EL REGRESO DE LAS DERECHAS AL PODER MOLDEAN EL MAPA POLÍTICO DE AMÉRICA LATINA 



DERECHAS RECUPERAN EL PODER EN AMÉRICA LATINANA 



Rodrigo Santillán Peralbo
De la mano del imperio yanqui, las derechas políticas y económicas, paulatinamente, pero con firmeza, regresan al poder en América Latina, que lo perdieron cuando las fuerzas sociales, cansadas del voraz neoliberalismo optaron por gobiernos de izquierda y otros aparentemente progresistas que devinieron en populistas de la peor especie, porque engañaron a las masas con el fin de perpetuar en el poder a los caudillos o líderes que formaron clientelas políticas, económicas y sociales con lejanos objetivos al verdadero progresismo o izquierdismo militante.
Al comenzar el siglo XXI, América Latina se convirtió en ejemplo para el mundo en la lucha de los pueblos para derrotar al neoliberalismo o “capitalismo salvaje” que robó el patrimonio nacional mediante privatizaciones, empobreció a los trabajadores con programas de flexibilización laboral y sobre explotación con la imposición de la economía social de mercado.
La tragedia de los pueblos parecía revertirse para cambiar la historia, pero en el camino se trastrocaron papeles, se suscitaron traiciones, se expandieron corrupciones con las que surgieron nuevos ricos, y se formaron grupos de fanáticos con intereses personalistas bajo la sombra de caudillos mesiánicos con ansias de perpetuarse en el poder para satisfacer apetitos personales y de grupo.
En el caso ecuatoriano, el discurso y la propaganda al estilo goebbeliano hizo del presidente Correa un predestinado para salvar al país de la partidocracia, la corrupción, la venalidad política, la demagogia y el engaño, pero Correa se convirtió en un líder autoritario, dueño y señor del país al que gobernaba como si fuese su feudo privado en el que criminalizó la protesta social, utilizó la justicia para amedrentar a sus “enemigos”, dividió todas las organizaciones sociales y profesionales, y al acabar su largo mandato dejó un país en quiebra por el sobreendeudamiento del Estado, y en plena crisis moral debido a la extendida corrupción.
Cierto que la mayoría de los políticos carecen de elementales normas de ética y padecen de interesada desmemoria, o creen que los pueblos son un hato de idiotas incapaces de discernir y razonar, como piensan el ex presidente y sus áulicos que, cuando ejercían el poder, se apropiaron y metieron mano en todas las funciones y organismos del Estado.
¿Es posible tanto cinismo? En el colmo del autoritarismo que pisoteó el Estado de derecho no tuvo empacho en afirmar que todas las funciones son del Estado y que, como era gobernante en Jefe del Estado, no había ningún problema en meter mano en cada una de ellas, las que debían estar sumisamente a sus órdenes y caprichos. Liquidó la independencia y autonomía de las funciones del Estado.
El discurso antiimperialista del caudillo populista fue aplaudido por algunos sectores de la “izquierda boba” que se convirtió en colaboracionista–pancista, pero ese discurso podía ser modificado sin rubor. Así cuando el Ec. Correa era Presidente, afirmaba que la OEA (Organización de Estados Americanos) era el ministerio de las colonias del imperio yanqui, según conceptualización del Comandante Fidel Castro. Decía que era un organismo inútil, que había que cambiarlo y que para ello estaban Celac y Unasur, y tenía razón. Hoy a la vilipendiada OEA recurre con una queja bastante rebuscada y traída de los cabellos: Quiere que la obsoleta OEA sancione al Ecuador por quebrantar el Estado de Derecho que él y los suyos lo pisotearon cuantas veces convenía a sus intereses.
Va a pedirle el favor al cipayo Almagro que, con sus poses y desvaríos, ataca a Venezuela por órdenes del presidente estadounidense, el mismo Almagro que calló frente al desvergonzado fraude en Honduras para reelegir al actual gobernante.
Fue una década de autoritarismo con el que sembró odio, miedo, divisionismo. Fueron diez años de permanente abuso de poder en nombre de no se sabe qué revolución ciudadana que resultó una farsa, y constante violación de la Constitución para imponer enmiendas, aprobadas por sus obsecuentes asambleístas. La Constitución de Montecristi fue inútil, frente a tanto poder.
Corrupciones, desvaríos del poder autoritario, falsificación ideológica, abusos del poder, amedrentamientos, siembra de odio y miedo, prepotencia aguda, megalomanía histeroide terminaron por confundir a los pueblos que, por negativismo del gobernante, aprendieron a despreciar a la izquierda y verdadera revolución.
En verdad que hay políticos que necesitan con urgencia de un experimentado siquiatra que calme tanta megalomanía y sane tantas desvergüenzas.
En lo que respecta a América Latina en su conjunto, los denominados o autonombrados gobiernos democráticos, progresistas y hasta de izquierda cometieron graves errores en el ejercicio del poder y cometieron o permitieron que se cometan monstruosos actos de corrupción.
En la actualidad, salvo pocas excepciones, América Latina que fue ejemplo de la lucha contra el neoliberalismo y sus políticas impositivas, ha vuelto a manos de neoliberales consumados con lo que concluyó el tiempo de gobiernos que, en apariencia y realidad, se preocuparon por servir a la sociedad en su conjunto.
Para que las derechas retomen el poder, son los Estados Unidos los que lideran a las derechas mundiales que aplastaron a los gobiernos progresistas. Washington contribuye con millones de dólares para financiar a los grupos y sectores económicos y políticos opositores. El caso patético es la violencia ejercida contra el gobierno de Venezuela, agigantada por “sanciones”, pero siempre con el uso de la prepotencia imperial y la amenaza, inclusive, de intervención militar. Si a la grosera injerencia extranjera en asuntos internos propios de Venezuela, suma los errores del gobierno de Maduro, se obtiene como resultado la inmensa crisis que la agobia y el desprestigio del socialismo, así sea llamado del Siglo XXI.
En los últimos años, “Estados Unidos financió a opositores en países gobernados por frágiles democracias progresistas en América Latina”, pero no sólo financió a opositores de todo tipo, sino que financió o usó al poder mediático para agredir a los gobiernos considerados no adeptos a Washington.
Los dólares, la prensa dominante y la CIA, intervinieron y actúan en defensa de los intereses de Washington y del poder hegemónico del imperio, de sus transnacionales y del poder económico local ahíto de rapaz neoliberalismo que les permita incrementar su fortuna a costa del sacrificio de los Estados y del empobrecimiento de los pueblos.
Hacia esos objetivos se encaminan las derechas latinoamericanas que paulatinamente modificaron el mapa político con Mauricio Macri: presidente de Argentina, Michel Temer: presidente de Brasil, Sebastián Piñera: presidente de Chile, Pedro Pablo Kuczynski: presidente del Perú, Juan Manuel Santos: presidente de Colombia, Horacio Manuel Cartes: presidente de Paraguay, Enrique Peña Nieto: presidente de México, Jymmy Morales: presidente de Guatemala, Juan Carlos Varela: presidente de Panamá, Luis Guillermo Solís Rivera: presidente de Costa Rica, Juan Orlando Hernández: presidente de Honduras.
En la izquierda revolucionaria está Raúl Castro Ruz que en este año dejará la Presidencia de Cuba, en tanto que en el progresismo se podrían citar a Tabaré Vázquez: presidente de Uruguay, Lenin Moreno: presidente de Ecuador (con reservas), Nicolas Maduro: presidente de Venezuela, Désiré Delano Bouterse: presidente de Surinam, Donald Ramotar: presidente de Guyana, Daniel Ortega: presidente de Nicaragua, Salvador Sánchez Cerén: presidente de El Salvador, Michel Joseph Martelly: presidente de Haiti (con reservas), Danilo Medina: presidente de la República Dominicana (con reservas) Hubert Alexander Ingraham : presidente de Bahamas.
Dentro del actual mapa político dominado por las derechas se debe considerar que en este año 2018 habrá “cinco elecciones presidenciales en América Latina y la sustitución del presidente en Cuba que podrían dar un vuelco a la región. ¿Qué tanto se transformará el mapa político en Latinoamérica?
Colombia, México, Brasil, Costa Rica, Paraguay y Venezuela habrán elegido a nuevos presidentes este año.
Luis Salcedo máster en Gobernabilidad y Comunicación Política por la Universidad George Washington y el colombiano Camilo Vargas Betancourt, maestro en Sociología Política por la Universidad Sciences Bo Burdó, estuvieron en los estudios de France 24 para analizar los cambios que podría sufrir la región. Sostienen:
En Argentina, luego de tres mandatos presidenciales de izquierda de los Kirchner, los electores se decidieron en 2015 por el empresario Mauricio Macri.

En Perú, luego de “un gobierno de izquierda del presidente Ollanta Humala”, el elegido en 2016 fue el banquero Pedro Pablo Kuczynski, salpicado en 2017 por el escándalo de Odebrecht y por el indulto otorgado al exmandatario Alberto Fujimori que cumplía condena desde el 2009 por delitos de lesa humanidad, lo que generó manifestaciones multitudinarias y acusaciones de un acuerdo político para mantenerse en el cargo.

En Brasil, luego de más de una década de la izquierda en el poder, la expresidenta Dilma Rousseff fue destituida en 2016 por el legislativo, en medio de señalamientos de corrupción a su partido. Tras el 'Impeachment', asumió Michel Temer, del partido conservador Movimiento Democrático Brasileño.

En 2017 en Ecuador, el 19 de febrero se llevaron a cabo elecciones presidenciales. Lenín Moreno resultó electo con el respaldo de su antecesor, el expresidente Rafael Correa. Sin embargo, Correa se declaró posteriormente como opositor del mandatario Moreno, por haber "traicionado" su proyecto político, llamado "Revolución Ciudadana”.
En Chile, el 17 de diciembre del mismo año, la derecha regresó al poder, de la mano de Sebastián Piñera, quien ya presidió el país de 2010 a 2014. El candidato opositor Alejandro Guillier, quien prometía continuar las políticas de la presidenta Michelle Bachelet, no logró movilizar a los jóvenes y al voto de izquierda, al perder por más de ocho puntos porcentuales en la segunda vuelta.

En Honduras, el Tribunal Supremo Electoral dio la victoria al presidente-candidato Juan Orlando Hernández, frente a un opositor que encabezó la alianza de izquierdas, Salvador Nasralla. Los resultados son cuestionados y la Organización de Estados Americanos ha pedido una nueva elección.

Las recientes elecciones presidenciales de Chile y Honduras, señalan el comienzo de un ciclo electoral que durará todo un año en América Latina.

Por su parte, Redacción BBC Mundo considera que Costa Rica será el primer país latinoamericano en acudir a las urnas en 2018. El año electoral se anuncia agitado en América Latina, con al menos seis países llamados a celebrar comicios presidenciales.

Las primeras votaciones de este tipo tendrán lugar en febrero en Costa Rica. Por decisión de la Asamblea Constituyente de plenos poderes, en Venezuela se celebrarán las elecciones presidenciales con Maduro como candidato de un sector de Chavismo.

Y, en el ínterin, Paraguay, Colombia, México y Brasil también elegirán nuevo mandatario, con un par de comicios que podrían terminar redibujando radicalmente el mapa político regional, con la posibilidad de la centroizquierda de llegar al poder en México y Colombia, así como el regreso de Lula da Silva en Brasil, si los tribunales de Juisticia no le condenan por corrupción.

Varios de esos países también aprovecharán para renovar sus legislativos y/o gobiernos locales, como también lo hará El Salvador en marzo y Perú en octubre.
El calendario electoral podría además tener un par de inclusiones sorpresa si prospera el llamado de la oposición hondureña a repetir los comicios presidenciales en ese país centroamericano o si la crisis política en Perú se traduce en la destitución del presidente Kuczynski.
La Alianza de Oposición de Honduras pide anular las polémicas elecciones presidenciales en las que Juan Orlando Hernández fue declarado ganador
Pero, si se consideran nada más los comicios garantizados, ¿quiénes son los principales candidatos en las elecciones presidenciales latinoamericanas? ¿Qué ideas defienden? ¿Qué factores definirán el resultado?
La primera vuelta de las elecciones presidenciales y legislativas de Costa Rica tendrá lugar el domingo 4 de febrero.
Se trata de la décimo séptima elección convocadas en el país centroamericano desde la fundación de su Segunda República, en 1949, y un total de 13 candidatos se disputan la presidencia.
Los favoritos por el momento, sin embargo, son Antonio Álvarez Desanti, del partido Liberación Nacional; Juan Diego Castro, del Partido Integración Nacional, y Rodolfo Piza, del Partido Unidad Social Cristiana.
Mientras que el oficialista Carlos Alvarado, del centroizquierdista Partido Acción Ciudadana, marcha de cuarto en las encuestas, lo que parece anticipar un regreso al poder de la centroderecha.
Las elecciones generales de Paraguay -las séptimas desde el regreso de la democracia al país en 1989- están previstas para el 22 de abril.
Y además de un nuevo presidente y vicepresidente, los guaraníes elegirán ese día gobernadores, senadores y diputados, tanto al parlamento local como al del Mercosur.
La contienda presidencial se perfila como un choque entre el derechista Partido Colorado y la alianza de centroizquierda integrada por el Partido Liberal y el Movimiento Guasú del expresidente Fernando Lugo.
El candidato de los primeros será Mario Abdo Benítez, hijo del exsecretario privado del gobernante de facto Alfredo Stroessner, que derrotó en unas primarias internas a Santiago Peña, el favorito del presidente Horacio Cartes.
Mientras que la Gran Alianza Nacional Renovada (GANAR) lleva como cabeza de fórmula al liberal Efraín Alegre, el movimiento de Lugo puso de candidato a vicepresidente al periodista Leonardo Rubín.
Por el momento, el candidato oficialista -conocido popularmente como "Marito" y vinculado al ala más conservadora del Partido Colorado- parte como favorito.
Colombia celebrará elecciones legislativas en el mes de marzo, pero son los comicios presidenciales previstos para el 27 de mayo los que centran la atención del país y la región.
Aunque todo parece indicar que habrá que esperar hasta la segunda vuelta, en el mes de junio, para conocer la identidad del próximo inquilino de la Casa de Nariño.
Las elecciones presidenciales serán el plebiscito definitivo de los acuerdos de paz firmados por el presidente saliente, Juan Manuel Santos.
Efectivamente, por el momento no hay un claro favorito para unos comicios que sin duda serán decisivos para el futuro de los acuerdos de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC.
Y la participación en los mismos del ex grupo guerrillero -bajo el mismo acrónimo, pero con el nombre de Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común- ciertamente le da a estas elecciones una connotación especial.
Las posibilidades de que el líder de las FARC -Rodrigo Londoño, mejor conocido como Timoleón Jiménez o Timochenko- logre colarse entre los favoritos, sin embargo, es más que escasa.
Pero su posicionamiento con respecto a los acuerdos de paz es, por el momento, lo que mejor define a los candidatos con más posibilidades; seis, según un sondeo reciente de la revista Semana.
Esa lista incluiría, del lado de los críticos frontales del proceso, al uribista Iván Duque y la conservadora Marta Lucía Ramírez, con el ex vicepresidente Germán Vargas Lleras en una posición más ambigua.
Mientras que del lado de los candidatos más favorables al acuerdo estarían su negociador principal, Humberto de la Calle, el exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, y el exgobernandor de Antioquía, Sergio Fajardo, quien por el momento encabeza los sondeos.
Sin embargo, todavía hay mucho camino por recorrer. Y posibles alianzas -entre estos candidatos o con otras de las figuras en contienda, como el exprocurador ultraconservador Alejandro Ordóñez- seguramente irán despejando todavía más al panorama.

Las elecciones mexicanas, que se disputarán el 1 de julio, tampoco tienen un claro favorito, aunque por el momento el izquierdista Andrés Manuel López Obrador marcha por delante en casi todos los sondeos.
López Obrador ya estuvo bastante cerca de llegar a Los Pinos en dos ocasiones: en 2006 Felipe Calderón lo derrotó oficialmente con una diferencia de nada más 0,56%, y en 2012 también llegó segundo por detrás de Enrique Peña Nieto.
Pero en estos comicios AMLO -como se conoce popularmente al ex jefe de gobierno de Ciudad de México- ya no cuenta con el apoyo del Partido de la Revolución Democrática (PRD), sino que es el candidato de una coalición liderada por su Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).
Y su principal rival podría no terminar siendo el oficialista José Antonio Meade, del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI), sino Ricardo Anaya, el candidato del Frente por México, la insólita coalición integrada por el conservador PAN y el izquierdista PRD.
Si bien ha sido presentado como un "outsider", por no ser militante del PRI, Meade tiene en su contra la bajísima popularidad del gobierno de Peña Nieto, en el que desempeñó las funciones de secretario de Hacienda, Desarrollo Social y Relaciones Exteriores.
Aunque a su favor también tiene los recursos y maquinaria del PRI, el partido que, de una forma u otra, ha ganado todas las elecciones presidenciales celebradas en México desde 1929 a la fecha, con nada más dos excepciones: Vicente Fox en 2000 y Felipe Calderón en 2006.
Por su parte, la esperanza de Anaya -quien nada más tendrá 39 años para la fecha de los comicios- es lograr capitalizar la voluntad de cambio que parece primar en un sector importante del electorado mexicano por encima de López Obrador.
La primera vuelta de las elecciones generales de Brasil tendrá lugar el 7 de octubre y, la más que probable segunda vuelta se celebrará el día 28 de ese mismo mes. Pero la primera gran decisión de esos comicios tendrá lugar a inicios de año y no correrá por cuenta de los votantes brasileños, sino de la justicia local.
Todavía no se sabe si Luiz Inácio Lula da Silva podrá ser candidato o no. Efectivamente, el resultado de la apelación del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva en contra de su condena por corrupción determinará si el hombre que por el momento encabeza todos los sondeos puede participar en los comicios o no.
Y unas elecciones brasileñas con Lula como candidato serían radicalmente diferentes a unas elecciones sin él.
De hecho, un regreso del golpeado Partido de los Trabajadores (PT) al poder luego de tantos señalamientos de corrupción parece impensable si no es con el popular exmandatario como candidato.
Y su presencia en la boleta también podría terminar facilitando la creación de coaliciones de derecha, en un panorama electoral hasta el momento caracterizado por la fragmentación.
Después de todo, las acusaciones de corrupción no son patrimonio del PT y afectan también a la mayoría de los parlamentarios que apoyaron la destitución de Dilma Rousseff, así como al presidente Michel Temer.
Venezuela es, en más de un sentido, la gran incógnita de este calendario electoral. El presidente Nicolás Maduro aseguró que el país celebrará elecciones presidenciales en 2018, "como manda nuestra constitución".
Pero la fecha de los comicios todavía no se ha anunciado, pero ya está decidida que será en Abril.
Mientras que a Maduro también le han empezado a salir posibles contrincantes desde el mismo chavismo, como el expresidente de PDVSA Rafael Ramírez.
Rafael Ramírez manifiesta su deseo de ser candidato a la presidencia de Venezuela y ataca abiertamente a Nicolás Maduro: "Lo que ha hecho es destruir el legado del comandante Chávez"
Rodrigo Bernardo Ortega sostenía en su artículo: ¿Por qué el giro a la derecha en América Latina? Las elecciones parlamentarias en Venezuela que le dieron un triunfo holgado a la llamada Mesa de la Unidad Democrática; la victoria del candidato de la derecha, Mauricio Macri en Argentina; los escándalos de corrupción que han involucrado a la administración de Dilma Rousseff –y de paso a Lula Da Silva– en Brasil; la negativa del pueblo boliviano de permitir una nueva reelección del presidente Evo Morales y los acercamientos entre Cuba y Estados Unidos, son sólo algunos de los síntomas de la profunda crisis por la que atraviesa actualmente el movimiento de izquierda latinoamericano.
Atrás parecen haber quedado las grandes conquistas sociales que los gobiernos progresistas trajeron a la región como la disminución de la pobreza y la reducción de la brecha de desigualdad. Ahora las nuevas administraciones, buscan desarticular todos estos esfuerzos en favor de la firma de nuevos Tratados de Libre Comercio, el fortalecimiento de otras formas de producción económica que promueven la exclusión, y el ingreso a organizaciones de seguridad que persiguen la desintegración de las naciones latinoamericanas. Todas estas nuevas formas de intervención benefician a un actor que ha estado presente en la mayor parte de la historia del subcontinente: Estados Unidos.
En efecto, el aparente “giro a la derecha” que ha tenido América Latina beneficia los intereses de la Casa Blanca, toda vez que los negocios y los tratados comerciales volverán a formar parte de la agenda de aquellas naciones que, con vehemencia, resistieron la nueva oleada del neoliberalismo que se reestructuró en los años 2000. Al respecto cabe recordar que la política económica de las naciones del subcontinente fue diseñada, durante la década de 1990, por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Este paquete de medidas realizadas para “los países en desarrollo azotados por la crisis económica” y que se llamó Consenso de Washington (que de consenso no tenía nada), impuso un modelo específico para la producción y comercialización, y abonó el terreno para generar dependencia en torno a los posteriores Tratados de Libre Comercio.
No obstante, hacia el final del siglo, esta estructura desmedida mostró sus primeras fisuras aumentando la pobreza y la desigualdad de millones de personas a favor de un puñado de empresarios (http://www.alainet.org/es/articulo/174870). Estas razones llevaron a los gobiernos progresistas a ocupar el poder en distintos países de América Latina, logrando importantes avances para las poblaciones que fueron, sin embargo, agudamente criticados por sus detractores. Como lo dijo recientemente Lula Da Silva: “los ricos no soportaron la idea de que en mi gobierno se haya ayudado a los pobres”. Y esa idea refleja la dura crisis por la que atraviesa actualmente la izquierda latinoamericana, que se encuentra notablemente replegada a causa de la presión que Estados Unidos ha ejercido a la economía mundial.
Es evidente que en los años en que gobernó la izquierda, se puso en práctica un modelo económico alternativo que fijaba su atención más que en la producción de riqueza individual, en la distribución de la renta con el fin de beneficiar a amplios sectores sociales, algo que iba en notable contravía del modelo pregonado por Washington. Sumada a unas pocas excepciones, América Latina fue la zona del mundo que se rebeló en contra del modelo neoliberal y sus políticas impositivas. Durante estos gobiernos, la sociedad en su conjunto constituyó la piedra angular de las decisiones adoptadas, permitiendo evidenciar notables avances como la reducción de la brecha de desigualdad.
Otro de los grandes avances conseguidos por la izquierda latinoamericana fue el fortalecimiento de la integración regional mediante acuerdos de cooperación económica y social que, por primera vez en la historia del continente, mostraban avances significativos. Empero, con los cambios experimentados en los últimos meses es claro que la integración corre un peligro inminente.
La mayoría de las empresas mediáticas en América Latina y el mundo han reproducido con ligereza lo que se ha denominado la “crisis de la izquierda latinoamericana”. Este fenómeno que se explica, aparentemente, por la debacle del movimiento progresista en el continente debido a los reveses sufridos en las elecciones y a los escándalos que han sacudido a los gobiernos, se ha transformado en un lugar común para sepultar décadas de administraciones que se dedicaron a pensar la manera de revertir las condiciones de desigualdad y pobreza. No obstante, la supuesta crisis de la izquierda y el aparente retorno al modelo neoliberal, está altamente sobrevalorada ya que si bien algunos gobiernos progresistas atraviesan periodos complicados, esto no debe generalizarse y mucho menos debe servir como pretexto para desconocer los grandes avances conseguidos por sus administraciones.
Jonatán Carné afirma que la actual coyuntura latinoamericana es el escenario de amplios análisis por la coexistencia de sucesos que hace algunos años eran impensables y que hoy son la novedad, que despiertan expectativas encontradas y que generan un alto nivel de debate en la sociedad.
Los gobiernos latinoamericanos de inicios del Siglo XXI fueron caracterizados como un “Giro a la Izquierda” ya que no hacían referencia sólo a un cambio electoral, sino que compartieron un denominador común que fue la oposición al consenso político neoliberal de los años ’90 y se propusieron remediar los graves efectos sociales, políticos e institucionales que dejó de herencia dicha década en la región. Sin embargo, tras casi 15 años de gobiernos auto-denominados ‘progresistas’ es visible un fuerte agotamiento de estos modelos, lo que deja el camino libre a nuevas tendencias políticas, que emergieron a partir de la alternancia en el poder realizada por el voto popular. Esta alternancia parece dar inicio a una nueva etapa política que muchos analistas están denominando “Giro a la Derecha” ya que rechaza los postulados de los gobiernos predecesores.