2012: AÑO DE RECORDACIÓN DE LA REVOLUCIÓN LIBERAL ALFARISTA 



ELOY ALFARO FUE BÁRBARAMENTE ASESINADO 



Por César Albornoz

Durante todo el año 2012 el pueblo ecuatoriano recordará de múltiples maneras uno de los acontecimientos fundamentales de su historia: la Revolución Liberal, triunfante el 5 de junio de 1895 y liderada por el más grande ecuatoriano de todos los tiempos: Eloy Alfaro, bárbaramente asesinado hace justamente un siglo, junto a varios de sus lugartenientes, por las fuerzas retrógradas de las oligarquías costeñas y serranas temerosas de su radicalismo ideológico que ponía en grave riesgo sus intereses económicos.
En ese marco de recordación y toma de conciencia ciudadana de lo que significó para el Ecuador esa revolución ─al decir de muchos, la tercera en importancia de las acontecidas en América Latina en el siglo XX, después de la mexicana y la cubana─ La Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, se hace presente con la reedición de una obra clave para comprender esa inmensa gesta libertaria, Mis memorias políticas de José Peralta, protagonista de primera fila de la revolución y uno de sus máximos ideólogos.
Por sus méritos y obras, para el Ecuador José Peralta ocupa sitial preferencial en la galería de sus más preclaros representantes, tal como lo ha querido transmitir a la posteridad el maestro Guayasamín, al ubicarlo no casualmente en lugar central en el mural que engalana la Asamblea Nacional. Desde ahí, con escrutadora y penetrante mirada ha querido ponerlo el artista, como vigía de la acción de los legisladores, para recordarles que llegaron a ese recinto para laborar, como él, en beneficio del pueblo y no de mezquinos intereses. Ojalá algún día, recapaciten en ello.
Compatriotas como él, no sólo quedan como recuerdo de acontecimien¬tos pasados de nuestra historia, pues trascienden más allá con la vigencia de un pensamiento que se mantiene vivo. A pesar de las sombras que han querido echar sobre su egregia figura sectores interesados de nuestra intelectualidad, para que su vida ─la mayor lección que nos legó, según la apreciación de su discípulo Luis Monsalve Pozo─ pase desapercibida y no sirva de ejemplo de rebeldía a las nuevas generaciones en la constante lucha por renovar a la patria. A pesar de ello, poco a poco se ha ido descubriendo la verdadera dimensión de su fecunda personalidad, y quieran o no, algún día cuando se lo estudie con rigor científico repararán en el verdadero valor que tiene para el Ecuador y para la nueva América Latina.
Hombre de cultura excepcional, su pluma se movía con solvencia en la variedad de géneros que practicaba. Sin embargo, su máximo orgullo era considerarse un revolucionario, un luchador por la redención del hombre. Ideario que plasmó en las más altas conquistas de los gobiernos liberales: la libertad de pensamiento y conciencia, la tolerancia religiosa, la educación laica, el fomento de la industria y leyes que impulsen la economía nacional, la defensa de nuestra cultura, le elevación del papel de la mujer en la sociedad, entre otras tantas. Continuador, además, del pen¬samiento integracionista bolivariano que ardorosamente comparte con Alfaro, así como de su clara posición antiimperialista, al abogar por una coexistencia de respeto entre los países del continente, constantemente violada por los EE.UU.; luchador por la reivindicación del indio, planteando la propiedad de la tierra como elemento de su verdadera liberación y la consiguiente realización de una transformación agraria para su real integración a la sociedad ecuatoriana; defensor de una vida digna para las clases trabajadoras para las cuales exige leyes justas, mejoramiento de su salario y políticas efectivas de seguridad social. Y entre lo que ahora se considera novedoso, la modernización del Estado, hace un siglo ya, plantea en sus intervenciones parlamentarias la necesidad de la descen¬tralización hasta los más insignificantes niveles del aparato administrativo, que permita la participación popular en la solución de sus problemas más urgentes, dando cauce a la tan invocada autogestión de nuestros días.
Otro mérito digno de resaltar es que como intelectual jamás se estanca. Evoluciona desde las posiciones de fanatismo religioso de sus años juveniles, se libera mejor dicho de la falsa cosmovisión que le impone la educación monacal de su época, llegando a constituirse en el más alto exponente del liberalismo radical, con matices positivistas y dialécticos en su concepción filosófica. Y en los últimos años de su vida reconoce al socialismo como necesidad y etapa obligatoria del desarrollo de la humanidad. Por toda esa concepción, no es difícil entender en que aspectos su pensamiento sigue vigente.
Sus Memorias políticas fueron escritas y concluidas en Lima en 1916, durante el exilio a que le somete el placismo después de los macabros sucesos de enero de 1912, crimen que frustró todo intento de llevar más lejos la revolución alfarista.
En esta obra su autor logra magistralmente combinar varios de los géneros de los que ya había hecho gala en escritos anteriores. El internacionalista y el narrador, el hombre de Estado y el historiador, el profundo observador de caracteres humanos y el hábil pintor de cuadros sociales, se entremezclan para lograr un valioso documento que nos permite comprender ese período clave de nuestra historia republicana, el de la más profunda revolución realizada en nuestra patria: la del 5 de Junio de 1895.
Partiendo desde la dictadura de Ignacio de Veintemilla, época en que se vincula a la actividad política y al periodismo de vanguardia, Peralta nos conduce con exquisito estilo narrativo por los intrincados vericuetos de la monacal sociedad decimonónica ecuatoriana. Penetrante observador de una sociedad caduca que, indefectiblemente tiene que dar paso al progreso que demandan los tiempos, pinta y retrata en verdaderos cuadros sociológicos, ambientes y personajes de la época; matizándolos con los recuerdos de su azarosa vida de combatiente por la libertad del hombre, llena de peligros, incomprensiones y asechanzas. La abnegada lucha de los radicales contra la teocracia y el holocausto de muchos de ellos, como el de Luis Vargas Torres, por ejemplo, demuestran con patetismo la labor de titanes que constituyó el poner las bases de la moderna sociedad ecuatoriana.
Testigo y actor de la gesta heroica de la transformación liberal, narra los combates, tanto en el campo de batalla, como en el frente ideológico. La confrontación entre conservadores y liberales, sus máximos ideólogos y jefes militares, las medianías y mezquindades de los liberales moderados y conciliadores, incluida esa aristocracia porteña de opereta, contraria a todas luces al indiscutible liderazgo del Viejo Luchador, desfilan por estas páginas. La Constituyente de 1896─97, sus actores, la debilidad ideológica de muchos liberales para cristalizar en leyes las más sentidas demandas por las que la burguesía y algunos sectores populares habían venido bregando a lo largo del siglo, son descritas por el parlamentario azuayo, que se retira decepcionado de un congreso timorato que cede las posiciones ganadas con las armas. El nacimiento de una amistad eterna entre dos artífices de la revolución liberal y constructores de la nación ecuatoriana, la de Alfaro y Peralta, su gestión política durante la administración de 1897 a 1901, ocupan los primeros capítulos.
Luego, con riguroso sentido autocrítico, se detiene en el análisis de la mayor equivocación política del partido liberal, reconociendo la parte de culpa que le corresponde en la elevación al poder de Leonidas Plaza Gutiérez y las fatales consecuencias que acarrearían ese hecho para el futuro desarrollo de la revolución y de la sociedad ecuatoriana. El retorno de Alfaro al Poder y su segunda administración, para encar¬rilar nuevamente lo desandado por Plaza y García en el camino de la transfor¬mación radical; la promulgación de la Constitución de 1906, considerada una de las más democráticas de Latinoamérica, que permite al gobierno de Alfaro consolidar, en una verdadera segunda revolución, las mayores conquistas sociales. Su desempeño como gobernador del Azuay, son temas que trata en los siguientes capítulos de sus memorias.
Y el último capítulo lo dedicada ampliamente a reseñar el conflicto limítrofe con el Perú en 1910. Nunca brilló más alto la diplomacia ecuatoriana como en ese año, según el juicio de destacados internacionalistas. Y a quien le cupo cumplir la dirección de esa brillante página de historia patria, fue al canciller Peralta. En estas páginas, quedan plasmadas invalorables lecciones de política internacional. En ellas su autor deja sentadas normas fundamentales para la resolución de nuestro secular problema con el vecino del sur. Principios básicos como la irrenunciabilidad de la salida al Amazonas, el papel de los árbitros y su significado para el Ecuador, al que en no pocas veces han perjudicado; la convocatoria a los hombres más preparados en materia de límites, sin sectarismos de banderías políticas, para constituir uno como estado mayor ─son sus palabras─ que participe activamente en la defensa de nuestros reales intereses nacionales, son, sin duda algunas de esas lec¬ciones que valorará todo lector interesado en el problema. Lo del Ecuador unido más que nunca frente al agresor, se demuestra aquí, es mérito de la sabia conducción del problema por el gobierno de Alfaro, quien rayando en lo épico, según la emotiva narración de Peralta, se traslada a la frontera al frente de 14.000 soldados, con la disposición de movilizar a 150.000 hombres más si ameritaba el caso.
Concluye sus Memorias el ideólogo radical, con dolor e indignación que trasmite al lector, refiriéndose a los acontecimientos del 11 de agosto de 1911, ensombrecidos por la pugna entre liberales de toda laya por alzarse con el control del aparato estatal. Cierra sus recuerdos con el ocaso del sol libertario de la alfarada que convirtieron en símbolo al más grande ecuatoriano de todos los tiempos: el Viejo Luchador, el General de las Derrotas, el indio Alfaro, uno de los pocos americanos de creación, según la certera definición de Martí.
Mucho se podría decir y extenderse sobre este libro que hoy presenta en cuidada y mejorada edición la Casa de la Cultura Ecuatoriana que ha querido sumarse al homenaje, difundiendo una de las más vívidas historias de la Revolución Liberal. Pero preferimos, con lo brevemente reseñado, dejar a cada lector que descubra en él un verdadero manual de política, una fuente obligatoria de consulta para los estudiosos de las ciencias sociales o, si se quiere, un guión cinematográfico de lo que fue la epopeya liberal, digna de ser llevada a la pantalla.
Queremos destacar que su autor escribió estas Memorias porque consideraba que hay hechos históricos que quizás sólo él los pueda explicar “en todos sus detalles y antecedentes”, por lo que se convertía para él en “obligación ineludible para la posteridad y la conciencia, relatar llana y sencillamente dichos sucesos, tales cuales acontecieron, sin omitir ninguna circunstancia capaz de establecer responsabilidades, o de exonerar a ciertos hombres públicos de acusaciones temerarias”. Agotadas sus ediciones anteriores y convertida en rareza bibliográfica, sin lugar a dudas, esta obra tendrá una gran aceptación ahora que estará a disposición del público en la Librería de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.