LA MUERTE DE LA POLÍTICA A MANOS DE LOS MERCADOS 



LA VERDADERA NATURALEZA DE LOS SISTEMAS DEMOCRÁTICOS  




Por Francisco Quevedo

Vaya por delante que tengo sentimientos encontrados respecto a este asunto y que creo que hay muchos matices a la hora de tratarlo, pero sin duda los acontecimientos de los últimos días me han hecho dudar sobre la verdadera naturaleza de los sistemas democráticos que supuestamente gobiernan los países europeos, en la medida en que éstos se han visto alterados de manera extraordinariamente grave por la interferencia de factores externos que no computan como verdaderos agentes democráticos, ni mucho menos como parte de la soberanía popular sobre la que se sustenta la democracia.

Reconozcamos primero algo obvio: quien nos presta dinero tiene, sino todo el derecho del mundo, sí al menos bastante derecho a establecer las condiciones en las que lo presta.
Cuando un Estado acude a los mercados a financiarse sabe que pueden existir situaciones de riesgo que lleven a éstos a exigir tipos de interés más altos precisamente como consecuencia del riesgo que corren, aunque esta situación puede acabar convirtiéndose en una pescadilla que se muerde la cola, porque a mayor volumen de intereses también crece la posibilidad de que el prestatario no puede hacer frente al pago y necesite volver a acudir a los mercados a financiarse y así hasta el infinito. De hecho, gran parte del problema de Grecia es precisamente ese: le ha costado tanto colocar su deuda en los mercados que ahora no puede hacer frente al pago de los intereses de la misma. Estados y mercados se ven envueltos entonces en una dinámica perversa en la medida en la que, realmente, unos y otros se necesitan y al mismo tiempo se aborrecen.

Sería el colmo que el poder de los mercados financieros llegara hasta el punto de quitar y poner gobiernos sin que en ningún momento se pronuncien los ciudadanos.

Pero hemos llegado a una situación en la que, seguramente como consecuencia de la penosa y escandalosa en algunos casos gestión de políticos mediocres, los estados están arrodillándose ante los mercados, hasta el extremo de que los segundos se han convertido en agentes capaces de tumbar gobiernos y colocar otros nuevos, sin haber pasado previamente por las urnas. Es verdad que va a ocurrir: en España el día 20, en Grecia y en Italia en fechas próximas también. Sería el colmo que el poder de los mercados financieros, y no solo el de los mercados financieros -ahora me referiré a otra interferencia que considero aún más grave-, llegara hasta el punto de quitar y poner gobiernos sin que en ningún momento se pronuncien los ciudadanos, pero casi. Tanto en Grecia como en Italia es eso exactamente lo que está ocurriendo, y aunque es verdad que son finalmente los parlamentos los que toman la decisión, también lo es que lo hacen presionados por una situación absolutamente descontrolada para ellos.

¿Quién gobierna aquí? Porque no es solo la presión de los mercados financieros la que está pervirtiendo la esencia de la soberanía popular: es la interferencia de un país, Alemania, y su brazo armado, el Banco Central Europeo, con la anuencia interesada de Francia, la que está realmente obligando a los países periféricos del sur de Europa a tomar decisiones de calado político sin que sus ciudadanos hayan sido consultados previamente. ¿Tiene derecho Alemania a imponer sus condiciones hasta ese punto? Yo creo que no, y que cometemos un error que puede costarnos muy caro en el futuro si los países periféricos permitimos esta injerencia brutal en nuestra política interna.

Es verdad que políticos nefastos como Berlusconi, como Papandreu, como el propio Zapatero, han llevado a sus países a situaciones extremas. Si hoy los mercados financieros han dado un respiro a España y centrado sus miras en Italia es, precisamente, porque, obligado por esas presiones, Zapatero convocó elecciones anticipadas. De lo contrario, es bastante probable que hoy nos encontráramos en una situación muy similar a la de Italia o Grecia, buscando un ‘ex’ del Banco de España para ponerlo al frente del país, un Caruana o un Viñals, cuyos méritos no discute nadie, pero a los que nadie habría elegido de manera democrática.

La Unión Europea exige el compromiso de todos y el cumplimiento de unas obligaciones. Cuando Alemania y Francia incumplieron el objetivo de déficit, nadie pidió la cabeza de sus primeros ministros. Y Alemania y Francia sabían de sobra que el euro se construía con países de muy distinta naturaleza, y aún así se siguió adelante. Luego ahora todos tenemos que asumir las consecuencias, pero también ellos. Máxime cuando, además, la dureza de la posición franco-germana viene condicionada por las propias expectativas electorales de sus líderes políticos, Merkel y Sarkozy. Por eso no podemos permitir que su intervención llegue hasta el punto de anular la esencia misma del sistema democrático. Está bien que se nos exija a todos el cumplimiento de unas determinadas condiciones para poder seguir acudiendo a los mercados, pero también es necesario que para seguir construyendo esta Europa se respeten las decisiones de los ciudadanos y se les consulte. Y aquí, en toda esta historia de la crisis de deuda, los ciudadanos están siendo meros espectadores de una situación que es precisamente a ellos a los que más afecta.