ARGENTINA: DILEMAS DE LA IZQUIERDA MARXISTA 



LA IZQUIERDA ARGENTINA NO ENCUENTRA EL RUMBO 



Atilio A. Boron
ALAI AMLATINA.

Al igual que Hamlet, la izquierda argentina se pasea incansablemente por los confines de la oposición preguntándose las razones por las cuales no logra constituirse como una efectiva alternativa de gobierno. Pero esta imagen es, en realidad, engañosa,
porque no hay un errante príncipe Hamlet, sino dos. El primero –que
representa a una minoría dentro de la izquierda– se interroga
angustiosamente acerca del significado e impacto de los cambios
experimentados en fechas recientes por el capitalismo argentino una de
cuyas muchas consecuencias ha sido la fragmentación y desorganización
del universo popular y su subordinación a las políticas clientelares
desarrolladas desde el Estado. Esto, además, tuvo lugar en un período
como el que se abriera luego de la crisis de la Convertibilidad y en el
cual se registraron muy elevadas tasas de crecimiento económico las que,
sin embargo, no lograron regresar los indicadores de la pobreza a los
niveles existentes al período anterior a la crisis. Hubo una mejoría,
sin duda, en relación al punto más candente de la crisis (finales del
2001 y buena parte del 2002), en la cual los indicadores de pobreza y
desigualdad se dispararon hasta niveles sin precedentes en la historia
nacional, cercanos a los que caracterizan al África Subsahariana. Pero
si bien la recomposición capitalista gestionada primero por el gobierno
de Eduardo Duhalde y su Ministro de Economía Roberto Lavagna y
continuada luego, en parte con el mismo ministro, en la primera mitad
del mandato de Néstor Kirchner, pudo garantizar una rápida recuperación
del crecimiento económico los resultados en materia de redistribución de
ingresos fueron, en el mejor de los casos, modestos.

A diez años de iniciado ese proceso la pobreza, sigue afectando, según
cálculos de diversas fuentes (gobiernos provinciales administrados por
el kirchnerismo, consultoras privadas, la Universidad Católica
Argentina, etcétera) aproximadamente a la cuarta parte de la población
argentina. Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y
Censos (INDEC), intervenido por el gobierno nacional y carente por
completo de credibilidad, anuncian en cambio, una proporción de personas
viviendo debajo de la línea de la pobreza inferior al diez por ciento,
dato éste que no es tomado seriamente siquiera por los sindicatos afines
al kirchnerismo a la hora de negociar sus convenios colectivos con las
distintas patronales.

La paradoja que atribula a este primer Hamlet de la izquierda es que
bajo estas condiciones, habiéndose demostrado la incapacidad de la
economía capitalista de redistribuir aún en un contexto de elevado
crecimiento económico durante más de ocho años, las capas y sectores
populares no consideran a la izquierda como una alternativa de gobierno
capaz de construir una sociedad mejor.

El otro Hamlet, representativo de una opinión mayoritaria en el seno de
la izquierda, gusta vestirse con los atuendos del Dr. Pangloss y pensar,
como el personaje incurablemente optimista de Voltaire, que tarde o
temprano la "verdad de la revolución" madurará en el seno del
proletariado y que no hay nada que cambiar. La propia irrelevancia
política y su falta de gravitación electoral y social así como las
complejas mediaciones de la coyuntura no hacen mella en su fe en la
victoria final. Para esta concepción sectaria, la tragedia de una
izquierda ausente nada tiene que ver con las renovadas capacidades de
desarticulación de la protesta social exhibida por el capitalismo
contemporáneo, su eficacia para co-optar liderazgos contestatarios, el
poderío de su industria cultural para manipular conciencias amén de las
debilidades de sus propuestas, sus formas autoritarias de organización,
lo arcaico de sus discursos hacia la sociedad o su desconexión con las
urgencias sociales de nuestro tiempo. "Autocrítica" es una palabra que
no existe en el diccionario de los fundamentalistas de izquierda;
"rectificar" es otro verbo desconocido en su lenguaje. En su versión más
rudimentaria esta actitud reposa sobre un axioma indiscutible: si la
revolución no se consumó fue porque una cierta dirigencia de izquierda
traicionó al mandato popular.

Fragmentación

Estas dos posturas se encuentran, en distintas proporciones, en todas
las fuerzas y organizaciones de izquierda, sin excepción. Fiel a la
tradición peronista, la praxis gubernamental del kirchnerismo acentuó la
fragmentación de la izquierda. En realidad, no sólo de ésta: también
dividió a la Central de Trabajadores Argentinos en un ala pro-K y otra
profundamente anti-K. Lo mismo hizo con la organización de las pequeñas
y medianas empresas y hasta con la más importante central empresaria, la
Unión Industrial Argentina. Partidos centenarios como el radicalismo y
el socialismo, así como importantes agrupaciones estudiantiles
universitarias, no escaparon a esta lógica de “división primero y
fagocitación después” que ha caracterizado al peronismo desde sus inicios.

En el campo de la izquierda esta escisión promovida por un poder cuya
voracidad es inagotable no hizo sino profundizar su debilidad. Un sector
de ella, principalmente el Partido Comunista (PC), transita por el
estrecho y peligroso sendero del “apoyo crítico” al gobierno de Cristina
Fernández a partir del reconocimiento del carácter progresista de
algunas políticas, como el masivo enjuiciamiento a los genocidas;
reorientación latinoamericanista de la política exterior; algunas
medidas de política social como la “asignación universal por hijo”,
extensión de los beneficios jubilatorios, estatización de los fondos
privados de pensión, ley de medios, matrimonio igualitario y más
recientemente, re-nacionalización parcial de YPF vía expropiación de las
acciones de Repsol. Pero junto con estas iniciativas hay otras, de signo
claramente reaccionario, como la aprobación de cuatro -no una sino
cuatro- leyes antiterroristas entre 2007 y 2011 a pedido de “la
embajada”; y otras de carácter regresivo como el apoyo a la megaminería
a cielo abierto, la sojización del agro, la extranjerización de la
economía, la complicidad con el gigantesco proceso de vaciamiento
experimentado por YPF a manos de Repsol, el mantenimiento de algunas
vigas maestras del modelo neoliberal establecido por la dictadura
cívico-militar (como, por ejemplo, la “Ley de entidades financieras” que
consagra la primacía del capital financiero y la renta especulativa), la
impotencia reguladora del Estado y la escandalosa regresividad
tributaria que caracteriza a la economía argentina. Esta volátil y
contradictoria combinación hace que algunas fuerzas políticas, no sólo
el PC, piensen que hay “un gobierno en disputa” y que hay que aprovechar
las fisuras e inconsistencias del gobierno de Cristina Fernández para
avanzar en una agenda de radicalización de las transformaciones en
curso. Es una apuesta riesgosa y la probabilidad de un desenlace exitoso
es incierta, si bien no pocas veces la historia adopta cursos
inesperados que toman por sorpresa aún a los actores más prevenidos. Es
por eso que esta tesis del “gobierno en disputa” sigue concitando
adeptos en muchas fuerzas políticas y espacios del progresismo
argentino, sobre todo cuando se comprueba que, al menos en términos
electorales, las alternativas más probables de reemplazo al kirchnerismo
serían portadoras de un retroceso considerable en casi todos los
frentes, comenzando por los derechos humanos y terminando por la gestión
macroeconómica.

Renuentes a cualquier clase de “apoyo táctico o crítico” son otras
organizaciones de izquierda, de inspiración trotskista, como el Partido
Obrero (PO) y el Partido de los Trabajadores Socialistas (PST), que
proponen una política de oposición intransigente y radical al
kirchnerismo. No es de extrañar esta actitud cuando lo mismo proponen
para gobiernos como los de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en
Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela, amén de tener una actitud sumamente
crítica para con la propia Revolución Cubana. El fundamento de esta
política maximalista es la repulsa que emana del reconocimiento de los
rasgos más conservadores del kirchnerismo (señalados en el párrafo
anterior) acompañada de un simétrico desconocimiento de que, a pesar del
mantenimiento de importantes niveles de pobreza y exclusión social, la
situación de las capas más postergadas y explotadas de la población ha
experimentado una relativa mejoría a partir de los horrores de finales
del 2001 y comienzos del 2002, y que los logros del oficialismo no son
tan sólo un “relato” sino que tienen una cierta encarnadura en el
terreno prosaico pero crucial de la economía popular. Y esto no sólo
surge del examen de algunos datos objetivos sino que, más importante
aún, tiene su fundamento en la percepción y la sensación que manifiestan
sectores mayoritarios de las clases trabajadoras. De lo contrario no se
comprende cómo la fórmula de la “izquierda dura”, que unificó al PO y al
PST obtuvo en las últimas elecciones presidenciales poco más del 2 por
ciento de la votación popular contra el 54 por ciento del cristinismo.
La conciencia alienada de la clase trabajadora no alcanza para explicar
tamaña diferencia. Sin duda que hay algo más.

Esta dispersión de la izquierda marxista afecta también a otros espacios
del progresismo, atravesado por similares contradicciones. Con el
agravante que por su gran labilidad ideológica son fuerzas fácilmente
co-optables por el kirchnerismo. El Partido Humanista y sectores
importantes del Nuevo Encuentro, por ejemplo, se aproximaron tanto en
sus políticas de alianzas con el cristinismo que sin darse cuenta
terminaron instalados al interior del Frente para la Victoria de la
presidenta Cristina Fernández. Esto revela, nuevamente, la gran
dificultad que representa el peronismo como fenómeno de masas y como
heredero de la más radical experiencia populista de que se tenga
noticias en América Latina, causante en la segunda mitad de la década de
los cuarentas, de la mayor redistribución de ingresos en cualquier país
de la región hasta el triunfo de la Revolución Cubana. Es por eso que el
peronismo en sus sucesivas encarnaciones: el populismo keynesiano del
primer Perón, el ultraneoliberalismo de Menem y el kirchnerismo
neodesarrollista, es un Júpiter político que atrae a su campo
gravitacional cualquier fuerza que, seducida por su retórica tan
desafiante como inconsecuente o por sus componentes más reformistas,
intente acompañar sus políticas con la secreta esperanza de conducirlas
por una ruta ajena al itinerario trazado por el capital. Pero si el
peligro para quienes piensan en sostener “alianzas tácticas” con tan
poderoso aliado es su desaparición, fundido en el magma de un populismo
en permanente reconversión y en donde los elementos de derecha adquieren
cada vez mayor fuerza, el riesgo para quienes deciden enfrentarlo
radicalmente como si fuera un gobierno de derecha más -como si Cristina
fuera Calderón o Chinchilla- y mantenerse lejos de su campo
gravitacional es quedar reducidos a una expresión eternamente condenada
a ser una secta testimonial, de irreprochable radicalismo pero privada
por completo de toda relevancia práctica lo cual, hay que decirlo,
suscita problemas para nada insignificantes de responsabilidad política
que no podemos analizar aquí.

Como puede colegirse de lo anterior, no hay una solución sencilla para
el enigma que representa el peronismo en la política argentina: un
proyecto burgués, sin dudas, porque la misma Cristina ha dicho una y mil
veces que lo que anhela es instalar en la Argentina un “capitalismo
serio”, pero dotado de una envidiable base popular que ha mantenido su
lealtad al peronismo durante sesenta y siete años, desde las lejanas
jornadas fundacionales del 17 de Octubre de 1945. No es lo mismo, para
la izquierda, posicionarse frente a Piñera, Calderón, Santos o
Chinchilla, que hacerlo frente a Cristina o, salvando algunas
diferencias, frente a Dilma en Brasil. De ahí la enorme dificultad de la
izquierda marxista para hacer política, para pasar de sus más que
justificadas denuncias –éticas, económicas, políticas- a la construcción
de una alternativa de masas orientada hacia la superación histórica del
capitalismo.

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- Dr. Atilio A. Boron, director del Programa Latinoamericano de
Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires,
Argentina www.centrocultural.coop/pled
Este breve texto re-elabora algunas de las ideas contenidas en el
capítulo 7 de nuestro Tras el Búho de Minerva (Buenos Aires: Fondo de
Cultura Económica, 2000) El libro puede descargarse íntegramente desde
nuestro blog: www.atilioboron.com.ar

[Este texto es parte de la revista “América Latina en Movimiento”, No
475, correspondiente a mayo de 2012 y que trata sobre "América Latina:
Las izquierdas en las transiciones políticas” disponible en
http://alainet.org/publica/475.phtml ]