AMORES DE ALTURA 



DESDE LA NOCHE DE LOS SIGLOS EL TAITA IMBABURA... 



Fausto Jaramillo Y.
Las voces de los ancianos de mi pueblo resuenan todas las noches en la lumbre de fogón que abriga nuestra choza. En cada palabra, en cada expresión entonada se esconde esa sabiduría amontonada desde la noche de los siglos y los valores que las generaciones venerables intentan inculcar a las que recién empiezan a vivir.
Mitos, cuentos, leyendas, no son otra cosa que los libros orales que nuestro pueblo guarda en las bibliotecas mentales de los ancianos y por ello, nosotros, desde pequeños las escuchamos con unción, con respeto y admiración.
Taita Manuel es el anciano de mi comarca. Unos dicen que ya pasó de los cien años, otros creen que: “no tanto”, pero en realidad no importa cuántos años ha acumulado, sino cuánta sabiduría ha sido capaz de reconocer.
Una noche, cuando el esfuerzo de los juegos no vino acompañado con el cansancio del cuerpo, taita Manuel apareció en la puerta de la choza. Esa era la señal de que por largo tiempo habría fiesta en nuestro hogar. Las palabras del taita Manuel siempre traían sabiduría y mucha, mucha, felicidad.
Con su voz que parecía salir de las negras paredes de adobe de la choza, el Taita empezó a contarnos la historia de otro Taita, del mayor de todos, del más viejo y a la vez de aquel que nunca ha muerto, ese taita que siempre ha estado ahí y seguramente permanecerá allí donde siempre ha estado.
Desde la noche de los siglos, el taita Imbabura coqueteaba con la joven y hermosa Cotacachi. Cuántas veces en sus intentos por seducirla había escrito con letras de llanto los poemas que le dictaba su corazón, hiriendo la tierra con someras o profundas quebradas que recogían las lágrimas del coloso. Otras tantas, los rechazos y desplantes de la pícara, le habían enfadado hasta el punto de lanzar por los aires los fétidos gases de su ira y, cierto es, en ocasiones, hasta con rocas incandescentes había querido herirla.
No había sido fácil conquistarla a aquella casquivana doncella, porque ella no era como las otras, aquellas mozas que por las noches salían de sus chozas a recorrer sus campos y él, viejo zorro en las lides del amor, cambiaba de forma y disfrazado de viejo indefenso se las acercaba. Nueve meses después, el hijo albino era el único detalle que comprometía su paternidad. No, la Cotacachi no salía por las noches, permanecía fría e indiferente a las variables formas del viejo Imbabura.
Ya no sabía qué hacer para conquistarla. Había agotado todo el diccionario amoroso sin resultado. Creía que se le había agotado su ternura, su pasión, su ira, sus palabras, sus lágrimas y hasta su paciencia, pero al día siguiente, al verla allí, frente a él, con su ropaje florido, con su velo blanco de novia, volvía a renacer su corazón, sentía que las fuerzas seguían en él, que aún era joven para enamorarse o quizás porque estaba enamorado era que se sentía joven, pero lo cierto es que el taita Imbabura no tenía paz en su corazón desde que la Cotacachi no caía rendida a sus detalles.
En su dolor recordó que siglos atrás, su amigo y compañero de juergas, el coloso Chimborazo también había sufrido del mal del amor. Él también había sentido aquella espina dolorosa y rencorosa de la indiferencia de la malvada Tungurahua, la que salía por las noches a fumarse un sinfín cigarro mientras conversaba coqueta con el Altar. El Chimborazo, se retorcía de amor y de celos y nada podía hacer, o al menos había olvidado que hacer para reconquistarla. El Chimborazo, como el Imbabura era viejo porque nacieron viejos y solo el amor alegraba sus corazones, sin el elixir del amor ellos eran apenas unos colosos dormidos que rumiaban su dolor.
El joven y atrevido Altar se pavoneaba de sus conquistas. A un lado la mama Tungurahua, al otro, un poco alejada Sangay; en el medio el altivo, gigantesco Altar le desafiaba hasta en altura al viejo Chimborazo. Nadie sabe si fue un día o una noche, la paciencia del Chimborazo se agotó y lanzando un furibundo puñetazo quebró la cabeza del Altar. Volaron por los cielos los pedazos del pretencioso jovenzuelo y como huella de su osadía su cuello quedó roto en decenas de picos.
Por meses la tierra tembló y se sacudió. Cuando renació la calma todos pudieron contemplar al silencioso Chimborazo, cuidando amoroso a su hijo Carihuairazo, mientras del altivo Altar, apenas quedaban unas torres como picos que decían lo alto que había sido. Sangay huyó hacia las selvas del Oriente y desde allí comprendía temerosa la inmensidad de la furia del Chimborazo que había causado tal cataclismo. La coqueta Tungurahua silenció por siglos. Apenas se la escuchaba por las noches gemir el dolor de su culpa.
Claro que el taita Imbabura no tenía a quien echar la culpa de su desventura. La Cotacachi no tenía a quien coquetear. En realidad no era coqueta, solo que fingía no mirar de los intentos del taita; hasta que éste, una noche, cansado de su soledad, se vistió de humano, de un humano viejo y cansado que con dificultad caminaba hasta la Cotacachi. Despacio, como para que ella no se asuste o finja dormir, el viejo Imbabura empezó a escalarla. En su afán de seducirla había olvidado que su anciano corazón no podía alcanzar las alturas y por eso, cuando parecía que lograría su objetivo de llegar a la Cotacachi, se desmayó. Ella que, con ojos semicerrados había mirado con alegría e impaciencia los intentos que hacía el taita por alcanzarla, no lo dejó caer; lo tomó en sus brazos y esperó su despertar. Cuando por fin abrió los ojos, el Imbabura se encontró en el regazo de la Cotacachi que le acariciaba con ternura.
Esa misma noche ella fue de él y él fue de ella. Se fundieron en uno solo. El Imbabura se juró a sí mismo, dejar de seducir a las humanas y serle fiel eternamente a la Cotacachi, y ella, a su vez, pensó que no valía la pena seguir fingiendo indiferencia mientras su corazón latía con fuerza por los besos del taita.
Como recuerdo de aquella noche nació el Yana Urcu, que creció cerca de su madre, la que le amamantó hasta que se convirtió en un esbelto mozo que mira, frente a frente a su padre, desde la tierra de Piñán.
El sol anunció su llegada y el taita Manuel se despidió. Nosotros en la choza quedamos a esperar su próxima visita. Ahora habíamos aprendido el origen del Yana Urcu.


…………………………..
Yana Urcu, elevación de 4.377 metros sobre el nivel del mar. Ubicada en la cordillera occidental, al norte del Cotacachi. A sus pies está la parroquia Imantag, y más hacia oriente el cantón Urcuquí.
SANGRE DE TORTUGA
Fausto Jaramillo Y.

Decir que cada pueblo tienes sus propias costumbres no resulta ninguna novedad. Tampoco lo es, decir que cada pueblo desarrolla una cocina acorde con lo que la tierra produce. Por eso no es sorprendente que exista pueblos que en sus cocinas consten platos que para otros les puede resultar desconocido, novedoso y hasta repugnante.

En Pueblo Viejo, en Esmeraldas, conocí a don Tomás, un moreno pescador, o un pescador moreno, lo mismo daba, pues don Tomás no tenía noción de ser negro, ni le importaba, ni conocía otra vida que la de pescador.

Desde que su memoria empezó a guardar recuerdos, don Tomás amaba el mar sobre todas las cosas. Del mar no solo sacaba el alimento diario para él y para su familia, sino que de su inmensidad sacaba esos aires buenos que hacían de él un ser humano limpio y transparente.

Fue una mañana de agosto cuando conversamos por primera vez. En la arena, él, vestido apenas con un pantalón corto que le daba encima de las rodillas, dejando al descubierto el resto de su piel morena, con un asomo de barba en la que ya pintaba algunas canas, lucía un sombrero de paño negro recuerdo de alguna época o de algún visitante, mientras hacía los preparativos para su trabajo: recogía las redes, las acomodaba en el piso de su pequeña embarcación, y lo hacía con un amor que brotaba por los poros de su piel.

Reía todo el tiempo, con esa alegría infantil de los que se sabe sin preocupaciones. Me acerqué para proponerle que me llevara en su bote, mar adentro, para ser testigo de su trabajo. Que quería grabar en mi cámara todo el significado de esa relación amigable, y a veces, no tanto, entre el mar y el pescador.

Sin comprender mis palabras, aceptó llevarme a pescar unos cuantos ejemplares, y luego me invitaría a su casa para servirnos el fruto de su esfuerzo.

Con fuertes golpes de sus brazos remó lo suficiente como para perder de vista la costa, hasta donde el mar estaba tranquilo. Unas pocas olas apenas servía para confirmar que no estábamos en suelo fijo. Se levantó muy tranquilo y ceremoniosamente, tomó la red entre sus manos y la lanzó con fuerza al agua. Mientras le filmaba, tras el visor de mi cámara no pude dejar de asombrarme de la constitución de su cuerpo. A pesar de sus 5 décadas no tenía ni un asomo de grasa. Todo en él era músculo puro. Fuerza, dureza. No era como yo, que a pesar de ser menor a él, ya aparecía en mi cintura unas cuantas libras demás, tanto como para formar esas pequeñas “llantas” que debía esconder.

Mientras la red capturaba los peces, don Tomás no miraba otra cosa que el mar. Parecía hablar con su mirada, y dirigía sus palabras al mar. Era una conexión indestructible la que había entre los dos. El mar y él, él y el mar, formaban una unidad porque se conocían desde siempre, sabían de su poder, de su fuerza, de sus caprichos, de sus pensamientos y deseos.

Tras una pausa, sacó la red con unos cuantos peces adentro. Los recogió y a unos cuantos los lanzó nuevamente al mar, les devolvió su libertad y su vida. Otros pocos no corrieron la misma suerte y fueron a parar en el suelo de la pequeña canoa en la que nos encontrábamos. Con la mirada sacó las cuentas y decidió que era tiempo de volver. Dejó la red a un lado y tomó los remos con los que empezó a maniobrar para dar vuelta la canoa y regresar a tierra.

No pronunció ni una sola palabra en el viaje de retorno. Tampoco yo le insistí demasiado. Quería más bien admirar las maniobras que él hacía. No tardamos mucho en encallar la canoa y descender de ella. En tierra yo me dediqué a guardar la cámara, mientras él recogía las redes y los remos. Luego tomó un recipiente donde depositó los peces del día y riéndose me hizo señas de que le siguiera.

Llegamos a su casa y unos cuantos negritos vinieron corriendo alegremente a darle la bienvenida. Era lógico que yo pensara que se trataban de sus hijos, o quizás sus nietos. Don Tomás tras depositar en la puerta de entrada de su humilde casa de madera de dos pisos los aparejos de la pesca, tomó a una pequeña negrita entre sus musculosos brazos, la alzó y le estampó un beso en la mejilla, al tiempo que juntos reían a carcajadas.

Nunca imaginé la sorpresa que me llevaría cuando no fueron una ni dos, sino 4 mujeres las que salieron de la casa para saludarle, y él como la cosa más natural del mundo me presentó a sus cuatro esposas.

La mayor debe haber tenido la misma edad de don Tomás, y luego iban decreciendo en edad, hasta que la menor debe haber tenido edad suficiente como para ser su hija, pero era su esposa.

Las cuatro vivían en la misma casa. Las cuatro compartían casa y esposo. Por supuesto no compartían cama, cada una de ellas tenía su propio lugar asignado donde debía dormir y permanecer mientras don Tomás decidía a cuál de ellas visitaría esa noche.

Producto de sus 4 esposas, don Tomás tenía 11 hijos, el mayor de los cuales ya no vivía con él, ya había formado su propia familia, mientras que la más pequeña apenas tenía meses de nacida cuando yo la conocí.

Cada una de las esposas tenía asignada una tarea dentro del hogar. Una se encargaba del aseo de la casa, la otra debía ir al mercado, hacer las compras. La tercera debía cocinar y la cuarta debía cuidar de los hijos, de todos los hijos de don Tomás. Claro que en su forma de vida, no era mucha la ropa que debían lavar y mantener, tampoco era muy exigente la cocina ya que, fuera del número, no eran personas refinadas en el paladar.

Pero, lo más extraordinario era la amistad que se profesaban entre ellas. Se notaba la ausencia de celos o de cualquier otro sentimiento que se le parezca. No había sentido de propiedad privada particular, entre todos los miembros de la familia practicaban aquello que podría llamarse propiedad común, compartida. Quizás esa era la razón para que en la casa de don Tomás todo fuera sonrisa, carcajada, felicidad.

Claro, yo no iba a perder la oportunidad de preguntarle a don Tomás sobre el secreto para lograr tamaña hazaña; por eso, mientras saboreábamos un exquisito chupé de pescado le hice saber de mi inquietud. Don Tomás no perdió la oportunidad de soltar una sonora carcajada al tiempo de decirme que a la mañana del día siguiente me esperaría para responder a mi pregunta.

Extrañado acepté la propuesta. Tras terminar la comida, me despedí de toda la familia y emprendí el viaje hasta la ciudad donde me hospedaba.

Al día siguiente, muy temprano, no embarqué la cámara sino unas cuantas cervezas que le había prometido a don Tomás, y me dirigí hasta Pueblo Viejo. Tras unas horas de viaje llegué a la puerta de la casa del pescador y una de sus 4 mujeres me pidió que le esperara, que volvería a la hora del almuerzo, y que yo no podía entrar a la casa mientras el jefe de la misma no estuviera presente.

Impaciente no tuve otra alternativa que esperarlo. Fui a rondar por el pueblo, conocer sus polvorientas calles, las que no conocían de veredas ni asfalto, por las que transitaban con pasos quedos como sus voces, los humanos y los perros. No pude esconder una sonrisa al ver que un perro, con todos los años encima caminaba junto a su ama, y ambos tenían un defecto en su caminar lo que otorgaba al cuadro una semejanza surrealista.

Por fin, cerca del mediodía distinguí la figura de don Tomás caminando hacia su casa. En lugar de las redes y pescado traía entre sus fuertes brazos una tortuga de mar, de esas que ya han perdido sus patas y han desarrollado algo parecido a unos remos. Le di alcance antes de que llegara a su casa y le acompañé en el trayecto. Cuando llegamos, tras los saludos a “sus” mujeres, don Tomás se preparó para revelarme su secreto. En un banco en la puerta de su casa, con la tortuga a sus pies, pidió un vaso, y cuando lo tuvo en sus manos, sacó una navaja y con la habilidad propia de la costumbre le propinó un tajo al quelonio que de inmediato empezó a sangrar. Llenó el vaso con la sangre caliente del animal y me ofreció. Al notar mi resistencia, nuevamente su carcajada tronó en el ambiente y, luego, con voz sonora, casi gritando me dijo que si yo quería tener la fortaleza para encerrar a 4 mujeres en una casa debía beber la sangre de las tortugas, que ese era su secreto que le permitía visitar al menos a una, cuando no a dos mujeres, cada noche, y con picardía añadió. “Mujer satisfecha en el amor no se acuerda de reclamar."