¿EXISTEN CONDICIONES PARA UNA NUEVA IZQUIERDA? 



LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA SE RESPALDA EN LA POBLACION 



Rodrigo Santillán Peralbo
En política lo imposible es posible, las utopías se transforman en realidades y éstas saltan en jirones para entrelazarse en lo nuevo inevitable. Si alguien piensa que la construcción de la nueva izquierda es un planteamiento de ilusos soñadores, podría estar profundamente equivocado porque las condiciones objetivas y subjetivas existen en sinnúmero de vivencias cotidianas de amplios sectores de la población nacional.
Si otros piensan que la unidad de las fuerzas de izquierda es una quimera, tal vez tengan razón porque existen líderes y dirigentes que suelen olvidar su verdadero papel entre las masas, ya sea por carencia de visiones revolucionarias o por vacuos individualismos, fatuos egoísmos y bajos intereses personales. Estos personajes pueden liderar a grupos desorientados por cierto tiempo, pero pronto se quedan en la soledad del abandono porque los seres humanos sólo siguen a los líderes que dejan todo para luchar por todos. Cuando los dirigentes de pequeñas parcelas de la izquierda comprendan que las partes reducidas pueden fortalecerse dentro de la unidad, la nueva izquierda será una realidad política y una resurgida esperanza revolucionaria.
Ya son 86 años de la fundación de la izquierda organizada en el Partido Socialista y 80 años de estructuración del Partido Comunista, tiempo suficiente en el que el divisionismo ha sido el factor reinante debido a visiones personales de proyectos revolucionarios o estrategias diversas surgidas al socaire de otras revoluciones ocurridas en cualquier parte del mundo que, en el Ecuador tuvieron seguidores y fanáticos, sin siquiera analizar realidades ajenas. Entonces surgieron maoístas o chinos, leninistas o estalinistas, trotskistas, cabezones, albaneses, miristas, izquierda cristiana, liberación nacional, alfaristas y decenas de mínimos movimientos con escasa o nula trascendencia en la política y entre las masas. En la década de los 60s, fue la Revolución Cubana la que influyó grandemente en la izquierda ecuatoriana, pero esa valiosa influencia no unió.
Pero también hubo factores externos que dividieron la izquierda. En la década de los 60s, la Agencia Central de Inteligencia -CIA- penetró en los partidos Socialista y Comunista y a este último lo dividió entre maoístas y cabezones. Los agentes de la CIA con la complicidad de agentes criollos penetraron en las centrales sindicales y las dividieron e inclusive a políticos, medios de comunicación y periodistas los convirtieron en agentes de la CIA, unos por convicción ideológica y otros por un salario, según se puede leer en el libro La CIA, EL DIARIO DE LA COMPAÑÍA de Philips Age que fue Director de la Estación de la CIA en Quito, en esa década de la más torpe y cavernaria dictadura militar.
Nadie debería desconocer el aporte de la izquierda para el desarrollo de los derechos humanos, de los trabajadores y del pueblo. Las conquistas sociales son obra de la izquierda así como la organización de las centrales sindicales, de muchos movimientos sociales e indígenas que tuvieron su raíz reivindicativa en la ideología marxista-leninista.
En la izquierda y, en especial en el Partido Comunista del Ecuador, militó la inteligencia ecuatoriana: Escritores, poetas, historiadores, periodistas, dramaturgos, estudiantes, profesionales, obreros e indígenas de la talla de Dolores Cacuango o Tránsito Amaguaña eran comunistas. Esa izquierda, si nunca llegó al poder, ejerció una enorme influencia en diversos parlamentos y gobiernos. Es más, la izquierda fue la autora de la célebre Revolución de Mayo de 1944, pero cometió el error de entregar el poder a José María Velasco Ibarra que la traicionó en 1946. “Todo el poder para Velasco” habían gritado los dirigentes de ADE y del Partido Comunista.
La izquierda ecuatoriana viene desde lo hondo de la historia. En 1849 o 50 habría llegado el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engeles. Juan Montalvo apenas lo menciona, pero el filósofo argentino Andrés Roig, recientemente fallecido, en una conversación habida en la casa del célebre e inmoral escritor y periodista Pedro Jorge Vera y con la presencia de Jorge Enrique Adoum, otro inmortal de la poesía y la literatura ecuatoriana, decía que Don Juan Montalvo, a más de filósofo era socialista dentro de su militancia intelectual en el liberalismo radical. Los escritores y críticos montalvinos podrían profundizar en esa aseveración de Roig,
En octubre (hoy noviembre) de 1917, Lenin al frente de sus bolcheviques derrotó a los mencheviques, alcanza el poder e inaugura la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que fue un ejemplo de luchas revolucionarias en todo el mundo. El Ecuador no escapó a su influencia y el naciente proletariado comienza a organizarse. Su bautizo de sangre y fuego fue el 15 de noviembre de 1922.
Las ideas no mueren jamás. En Quito, en 1926 se fundó el Partido Socialista y en 1932 el Partido Comunista con la participación de brillantes socialistas. Esta fue la primera gran división de la izquierda ecuatoriana.
El triunfo de la Revolución Cubana liderada por el Comandante Fidel Castro influyó decisivamente en la izquierda nacional. Muchos sectores, particularmente jóvenes, fundaron URJE y de allí se pasó a las penosas “guerrillas del Toachi” con la intención de seguir el ejemplo de la Sierra Maestra, del Che, de Camilo. El fracaso terminó por dividir aún más a la izquierda y ya se podía hablar de muchas izquierdas, según la óptica de sus “lideres”.
La Dictadura Militar de 1963, de los “coroneles de la traición” conforme afirmaba el derrocado presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, fue obra de la CIA. Los militares comandados por Castro Jijón hicieron un gobierno radicalmente anticomunista que encarceló o desterró a varios dirigentes, otros fueron asesinados o muertos misteriosamente, ordenó la invasión y clausura de la Universidad Central del Ecuador y apresó a decenas de estudiantes. Reprimida la izquierda nunca se replegó y varias facciones adoptaron otras formas de lucha, incluida el foquismo.
En la década de los 70s la izquierda combatió frontalmente a la miseria moral del velasquismo y a su líder convertido en dictador de la peor especie. En ese gobierno, la Universidad Central del Ecuador fue su víctima indefensa: con fuertes explosivos colocados por miembros del Ejército de los comandos paracaidistas destruyó la imprenta, el monumento a la chatarra y clausuró al alma mater.
La izquierda agrupada en los partidos Comunista y Socialista apoyó inicialmente al Gobierno Nacionalista y Revolucionario, presidido por el General Guillermo Rodríguez Lara. En especial apoyó el documento Filosofía y Plan de Acción del Gobierno Nacionalista Revolucionario. De hecho, destacados intelectuales de Izquierda habían intervenido en la redacción y planificación de ese manifiesto que propugnó un gobierno progresista, pero que fue derrocado en 1976 por otros militares derechistas liderados por el general Guillermo Durán Arcentales perteneciente a la línea dura de los derechosos con algunas ínfulas fascistas.
Eh 1979 asumió la presidencia de la República, Jaime Roldós Aguilera que en la segunda vuelta electoral contó con el apoyo de varias organizaciones de izquierda, centrales sindicales y organizaciones indígenas como la FEI que formaba parte del Partido Comunista del Ecuador.
“La fuerza del cambio” murió con Roldós el 24 de mayo de 1981. Fue reemplazado por el Vicepresidente de la República Oswaldo Hurtado Larrea de la Democracia Cristiana. Otra vez la derecha se alzó con el poder de la República, esta vez en ancas de la Fuerza del Cambio que tanto ilusionó al pueblo.
1982 fue un año crítico al agotarse el “boom” petrolero iniciado en el gobierno de Rodríguez Lara, pero no por falta de petróleo sino por la administración demócrata cristiana uncida a las derechas nacionales y obediente al dictado imperial.
Este país se vio sumido en la crisis desatada por el peso de la deuda externa iniciada por el dictador Durán Arcentales en cuyo gobierno se consolidó la peregrina tesis del endeudamiento agresivo. Es en la década de los 80s en la que comienza a expandirse el neoliberalismo de la mano del “Consenso de Washington” que fue duramente combatido por las izquierdas nacionales.
Carlos Larrea y Ana Isabel Larrea en una reposición digital de la UASB, con el título Cambio Social y Sustentabilidad en el Ecuador, sostienen: “En general, las políticas de estabilización económica y ajuste estructural han promovido la austeridad fiscal y la liberalización del tipo de cambio como estrategias macro-económicas encaminadas a reducir la inflación y los desequilibrios externos. Se ha buscado minimizar la intervención del Estado en la economía, promoviendo al mismo tiempo la privatización de las empresas y servicios públicos, y la apertura comercial, mediante el desmantelamiento de políticas de protección arancelaria. Además se ha impulsado la desregulación del mercado laboral y del sistema financiero.
Aunque la aplicación de estas políticas se ha dado en forma tardía, gradual y poco consistente, en medio de profundos conflictos sociales y en un contexto de crónica inestabilidad política, hacia mediados de los años 90 el Ecuador había liberalizado el tipo de cambio y las tasas de interés; desmantelado su protección arancelaria; abierto sus mercados; eliminado subsidios y otras distorsiones en sus precios relativos y desregulado parcialmente el sistema financiero y el mercado laboral.
En efecto, luego de una década de transición, conflicto, y aplicación lenta y conflictiva del ajuste estructural, las políticas neoliberales se implementaron en forma consistente durante el gobierno conservador de Durán Ballén (1992-1996) Posteriormente sobrevino una década caracterizada por un crónico conflicto social y la inestabilidad política, cuya expresión más intensa fue la crisis de 1998 y 1999, indudablemente la más profunda en los últimos 50 años, que condujo a la dolarización en 2000. Este período de inestabilidad culminó con la elección de Correa en 2006, que es el primer presidente que se ha alejado consistentemente del paradigma neoliberal.
Al cabo de un cuarto de siglo de su aplicación, los resultados económicos de estas políticas han sido profundamente desalentadores. Los objetivos básicos de estabilización macroeconómica y recuperación del crecimiento en el corto plazo nunca fueron alcanzados. Por el contrario, el desempeño de la economía fue el peor registrado desde 1950, cuando se midió por primera vez el producto interno bruto.
Uno de los principales objetivos de la estrategia de desarrollo inspirada en el “Consenso de Washington” ha sido la expansión y diversificación de las exportaciones. Su resultado en el caso ecuatoriano también ha sido débil. Un solo producto, el petróleo, representó en 2007 casi el 60 % de las exportaciones, y su disponibilidad futura es limitada e incierta, ya que las reservas probadas permitirán solamente mantener las exportaciones por aproximadamente 25 años, y desde 2006 la producción ha entrado en su fase declinante, mientras el consumo interno se ha expandido aceleradamente. La diversificación de las exportaciones ha sido mínima, ya que un grupo reducido de productos (petróleo, banano, café, cacao, camarones, otros productos del mar y flores) representan la mayoría de las exportaciones, y el porcentaje de productos primarios en el total exportado llegó a 90 % en 2006, frente a una media latinoamericana del 52 %. Las flores, el principal producto dinámico no tradicional, apenas llegaron al 3 % de las exportaciones en 2006.
En general, las políticas de ajuste en el Ecuador conllevaron una severa reducción del gasto social. La evolución de la pobreza desde 1995, de acuerdo a las fuentes más confiables disponibles, sugiere un pronunciado aumento durante la crisis de 1998-1999, seguida de una declinación a partir de 2001. Sin embargo, la incidencia de la pobreza en 2006 (49 %) continuaba siendo elevada, y su valor era similar a la de 1995”.
Efectivamente, Correa denunció el neoliberalismo y ha reiterado que se acabó en el Ecuador “la larga noche neoliberal”. Rafael Correa Delgado con el privilegio de haber estudiado en Europa y Estados Unidos, de modesto profesor de la Universidad elitaria San Francisco de Quito, en meteórica carrera llegó a la Presidencia de la República, bajo la sombra y auspicio de varios partidos y movimientos de izquierda y de muchas organizaciones progresistas y democráticas, incluida la totalidad del movimiento indígena y las centrales sindicales agrupadas en el Frente Unitario de Trabajadores - FUT- , la UNE y UTG dependientes del MPD.
El movimiento político correista de Alianza Pais, tomó forma y consistencia ideológica con el trabajo y aporte de Gustavo Larrea, Alberto Acosta, Fander Falconi y Manuela Gallegos, entre otros. Con excepción de Falconí que de Canciller pasó a Secretario de Senplades, Larrea, Acosta y Gallegos se retiraron definitivamente del gobierno correista al que acusan de haberse desviado de los fundamentos ideológicos y programáticos del proyecto denominado Revolución Ciudadana.
En esos fundamentos programáticos iniciales se basó la política social del régimen que se desarrolló debido a circunstancias económicas favorables, tales como el continuo incremento del precio del petróleo y de las remesas de los migrantes. Lamentablemente la política social se volvió “pragmatismo” y clientelismo electoral antes que modificación o cambio de estructuras.
La izquierda ha participado -aunque sin destacarse o con bajo perfil en el gobierno de Correa- luego de impulsar su candidatura y ganar las elecciones presidenciales. Partes del socialismo, del comunismo, de los Alfaro vive carajo, de miristas, emepedistas, del movimiento indígena, afro, montubio y hasta de la izquierda cristiana ocupan cargos en el régimen correista, pero ni individualmente, ni como grupo político han tenido ningún poder de decisión.
Cierto que el apoyo a Correa se basó en decisiones partidistas y no en acciones unitarias, pero es lógico suponer que el conjunto de la izquierda obtuvo importantes adhesiones de organizaciones y movimientos sociales y de grandes sectores de la ciudadanía, que terminaron por posibilitar el triunfo electoral del actual Presidente. Es de suponer que sin el apoyo de la izquierda, quizá Correa no hubiese ganado ninguno de los procesos electorales.
Históricamente fraccionada, la izquierda en tiempos electorales ha tenido importantes resultados y quizá el mayor fue el alcanzado por el Frente Amplio de Izquierda -FADI- en 1978, con la candidatura de René Maugé a la Presidencia de la República. Ese hecho bastaría para demostrar que la unidad de la mayoría de las fuerzas de izquierda si es posible y que la unidad fortalece a la tendencia y multiplica sus posibilidades.
Pero en estos tiempos la izquierda está tan fraccionada como siempre, tan desunida como ha sido su histórica costumbre, y con las mismas reiteradas ansias de unión que no acaban de cuajar. Por un lado socialistas, comunistas, miristas y un largo etcétera duermen el sueño de la burocracia correista y por otro, socialistas, comunistas, miristas, emepedistas, pachakutiks y un largo etcétera, duermen el sueño de la forja de una nueva izquierda que sea capaz de derrotar a Correa y su Alianza Pais en las elecciones del 2013..
Sin duda, la izquierda no ha asimilado o no ha sido capaz de obtener lecciones de sus fracasos gobiernistas como la ridícula y torpe alianza con Álvaro Noboa al acceder a la candidatura vicepresidencial de Alfredo Castillo que rompió al Partido Comunista del Ecuador y al FADI con su propio y mínimo partido, Liberación Nacional o no ha sacado experiencias positivas de la participación directa en los fracasados gobiernos de Bucaram, Gutiérrez, Palacio y del mismo Correa que, según sus críticos y opositores de izquierda, terminará en alianzas formales con las derechas, según sus declaraciones personales.
Aunque dividida, la izquierda ecuatoriana ha obtenido inobjetables triunfos; no ha llegado al poder pero derrocó al gobierno despótico y oligárquico de Arroyo del Río, a las dictaduras militares y, fundamentalmente, logró incorporar políticas sociales de singular importancia para trabajadores, indígenas, para la mujer y el pueblo en su conjunto.
Sin la participación de la izquierda, el pueblo no se hubiese movilizado y luchado hasta detener las privatizaciones ordenadas por el neoliberalismo, a paralizar la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos de América, a expulsar a los guayusas gringos del Oriente y a expulsar a la Base Miliar de Manta, pero el divisionismo ha pesado con creces en los procesos electorales.
El sociólogo Francisco Hidalgo Flores, Rebanadas de Realidad, sostenía que en el proceso electoral, se expresan las correlaciones políticas internas. Advertía que el escenario es de una aguda fragmentación tanto en la derecha como en la izquierda. Pero lo nuevo acontece en el escenario de las fuerzas populares. En los últimos tiempos en el país se pasó de una posición de ofensiva y de presencia política fuerte, hacia una posición defensiva y de fraccionamiento en la tendencia de izquierda.
Esto sucedió entre el 2002 y 2005, teniendo como acontecimientos claves el gobierno de Gutiérrez y su derrocamiento. El viraje de situación fue provocada principalmente porque los partidos y movimientos no lograron generar un salto, una situación distinta, cualitativamente diferente, el momento que alcanzaron cuotas importantes en el poder político, en concreto ante el triunfo de una candidatura presidencial (2003), o ante el derrocamiento de presidentes impopulares (2000, 2005).
Durante algo más de una década (desde inicios de los noventa) se desarrolló una tendencia creciente de movilización popular en torno a reivindicaciones del movimiento indígena, que se convirtió en protagonista clave, y de resistencia a medidas paradigmáticas del modelo neoliberal (como la privatización de la seguridad social y las empresas estatales de energía eléctrica y petróleos). Mas esa tendencia solo alcanzó triunfos parciales y luego se desgastó ante las limitaciones de construir una propuesta integral distinta. Sus bases sociales constataron que no estaban en condiciones de construir algo nuevo, sino en última instancia reproducían, con algún remozamiento, la misma situación.
Esa imposibilidad va mas allá del voluntarismo de las dirigencias (también es cierto que algunas cúpulas cayeron en procesos de cooptación desde el poder y organismos internacionales), pero sobretodo pone en evidencia que las propuestas de los movimientos populares y los partidos de izquierda no dan cuenta, precisamente en su parte propositiva de responder alternativamente a los nuevos procesos de reproducción del capital y hegemonía.
Además resultó que los mecanismos de construcción política verticalistas y clientelares, propios de las organizaciones políticas dominantes, empezaron a permear a las organizaciones de izquierda.
De todo ello resulta que el desafío actual es mucho más complejo, pues no es suficiente con movimientos amplios de masas que resistan a medidas neoliberales e incluso que derroquen a gobiernos o ganen elecciones, sino que deben construir una propuesta que resulte efectiva ante nuevos escenarios en la estructura y superestructura del poder del capital.
¿Cuál es la responsabilidad de la izquierda en el contexto de un país que se deshace a jirones y se pudre por todos los costados? La responsabilidad ante una de las peores horas del Ecuador, donde resulta difícil pensar en un futuro distinto, con una carencia enorme de proyectos de nación, y en su lugar el desbocar de los intereses privados y locales, fácil presa de las imposiciones imperiales y los apetitos oligárquicos.
Es la responsabilidad de asumir un posicionamiento desde un interés general, desde una postura de tendencia, o bloque, o frente común y no como archipiélago, con unas islas grandes o pequeñas, pero islas al fin. Es la responsabilidad de presentar un proyecto de cambios sociales y no la sumatoria de plataformas de demandas de gremios, así sean estos por identidad económica, o étnica, o de género, pero neciamente aislados. Es la responsabilidad de asumir un debate teórico común entre todos los sectores y no la repetición cansona de una retórica probablemente válida pero insuficiente para los tiempos actuales. Es la responsabilidad de no solo verse como expresión más o menos decisiva en un país marcado por la división, sino con la necesidad de dar respuestas internacionales. Es la responsabilidad de mirar por el conjunto de los explotados y excluidos y no sólo por aquellos sectores que votan en las urnas por sus listas partidarias. Es la responsabilidad de desmontar un sistema de partidos caducos y corruptos y no seguirlo manteniéndolos.
La izquierda ecuatoriana, es decir todos aquellos sectores políticos y sociales, organizados o no, que basan su accionar en una demanda de superar el sistema de dependencia y explotación vigente, tiene una enorme responsabilidad frente al pueblo y a nivel latinoamericano”.
Antes de la caída del Muro de Berlín y del descalabro de la Unión Soviética, solía advertirse que en el Ecuador y Latinoamérica, las condiciones subjetivas y objetivas están dadas para proponer revoluciones que conduzcan a la implantación del socialismo. Hoy ni se hablan de esas condiciones, y la palabra Revolución, de tanto repetirla suena a palabra hueca y sin sentido, y hasta las derechas enquistadas en el poder y hasta en el gobierno de Correa, se complacen en hablar de la famosa Revolución Ciudadana que puede ser cualquier cosa menos Revolución, según afirman los actuales opositores de izquierda.
Las facciones de izquierda que están con el gobierno de Correa, intelectuales incluidos, bien podrían admitir que es una insoslayable realidad la derechización del régimen y bien podrían comenzar a analizar el enorme daño que la Revolución Ciudadana y Alianza País han causado al socialismo. Después de Correa, el socialismo quedará desdibujado y en la retina de la ciudadanía quedará el colaboracionismo como una amarga experiencia de la que mejor no habrá que hablar. ¿Ceguera por conveniencia o puro interés oportunista? En fin las izquierdas fuera del poder no pierden oportunidad para enrostrar a Correa una serie de desaciertos y descalabros ideológicos.
De todas maneras, la izquierda es una tendencia histórica que no puede ni debe quedarse en el nivel de las utopías. Es preciso pasar a la acción y refundar la izquierda previo entierro de las prepotencias dirigenciales, de los falsos revolucionarios y de los divisionistas.
Esa nueva izquierda debería fundamentarse filosófica, doctrinaria e ideológicamente en los viejos principios marxista-leninistas, pero actualizándolos de conformidad con las necesidades sociopolíticas y económicas de las realidades del siglo XXI. Esa es la dialéctica materialista, socialista y comunista y, por tanto, habrá necesidad de proponer cambios profundos en el discurso y en la praxis para sintonizarse con las masas de manera cálida y efectiva y habrá que reacomodar, proponer y efectivizar nuevas alianzas de clase con el claro objetivo de la conquista del poder.
Así, tal vez se abrirán otras vías que conduzcan a la construcción de la unidad de la tendencia para participar con posibilidades de éxito en la política, la economía y la movilización popular para que el cambio de época sea una realidad y no simples palabras del discurso oficial.
Se pueden recuperar espacios perdidos porque el pueblo no ha perdido la esperanza de encontrar mejores condiciones de trabajo, efectivizar sus derechos y libertades, profundizar la democracia convirtiéndola en participación dinámica para devolver a todo el pueblo la dignidad arrebatada por las oligarquías nacionales, las transnacionales y el imperio. La fuerza de las ideas liberadoras y progresistas de la izquierda no se han perdido así hayan sido usufructuadas por las derechas y falsos caudillos de revoluciones inexistentes.

Naturalmente que es posible reestructurar a la izquierda y forjar la unidad porque las bases de su existencia permanecen en este país, pero previamente habrá que despojarse del personalismo de algunos líderes y dirigentes, liquidar los sectarismos y las ambiciones mezquinas de personas y grupos, y juntos aprender a construir un presente y un futuro alejados de las veleidades de los revolucionaros de papel.