TAREA PENDIENTE 



APENAS UNA PARTE DE LA EVOLUCIÓN HA SIDO DOCUMENTADA 



Fausto Jaramillo Y.

La presencia de la especie humana cuenta ya miles de años sobre la Tierra. Podemos suponer que en el transcurso de estos siglos y siglos, deben haber sucedido muchas cosas, de las cuales, apenas una parte han sido documentadas y podemos afirmar que realmente sucedieron, mientras que muchas, muchísimas, no lo han sido y apenas estamos en capacidad de suponer su realización, bien sea por las huellas arqueológicas encontradas o por las pistas que nos brinda la ciencia actual.

De entre todos esos sucesos, un buen porcentaje han sido fenómenos naturales que han conmocionado la faz del planeta, obligando a todas las especies de plantas y animales a adaptarse a los cambios producidos; pero otros, son atribuibles a la acción humana.

A los primeros podemos arribar gracias a las huellas que permanecen grabadas en la tierra, en los mares, en los glaciares. Terremotos, cambios climáticos, lluvia de aerolitos, meteoritos, eras de quemantes veranos y de fríos intensos, erupciones volcánicas, cambios de cauces de ríos, tsunamis, lagos desaparecidos y tantos otros pueden ser conocidos y comprendidos por los científicos en sus investigaciones superficiales o excavaciones profundas. Cuál un libro, la tierra muestra sus páginas a quien sabe y quiere leer. Por supuesto, aun existen misterios que no han permitido al intelecto humano, su comprensión total, pero la esperanza de hacerlo no desaparece en quienes dedican su vida a desentrañar las leyes de la naturaleza.

A los segundos, los hombres nos acercamos a través de la historia. Claro que no todos han sido documentados debido, principalmente a que la escritura, en términos sociales, es más bien un invento tardío o reciente. Por eso, muchas cosas permanecen en la oscuridad de la prehistoria, y a las que podemos acceder a través de la suposición o gracias a los análisis que nos permite la ciencia antropológica. En cambio, a partir de la escritura, ya podemos afirmar con certeza su cabal cumplimiento, aunque su interpretación dependerá de la ideología del que escriba.

No resulta aventurado afirmar que desde el primer día de su presencia en el planeta, el hombre intentó dominar la naturaleza para ponerla a su servicio. De esa ambición surge la ciencia como objetivo fundamental: comprender las leyes que rigen las relaciones entre los elementos que conforman el escenario de la vida. Mientras no conseguía vislumbrar y comprender dichas leyes, otorgaba a los dioses condiciones superlativas. Así la fe estuvo siempre presente en la antesala de la ciencia.

La curiosidad por comprender las relaciones entre los seres de la especie, en cambio, dio origen a la sociología, la lingüística, la jurisprudencia y sobre todo la política.

La conjunción de las ciencias naturales con las humanas la hallamos en pocos seres capaces de hacerlo; son, por así decirlo, el crisol mental de la especie. Esta capacidad de comprensión distingue a la especie humana de las demás.

Hoy podemos afirmar que la vida sobre el planeta es distinta a la que nuestros antepasados la conocieron. Todo ha cambiado, la actividad de la tierra, la ciencia, la política, las costumbres, las ideas; hasta la apariencia física de la especie humana ha cambiado: del primate encorvado y peludo que recorría las praderas o los glaciales de hace siglos, hoy los estándares de belleza y fealdad son otros. No podemos afirmar que ahora estamos mejor, pero si, podemos decir que el escenario, los actores y las condiciones son diferentes.

Entre los historiadores circulan varias ideologías, lo que permite conocer desde diversos puntos de vista lo acontecido en el pasado. La mayoría de ellos, toma el origen de los pueblos para establecer categorías y clasificar estos eventos, al momento de interpretarlos. Las páginas de los libros de texto nos dicen que los capítulos históricos están escritos por los pueblos y sus líderes.

La concepción marxista señala, por su parte, que esa forma de acercarse a la historia no es la correcta, que existe otra por la que debemos transitar y es la que rescata la presencia de los anónimos seres humanos, individuales y como pueblo, los que, día a día, escriben esas páginas.

Frente a estas maneras de acercarse a la interpretación de la historia, no he encontrado una mejor forma que la que plantea Alvin Toffler, un marxista estadounidense, ya que él parte de identificar las formas de producción para su división.

Según este autor, la historia de la humanidad puede ser dividida en 3 grandes etapas, a las que él llama Olas, por su similitud con lo que acontece en el mar: una ola llega a la playa e ingresa en ella hasta un cierto punto en que retrocede; ese mismo instante otra ha llegado a la playa e ingresa por sobre la primera, sin que esto signifique que la primera haya desaparecido, esa superposición significa que ambas sobreviven por algún tiempo, se mezclan y se confunden.

La primera “Ola”, según este autor, está signada por la tierra, como el elemento básico que dará sentido a la vida humana. La tierra, en su más amplia concepción, condiciona cada hecho, cada pueblo, cada instante de la historia.

En lo personal, la tierra será de dónde se extrae los alimentos, por eso el ser humano le otorga cualidades divinas. Las primeras ciencias son, precisamente, aquellas que permiten el mejor aprovechamiento de la producción, y por eso surge la agricultura y la astronomía. Los ciclos de producción de la tierra le dan al ser humano el sentido del tiempo y del espacio.

La tierra será la cotidianidad del pueblo, la producción agrícola y los animales domésticos no le pertenecen, pero de ellos puede subsistir.

La familia grande será su refugio. Mientras más miembros pertenezcan a la familia, (clan, tribu o cualquier otro nombre) será mejor, porque la labranza de la tierra requiere de la fuerza humana. Todos los miembros de esa familia serán los encargados de sembrar y cosechar, y los ancianos que ya no están en condiciones de hacerlo serán los encargados de la educación de los niños. Así se forja la continuidad.

La economía, entonces, estará ligada a la tierra y no sólo será venerada como diosa, sino que la gratitud hacia ella, será la causa de las guerras, bien sea para conquistarla o para defenderla. Los límites geográficos y políticos serán la consecuencia de esas guerras, un invento humano. El sentido de pertenencia a un país, hasta hoy, está ligado a la “tierra”. El poder surgirá de la mayor o menor posesión de la tierra. Los grandes señores serán los que mayor extensión de tierra posean y puedan defenderla, mientras que aquellos que no hayan sido capaces de conquistarla deberán mantener su producción a órdenes de ese propietario.

Así, entonces, surgirán los grande imperios, donde el líder llamado Rey, Sha, Khan, Inca o cualquier otro título, tendrá la responsabilidad de cuidar la tierra, aunque para ello deberá guerrear contra otro par, y el pueblo, a más de labrar la tierra, deberá aportar con los muertos. En esta Ola, el dinero no será fuente de Poder, será la tierra. Así, entonces, los pueblos permanecerán unidos bajo el férreo liderazgo de su Rey, y luego de su señor Feudal.

Como el Señor era el que mandaba, no había necesidad de cuerpos legales que regulen la convivencia y los conflictos; al interior de estas sociedades, todo se resolvía a gusto y antojo del Rey. Para garantizar la continuidad se inventó el Poder hereditario, y, por si hacía falta, el principio básico político era el que “el Poder viene de Dios”, y el vínculo que retenía y unificaba al pueblo era la fuerza y la violencia que la ejercía el mismo Rey. Gracias a estos conceptos, las cortes; es decir, aquellos seres que no tendrán la responsabilidad del “gran señor”, permanecerán a su alrededor, a su sombra, pero tendrán la parte del Poder que él se digne entregarles. De entre ellos, militares y sacerdotes, magos o shamanes, serán los que más cerca estarán de ese centro del Poder.

Tras la inconmensurable sucesión de siglos en que la tierra había sido la base de la historia, la máquina y no la política, será la que vendrá a modificar esta situación presente durante tantos y tantos siglos. En efecto, será la Revolución Industrial, en el siglo XVIII de nuestra era, la que romperá la historia y creará un nuevo escenario para que llegue una nueva “Ola”, obligando a la humanidad a modificar su cosmovisión y comportamiento.

La máquina reduce el tiempo de producción, modificando el concepto de tiempo. De la visión cíclica propia de la era agrícola, la industria otorga la idea del tiempo lineal. También modifica el espacio, ya que los excedentes de producción deben salir de los límites estrechos de las aldeas agrícolas para venderse o trocarse con otras aldeas, cercanas o lejanas, para ello se torna imprescindible la existencia de mejores caminos por donde puedan transitar los vehículos motorizados, que cargan grandes pesos de productos.

En lo personal, la máquina demanda la presencia física de los obreros frente a la banda de producción durante 14, 16 horas diarias. La salud debe ampliar sus horizontes ante el aparecimiento de enfermedades producidas por la máquina.

El poder se liga al dinero. El que más lo posea, será el de mayor poder.

El Poder político sale de los grandes salones de los castillos y palacios, para entregarse al pueblo y a las calles. Se destruye el impero y se construyen las repúblicas. El poder no viene de Dios, viene del pueblo que se manifiesta a través de las elecciones. Los sacerdotes y los militares acomodan su vida a defender al poseedor temporal del poder. Las leyes se acomodan a esta nueva visión.

La cima de este orden de vida se llama capitalismo, donde los verdaderos detentores del Poder, (así con mayúscula) son los anónimos poseedores de las acciones y las grandes corporaciones que las tienen en mayoría.

El poder se divide en tres funciones, a fin de que no existan los abusos que cometían los reyes al poseer el poder total. Aparecen los líderes locales y alrededor de todos ellos, los partidos políticos, que no son otra cosa que agrupaciones que defienden sus intereses personales o de clase, o quizá profesionales y gremiales, incluso étnicos y religiosos.

La familia global desaparece y en su lugar queda la familia nuclear, compuesta únicamente por padres e hijos. Los abuelos, los tíos, los primos son extensiones del núcleo central, pero no permanecen junto a ésta, vienen de visita y comparten momentos, no la vida.

Las ciudades crecen hasta convertirse en monstruos gigantescos de millones de cabezas pertenecientes a igual número de seres humanos que en ella habitan.

Los horarios de vida se modifican y por lograr dinero, deben trabajar padre y madre. La vida laboral absorbe la mayor parte del tiempo. Ambos padres salen de su casa en horas de la mañana para retornar a la noche. Comparten apenas unas pocas horas y enseguida a dormir y seguir la rutina.

Los viajes se tornan cada vez más frecuentes y, la industria y el comercio mueven aceleradamente a la economía mundial, la que cuenta y mide forma de dinero físico, monedas y billetes, circulando por todo el mundo.

De pronto, a mediados del siglo pasado; es decir cuando apenas habían transcurrido algo más de 2 siglos del imperio de la segunda Ola, un nuevo cambio profundo empieza mostrar síntomas de su presencia.

Si en la década de los años 30, la computadora hace el anuncio de su existencia, será en los locos años 60 cuando este aparatito empieza su carrera imparable a ocupar todos los espacios de la vida humana. La conquista del espacio requiere como necesario, el que un sinnúmero de cálculos sean hechos en el menor tiempo posible, lo que solo podía hacer la computadora.

Luego la necesidad de controlar a los audaces viajeros del espacio amplía el espectro científico y tecnológico de las comunicaciones. Los satélites conformar una red de receptores y transmisores que cubren, literalmente, al planeta y con ello, el tiempo y el espacio se reducen a números infinitesimales.

Cuando se unen estos dos elementos se produce algo así como una explosión que no puede medirse en megatones, sino en al surgimiento de otra “Ola”, histórica.

En efecto, el Internet, es precisamente eso, una red de conocimientos sin límites. Es tener al alcance de un “click”, toda una gama inconmensurable de oportunidades y posibilidades a las que todos los hombres pueden acceder.

La llamada era del conocimiento es tan distinta y extensamente diferente a la llamada era industrial.

En lo personal, el Internet casi que fija al individuo en una silla frente a la pantalla. Allí puede permanecer las 24 horas del día, recibiendo todo tipo de información, incluyendo la de su trabajo. Allí mismo puede procesar esa información para enviarla de retorno a su trabajo, completando el ciclo de producción.

Lo mismo para todos los seres humanos, incluyendo su esposa y sus hijos; y yo pregunto ¿seremos capaces de convivir las 24 horas del día, con la esposa y los hijos?

Gracias al Internet, no necesitamos salir a las compras; desde el hogar podemos solicitar al supermercado el envío de las mismas; a la farmacia el envío de medicinas, y para pagar ya no necesitados monedas y billetes porque el dinero ahora es plástico y de “transferencia virtual”.

La tarea de la educación ya no la cumplen ni los ancianos de la primera ola, ni las escuelas de la segunda; ahora el Internet contiene en sí, todo el conocimiento humano, acumulado a través de todos los siglos.

Hoy, gracias al Internet, el médico puede “monitorear” la salud de sus pacientes a distancia y recetarlos también a distancia.

Las guerras ya no enfrentan ejércitos, pues ahora los aviones sin piloto están cargados de misiles inteligentes que persiguen a distancia los blancos programados; los soldados son apenas figuras de una era que se niega a morir.

El concepto de soberanía está cada día más devaluado frente a una “globalización” que avanza incontenible en función del mercado.

Nadia ni nada permanece intacto de esta explosión.

Sin embargo, seguimos midiendo las cosas con las unidades de medida de una era obsoleta. Seguimos pegados a una República que aun mantiene en su seno los conceptos de “derecha y de izquierda”, de Estado confrontado con el mercado; de instituciones impertérritas ante los avances de esta nueva Ola.

El verdadero reto de nuestros días no está radicado en líderes o revoluciones, sino que está en la imprescindible necesidad de crear nuevas instituciones adaptadas a estas nuevas realidades, que satisfagan el acelerado paso del tiempo, el acortamiento del espacio y la ampliación del conocimiento que exige el cumplimiento total de sus derechos y de sus obligaciones.

¿Seremos capaces de entender y aceptar el reto?