrollar hasta sus últimas consecuencias esa finalidad propuesta por el nacionalsocialismo…” (Ricardo Forster, 2003: 238). Paul Celan en un poema hermoso escribe:

FUGA DE LA MUERTE:

Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro
venido de Alemania
grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como
humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí.

Celan nos muestra la forma de expresión más tétrica de la muerte que pareciera venir de la “civilización europea” y de la “razón iluminista”, rompiendo con la metáfora poética y acercándolo más al testimonio del propio autor, donde finalmente va llevar como resultado a la utilización de la razón para el genocidio masivo, tal como lo describe aquí Hannah Arendt (1951): “la dominación totalitaria desde la racionalización del poder elimina al hombre y su individualidad tanto en el nazismo como en el fascismo y el estalinismo” . Según explica Max Horkheimer en su obra Crítica de la razón instrumental (1947), “la razón enferma desde el centro por esforzarse en el dominio de la naturaleza. Es decir, la razón es una forma de totalitarismo, de poder, de control, de dominio; y tiene en este sentido un uso instrumental.” Lo que van a plantear Max Horkheimer, como así también Theodor Adorno y la Escuela de Frankfurt es que el Holocausto se realizó por medio de “la razón como instrumento”, de la masacre y el aniquilamiento de los cuerpos en los campos de exterminio; es decir, que en los campos de concentración y exterminio lo que se explicita es la “racionalidad de la muerte”.

La necesidad histórica de pertenecer a un lugar ha sido después del genocidio una búsqueda urgente por parte de los judíos que se encontraban en la diáspora. Y la coyuntura histórica le permitió, no sólo al imperialismo bélico Occidental especular con esta necesidad milenaria del pueblo judío, sino también a los ideólogos del sionismo que supieron aprovechar brillantemente el Holocausto y el exterminio para hacerse de su empresa nacionalista, y hasta nos animaríamos a afirmar con total certeza que necesitaron de este horror para poder legitimar la conformación de un Estado judío de carácter sionista. Siguiendo este planteo, Benedict Anderson en su libro Comunidades imaginadas, reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo plantea que las naciones corresponden a una construcción y las define como “una comunidad política imaginada (que es), imaginada tanto limitada inherentemente como soberana” (Benedict Anderson, 1993: 6). El carácter que representa el concepto de nación para Anderson hace referencia a la construcción de una identidad nacional compuesta por diversos elementos que le dan forma y legitimidad. Eso es -principalmente en este caso- el de la religión judía, además de la resignificación de la lengua hebrea que constituye esa identidad nacional. Es sobre esta cuestión tremebunda que hay que analizar el origen del Estado de Israel como patria y nación que alberga al pueblo judío, y el conflicto en el Cercano Oriente con las naciones árabes se manifiesta desde una posición ideológico-política y de territorialidad surgida en los albores de la guerra fría, trasladada al ámbito bélico durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, y al aspecto económico con la cuestión del agua dulce que es vital por el contexto geográfico y el boicot petrolero por parte los países árabes que decidieron llevar adelante un embargó de la exportación de crudo a los países que ayudaron a Israel, a su vez que reducían las ventas con el objetivo de lograr un aumento de los precios, que tuvo como efecto una desestabilización de la economía mundial y el fenómeno de la estanflación.

Analizar el objetivo del imperialismo Occidental tanto norteamericano como el otrora imperio británico con la formación de un Estado “judío” advierte la estrategia geopolítica de la construcción de un “Estado tapón” en esa región. Por supuesto que, siguiendo estos pasos, la mirada va a estar apuntada al carácter pro-imperialista que ostenta el Estado de Israel, partiendo del argumento ortodoxo de la izquierda árabe-palestina. La justificación de este análisis es en cierta forma “errónea” al estigmatizar a “todo” el pueblo judío israelí y no diferenciar entre el pueblo hebreo y el rol que cumple el aparato estatal, observando fundamentalmente la cuestión de clase que acaece en todas las sociedades capitalistas. Siguiendo con los planteos de Sartre (Jean-Paul Sartre, 1973: 262), la economía y la modernización bélico-industrial de la nación israelí es más significativa, transformándose en una de las potencias del Cercano Oriente en tan pocas décadas de existencia, estableciendo una de las fuerzas armadas más poderosas de la región que cuenta con los armamentos de destrucción masiva, incluyendo ojivas nucleares entre su arsenal. En su desarrollo histórico, a dependido -y aún lo sigue haciendo en cierta medida- de la minoría judeo-norteamericana, siendo esto un complemento para la estructura económica del país, pero no esencial. Y esto se debe al crecimiento y desarrollo que ha mantenido en los últimos años, como ya lo habíamos mencionado con anterioridad. Pero este aporte del capital judeo-norteamericano al Estado de Israel determina el acercamiento y la alianza político-militar con los EE.UU., y son estos mismos judíos quienes le han provisto de armas y han ayudado de diversas maneras para que el Estado se sostenga en un contexto tan conflictivo. Y siguiendo a Sartre: “La situación así creada es tal, que Israel debe a menudo aprobar medidas tomadas por los norteamericanos que los intelectuales israelíes de izquierda no podrías aceptar” (Jean-Paul Sartre, 1973: 263). Ergo, la “demonización” de sectores, tanto de la izquierda árabe como de los fundamentalistas musulmanes, han hecho que la situación de Israel sea tal que haya estado dependiendo militar y económicamente, no de las potencias imperialistas, sino de la burguesía israelí que vive en esos países centrales y portan la doble nacionalidad, ya sea los EE.UU. como los países europeos, que en su mayor parte apoyan la política de su país. Pero esta situación a cambiado en favor de una “independencia económica” para los israelíes, pero que de igual manera son las minorías judías diseminadas por todo Occidente las siguen tomando decisiones y son la columna de clase cardinal para que el Estado de Israel mantenga una cierta legitimidad política.

Israel no es la totalidad del judaísmo y pensar de esta forma es atomizar la historia hebrea y judía, llevándolo a un reduccionismo suicida. Israel representa a un Estado atravesado por contradicciones que debemos clarificar. ¿Qué es el ser judío? Ser judío no es ser israelí. Esto a simple vista parece bastante contradictorio en tanto se tenga en cuenta la construcción de la nación judeo-israelí. Pero partiendo de que Israel, dentro de la orquesta de Estados-nación que fueron surgiendo entre los siglos XVIII y XX, lo que analizamos es la particularidad por la cual se fue construyendo y dando forma el Estado-nación israelí durante todo ese periodo. La modernidad planteo una falsa antinomia entre razón y religión, colocando a la razón en una posición hegemónica sobre la del discurso teológico. Ambos discursos conviven en un ámbito de confrontación y conflicto permanente, y en este sentido la conformación de los Estado-nación tienen la característica de ser laicos y colocar a la religión como institución en un segundo plano (pero no menos importante en las relaciones político-económicas con las estructuras estatales), sin injerencia directa en las políticas que emanan de este instrumento. Israel es la excepción. Su lógica parte de una idea teológico-milenaria, es decir la de un Estado teocrático-burgués, ya que combina el discurso teológico con el del Estado laico-burgués para legitimar su construcción, una especie de “mesianismo de Estado”. Por lo tanto, el Estado para poder reproducirse debe expandirse y conquistar su espacio vital.

Ni todos los israelíes están de acuerdo con las políticas implementas por el Estado, inclusive muchos habitantes habían criticado la militarización de la región y del país a lo largo de estos últimos años, manifestado su descontento. A su vez, la rama ortodoxa del judaísmo se ha opuesto rotundamente al Estado de Israel, aseverando que el sionismo y la existencia de un Estado israelí son antijudíos. Pero la historia judía no debe estancarse grotescamente en este presente tan descarnado, ni arrodillarse ante el estigma contemporáneo. Se debe resignificar ese pasado que habita en la memoria de un pueblo y no adscribirse a la tortuosa brutalidad del presente bélico para imponer en el campo de batalla las banalidades de una lucha fraticida. Quedan en las bóvedas entreabiertas del pasado y de la memoria aquellos fantasmas del exterminio y de la masacre que se colocan ahora “hábilmente” sobre el pueblo árabe. Ese miedo, ese terror y ese odio persecutorio, los judíos los han heredado de la Civilización Cristiana, Occidental y colonialista, porque el horror de los campos de exterminio no lo sufrieron en Palestina sino en Europa, donde fueron realmente perseguidos y exterminados.

Israel ha sido un Estado que dentro de la región ha servido para los intereses de las grandes potencias, siendo una pieza clave en el ajedrez del imperialismo, movida según la conveniencia y las circunstancias favorables de estos países imperialistas. Pero no hay que generalizar en esta apreciación, y observar que son los aparatos legales de represión como instrumento de la clase dominante las que imponen las reglas del juego que la sociedad israelí debe obedecer. Asimismo, Israel ha demostrado en estos últimos tiempos tener una autonomía como nación que poco a poco la han despegado del resto de las potencias y la han posicionado estratégicamente en el concierto internacional donde se ha ganado un lugar más que privilegiado, fundamentalmente desde el punto de vista bélico-tecnológico, lo que le ha significado depender sólo de sí mismo y ser su propio imperio, un imperio que sin ayuda de nadie puede arrasar y dominar todo el Cercano Oriente sin levantar el teléfono de la Casa Blanca, y más ahora cuando los imperios de Occidente se derrumban por consecuencia de la crisis global del capitalismo. Esto la vuelve esencialmente peligrosa para la región y el mundo árabe, y su principal escollo es el pueblo palestino, conejillo de indias del laboratorio militar israelí y blanco de un genocidio que todavía sigue impune, por los menos para los paladines de la democracia y los derechos humanos. Israel se ha convertido en la bestia que por mucho tiempo crítico y condenó. Se ha transformado en esa misma barbarie que tanto ha hostigado y asesinado a miles de millones de judíos en toda la historia de la humanidad con el antecedente más oscuro siniestro que significó la Segunda Guerra Mundial. Pasaron mártires errantes ha ser el monstruo mítico del Leviatán en tan sólo unos instantes. Por es menester saber diferenciar entre el Estado que tiene como instrumento las fuerzas represivas y la violencia como razón de ser, y el pueblo como sujeto social que habita en la arena que propone ese Estado y se somete a sus directrices.

Sin embargo, la “inocencia” trivial de lo que se piensa es una lucha contra el enemigo imperialista que amenaza a los pueblos de la región a la hora de hilar fino, no es más que una visión inverosímil y aislada de los hechos concretos, es ese maniqueísmo perpetuo como justificación la que atosiga los acontecimientos a ser develados, queriéndose imponer una “verdad” sobre estos mismos hechos por parte de ambos bandos, donde se termina escogiendo y sumando a todos los muertos de un lado como trofeos de la compasión humanitaria, colocándole una placa condecorativa a los mártires caídos en batalla; y no se plantea una cuestión más de fondo, ¿de dónde proviene este conflicto? Los muertos deben preocuparnos de un lado y del otro, en tanto que la amenaza esté dada desde las políticas, tanto de los Estados de la región como de aquellas políticas de los organismos internacionales. Es obvio que le competen responsabilidades políticas innegables, y que de alguna manera el Estado de Israel debe actuar para solucionarlo, pero eso no justifica de ninguna manera que todo el peso del conflicto en el Cercano Oriente caiga sobre el “demonio judío” y se acabe reduciendo a cenizas.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

ANDERSON, Benedict: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica, México, 1993, p. 6.

CELAN, Paul: Obras completas. Editorial Trotta. Madrid, 1999. Traducción de José Luis Reina Palazón.

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VITERI, Sharian: El papel de Israel en el Medio Oriente en Agencia Bolivariana de Noticias, Ecuador, viernes 16 de noviembre de 2007.

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* Maximiliano Pedranzini es ensayista y escritor. Bachiller especializado en Economía. Realizó estudios de Historia y Antropología Social en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM). Ha sido co-fundador, editor y columnista de la Revista Desertores (2006), fundador y coordinador de la Revista Compañeros (2009), colaborador de la Revista Impresencia y del diario digital Reporte al Día, todos pertenecientes a la provincia de Misiones. Colaboró en el diario Página 12 y actualmente colabora en la Revista El Emilio, el periódico Señales Populares y la Red Nacional y Popular de Noticias (NAC&POP) de Buenos Aires y del diario El Telégrafo de Ecuador. Ha escrito diversos artículos sobre cuestiones históricas y contemporáneas. Ha sido columnista del programa de radio Desertores Radio y co-conductor de Sueños de una Cama Vacía emitidos entre el 2007 y 2008 por FM Universidad. Es ayudante de la Cátedra Optativa Historia Política Argentina (1930-2011) de la carrera de Historia de la UNaM. Es integrante del Espacio Carta Abierta de Misiones y forma parte del Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, dirigido por el prestigioso historiador argentino Norberto Galasso. Ha publicado en co-autoría: “Las prácticas represivas de los aparatos ideológicos de Estado”, artículo correspondiente al libro compilado Que Universidad necesitan los Pueblos. A 90 años de la Reforma Universitaria (recopilación de las conferencias, ponencias, relatorías de mesas y actas de las VIII Jornadas Nacionales y V Latinoamericanas del GRUPO HACER LA HISTORIA) publicado por el Grupo Hacer la Historia en Rosario (soporte digital adjunto, 2010); Bicentenario de la Revolución de Mayo y la Emancipación Americana publicado por el Instituto Superior Arturo Jauretche (2010) y "El Pueblo quiere saber de qué se trata: Reflexiones sobre el Bicentenario y la Revolución de Mayo", artículo correspondiente a libro compilado El pensar y el hacer en Nuestra América. A doscientos años de las guerras de la Independencia (recopilación de las conferencias, ponencias, relatorías de mesas y actas de las IX Jornadas Nacionales y VI Latinoamericanas del GRUPO HACER LA HISTORIA) publicado por el Grupo Hacer la Historia en Rosario (soporte digital adjunto, 2012).