En boca de los justos 



En boca de los justos 



Íbamos presurosos a la reunión con autoridades de alto rango del Estado colombiano. Una amplia concurrencia de actores sociales y seres humanos ávidos de esperanzas se dieron cita en el salón principal de La Italia, Municipio de San José del Palmar, Departamento del Chocó.



El retraso prolongado por la costumbre, nos situamos en la calle frente al salón principal; bajo un sol que quemaba el alma y la gente cavilaba, conversaba bajito, saludaba con mucho afecto a los parientes, amigos, vecinos de las veredas de la jurisdicción; por mi lado estaba atento a las manifestaciones cordiales recibidas sin pensarlo; así es nuestra gente del campo: buena, fraterna, humilde, generosa. Le sugerí a Juan Manuel Cuellar, Alcalde, que invitara a todos a tener una conversación amplia sobre los planteamientos que se harían en semejante cónclave. Aceptó de buen agrado. Satisfacción general el sabernos visibilizados en los pareceres, demandas, coincidencias de ya no dejarnos sorprender con promesas vacías. En fin, se creó un clima de apertura crítica. El encuentro con la comitiva que ingresó al salón precedido de aires marciales, funcionarios sonrientes, oficiales y soldados en inequívoco aire defensivo; periodistas agenciosos, atentísimos a los entornos humanos. Cámaras, flashes, grabadoras, proyecciones, trípodes, libretas, lápices, los detalles de un acto preparado con mucho cuidado a punto.



Con toda solemnidad se entonaron las sagradas notas de la canción patria. “Sean todos bienvenidos a nuestro corregimiento: autoridades civiles, militares, eclesiásticas, representantes de las asociaciones, magisterio, comunidad en general” vino de una voz pausada, nítida, fruto de tantos años de hablar palabras de fe. Continuó el sacerdote; “La población del corregimiento de La Italia está constituida por una minoría indígena, indigente, dispersa, sin cabildo ni territorio dedicados a vivir de jornal diario y en muchos casos de la solidaridad de la comunidad. Los indígenas, nuestros hermanos mayores reclaman más atención de todos nosotros y de las organizaciones que los representan.



Encontramos también aquí, una buena representación de la comunidad afrodescendiente asentada en este territorio desde siglos atrás y quienes juntamente con la población indígena constituyen el sustrato más antiguo de esta región, esquina suroriental del departamento del Chocó.



A partir de los años 50 y siguientes, oleadas de colonizadores provenientes de Antioquia, el eje cafetero, El Valle y Caquetá también comenzaron a instalarse en este territorio haciendo esta región un lugar próspero y muy apetecido para vivir y trabajar.



Como población somos una pequeña síntesis de lo que es Colombia, un país pluriétnico, pluricultural. Los hombres de la Iglesia hemos acompañado con vocación misionera a las comunidades.



Por los años noventa y siguientes, cuando el narcotráfico se desplazó del sur de Colombia hacia la costa pacifica en búsqueda de nuevas rutas de comercialización hacia centro América y otros países donde la demanda era abundante; comenzó el calvario de esta región.



Con la llegada del narcotráfico, con unas rutas de comercialización aseguradas y una demanda en crecimiento, El Chocó, antes tierra amable y acogedora y remanso de paz, se convirtió en campo de batalla, su población desplazada y los campesinos desalojados de sus tierras.



Con el narcotráfico llegaron también los actores armados, en muchos casos bajo la mirada permisiva del Estado en lo que a paramilitares se refiere. Abundante fue la sangre derramada y estas montañas y cordilleras en las que antes sólo se escuchaba el canto alegre del hacha, de la rula y el machete, se llenaron con lamentos y el llanto de familiares y amigos por la masacre y desaparición de muchos de sus seres queridos. Muchos de ellos se encuentran sepultados en cualquier parte de estas montañas.



Es necesario recordar que muchos de los campesinos que se acostumbraron a vivir de los cultivos ilícitos, en un comienzo fueron constreñidos, obligados a hacerlo so pena de tener que dejar la región; situación que fue con el tiempo dando paso a toda una cultura, a una mentalidad en la población de esta parte del municipio: la mentalidad coquera. Muchos de nuestros niños recitan mejor el proceso de la coca que las tablas de multiplicar.



Para recuperar el tiempo perdido, para que la relativa paz que ahora respiramos en la región y en nuestro corregimiento se consolide necesitamos el apoyo efectivo del Estado central, de los Ministerios, del Departamento. La administración municipal, nuestro Alcalde Juan Manuel hace lo que puede y más de lo que puede con el limitado presupuesto que dispone.



La erradicación como política del Estado no la podemos rechazar, pero los campesinos y sus familias no son herbívoros, no viven del ambiente, no son cuerpos celestes, necesitan de qué vivir mientras se restablece una economía lícita y sostenible.



No enumero aquí lo que pensamos serían los elementos a tener en cuenta por parte del Estado para consolidar en la región una economía sana y reconstruir en el campesinado una nueva mentalidad, ya que los mismos campesinos y sus organizaciones tiene sus propuestas y ellos la expresaran en algún momento de la reunión.



Cuando nos anuncian estas visitas, nuestros corazones se llenan de esperanza por un futuro mejor y la presencia de ustedes aquí aviva esa esperanza, pero, cuando parten en muchos queda la sensación de que nada pasará, que todo continuará igual debido en ocasiones anteriores se nos han hecho muchas promesas que se han quedado sólo en eso; en promesas. Estamos convencidos que esta vez no se repetirá la historia.

Sean todos bienvenidos a nuestro corregimiento”



El silencio invadió el salón…miradas iban y venían…en los cerebros la idea de haber escuchado palabras, valientes, certeras, dignas y contundentes. Un aplauso sonoro convertido en demanda, grito de los justos. ¡De los sin voz!



Después las intervenciones, réplicas y contrarréplicas parecían que tenían eco, respuesta, aceptación. El miedo se disipó y el diálogo se manifestó pleno. Caras vemos, corazones no conocemos palpitaba en mi cráneo.



Al final en la calle, la sorpresa. Escuché la voz de una persona que me saludaba. Era el Comandante del ejército colombiano Ávila que manifestó su agradecimiento por estar acompañando a las organizaciones sociales y la mención grata que un dirigente de la asociación de cacaoteros hizo sobre la visita realizada al Ecuador a compartir saberes y conocimientos en el FEPP con las tiendas Camari, en la certificadora ambiental CD, en la estación del Iniap en Pichilingue y el lanzamiento del libro Alerta…quinto poder del Cafélibro de Quito. Le respondí diciéndole que ¿no hay? nadie más interesado que Colombia se pacifique porque históricamente somos hermanos; que haremos todos los esfuerzos para lograr instaurar un nuevo modelo productivo y de participación social de los ciudadanos de San José del Palmar. Sugerí fortalecer los encuentros con horizontalidad en todos los actores y ciudadanos para encontrar los consensos sin hegemonías ni protagonismos baratos. Un apretón de manos y la confianza que es así mismo, como estamos actuando.



Al regreso a la cabecera municipal viajamos en un Willis de los años 60. Nos tocó agarrarnos de los brazos, los estribos, la llanta de emergencia, el piso para aguantar el traqueteo tenaz en una carretera en pésimo estado. Un niño, tres jóvenes estudiantes, dos dirigentes, un policía, dos militares, una funcionaria municipal y el ecuatoriano en el mismo carro…haciendo otra nueva historia.



2011. Chocó. Colombia.