EL PODER POLÍTICO CONTRA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN A TRAVÉS DE LA HISTORIA 



La libertad de expresión reprimida por el poder político en la civilización occidental, a lo largo de más de veinte siglos: desde la antigua Grecia hasta el Renacimiento. 



César Albornoz | Kaos en la Red |

Desde la antigüedad la historia registra casos emblemáticos de ese permanente enfrentamiento entre orden político y libertad de expresión: el poder del Estado cumpliendo su función represora en contra de librepensadores y heterodoxos, por ejercer su reflexión crítica contra dogmas, instituciones o principios socialmente impuestos contrarios a sus convicciones, a su verdad construida con ideas que, por fuerza de ese convencimiento, les lleva a refutar postulados oficiales. Si muchos de esos librepensadores no hubieran pagado un alto precio por la inmensa satisfacción de gritar su verdad, la humanidad no habría llegado a niveles culturales que ahora la dignifican en varios campos.
En la Antigüedad
Insignes pensadores inmortalizados por la filosofía, al constituirse en portaestandartes del librepensamiento, son reprimidos por el poder en toda época. Entre los primeros, Anaxágoras, el que llevó la filosofía de los milesios a Atenas, se ve obligado a huir   en la oscuridad de la noche de esa ciudad en el siglo V a.C., por pedido de su amigo Pericles, para evitar que los fanática aristocracia local lo masacre, simplemente por sostener que el sol y las estrellas no son dioses sino rocas incandescentes. Igualmente Protágoras, acusado en el 411 a. C. de impiedad, lo que le costaría la vida al naufragar el barco en que lo hizo, por poner en duda la existencia de los dioses, guiado por su relativismo gnoseológico.
Doce años más tarde, la dictadura de los treinta somete a juicio al maestro Sócrates,   bajo los cargos de pervertir a la   juventud con sus prédicas, supuestamente contrarias a las buenas costumbres y a la religión de sus mayores, condenándole a muerte por el delito de ejercer su libertad de expresión. Dicen que al hombre más sabio de Grecia ese tribunal no le deja otra alternativa ─demostrándole que combatía la ignorancia y no pervertía la mente de los jóvenes─ que declararlo inocente y, al contrario, reconocerle por su labor en beneficio de la sociedad. Ante el irónico proceder del que hacía parir verdades, sus verdugos optaron por la cicuta.
Aristóteles también es víctima de la intolerancia ateniense, viéndose obligado en el 323 a. C. a abandonar la ciudad, para evitarles a los del partido antimacedónico, que no toleraban al estagirita, la vergüenza de repetir en su persona el mismo error que cometieran con Sócrates ocho décadas atrás.
Tres siglos y medio más tarde, según refiere la tradición católica, Jesús de Nazareth es crucificado por el poder romano, ante la exigencia del Sanedrín de los judíos que lo había condenado a muerte por autoproclamarse portador de la buena nueva, ese Evangelio de igualdad, libertad y fraternidad para todos los humanos que trascendería hasta los tiempos actuales.
El filósofo estoico Séneca es desterrado de Roma por el emperador Claudio cuando considera que su influencia en el Senado no es conveniente para su gobierno, lo que le cuesta al pensador de origen español 8 años de exilio en Córcega, hasta el año 49 en que obtiene el perdón imperial. A su regreso es nombrado tutor del futuro emperador Nerón y posteriormente su consejero y hombre de confianza. Mas cuando en el año 65 al que se le atribuye el incendio de Roma, mientras tocaba la lira y declamaba sus poemas, piensa que el poder e influencia del filósofo ha crecido demasiado, le condena a muerte, sanción que éste cumple mediante el suicidio.
Por similares intrigas políticas el filósofo ecléctico Boecio, a pesar de las altas funciones que llega a ejercer en la corte del rey ostrogodo Teodorico, es torturado y decapitado al ser acusado de traición por los filogóticos, celosos del gran poder que ostenta. En el cautiverio que antecede a su muerte, entre los años 524 y 525,  escribe La consolación de la filosofía su obra más conocida.
De la decadente Roma hasta el Renacimiento
En el ocaso de Roma y durante toda la Edad Media prácticamente desaparece el restringido ejercicio de la libertad de expresión del antiguo mundo grecorromano, pues, el racionalismo introducido por los filósofos griegos para explicarse el mundo, es sometido por la teología cristiana que lo reemplaza como cosmovisión dominante en la llamada cultura occidental, oponiendo el dogma a cualquier razón contraventora de las Sagradas Escrituras y  prescribiendo todo aquello que debe hacer y  creer un cristiano.
Largo el listado de heterodoxos y herejías condenados y perseguidas por la Iglesia convertida en el mejor aliado del poder político desde que Constantino la oficializara a inicios del siglo IV, para mantener el control sobre la heterogénea población de su imperio. Tempranamente se dedica a reprimir las diferentes variantes del cristianismo que surgen ─arrianos, gnósticos, nestorianos, pelagianos, monosofitas, entre otras─, por motivos intrascendentes que a pocos preocuparía en nuestros días: la naturaleza de Cristo o de la virgen María, el papel del Espíritu Santo en el plan de Dios y una serie de problemas teológicos más.
Una rápida revisión de esos herejes y sus herejías, para entresacar a manera de ejemplo algunos casos de víctimas de la intolerancia de la Iglesia cristiana, constituida paulatinamente en el poder supremo al que se subordinan gran parte de los poderes terrenales desperdigados por la Europa de los siglos IV al XVII, permite constatar una de las largas jornadas del enfrentamiento entre la libre expresión y las ideas que se elevan a verdades o razones de Estado.[1]
El arriano Aecio de Antioquia es desterrado por el sínodo de Contantinopla de 360, por sus conjeturas sobre la diferencia entre el Dios Padre y el Dios Hijo. La filósofa neoplatónica y connotada matemática Hipatia de Alejandría es cruelmente asesinada el año 415 por una turba de fanáticos azuzada por Cirilo, patriarca de la Iglesia alejandrina. El monosofita Juliano, obispo de Halicarnaso, también es exiliado en el siglo VI por dudar de la doble esencia de Cristo. Chrysocheir, el último líder de los paulicianos, que llegaron a establecer hasta su propio estado en Armenia, al ser derrotado por los bizantinos, es decapitado y llevada su cabeza a Constantinopla en el año 872. Dos siglos antes, en el año 682, las autoridades bizantinas habían quemado vivo a Constantino de Armenia, uno de los precursores del paulicianismo. Todavía a inicios del siglo XII, Clemencio de Bucy es acusado injustamente como seguidor de esta secta que se difundió por toda Europa, dando origen al bogomilismo primero y al catarismo después. Su muerte en 1114 es de las más espectaculares: condenado por la autoridad eclesiástica a la ordalía del agua, prueba según la cual el culpable flotaba como rechazo del elemento al que era arrojado en una gran cuba llena, las turbas lo descuartizan impresionados por el resultado.
En la baja Edad Media, del siglo XI al XV, la iglesia, tanto romana como ortodoxa, no se da abasto con la proliferación de iconoclastas e irreverentes que insurgen en contra de su fanatismo, oscurantismo e intolerancia y de los abusos del poder feudal por ella aupada. Por orden del emperador Alejo I, a comienzos del siglo XII, es quemado en Constantinopla el bogomilo Basilio por sus ideas antifeudales. Wilhelm Cornelius, predicador holandés de la pobreza como virtud, para quien los pobres podían hacer lo que quisieran sin pecar, mientras que los ricos ya estaban condenados, es quemado cuatro años después de muerto. Sus ideas, que circularon a mediados del siglo XIII por Amberes, habían ganado demasiados adeptos, por lo que las autoridades eclesiásticas desentierran el cadáver de su líder y le prenden fuego por hereje, para amedrentar a sus partidarios.
Fray Dolcino, líder de los “pobres de Cristo” o hermanos apostólicos, propugnadores de la igualdad social, secta fundada a mediados del siglo XIII en Italia por Gerardo Segarelli ─quemado el año 1300 por orden del papa Bonifacio VIII─, organiza una sublevación armada en contra de la Iglesia corrompida y codiciosa. Derrotado, después de tres años de enfrentamientos con las cruzadas que les perseguían, es torturado y quemado vivo junto a su compañera Margarita.
A Margarita Porete, destacada líder de las beguinas, esa orden mendicante que había surgido en Holanda para aliviar los males de los pobres, se le quema su libro El espejo de las almas simples en 1306, dizque por contener ideas heréticas. Condenada a igual suerte por la Inquisición, es llevada a la hoguera en la parisina plaza de Gréve, el 31 de mayo de 1310.
Tanto pesa el pensamiento de la Iglesia en todos esos siglos que cuando  Dante, guiado por Virgilio, desciende al Infierno el viernes santo del 1300, “encuentra” en el quinto y sexto círculos a muchos de los herejes que se ha citado en párrafos anteriores: quiénes son estas gentes que sus suspiros dejan oír dolientes, le pregunta al autor de la Eneida y éste le responde: Son los heresiarcas con sus secuaces de todas sectas: esas tumbas están mucho más llenas de lo que puedas figurarte.[2]
Tomas Cranmer arzobispo de Canterbury y consejero de Enrique VIII, cae en desgracia cuando asciende al trono María Tudor la sanguinaria, católica radical que persiguió a los reformadores protestantes, suprimiendo las reformas introducidas por su padre. Acusado de hereje, es quemado en plaza pública en marzo de 1556. Otra víctima de la intolerancia religiosa, a fines del mismo siglo fue Nicolás Crell, canciller alemán partidario del calvinismo, condenado a la hoguera por hereje cuando asciende al trono Federico Guillermo I, consolidador del luteranismo en Sajonia, para que sirva de ejemplo a aquellos que se desvíen de la religión de su gobernante.
Víctimas y mártires de la filosofía en la larga noche medieval
En toda la baja Edad Media y en sus postrimerías que preludian el advenimiento del Renacimiento, se condena igualmente con gran severidad al emergente pensamiento filosófico que inevitablemente chocaba contra tanta impostura teológica de la ortodoxia cristiana.
Pedro Abelardo, que se le anticipa a Descartes alentando el ejercicio de la duda racional como método investigativo frente a las contradicciones bíblicas, es expulsado de Italia con anuencia del papa Inocencio II. 19 proposiciones de sus escritos son condenadas como heréticas en el Concilio de Siens de 1141 y se ordena la destrucción de su Introducción a la teología. A quien la posteridad llamará por su erudición Sócrates de los galos, Platón de occidente o Aristóteles latino, las autoridades eclesiásticas de su tiempo le tachan con los consabidos improperios de Satanás, Anticristo y otros más con los que entonces se calificaba a los herejes. Obligado al silencio, termina sus días confinado en el monasterio de Cluny. Su discípulo Arnaldo de Brescia, patarino y crítico radical de la corrupción clerical y del enriquecimiento y apego de los sacerdotes a los bienes materiales, es tomado prisionero por Federico Barbarroja y entregado a los curas para que lo ahorquen y quemen en 1155, diseminando luego sus cenizas en el Tíber.
Y para que no se crea que la intolerancia religiosa es solo cristiana, valga de muestra lo que sucede por la misma época en el califato de Córdoba, cuando el poder es tomado violentamente por los almohades.
Al Manzur  el conquistador llama un día al decano de los profesores de la célebre universidad de Córdoba y en medio de la conversación le pregunta para qué sirve la filosofía, si en el Corán ya está toda la verdad. Ingenuamente Ibn Badia cae en la trampa creyendo que el califa quería instruirse, y le explica que si la verdad está en ese libro, la filosofía es su búsqueda para alcanzar la cima del pensamiento. Para que el militar le entienda mejor usa la metáfora que la filosofía sería como el entrenamiento para el combate, que a menudo es más importante que el propio combate. También resalta que ésta plantea dos hipótesis antitéticas: Dios inmaterial y eterno creador de la materia con sus formas y la materia eterna junto a Dios también eterno e indeterminado. Al preguntarle Al Manzur qué hipótesis se enseña en su Universidad, el maestro le contesta que las dos, para desplegar y afianzar la inteligencia humana. El califa le hace una nueva pregunta: cuál es la opinión de Ibn Badia al respecto, a lo que éste contesta que la primera hipótesis es cara a su corazón y la segunda a su cabeza, a lo que el gobernante replica que sentía mucho que haya surgido tal discordia entre su corazón y cabeza, por lo que había que separarlos, dando la orden que lo degüellen en ese instante. Refieren que hizo llamar inmediatamente a otro filósofo para que contemple lo que pasa a los librepensadores que ponen en riesgo la fe de los musulmanes con sus enseñanzas.[3] Los días siguientes se quemarían más de 300.000 manuscritos de la biblioteca de Córdoba, considerada entonces la más bella del mundo.
Esa ola de fanatismo religioso a mediados del siglo XII en contra de las enseñanzas del aristotelismo fundamentalmente que ponían en riesgo la fe del Islam, más tarde significaría el exilio de ese gran cordobés, el filosofo judío Maimónides, que termina sus días en Egipto. También la prohibición y destrucción de varias de las obras de Averroes a finales del mismo siglo, con el consiguiente destierro, primero a Lucena, donde es acosado por el populacho, y luego a Fez, donde es apresado. Se le concede la libertad y la posibilidad de regresar a Córdoba sólo cuando se retracta públicamente en la puerta de la mezquita de Fez, de sus ideas calificadas de antimahometanas.
Por disposición del Sínodo de Paris en 1210 varios discípulos de Amalrico de Bene son quemados en esa ciudad, junto a los libros del maestro por sus posiciones panteístas.
A Roger Bacon, otro de los críticos de la disoluta moral de la Iglesia y pionero del método experimental, se le prohíbe la docencia en la Universidad de Oxford en 1257 y la publicación de sus escritos, transcurriendo los últimos 14 años de su vida bajo encierro y severa vigilancia.
El pensamiento panteísta del maestro Eckhart es prohibido en 1326 por el papa Juan XXII. El siguiente año, el profesor Cecco dA’scoli de la universidad de Bolonia se convierte en el primer maestro universitario enviado a la hoguera por la Inquisición, por sus opiniones astrológicas y no obedecer la prohibición del Santo Oficio al seguir enseñando su ciencia.
El franciscano William de Ockham, alto exponente del nominalismo inglés y precursor de la Reforma y de la investigación experimental en la ciencia, crítico radical de las prerrogativas y abusos de la Iglesia, por lo que llega a plantear la necesidad de separar los asuntos de la fe de los del Estado y de la razón, es otro de los perseguidos por las autoridades eclesiásticas romanas. Acusado de herejía en 1323 por el papa Juan XXII, se ve obligado a refugiarse en Munich bajo la protección de Luis de Baviera. Célebre se hará su frase: defiéndeme con tu espada que yo te defenderé con mi pluma.
John Wickliff, catedrático de Oxford ─de donde fuera expulsado por sus peligrosas ideas respecto a los dogmas eclesiásticos─, fundador del movimiento popular de los lolardos, importante herejía urbana inglesa que se difundió por todo el país, es acusado por el papa Gregorio XI por sus ideas que se constituyen en precursoras de la reforma protestante y también por su traducción de la Biblia. Fue quemado 44 años después de muerto, en 1428, para dar cumplimiento post mortem a la sanción del Concilio de Constanza de 1415 que reitera su condena de hereje. Esto debido a que su pensamiento se difunde rápidamente por toda Europa incidiendo en importantes movimientos en contra del clericalismo romano como el de los husitas y posteriormente en el reformador de Lutero.
  Jan Hus, el héroe checo líder del poderoso movimiento de los husitas, profesor y rector de la Universidad de Praga, crítico de la corrupción y de los desmanes de la iglesia católica como la venta de indulgencias, cobro de diezmos y acaparamiento de propiedades, por lo que exige la secularización de sus tierras, es obligado a separarse del clero y abandonar la capital. En su destierro al sur del país organiza el movimiento popular anticlerical que se prolongaría por décadas. Cuando es tomado prisionero por decisión del Concilio de Constanza de 1414, permanece 7 meses en el calabozo de donde sale directo a la hoguera inquisitorial. En el mismo lugar, dos años más tarde, sería igualmente torturado y quemado vivo Jerónimo de Praga, su discípulo, que había impresionado por su erudición y oratoria en diversas universidades de Polonia, Alemania, Francia e Inglaterra.
Víctimas   famosas en el Renacimiento
Nicolás Maquiavelo, el gran teórico moderno de la política, es otra de las víctimas en la lucha por sus ideas. Acusado de conspiración contra los Médici luego de la caída de la república florentina en 1512, es apresado y torturado. Una vez liberado, vive  exiliado en una propiedad en las afueras de Florencia donde escribe gran parte de sus obras. En 1521 nuevamente sufre prisión y torturas injustamente por los mismos cargos de once años atrás.
El monje agustino Martín Lutero rompe con la Iglesia católica cuando el 1 de noviembre de 1517 clava en la puerta de la iglesia  del palacio de Wittenberg, sus célebres 95 tesis, fundamentalmente en contra del tráfico de las indulgencias, que se habían convertido en un insoportable negocio del clericalismo. Conminado mediante bula papal a presentarse en Worms en 1520, el monje rebelde responde incinerando el documento en plaza pública, ante lo cual León X exige al emperador Carlos V castigue al hereje. Lutero se refugia en el castillo de Federico, el Elector de Sajonia, donde escribe sus obras fundamentales en las que desconoce la autoridad del papa sobre la iglesia y la de las autoridades eclesiásticas sobre los laicos, poniendo las bases de la libertad de expresión moderna, conculcada por siglos por el monaquismo. Al mismo tiempo traduce la Biblia al alemán para librar a sus paisanos de innecesarios intermediarios en el ejercicio de su fe.
La reforma protestante luterana convulsiona toda la sociedad alemana y la confrontación de ideas cobra víctimas valiosas como Thomas Münzer, quien se aleja del luteranismo por encontrarlo favorable a los intereses de los nobles germanos. Seguidor de los anabaptistas, llega a liderar el importante movimiento campesino que es sofocado por los príncipes feudales de la región y sus ejércitos que aniquilan la gran rebelión conocida como las guerras campesinas, con un costo de alrededor de 130.000 vidas humanas. Luego de ser herido en el campo de batalla, es torturado en el potro ante la presencia de los príncipes sajones hasta ser decapitado. Así piensan, ese 25 de mayo de 1525, que aniquilan sus ideas de un comunismo cristiano con claras posiciones panteístas y su utopía política de querer implantar el Reino de Dios en la Tierra.
A pesar de su alto cargo como canciller de la corte de Enrique VIII, Tomás Moro, el autor de la Utopía, es condenado a la horca en 1535 por este gobernante que le acusa de alta traición, al no jurar contra el papa y no aceptar la reforma anglicana. La sentencia inicial es bastante elocuente de cómo se castigaba en esos tiempos a los que se contraponían al poder imperante: “ser ahorcado; la cuerda será cortada antes de que muera; en ese estado será destrozado vivo; su vientre abierto, arrancadas sus vísceras y quemadas. Cada cuarto de su cuerpo será colgada en cada una de las cuatro puertas de Londres, para que las vean todos, y su cabeza sobre el puente del Támesis”.[4] A última hora se le conmuta la pena por la decapitación. Al ser comunicado del particular en la prisión donde Moro está encerrado ya algunos meses, responde sarcásticamente: ¡Dios libre a mis amigos de la compasión del rey y a toda mi descendencia de su perdón!
William Tyndale tiene que huir de Inglaterra bajo amenazas de muerte por sus críticas a la Iglesia y sus deseos de traducir el Nuevo Testamento, lo que al fin lo hace en 1526, pero publicando su versión bíblica en Colonia y Worms. Hecho prisionero años después en Amberes, es ahorcado  y quemado en medio de la plaza en 1536. De los seis mil ejemplares de su Biblia en la actualidad se conservan solo dos.
Miguel Servet, arquetipo del mártir inmolado en nombre de la libertad de expresión, por su manifiesto panteísmo y controversia con Calvino sobre Jesús, la virgen y el alma que relaciona con la circulación de la sangre, es juzgado como hereje al negar la trinidad de Dios, abogar por el bautismo en edad adulta y otras “blasfemias” más que el Consejo de Ginebra encuentra heréticas, por lo que le condena en octubre de 1553 a ser quemado vivo junto con su libro Restitución del Cristianismo. “El científico aragonés fue tan sólo una de las quinientas víctimas de diez años de intolerancia calvinista en una ciudad con apenas diez mil habitantes”, afirma un historiador católico.[5]
Del siglo XIII al XVIII se cuentan por miles los quemados bajo el cargo de brujería por la Inquisición. Sólo entre 1450 y 1750, “al menos 100.000 mujeres y hombres fueron equiparados a herejes y ejecutados en Europa y Norteamérica por la práctica de la brujería”.[6]
Estos pocos ejemplos acontecidos en territorios de la llamada cultura occidental, dan cuenta, que nos libera de todo comentario, de cómo trataba el poder político a la libertad de expresión, entre el V a. de C. y   el XVI, es decir, más de veinte siglos de su historia. En una próxima entrega veremos qué pasa en tiempos más modernos.


[1] Ver: Max Beer, Historia general del socialismo y de las luchas sociales, A.P. Márquez editor, México, 1940; Leonard George, Enciclopedia de los herejes y de las herejías, Ediciones Robinbook, Barcelona, 1998; Emilio Mitre y Cristina Granda, Las grandes herejías de la Europa cristiana, Ediciones Istmo S.A., Madrid, 1999.
[2] Dante Alhigieri, La Divina Comedia, Editorial Sol 90, Barcelona, 2002, p. 41.
[3] Así refiere el hecho Herbert le Porrier en su biografía de Maimónides titulada El Médico de Córdoba, Grijalbo Mondadori S. A., Barcelona, 1999, pp. 126-128.
[4] Citado por Nesho Davidov en el Prólogo de Tomas Moro, Utopía, Cultura Popular, Sofia, 1984, p.  11.
[5]Alejandro Rodríguez de la Peña, “Leyendas negras de ayer, hoy y mañana”, en   http://es.catholic.net/sectasapologeticayconversos/574/2440/articulo.php?id=23563
[6] Leonard George, Enciclopedia de los herejes y de las herejías, Robin Book, Barcelona, 1998, p. 58.