LA LUCHA PERMANENTE 



LA LUCHA PERMANENTE 



Quien haya pensado que con la desintegración de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín se terminó el marxismo-leninismo, la construcción del socialismo y la inevitable sociedad comunista, o que se acabó la lucha ideológica y la lucha de clases, se equivoca totalmente, tanto o más que Francis Fukuyama y su ridícula e insostenible tesis del Fin de la Historia. La lucha ideológica sigue firme y necesaria, la lucha de clases nunca fue un concepto abstracto sino una realidad concreta que siempre sepultó al pasado y al presente de oprobio. Sin la lucha de clases, la humanidad jamás hubiese pasado de la edad de las cavernas, del salvajismo a la barbarie y de la esta a la civilización.



En la lucha de clases se consolida la lucha ideológica que recoge las ideas más nobles, honestas y abnegadas de los pueblos explotados. En el combate cotidiano se forja la conciencia de clases tan necesaria para la evolución y, fundamentalmente, para la revolución, porque nadie es capaz de transformar la realidad sin la previa toma de conciencia. En otras palabras: no hay revolución sin conciencia revolucionaria.



El sistema capitalista, dueño de los contenidos del poder mediático mundial, en su papel de simular, engañar, mentir, manipular hechos, tergiversar realidades y desinformar, prostituyó la palabra revolución y de tanto repetirla peyorativamente le arrebató su grandioso significado hasta dejarla en una palabreja de mal gusto y tonta utopía. Ahora, la revolución es violencia terrorista, la lucha de clases es exacerbación del odio de los pobres, es desestabilización de los resentidos sociales, es simple agitación social provocada por subversivos inconsecuentes, y el lenguaje revolucionario ha devenido en lenguaje de dinosaurios, retrógrados, ilusos soñadores, agitadores profesionales, estériles luchas.

Los valores universales del humanismo corresponden a idealistas incapaces de éxitos sinónimos de riquezas, y así la solidaridad, la fraternidad, la libertad, la justicia social, la equidad de género, los derechos humanos, la paz, la justicia, son palabras de los jurásicos. Tanto ha dicho y hecho el capitalismo desde la caída del muro de Berlín que aparecería como un disparate inconcebible el ser revolucionario, el ser socialista, el ser comunista en este mundo del siglo XXI cuajado de “éxitos” materiales y económicos de las calases privilegiadas.



Para los capitalistas, neoliberales, liberales, conservadores, democristianos, neofascistas y derechosos de cualquier membrete, el mundo pertenece a los dueños de los medios producción. Para los que nada tienen o sólo la fuerza del trabajo, los capitalistas son sus señores que les permiten vivir pagándoles un salario de hambre. Para el capitalismo, el marxismo es una doctrina caduca, una palabra pasada de moda, una filosofía obsoleta, el socialismo es una aberración mental, el comunismo una torpe utopía, como si en el mundo se hubiese extinguido la explotación, se habría eliminado la pobreza, la miseria, el hambre, las desigualdades, las injusticias sociales que se constituyen en la dictadura infame del capitalismo.



Edgar Meléndez afirmaba que lo que “molesta tanto del marxismo a los poderosos no es la explicación que hace de la sociedad capitalista, lo que en realidad les molesta es que el marxismo como ciencia económica, social y política explica también como derrocar al capitalismo y construir la sociedad socialista. Marx dijo: hasta ahora los filósofos se han ocupado de interpretar al mundo, de lo que se trata es de cambiarlo; es decir, no se conformó el viejo Marx junto a su entrañable amigo Engels solo a observar y desentrañar los “misterios” del capitalismo sino que nos legó las orientaciones necesarias para derrocarlo por ser un sistema injusto y explotador del que ya se ha dicho bastante que nunca sería capaz de tener “rostro humano” ni mucho menos ser democrático porque eso no está en su esencia. Aplicando de manera genial la dialéctica científica al estudio de la historia, estos inseparables compañeros, llegaron a la conclusión de que la historia de la sociedad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases, lo cual plantea una importante conclusión: todo modo de producción lleva en su seno el germen que le dará sepultura, el capitalismo, al socializar el trabajo (pero no la ganancia), crea a su sepulturero: el proletariado, el campesinado, los sin tierra, los sin techo, los sin alientos. Esta clase de los desposeídos, lo único que posee es su fuerza de trabajo.



De esto se trata. Simplemente, siempre, estar aquí para agitar conciencias, alterar ánimos, decir verdades, sostener principios, aglutinar a los luchadores sociales, recuperar espacios para impulsar la lucha permanente por y para la revolución. No se trata de ser profetas, ni augures, sólo hay que seguir la huella de nuestros pueblos que desde siempre lucharon por principios e ideales superiores. Consecuentemente, en esta época de crisis global del capitalismo, de crisis socio-política en estas patrias, será preciso rescatar los principios de las luchas populares y reivindicativas de los pueblos, que los hicieron eternos y avanzar hasta la construcción final de sociedad más justas, más igualitarias, más humanas.