¡OH MUJER! 



ES PRIVILEGIO FEMENINO LA CONSERVACION DE LA ESPECIE 




Fausto Abad Zúñiga

No hay fuerza en el mundo comparable a la que encarna la sublimidad de la maternidad. Es el privilegio femenino para la conservación de la especie.
Pero ocurre una torpe recesión cerebral si se reduce el papel de la mujer al solo hecho de ser madre, porque su fortaleza proviene precisamente de su bondad y firmeza, de su talento y ternura para dotar al mundo de seres capaces de transformarlo, proyectándolos a la eternidad desde sus brazos.
No obstante, cuando la circunstancia de ejercer un mandato, le toca en persona, lo desempeña como nadie, uniendo la prolijidad del artista y la visión de futuro para que su obra perdure.
Existen ejemplos conmovedores en la historia como la inmolación de Juana de Arco, sacrificada en la “hoguera bárbara” de la estupidez dominante para vengar supuestas afrentas a la irracionalidad del género, desbocando su ambición y preeminencia en un torpe enfrentamiento de poderes.
Mujeres han guiado el devenir del planeta como emperatrices, reinas, libertadoras, inventoras, científicas, profesionales, empresarias, poetisas, literatas, etc. Esculpen los tiempos para demostrar que la sin razón de la fuerza muscular no puede prevalecer sobre la inteligencia, el único factor de los cambios sustanciales en el avanzar constante de la humanidad.
Actualmente, solo la barbarie primitiva de ciertas costumbres africanas, el espanto religioso musulmán o la astucia católica, subyugan la condición de la mujer y la excluyen de los derechos innatos que han constituido su real escudo. La apostasía de su relegación por mentes retardatarias, será borrada del INRI humano, más temprano que tarde. Los mitos antiguos, degradados por las creencias “modernas”, consagraron Dioses y Diosas.
Ejemplo para el orbe constituye la civilizada paridad de género instaurada por la pacífica revolución ciudadana, digna de la paz para la mujer quien es la primera que sufre con la violencia y la discriminación de sus hijos, no otros que todos los seres humanos.
Quien niega el valor consustancial de la mujer se niega a sí mismo, en una retrotracción dislocada a sus taras más abyectas.