INFLUENCIA DEL MARXISMO Y DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE EN LOS INTELECTUALES DEL ECUADOR  



EN HOMENAJE AL CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE ESTE TRABAJO INÉDITO DE OSWALDO ALBORNOZ PERALTA 



I
ANTES DE LA AURORA

Las teorías socialistas, principalmente las de los utopistas y las de los pensadores pequeñoburgueses de Francia, ya son conocidas en el Ecuador en el siglo XIX, pues ya en 1851 son furiosamente combatidas por fray Vicente Solano en su folleto titulado El Señor Jacobo Sánchez en el Ecuador, y la verdad en su lugar. Allí arremete contra Saint Simon, Fourier, Cabet, Owen, Luis Blanc y Proudhon, cuyas doctrinas las califica de poco menos que diabólicas, a más de impracticables y absurdas. “Porque, a la verdad –dice– es imposible cambiar el estado presente de la sociedad humana, que es el proyecto de los socialistas”.[1]

Empero, desde la llegada al poder del tirano García Moreno, volviendo a las prácticas oscurantistas coloniales aventadas por la independencia, se impone una total censura para todas las ideas de avanzada. Este odioso trabajo de profilaxis social es encomendado al clero en cumplimiento a lo establecido por el Concordato firmado con el Vaticano. De conformidad a este tratado, todo cuanto se considera peligroso para la religión o la estabilidad del régimen imperante, es objeto de prohibición absoluta y de castigo inflexible cuando en alguna forma, burlando la vigilancia clerical, logra manifestarse. Quince largos años dura la cuarentena garciana.

Aún después de derrocada la sangrienta dictadura, en virtud de que sigue vigente el célebre Concordato, persiste la persecución a las teorías progresistas, si bien es cierto, ya no con la dureza anterior. Así, un joven escritor liberal, Manuel Cornejo Cevallos, autor de un opúsculo titulado Carta a los Obispos,[2] es acusado de profesar el darwinismo, entre otras tendencias heréticas y contrarias a la religión católica. Un clérigo le sale al frente, le llama necio, y dice refiriéndose a la teoría evolucionista de Darwin: “Es como que se dijese que un huevo se convirtió en gallo, el gallo en buitre, el buitre en mono, el mono en hombre. Esta es la ciencia que se opone al Génesis”.[3]

Y ante tan rotunda demostración, el arzobispo Ignacio Checa y Barba –ateniéndose al Voto razonado de la Consulta General Eclesiástica acerca del folleto titulado “Carta a los Obispos” y a la resolución del Concilio Provincial 2° Quitense– no tiene otra alternativa que condenar el folleto ¡y excomulgar a los lectores![4]

Un poco antes de lo narrado, nuestro gran escritor e ideólogo liberal, don Juan Montalvo, refiriéndose a la Internacional de Marx dijo en un discurso pronunciado en la instalación de la Sociedad Republicana:

La Internacional es una sociedad cosmopolita: no la temen sino los tiranos; y con justicia, porque sus estatutos y sus fines son contra la tiranía. La Internacional es una sociedad universal: tiene su centro en Francia y en rayos luminosos se abre paso por todo el continente. La Internacional es sabia en Alemania, prudente en Inglaterra, atrevida en Italia, fogosa en España, terrible en Francia, pueblo libertador del Universo.[5]

Las palabras transcritas aunque no se crea, son causa de un escándalo mayúsculo. Toda la prensa católica y conservadora se moviliza para combatir al atrevido. Las más altas autoridades eclesiásticas intervienen en la encendida polémica que se entabla, y a decir verdad, sus pastorales y condenaciones fulminantes, no son muestra de alta literatura, menos de serenidad y cordura.
Esta campaña de índole ideológica, apunta también a los liberales que combaten al gobierno del presidente Borrero. La “nobleza” y los terratenientes de Quito, en una Protesta que consta inserta en la Historia del Ecuador del escritor Juan Murillo dicen esto de esos terribles enemigos del orden público:

(…) los que tienen sobre si los anatemas justos del episcopado y la execración de cuantos hombres abrigan en su corazón algún sentimiento de honradez y probidad; en una palabra, los propagadores de la Internacional y de la Comuna, y, como tales, enemigos de la religión, de la autoridad, de la familia, de la propiedad, del hombre y de Dios, esos son los autores de la inicua revolución.[6]

Y casi enseguida, durante un tumulto clerical provocado por un cura extranjero de apellido Gago, según la relación aparecida en el periódico El ocho de Septiembre, “la turbamulta recorre las calles de la Capital armada de palos, piedras, puñales y revólveres, dando en voz en cuello los desaforados gritos de “viva la religión”, “mueran los herejes”, “viva el Papa”, “abajo los mazones (sic)”, “mueran los comunistas, los incendiarios” y otros denuestos por el estilo”.[7]
Largos años dura este combate. Las excomuniones contra las publicaciones progresistas prosiguen y los escritores retrógrados no se cansan de maldecir todo lo que huele a democracia. Todavía en el año 1884, para citar un ejemplo más, el novelista conservador Juan León Mera, en un impreso que titula Otra carta del Dr. D. Juan Benigno Vela, continúa la batalla contra la Comuna y la Internacional. Protesta por la vuelta de los comuneros del destierro de Nueva Caledonia y afirma “que los ocho millones de afiliados en la Internacional que es la personificación de la revolución, se compone de los sectarios en que me vengo ocupando: allí están liberales, radicales, comunistas, socialistas, etc.”.[8] Son las mismas palabras que se repetirán después y que se siguen repitiendo todavía.

Con la Revolución liberal de 1895 dirigida por el general Alfaro, el panorama cambia.

Ya no existen restricciones para la entrada de libros y se permite la libre emisión del pensamiento. Las reformas que se introducen, aunque cortas, fomentan el desarrollo económico del país y ayudan al crecimiento de la incipiente clase obrera, que empieza a organizarse y también a ilustrarse. Si, a ilustrarse, porque el caudillo democrático, sin duda imbuido de la idea liberal de que la educación es la panacea para todos los males, crea escuelas y subvenciona económicamente algunas sociedades de trabajadores que, gracias a este apoyo, logran desarrollar una amplia labor de carácter cultural. Inclusive, favorece la entrada al Ecuador de orientadores sindicales extranjeros, entre los cuales, algunos como el cubano Miguel Albuquerque, tienen ideas avanzadas y propugnan un programa de renovación social. Por eso son combatidos por las fuerzas conservadoras y del liberalismo de derecha, como sucede con el dirigente antes nombrado, que es objeto de ataques furibundos.
Se llega, inclusive, a formar el Partido Liberal Obrero de tipo reformista, plagado al mismo tiempo de proposiciones no solo discutibles, sino simplemente ingenuas por decir lo menos, según consta en el programa que se publica en el periódico La Redención Obrera en 1906.
En suma, la clase obrera no tiene todavía una ideología propia y sigue supeditada a la burguesía. Pero el liberalismo, de todas maneras, había abierto las puertas para la entrada de las ideas socialistas. De las ideas marxistas.

[1] Fray Vicente Solano, El Señor Jacobo Sánchez en el Ecuador, y la verdad en su lugar, Impreso por Justo Silva, Cuenca, 1851, p. 2.
[2] Manuel Cornejo Cevallos, “Carta a los Obispos”, Imp. De Manuel Flor, Quito, 1877.
[3] Un Sacerdote, La Carta a los Obispos, Imprenta de Manuel Flor, Quito, 1877, p. 23.
[4] Voto razonado de la Consulta General Eclesiástica y Decreto del Ilmo. Y Rmo. Señor Arzobispo, acerca del folleto titulado “Carta a los Obispos”. Imprenta del Clero, Quito, 1877, pp. 19-20. En la parte analítica de la resolución del Arzobispo de Quito José Ignacio fechada el 5 de febrero de 1877 se dice: “La fe si no es una no existe. Es pues cierto que para ser católico es necesario estar sujeto a la misma autoridad, rechazar lo que la Iglesia condena y creer lo que ella enseña con su infalibilidad sobrenatural, bajo pena de ser profano al decir de San Cipriano”,. Y el jefe de la Iglesia ecuatoriana lanza el anatema: “reprobamos y condenamos los errores contenidos en el folleto citado (…) y prohibimos bajo pena de excomunión ipso facto incurrenda, a todos los fieles de nuestra Arquidiócesis la lectura, retención y circulación del folleto intitulado “Carta a los Obispos”.
[5] Juan Montalvo, El Regenerador, t. I, Casa Garnier Hermanos, París, 1929, p. 90.
[6] Juan Murillo M., Historia del Ecuador de 1876 a 1888, precedida de un resumen histórico de 1830 a 1875, Biblioteca Ecuatoriana de “Últimas Noticias”, Empresa Editora “El Comercio”, Quito, 1946, p. 134. La cursiva es nuestra.
[7] Idem, p. 163.
En el periódico El ocho de Septiembre se califica al reverendo Gago ‒italiano que había sido expulsado del Perú por sedición contra el gobierno‒ como “religioso poseso, sediento de sangre humana!” por su actitud agresivamente provocadora que desata un auténtico motín (p. 16). En su incitadora prédica “habló contra el liberalismo reprobado por la Iglesia: dijo que la libertad de cultos era un absurdo en filosofía, y una horrible blasfemia en el campo de la Revelación”. (p. 5), según consta en el folleto de sus intercesores Defensa del Catolicismo y sus Ministros, Fundición de tipos de M. Rivadeneira, Quito, 20 de marzo de 1877.
[8] Juan León Mera, Varios asuntos graves. Otra carta del Dr. D. Juan Benigno Vela, Imprenta del Clero, Quito, 1884, p, 22.

LOS PRIMEROS RESPLANDORES
II
Después del colapso liberal con el asesinato de Alfaro, aunque sea lentamente, las ideas avanzadas del socialismo van siendo asimiladas por algunos intelectuales progresistas, a la par que van penetrando en las organizaciones obreras en el fragor de la lucha por sus propias reivindicaciones. Pero casi siempre estas ideas, como es comprensible, tanto entre los intelectuales como entre los trabajadores, están mezcladas con una serie de concepciones erróneas, provenientes del anarquismo y del socialismo reformista que se combinan sin mayor discernimiento con el socialismo científico marxista. Se puede decir que hasta antes de la Revolución de Octubre, debido a nuestro retraso económico y a la consiguiente debilidad de la clase obrera, no hay una real diferenciación entre las distintas tendencias socialistas, no se separa aun lo que es verdaderamente científico de lo que no es. Todavía, estas diferentes tendencias son consideradas en un plano de igualdad podríamos decir, lo que hace que los hombres de avanzada de ese entonces adquieran sus conocimientos en una u otra fuente, mezclando los principios verdaderos con los falsos.
Desde luego, existen anticipaciones muy notables dignas de ser mencionadas. Tal es el caso del doctor Luis Felipe Chaves, que partiendo desde el liberalismo –asiste como delegado al Congreso Liberal de 1923– se convierte en uno de los fundadores del Partido Socialista Ecuatoriano en 1926.
Él, ya en el año 1912, en su tesis doctoral titulada Escuelas Económicas, remitiéndose al materialismo histórico de Marx, sostiene que la economía es el factor determinante del desarrollo social. Dice:

"A esta vacilación, a esta incertidumbre de la Filosofía de la Historia, pone término el genio de un hombre extraordinario, de un analizador profundo y desapasionado de la vida de los pueblos, del inmortal Carlos Marx, quien descubrió el factor–eje de la vida social; factor conocido de todos desde mucho tiempo atrás, pero cuya extraordinaria importancia nadie había apreciado antes, con la claridad y certeza de Marx; tal factor de las sociedades, el que constituye la trama íntima y eterna del Todo Social, es el factor económico".[1]
Y lo que es más, cobijándose bajo la bandera del socialismo, manifiesta que éste que “ha empeñado ruda batalla contra el régimen capitalista”, que terminará “por destruir tan infamante régimen”.[2]
También en su trabajo, como era de prever, hay la conjunción de ideas y doctrinas no afines, que a nuestro modo de ver, por ser producto de la época, no borran los méritos antes señalados. Por ejemplo, siguiendo a Spencer –a quien cita– cree que el darwinismo puede servir de aliado “en la determinación de las numerosas formas de evolución sociológica”. Es notoria sobre todo la influencia del reformista burgués Henry George, cuyas principales obras son conocidas en nuestro país, pues el Catálogo General de la Librería Española de Janer e Hijo de Guayaquil que se publica en 1911, constan Progreso y miseria, La condición del Trabajo y Protección y librecambio,[3] esta última, mencionada por Chaves. De este autor toma la idea de la necesidad de la supresión de la propiedad territorial, y siguiendo su modo de pensar, propone que “verificada la apropiación social de la tierra –nacionalizada– ésta debería continuar en poder de los actuales poseedores en aquella parte que realmente utilizan, pero que se permitiría que de la tierra no utilizada tomen posesión los que deseen trabajar, los que deseen utilizar este común agente natural de producción”.[4]
Se trata, en fin de cuentas, de la entrega de las tierras no cultivadas de los latifundios ‒cuya existencia condena con vigor– para beneficio y usufructo de los campesinos. Para ese tiempo es una proposición progresista, acogida por los ideólogos más radicales del liberalismo. Proposición que también constará por largo tiempo, como punto programático de los jóvenes partidos de izquierda.
Prosigamos.
Hasta antes y durante la primera guerra mundial, según hemos podido averiguar consultando los catálogos de algunas librerías, en el Ecuador, se conocen las siguientes obras marxistas:

— De Carlos Marx:
Precios, salarios y ganancias.[5]
El Capital, Manifiesto Comunista, Precios, salarios y ganancias (sic).[6]
El Capital y estudio sobre el socialismo científico, Precios, salarios y ganancias, Miseria de la filosofía. Contestación a Proudhon.[7] Y Crítica de la Economía Política.[8]


— De Federico Engels:
Origen de la familia, propiedad privada y el Estado.[9] Anti–Dürhing o la revolución de la ciencia.[10] El socialismo utópico y el socialismo científico.[11]
El socialismo y la religión, y Socialismo utópico y el socialismo sin título.[12]
Literatura francesa.[13]

— De Marx y Engels:
Comunista (Manifiesto), por Carlos Marx y Federico Engels.[14]

— De August Bebel:
La mujer.[15]
Socialización de la sociedad.[16]

— De Paul Lafargue:
El derecho a la pereza (dos tomos).[17]
Idea de la Justicia y del Bien.[18]
El matriarcado.[19]
El derecho a la pereza, Por qué cree en Dios la burguesía y Jaurés y Lafargue (controversia): El Concepto de la historia.[20]

— De Karl Kautski:
La cuestión agraria
Parlamentarismo y socialismo.[21]
La defensa de los trabajadores y la jornada de ocho horas.[22]

— De Antonio Labriola:
Materialismo Histórico
Reforma y revolución social.[23]


Los títulos están copiados como constan en los catálogos consultados. Cuando se menciona El Capital de Marx, se trata con seguridad del primer tomo traducido al castellano en el siglo XIX, pues que se enuncia un solo libro.
Al lado de las obras marxistas, existen muchas otras de los teóricos anarquistas o de los exponentes del socialismo pequeñoburgués y reformista. Se lee mucho a Kropotkin, de quien se conoce como una decena de libros. Constan en los catálogos Federalismo y socialismo, El patriotismo y Dios y el Estado de Bakunin. De Proudhon, entre otros, son conocidos los siguientes trabajos: ¿Qué es la propiedad?, Psicología de la Revolución, Única salvación y La creación del orden. Son leídos también Sorel, Luisa Michel, Henry George, Malatesta, Malato y Reclús. Así mismo Vandervelde.
A lo anterior habría que agregar ciertas obras de carácter científico, como las de Darwin, Haeckel, Büchner, Spencer e Ingenieros –para no citar sino unos pocos– que contribuyen también a la formación ideológica de nuestros intelectuales progresistas. Y habría que añadir algunas obras de crítica religiosa como las de Straus y Renán, por ejemplo. Que gozan de una difusión muy amplia.
Algunas concepciones de estos autores, totalmente falsas y negativas, gravitan en el pensamiento de nuestros pensadores avanzados, aun en el de los primeros socialistas, constituyendo por lo mismo, un obstáculo para su claridad y avance.
Se habrá notado que entre los pensadores marxistas que se conocen en el Ecuador, no existe ninguno de Rusia. Los haces de luz del pensamiento inmenso de Lenin, no irradian todavía nuestra tierra.
No es equivocado afirmar, que en la época, a Rusia se la conoce solamente a través de su gran literatura, porque sus escritores clásicos –Gogol, Turguenev, Dostoievski, Tolstoi y Chejov– ellos sí, son leídos, inclusive comentados algunos desde fines del siglo XIX y principios del XX. Y también Gorki, puente de unión de dos épocas diferentes.
De aquí que para nosotros, sea un verdadero deslumbramiento la llamarada de la Revolución de Octubre.
Inmediatamente suscita interés, un deseo inmenso por conocer los hechos y las primeras realizaciones, tanto entre los trabajadores como en los círculos de los intelectuales progresistas. Su gran artífice, Vladimir Illich Lenin atrae magnéticamente las miradas. Todos quieren conocer sus obras, su vida de revolucionario tenaz y abnegado, la hazaña grandiosa de la revolución que dirige magistralmente.
Es como si las puertas de la esperanza se abrieran de par en par.
Ya en 1919, los estudiantes de la Universidad Central de Quito, piden a su rector, doctor Cueva, que se les explique el significado de la revolución socialista.
La información que se quiere es difícil encontrarla en un principio. La prensa en manos de los capitalistas y terratenientes, tergiversa las noticias e inunda sus páginas con burdas calumnias contra la revolución, incluyendo las más ridículas e increíbles, como se puede comprobar revisando los periódicos burgueses y católicos de su tiempo. El clero cumple igual papel con las furibundas pastorales, donde así mismo, campea el engaño y la mentira. Por esto, que se busque con afán las fuentes verdaderas. Los pocos folletos y libros en español que se consiguen, procedentes de los partidos y organizaciones revolucionarios, llegan a constituir joyas auténticas. Y muchas veces los intelectuales, para inquirir la verdad –tal como prueba la bibliografía que consta en algunas obras– tienen que recurrir a publicaciones en idiomas extranjeros, el francés principalmente.
No obstante las dificultades enunciadas, en el mismo año de 1919, algunos intelectuales y trabajadores avanzados inician la tarea de la propagación de las ideas socialistas, tarea esta, que tiene la virtud de alarmar a la prensa reaccionaria. El Comercio de Quito, por ejemplo, se expresa de esta manera en relación a este hecho:

"Se ha dado comienzo en esta capital a una obra de propaganda, más que socialista abiertamente bolcheviquista, mediante la cual, y con fines políticos, que saltan a la vista del más miope, se trata de soliviantar a la clase trabajadora contra los que tienen fortuna, de hacerle concebir irrealiza­bles esperanzas como aquella de la distribución de la propiedad entre todos, cosa que no se ha realizado todavía ni en la misma Rusia”.[24]

También se alarman grandemente los capitalistas y terratenientes, tanto, que organizan apresuradamente una Liga Nacional Obrera Antisocialista, encargada –según se dice en el periódico antes mencionado– “de buscar medidas adecuadas para el apoyo recíproco entre los capitalistas y la clase obrera”.[25] Miembros de esta Liga son, entre muchos otros, Víctor Manuel Peñaherrera, Pablo Guarderas, Francisco Chiriboga y Julio Tobar Donoso. Este último, persistiendo en el empeño, publica más tarde, en 1926, la revista La Defensa, donde escribe una serie de artículos –que después son reuni­dos en el folleto titulado Cooperativas y mutualidades– propugnando el coopera­tivismo obrero católico, para impedir en este campo, “los peligros que encerraría la anticipación de los socialistas”.[26] Para ser convincente, cita el ejemplo de los católicos belgas, afirmando que gracias a esta iniciativa, han recuperado el terreno perdido.
La alarma, empero, tiene razón de ser, ya que en verdad las ideas socialis­tas son acogidas con mucha simpatía y siguen difundiéndose a pesar de las tergi­versaciones y calumnias de la oposición reaccionaria.
El sociólogo Belisario Quevedo es uno de los primeros en mostrar su adhe­sión a las nuevas ideas por medio de la prensa, razón por la que es combatido con acritud por sus contrarios. Su libro póstumo Sociología, política y moral –escrito antes de 1921 y publicado solamente en 1932–demuestra con claridad su pensamiento social. En él, si bien cree que el socialismo no es adecuado para el Ecuador en el momento, lo considera sin embargo como “una necesidad histórica que tiene su tiempo determinado para aparecer a pesar de cualquier cataplasma con que se pretenda evitar o retardar su advenimiento”.[27] Allí, también, pone a la opinión pública en alerta a las falsas informaciones de los periódicos y cables burgueses, “interesados en desfigurar y desacreditar la gran revolución actual, “quizá de mayores consecuencias que la del 89”.[28] Allí, además, polemiza con vigor contra aquellos que en esos tempranos tiempos inician la campaña anticomunista. Un ejemplo. Cuando Velasco Ibarra afirma en una revista que el socialismo mata el arte y el cultivo de la belleza, él contesta en esta forma: “No obstante, en­tre los ministerios de la Dictadura proletaria hay uno de educación; que a la cabeza del Departamento de Literatura extranjera se halla Gorki; que se está llevando a cabo una intensa renovación en la música; que se sostienen las acade­mias y los museos y que los muchachos de las escuelas y de las masas populares están, por primera vez, contemplando, guiados por maestros competentes, las gran­des obras de arte y oyendo conferencias y conciertos”.[29] Es decir, que frente al sofisma y a la afirmación sin base, se oponen los hechos, que no tienen réplica posible.
Otro tanto, y quizás con mayor extensión, sucede en la ciudad de Guayaquil. Allí aparecen algunos periódicos obreros, como los editados por el dirigente gremial Juan E. Naula, que difunden las ideas socialistas. El mismo periodista citado, en el año de 1921 publica un libro de Principios de Sociología Aplicada, que si bien adolece de errores explicables en la época, tiene el mérito de aplicar el marxismo en la interpretación del desarrollo de la humanidad, pues en general se rige por las ideas desarrolladas por Engels en El origen de la fa­milia, de la propiedad privada y del Estado. Y, sobre todo, tiene el mérito in­discutible de saludar la Revolución de Octubre y de defender con ardor a la na­ciente patria del proletariado.
“Por fin –dice– sonó en Rusia el clarín de las huestes oprimidas que, en un hermoso gesto de rebelión y resolución, se lanzan a la conquista de la sublime Libertad Económica y Moral, derribando el trono, pisando la corona y abatiendo prejuicios y privilegios, que, por tantos siglos se habían cebado sobre el tormento y la humillación de las clases obreras”.[30] Y ensalza a Lenin como enemigo de toda tiranía y “adorador fervoroso de la verdadera Libertad”.[31]


Más adelante, puntualiza con más claridad su admiración por la Revolución Rusa, como la patria obrera libre de explotación del hombre por el hombre:

"La República de los Derechos del Hombre, proclamada por los marximalistas, tiene por base la equidad económica mediante la socialización de los medios de producción que son: el suelo, el subsuelo, las aguas, los inmuebles, las maquinarias y en general los útiles de trabajo… Por socialización de los medios de producción se entiende hacerlos del uso de la sociedad, todos esos elementos de vida, para servicio común de los pueblos y no sea propiedad particular de ningún individuo".[32]

Y al mismo tiempo, acogiendo indudablemente las tesis de Lenin sobre la guerra imperialista, alerta sobre lo peligroso que es la pervivencia del imperio de capital para todos los pueblos del mundo:

"Ya hemos dicho que la última guerra mundial no fue otra cosa que una lucha de capitales. Por tanto la paz del mundo, ahora, no significa sino la explotación del mundo, por los capitales triunfantes… Para imponer esa explotación están mandando tropas aliadas contra el Soviet de Rusia, por la explotación se ahorca, se asesina y se martiriza en Norte América; por esa explotación, pretenden tener el palo levantado contra el movimiento reivindicatorio de los Derechos del Hombre en todo el Mundo".[33]

El 15 de Noviembre de 1922, las fuerzas represivas de la oligarquía que do­minan el país, realizan una infame matanza de centenares de obreros, cuyos cuerpos masacrados, para esconder el crimen, son arrojados a la ría. Esta jornada de lucha heroica del proletariado ecuatoriano, tiene ya la inspiración de la Revo­lución de Octubre, donde se ve un ejemplo y se vislumbra el futuro. Desgracia­damente, no tiene aún la dirección de un partido obrero y predominan todavía las concepciones anarquistas, hecho que permite la intromisión de provocadores y agentes de la burguesía, que desvirtúan sus objetivos, y que, al final, le lle­van, a la derrota y al fracaso. Fracaso, bautizado con sangre.
Al estupor que le causa a la oligarquía, que esas masas de proletarios ecuatorianos traten de encontrar nuevos caminos para librarse de la explotación, se suma la airada diatriba del clero encabezada por altos prelados como el obispo de la provincia de Bolívar Carlos María de la Torre, más tarde jefe de la Iglesia católica ecuatoriana. Así se expresa el 28 de abril de 1923:


"Los tristes y deplorables acontecimientos ocurridos en Guayaquil el mes de noviembre del año pasado, despertaron en el ánimo de los ecuatorianos consternación y espanto, porque a la vista estaba, el temible Socialismo, preñado de amenazas, había puesto su planta en nuestro suelo (…) Todo lo nuevo atrae y fascina; y si bien el Socialismo, parto monstruoso del cerebro humano, lleva ya largos años de existencia, hasta hace poco, no había penetrado en nuestra Patria (…) Pero ahora no sólo amenaza apoderarse de las sencillas masas populares, a quienes engaña y seduce con los mirajes de la falsa dicha, más también pretende arrastrar, en su impetuosa y desoladora corriente, a aquellos que, por sus estudios y condición, debieran conocer mejor lo falso y desastroso de tal sistema." [34]

Mas nada detiene el avance de las nuevas ideas, que siguen germinando cada vez más lozanas y vigorosas, como que si el suelo ecuatoriano se hubiera ferti­lizado con el sacrificio de las víctimas. Sus portadores, cada vez, son más nu­merosos.
El doctor Juan Honorato Peralta, otro pionero de las ideas socialistas, científico de valía, se adhiere lleno de entusiasmo y convicción a la gran Revo­lución de Octubre. Su nombre es casi desconocido entre nosotros, tanto que el es­critor Agustín Cueva Tamariz, le califica como un alto valor oculto. Peralta, discípulo de Ingenieros, es quizás el primero que en el Ecuador intenta dar a las ciencias una base materialista, principalmente en lo que se refiere a Psico­logía, Psiquiatría y Biología, aunque con las equivocaciones que el intento con­lleva. Espíritu inquieto, siempre en búsqueda de la verdad, sigue una larga trayectoria hasta descubrir el marxismo, que en su caso, no está limpio de re­zagos de la ciencia burguesa. Pero su valor, su gran valor, está en su papel de precursor y en su fidelidad a la clase obrera.
Su libro titulado La Propiedad –editado en Guayaquil en el año de 1924– es exponente de su pensamiento progresista. Muchas de las ideas allí constantes, como su posición antiimperialista al denunciar con energía la agresión de Estados Unidos a México durante el período de la revolución mexicana, merecen ser desta­cadas con mayor detalle. Mas aquí, nuestro objetivo es solamente mostrar su sim­patía y adhesión a la Unión Soviética.

"De este modo –dice– se ha iniciado la crisis del derecho de propiedad particular, individualista, a favor del dominio colectivo, como un medio necesario de dignificación moral, como una preparación para la vida en una forma de la sociedad futura, cuyos lineamientos empiezan a colum­brarse en los ensayos llevados a la práctica, con éxito brillante, por la Rusia sovietista.
La Rusia, como hemos visto antes, marcha a la vanguardia de ese gran movimiento de renovación moral y económica, de los pueblos oprimidos por las injusticias del régimen capitalista. La socialización de la economía pública, se ha decretado, en su fase inicial, para la gran industria, los latifundios, los medios de transporte y las instituciones bancarias.
La expropiación de los expropiadores, o sea la socialización de los medios productivos, ha venido, pues, a convertir la propiedad subjetiva e individualista, en una función social, en fuerza misma de las necesidades económicas, como una consecuencia inevitable del proceso histórico que atravesamos".[35]

Más tarde, en 1927, escribe su Mensaje a los trabajadores en el X aniversario de la fundación del Soviet, que no es otra cosa, diríamos, que una reafirmación de fe en la revolución y en el provenir de la obra de Lenin.[36]
El jurista y escritor Antonio Quevedo –en esa época hombre progresista y simpatizante del socialismo– en su libro Ensayos sociológicos y políticos, en gran parte de su obra analiza con penetración y ensalza las grandes conquistas logradas gracias a la revolución. De Lenin dice lo siguiente: “Murió en Enero del presente año, después de haber dirigido la Revolución más grande que registran los siglos, en medio del amor y devoción religiosos ya legendarios, de la mayoría del proletariado ruso. Actualmente su nombre es el más popular del Globo”.[37]



Luis Felipe Chaves, que en la década del 30 llega a ocupar el elevado sitial de rector de la Universidad Central del Ecuador es otro de los intelectuales que con tesón impulsa la propagación de las ideas socialistas, ponderando la obra revolucionaria de Lenin en un opúsculo que escribe sobre el particular. Él también, como todos los pioneros revolucionarios, recorre un camino largo y lleno de obstáculos impuestos por el medio, hasta llegar a las fuentes del marxismo. Viene desde el liberalismo manchesteriano, donde después de buscar y escarbar con ahínco, no encuentra la justicia y la felicidad que ansía el hombre.
No es vano el esfuerzo por ellos desplegado para difundir la teoría revolucionaria y hacer conocer las conquistas logradas por el joven Estado Soviético. La influencia de las nuevas ideas se deja sentir en muchas partes. El mismo Partido Liberal, bajo la presión del sector izquierdizante y ante el temor de perder ascendiente en las masas populares, se ve obligado en el Congreso realizado en el año de 1923, a incluir en su Programa algunos postulados progresistas como la reforma agraria y una serie de medidas en favor de la clase obrera.
Uno de los integrantes de ese Congreso, Pío Jaramillo Alvarado –La Asamblea Liberal.- sus aspectos políticos, Quito, 1924– dice refiriéndose al Programa aprobado, que allí, “el liberalismo que es evolución, el radicalismo que es acción violen­ta, ha encontrado en el socialismo el significado novísimo de la sociedad frente al Estado, y ha conseguido con esto las grandes definiciones del derecho contemporáneo, singularmente en lo que toca al derecho de propiedad, base de la ri­queza generadora de la vida”.[38] Algunos de los delegados a este Congreso, poco después, abrazaron las ideas socialistas.
También en la transformación política del 9 de Julio de 1925 se deja sentir el influjo de las ideas del socialismo. Algunos jóvenes oficiales, gestores del movimiento, tienen ideas socialistas, aunque no bien estructuradas, razón por la cual no pueden dar una certera dirección a su gestión política, pero que sin embargo contribuyen para que en el primer momento –durante la etapa democrática– se tomen algunas medidas avanzadas. El principal dirigente civil de la revolu­ción juliana, Luis Napoleón Dillon –escritor y economista distinguido– poco más tarde, cuando se reúne la primera Asamblea Socialista, hasta envía su adhesión al nuevo Partido.[39]
Todo lo expuesto demuestra que el ambiente es favorable y que existen las premisas necesarias para la organización de un Partido Socialista, que sea la vanguardia del pueblo y de la clase obrera ecuatoriana.


[1] Luis Felipe Chaves, Escuelas Económicas, en Anales de la Universidad Central N° 4, Quito, 1912. Reeditado en la recopilación La propiedad privada y el salario, Estudio Introductorio de René Báez y Lucas Pacheco, Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano N° 30, Banco Central del Ecuador, Quito, 1987, p. 169.
[2] Idem, p. 177.
[3] Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, Guayaquil, 1911, p. 293.
[4] Chaves, op. cit., p. 182.
[5] Catálogo de la Librería Española, Guayaquil, 1911, p. 133.
[6] Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, Guayaquil, 1915, p. 361; Bonifacio Muñoz, Catálogo General de la Librería Sucre, Quito, 1918, p. 259.
[7] Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 259.
[8] Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 145; Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 260.
[9] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 132; Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 255.
[10] Catálogo de la Librería Española, 1915, p. 204; Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 245.
[11] Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 258.
[12] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 135; Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 158.
[13] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 189; Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 251.
[14] Catálogo de la Librería Española, 1915, p. 140.
[15] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 131; Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 154; Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 253.
[16] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 135; Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 158; Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 258.
[17] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 121.
[18] Catálogo de la Librería Española, 1915, p. 355.
[19] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 130; Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 153.
[20] Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 140; Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 259.
[21] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 132; Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 155; Bonifacio Muñoz, op. cit. p. 257.
[22] Bonifacio Muñoz, op. cit. p. 364.
[23] Catálogo de la Librería Española, 1911, p. 130; Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, 1915, p. 153; Bonifacio Muñoz, op. cit., p. 258.
[24] El Comercio, Quito, 1919.
[25] Idem.
[26] Julio Tobar Donoso, Cooperativas y mutualidades, La Prensa Católica, Quito, 1942, p. 14.
[27] Belisario Quevedo, Sociología, Política y Moral, Editorial Bolívar, Quito, 1932, p. 120.
[28] Idem, p. 81.
[29] Idem, p. 83.
[30] Juan E. Naula, Principios de Sociología Aplicada, Tipografía y Papelería de Julio T. Foyain, Guayaquil, 1921, p. 227.
[31] Idem, p. 228.
[32] Idem, pp. 228-229.
[33] Idem, p. 239. Las cursivas son del autor.
[34] Carlos María de la Torre, Escritos Pastorales, Quinta Carta Pastoral. Acerca del Socialismo, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1933, pp. 101-102.
[35] Juan Honorato Peralta, La Propiedad, Librería e Imprenta La Reforma, Guayaquil, 1924, pp. 155, 162 y 167.
[36] Juan Honorato Peralta, El Pasado el Presente y el Porvenir. Un Mensaje a los trabajadores, Imprenta el Progreso, s.l., 1927.
[37] Antonio Quevedo, Ensayos Sociológicos y Políticos, t. I, Tip. Editorial Chimborazo de V. Arturo Cabrera M., Quito, 1924, pp. 244-245.
[38] Pío Jaramillo Alvarado, La Asamblea Liberal. Sus aspectos políticos, s. e., Quito, 1924, p. 112.
[39] “Sesión nocturna del 17 (de mayo de 1926): Se leyó una comunicación del camarada Luis N. Dillon que se adhiere decididamente a la Asamblea del Partido Socialista, “su viejo ideal”, proclamando la ruina de los partidos tradicionales”, en Labores de la Asamblea Nacional Socialista y Manifiesto del Consejo Central del Partido, Imprenta El Tiempo, Guayaquil, 1926, p. 35.
Publicado por César Albornoz

III
LAS IDEAS SE HACEN CARNE

En efecto, de la labor propagandística y de difusión teórica, se pasa a la organización de los primeros grupos socialistas. Ya para el año 1924 funciona en Quito el grupo “La Antorcha”, que tiene como órgano doctrinario el periódico del mismo nombre. También funciona en esta misma ciudad el grupo denominado “So­ciedad Amigos de Lenin”, dirigido por el distinguido escritor mexicano Rafael Ramos Pedrueza, que pone a disposición de sus miembros su biblioteca, la que cuenta con numerosas obras marxistas difíciles de encontrar en el medio y que por lo mismo contribuyen mucho para la formación ideológica de sus componentes, quienes realizan una acción digna de encomio y que llegan a pedir la afiliación de su agrupación a la Tercera Internacional Comunista. El 13 de Julio se crea el “Núcleo Central Socialista de Quito” que tiene mucha actividad y que inclusive organiza asam­bleas públicas para propagar las nuevas ideas. Así mismo, en otras provincias y poblaciones del país, funcionan grupos que se van creando paulatinamente. En Cuenca existe el “Núcleo Socialista del Azuay”, en Riobamba se funda él “Partido Demócrata Social”, en Manabí tiene actividad el “Núcleo Revolucionario de Manabí” y en Tulcán actúa el grupo socialista denominado “La Reforma”. Las ciudades de Loja, Ambato, Ibarra y Otavalo, tienen también sus grupos socialistas. Y en Guayaquil, el 28 de marzo de 1926, se realiza la primera asamblea local socialis­ta.
Los grupos socialistas que acabamos de citar están conformados mayoritariamente por intelectuales, debiéndose exceptuar tan solo el de Guayaquil, que gra­cias al desarrollo económico de la ciudad, puede contar con una buena represen­tación obrera. Muchos de los intelectuales que integran los primeros núcleos socialistas están llamados a ocupar un elevado lugar en el campo de las letras y de la cul­tura nacional. Para que se vea que esto es así y que no exageramos, teniendo en cuenta que sus nombres son poco conocidos por las jóvenes generaciones de hoy, vamos a mencionar, aunque sea en pocas líneas, la producción intelectual de al­gunos de ellos.
Empezaremos con el grupo “Antorcha”.


Este grupo está formado por 11 personas –ver El 15 de Noviembre de 1922 y la Fundación del Socialismo relatados por sus protagonistas,[1]– casi to­dos intelectuales, de los que, en aras de la brevedad, mencionaremos únicamente a los más distinguidos. Ellos son:

Jorge Carrera Andrade

Este poeta está considerado, sin discusión, como una de las altas cimas de la poesía ecuatoriana, y no solamente ecuatoriana, sino latinoamericana, razón por la que consta en múltiples antologías. Son numerosos sus libros y cuadernos poéticos, de los cuales citamos solo estos pocos: Biografía para uso de los pá­jaros, Canto al puente de Oakland –con traducción al inglés– Cargaison oceanique –en francés– Lugar de origen y Hombre planetario. También traduce al caste­llano a los mejores vates de Francia, traducciones contenidas en su obra Poesía francesa contemporánea. Sus libros en prosa, sobre variados temas, son paradigma de elegante decir y muestrario de erudición. Latitudes, Viaje por países y libros, Interpretacio­nes latinoamericanas, El camino del sol, Galería de místicos y de insurgentes, La tierra siempre verde, son sus producciones más notables en este campo.

Ángel Modesto Paredes

Es el encargado de la difusión de AMAUTA, la gran revista de José Carlos Mariátegui, en nuestra patria. Dos veces, nos parece, colabora en ella.
Se destaca en sociología y derecho internacional sobre todo, aunque no deja de adentrarse en otros campos, inclusive en el literario, pues es autor de algunas novelas.
En su especialidad principal, la sociología, entre otros, escribe los si­guientes libros: Sociología general aplicada a las condiciones de América (1924), La conciencia social (1927), Los resultados sociales de la herencia (1935), Pro­blemas etnológicos indoamericanos (1947) y Biología de las clases sociales (1954). Y en derecho internacional: Informe sobre la importancia de ratificar la conven­ción sobre derecho internacional privado, suscrita en la Habana y el nuevo derecho internacional y Las bases de la paz en América.
Su producción intelectual, si bien democrática y progresista en su época, está alejada del marxismo. El sociólogo Rafael Quintero –prólogo a la antología de Paredes titulada Pensamiento Sociológico publicada por el Banco Central– dice que su “tragedia fue no poder escapar a las determinaciones de su tiempo”.[2]

Hugo Alemán

Poeta, Y como poeta es un puente, pues emerge del modernismo y de la in­fluencia de la generación decapitada, para llegar al canto nuevo y defender la causa del hombre y de los pueblos. Sale del pesimismo –“Del mal de ser poeta, de esta melancolía que me hace amar lo enfermo, las imágenes mustias”– para arribar al vibrante ¡No pasaran! y condenar al fascismo que inunda en sangre la España Republicana: “Ni el asesinato procaz de ancianos, niños y mujeres –dice– han podido vencer la resistencia y el vigor proletarios”.[3]
Prosista. Libros y folletos de variados temas: Presencia del pasado –dos to­mos– Tránsito de generaciones, Ernesto Noboa y Caamaño artífice del soneto “Emo­ción vesperal”, Antonio C. Toledo: poeta del amor y del infortunio y Sucre: parábola ecuatorial. Este, su legado.

Augusto Arias

Es intelectual múltiple: poeta, periodista, biógrafo, crítico literario y pedagogo. El volumen de sus Obras selectas publicado por la Casa de la Cultura en 1962, donde se ha reunido la mayor parte de sus trabajos en prosa, consta de diecinueve temas. Entre ellos, los más conocidos, son los siguientes: Cristal indígena, Vida de Pedro Fermín Cevallos, Luis A. Martínez, España eterna y Al­mas y lugares. Obras poéticas: Poemas íntimos y El corazón de Eva. Y su texto, Panorama de la literatura ecuatoriana, ha enseñado esa materia a muchas generaciones de estudiantes secundarios.

Delio Ortiz

Es autor de algunos libros. EI más notable, quizás, es Diplomacia de gánsters que estudia el Tratado Salomón‒Lozano celebrado entre Colombia y el Perú, en mengua de los intereses ecuatorianos. Benjamín Carrión, que prologa esta obra, considera a Ortiz “como a uno de los más vigorosos escritores políticos del Continente”.[4] Aunque el jui­cio, sin duda exagerado, sirve para evaluar su categoría.

El Grupo "Lenin

El grupo “Lenin” está integrado así mismo por algunos intelectuales. Tres son ingenieros: Alberto Suárez Dávila, Pablo Charpantier y Timoleón Jácome. Hay un periodista: Luis Anda Rumazo. Pero la figura más sobresaliente es la del pro­fesor Fernando Chaves, conceptuado como el precursor de la gran novela indigenis­ta ecuatoriana, con su conocido libro Plata y bronce, publicado en 1927. Es autor además de La embrujada y Escombros pertenecientes al mismo género novelístico, y de Oscuridad y extrañeza, un ensayo sobre Franz Kafka, que precede a su tra­ducción de La carta al padre del escritor checo mencionado. Y fuera del campo literario escribe Ideas sobre la posición actual de la Pedagogía, donde aborda importantes asuntos relativos a esta disciplina científica.
Y en los otros grupos de provincias, como ya se dijo, el panorama es pareci­do. Únicamente daremos dos ejemplos. En el socialismo de Guayaquil está el gran escritor José de la Cuadra, cuyos cuentos y novelas que son numerosas y muy co­nocidos, por su alta calidad literaria, no faltan nunca en las principales anto­logías de la lengua castellana. Y en el grupo socialista de Cuenca está Carlos Aguilar Vásquez –médico– cuyas Obras completas publicadas en la década del 70 se componen de seis gruesos volúmenes, dos de poesía y cuatro de prosa, donde podemos hallar una gran variedad de géneros: novela, cuento, teatro, periodismo y ensayos histórico–sociológicos, como Xima por ejemplo, que demuestra su humana preocupación por la causa del indio. A base de todos estos grupos se forma el Partido Socialista Ecuatoriano. Del 16 al 25 de mayo de 1926 sesiona la primera Asamblea Nacional Socialista que aprueba tres documentos importantes para su marcha y posterior desenvolvimientos: Declaración de Principios del Partido Socialista Ecuatoriano, Programa de Acción del Partido Socialista Ecuatoriano y Estatutos del Partido Socialista Ecuatoria­no. En 1928, el Partido ingresa a la Tercera Internacional Comunista.
La procedencia social y profesional de los delegados a este primer Congreso es muy heterogénea, pero se puede decir, que en general, predominan los elemen­tos intelectuales de origen burgués, los que en gran parte son elegidos para in­tegrar el Consejo Central Ejecutivo Socialista, como se puede ver examinando la nómina constante en el folleto titulado Labores de la Asamblea Nacional Socialista, donde se recogen las actas y documentos de este certamen de inmensa trascendencia para la vida política de nuestro país. Pero, no cabe duda, que la influencia y el impulso que ha dado el movimiento de los bolcheviques a todas las fuerzas progresistas del mundo, está presente en la mente de los delegados.[5]
Al igual que hicimos antes con los miembros de los grupos socialistas, va­mos a mencionar la obra de unos pocos delegados al primer Congreso del Partido, para confirmar lo que se apunta arriba.

Emilio Uzcátegui
Es sin duda uno de los escritores ecuatorianos de mayor producción, sobre todo en lo que atañe a pedagogía y problemas educativos en general. Imposible por lo mismo citar aquí todos sus trabajos, debiéndonos limitar, por consiguien­te, a señalar los más importantes tan solo: Los pedagogos de la libertad, El niño en la legislación ecuatoriana, Historia de la educación en Hispanoamérica, Páginas de cultura y educación, Bosquejo histórico de la escuela laica ecuato­riana y Medio siglo a través de mis gafas.
Ocupa varios elevados cargos. Es Director General de Institutos Normales del Ecuador, Director General de Educación y Decano de la Facultad de Filosofía, Le­tras y Ciencias de la Educación de la Universidad Central. Además es Senador Fun­cional por la Educación en los Congresos de 1930–1935 y Diputado por la Educación en la Asamblea Constituyente de 1544–1945.

Juan Pablo Muñoz

Es músico y escritor notable. Sus principales trabajos sobre música son Nacionalismo y americanismo musical y La música ecuatoriana. Escribe también un ensayo titulado Glosario de Amiel –1938– donde rebate algunas opiniones del doctor Gregorio Marañón vertidas alrededor de la personalidad del autor del renombrado Diario íntimo. Y en 1943, el “Grupo América” publica, entre otras, su conferencia Confrontación americanista de la post–guerra. Desempeña el cargo de Director del Conservatorio Nacional de Música. Deja, al morir, algunos libros inéditos.

Reinaldo Murgueytio

Es un maestro sobre todas las cosas, pues consagra su existencia íntegra, a la educación de la juventud ecuatoriana.
De lo que nosotros conocemos, ha publicado Yachay-huasi, Llacta cuyani y Tierra, cultura y libertad. El primer libro es bilingüe –castellano y quechua– que contiene una serie de leyendas, cuentos, fábulas y poesía aborígenes. El se­gundo es una obra de teatro escrita en colaboración con el profesor Jorge Rome­ro para ser presentada en escenarios rurales preferentemente. Y el tercero, de carácter pedagógico, es un valiente alegato en favor de una “reforma educativa, agraria y social” encaminada a la redención del campesino y del indio ecua­toriano.[6]
Su desvelo, y su lucha en contra de la explotación y menosprecio del indí­gena, son méritos, méritos muy grandes, de Reinaldo Murgueytio.

Miguel Ángel León

Otro poeta y gran poeta. Abre también surcos nuevos en la poesía ecuatoriana, modificando su forma y contenido, pues al lado de la innovación formal introduce su visón de la cruel realidad que le rodea, y rompe lanzas contra la injusticia. E1 indio irredento, cargado como un Cristo de injusticias, inspira su Elegía de la raza: “Canta mirlo negro. Di tu deprofundis torcaza, / río que vienes gritando desde arriba, / llora mi dolor y el dolor de la raza”.[7]
Sus poemas están recogidos en el libro titulado Labios sonámbulos. Tiene además tres obras de teatro: Hacia el Oriente, Tarqui y Héroes anónimos.[8] Ejerce el magisterio, llegando a Rector del Colegio “Pedro Vicente Maldonado” de la ciudad de Riobamba.

Gregorio Cordero y León

Su obra intelectual es muy poco conocida, pues que desterrado por la dic­tadura de Federico Páez se radica en la ciudad de México, donde permanece hasta su muerte. Autor teatral de preferencia, allí publica tres de sus obras en 1954: Dios consiente, Dies irae y Maldito el fruto de tu vientre, recogidas en un volumen con el título de Tres tragedias rurales.[9] Y en Guadalajara se edita su pieza denominada Hampa.
Antes de partir al exilio, en 1935, según noticia que da Ricardo Descalzi en su Historia critica del teatro ecuatoriano, había logrado la representa­ción de algunas de sus obras dramáticas que permanecen todavía inéditas. [10]
Siguiendo la tónica de su generación –la generación del 30– el contenido de su producción teatral es realista, donde aflora la rebeldía y el ansia de reivindicación social. La denuncia, a veces a grito herido, está presente a lo lar­go y a lo ancho de su obra.

Abraham Moscoso

Se trata de un gran pintor, considerado justamente como precursor de la pintura de denuncia social. Comprometido con su pueblo, retrata en sus cuadros la injusticia y la hipocresía de las clases dominantes, que en la atmósfera pa­cata de su época son motivo de protesta de los sectores más retrógrados de la sociedad, que no logra amilanar, en ningún momento, el filo de su pincel revolucionario.
Al lado del artista, está el luchador político. Interviene en la organización de los trabajadores intelectuales en el Centro Nacional de Bellas Artes en 1924 y luego en la Sociedad de Artistas en 1935. La cárcel, la persecución, son consecuencias de su accionar revolucionario. Muere tempranamente a los cuarenta años de edad, pese a lo cual, su nom­bre no puede faltar en la historia del arte ecuatoriano.

Quedan varios otros intelectuales al margen de este estudio, unos pocos más serán mencionados en las páginas que siguen.
Pero lo visto es demostración suficiente del papel honroso que cumplen como pioneros del movimiento revolucionario al transformarse en combatientes de la causa socialista y difusores de la verdad del marxismo‒leninismo.
El papel protagónico que desempeñan, empero, prueba por otro lado la debi­lidad de nuestra clase obrera, que no cuenta todavía con una representación que garantice una conducción firme del Partido recién creado. Las consecuencias de este fenómeno son grandemente negativas y muy pronto se dejan sentir. Provenien­tes de la burguesía y de la pequeña burguesía en su mayor parte, sin una mayor solidez ideológica, pronto algunos intelectuales defeccionan en la lucha y has­ta traicionan a la revolución abiertamente. Otros, adoptando una posición de de­recha, se convierten en abanderados de ideas revisionistas y forman fracciones que propenden a la división partidaria, como en el caso de la llamada Institu­ción Llamarada de Quito y de la Asociación Revolucionaria Ideológica de Ambato.
A la postre, este propósito se hace realidad: un grupo del Consejo Central, alegando dizque la degeneración de la Internacional Comunista, se separa de la dirección y llama a formar un nuevo Partido Socialista, que efectivamente se organiza en 1933. Todo esto, después de una lucha ideológica intensa.
No obstante lo indicado, una gran parte de intelectuales se mantienen fieles a sus ideas y participan valientemente en las luchas democráticas de nuestro pueblo, dando su aporte desinteresado para el progreso de la patria. Son ellos, por lo tanto, los que dejan una hermosa tradición de honestidad para la intelec­tualidad ecuatoriana. Y por lo mismo, son ellos los acreedores de nuestro agra­decimiento y nuestro respeto más profundo.



[1] Leonardo Muñoz enumera a los miembros del Grupo Antorcha: “Éramos los hermanos Paredes (Ricardo y Ángel Modesto), los hermanos Carrera (Jorge, César), Ernesto Mogollón, Gonzalo Pozo, Hugo Alemán Fierro, Julio H. Peñaherrera, Delio Ortiz, Augusto Arias y Leonardo Muñoz… Tienen que estar once”. El 15 de Noviembre de 1922 y la Fundación del Socialismo relatados por sus protagonistas, Segunda Parte, Corporación Editora Nacional - INFOC, Quito, 1982, p. 90.
[2] Rafael Quintero, “Estudio introductorio”, en Ángel M. Paredes, Pensamiento Sociológico, Banco Central del Ecuador Quito, 1981, pp. 44-45.
[3] Hugo Alemán “¡No pasarán!”, en Nuestra España, Talleres Gráficos Romero, Quito 1938, p. 56.
[4] Delio Ortiz, Diplomacia de gánsters, Imprenta de la Universidad, Quito, 1941.
[5] Durante la sesión nocturna del 17 de mayo, “el compañero secretario general [Ricardo Paredes], se levanta y dice: «El compañero que me ha precedido en la palabra, para combatir la total abolición de la propiedad privada, ha puesto como argumento el que la Rusia de los Sóviets, no ha podido aún extinguirla, llamando a la Revolución proletaria bolchevista ‘una locura mística’. Si, la revolución comunista rusa es un movimiento místico que está conmoviendo al mundo en sus más hondas raíces, que amenaza derrocar la sociedad burguesa, suprimir todos los privilegios, romper todas sus tradiciones de mentiras, para fundar una sociedad comunista donde el bien y la justicia sean las supremas normas. Si, la revolución bolchevista es un movimiento mítico, porque tiene la fe de las anunciaciones, porque marca el comienzo de una nueva era, acaso la más grande de la humanidad. Labores de la Asamblea Nacional Socialista, 1926, pp. 35-36.
[6] Reinaldo Murgueytio, Tierra, cultura y libertad, Antecedentes para las Reformas Educacional, Agraria y Social en el Ecuador. Talleres Gráficos Minerva, Quito, 1961, p. 6.
[7] Miguel Ángel León, Labios sonámbulos, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1954.
[8] Franklin Barriga López y Leonardo Barriga López, Diccionario de la literatura ecuatoriana, t. III, Ed. Casa de la Cultura del Ecuador - Núcleo del Guayas, Guayaquil, 1980, p. 40.
[9] Gregorio Cordero y León, Tres tragedias rurales, Ediciones Rondador, México, 1954.
[10] Ricardo Descalzi, Historia critica del teatro ecuatoriano, t. III. Ed. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1968, p. 1030.
Publicado por César Albornoz


IV
LOS PRIMEROS PASOS

El joven Partido Socialista empieza a dar sus primeros pasos y sus prime­ras batallas.
En esta etapa –fines de la década del 20– son dos las primeras tareas que cumple: la intervención en la lucha política del país y la labor de capacita­ción ideológica y difusión doctrinaria.
La primera tarea –ligada al trabajo organizativo– comprende la lucha por lograr conquistas que favorezcan los intereses populares, señalando las medidas a adoptarse y movilizando a las masas para exigirlas. Comprende la iniciación de las primeras campañas contra el imperialismo y el fascismo, desenmascarando su verdadera esencia, mostrando su rostro horrísono de enemigos de la humanidad. Comprende el combate por transformar los viejos gremios mutualistas en sindica­tos, que sean escuela de lucha de la clase obrera de acuerdo con las enseñanzas de Marx. Todo esto, sin dejar de mostrar la meta final de nuestro pueblo: la instauración del socialismo.
La segunda tarea se encamina a armar ideológicamente a los cuadros revo­lucionarios, porque se comprende todo el valor de las palabras de Lenin, aquellas que indican que sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria. Y se encamina también a difundir y mostrar por todos los medios las hermosas conquistas alcanzadas en corto tiempo por la Unión Soviética.
Es esta última labor la que principalmente, por su mayor conocimiento teórico en ese entonces, realizan los intelectuales del Partido, ya sea organi­zando cursos dentro de su seno o dictando conferencias en las organizaciones populares. Para esta época se tienen ya mejores y más directas fuentes de in­formación. Llegan varias publicaciones en castellano de la Editorial “Europa–América” de París que, entre muchos otros libros de gran valor educativo, edi­ta en dos tomos las Obras Escogidas de Lenin, donde se ncluyen trabajos de la importancia del ¿Qué hacer?, Un paso adelante, dos pasos atrás y Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, por ejemplo. La misma Edi­torial hace conocer los Diez días que estremecieron al mundo de John Reed –emo­tiva epopeya de la revolución que se adentra en el alma– y los Recuerdos de Lenin de Krupskaia, su firme compañera, que pinta al gran dirigente puro y modesto como es, ardiendo siempre en la llama de su elevado ideal. La Editorial “Edeya” de Barcelona publica también varios libros de Lenin, tales como El Estado y la revolución, El imperialismo etapa superior del capitalismo, El extremismo enfermedad infantil del comunismo y La Comuna de París[1] pongamos por caso, al lado de obras de Marx y Engels y de algunos dirigentes y publicistas ru­sos de ese tiempo, como Stalin, Molotov, Bujarin, Losovski, Manuilski, etc. Igual papel cumplen las editoriales españolas “Cénit” y “Jason”, así como las publicaciones de los partidos comunistas de Argentina y Chile, que aunque no con la regularidad y proporción de las europeas, llegan al Ecuador. Sobre todo, entre las americanas, las de Argentina. Se sabe, tal como apunta Valerian Goncharov en su biografía de Vitorio Codovilla, que los camaradas de ese país, a raíz misma de la Revolución de Octubre, se convierten en entusiastas difusores de la ideología marxista en nuestro continente.[2] En suma, se puede decir, que para los primeros años de la década del 30, buena parte de las principales obras de Lenin han sido traducidas al castellano y por lo mismo son conocidas aquí, si bien es cierto, en círculos reducidos.

La gran revista de Mariátegui, Amauta, que por su contenido literario atrae la atención de los intelectuales, brinda mucha información y ayuda a la formación ideológica.[3] Otro tanto sus libros La escena contemporánea y Siete ensayos sobre la realidad peruana. Sobre todo este último, aparecido en 1928, que siembra la inquietud por la aplicación del marxismo a la solución de nues­tros problemas nacionales, por tratar de asuntos similares a los nuestros, como el indígena entre varios otros.
Efectivamente. Nuestra patria –con las lógicas pequeñas diferencias impuestas por la geografía y la historia– está marcada por el signo indígena. Las masas indias de nuestra serranía andina hablan el mismo idioma quichua y fueron influidas por la cultura incásica durante su anexión al Tahuantinsuyo. Igualmente, cuando la conquista española, fueron sometidos a sangre y fuego, se impuso concepciones extrañas a su vida y se quiso arrasar con todos sus valores culturales. En la colonia, con modalidades similares, se creó el latifundio y se las sujetó a la servidumbre. La república prosiguió la obra de rapiña de sus tierras y se las quiso, y se las quiere, asimilar a la fuerza a un modo de vida no deseado por ellas. Y no obstante esto, sin embargo de la opresión y el racismo de cinco siglos, está de pie proclamando sus derechos a la pachamama y a vivir conforme a sus tradiciones étnicas y nacionales. Es decir que el problema indígena está presente y requiere una justa solución. Y es a esta solución, basada en la justicia, a donde apuntan cabalmente Los siete ensayos de Mariátegui. ¿Cómo entonces no iba a tener acogida entre los recién aparecidos partidos de izquierda interesados en el mismo tópico?[4]
Tampoco podemos dejar de mencionar el nombre de José Ingenieros, pues como ya indicamos, sus trabajos científicos son muy conocidos entre nosotros, tanto que influyen en la formación de muchos intelectuales. Tan conocido es, que ya en 1921, nuestro eminente siquiatra doctor Julio Endara, publica en Quito un trabajo titulado José Ingenieros y el porvenir de la Filosofía[5] –que se edita poco después también en la Argentina– dedicado a poner de relieve su con­tribución en el campo de la ciencia. Por esto es que, cuando se conoce su adhesión al socialismo y se leen sus trabajos sobre la gran Revolución de Octubre, que aparecen en su Revista de Filosofía y luego en su libro titulado Los tiempos nuevos, el hecho impresiona grandemente en los círculos culturales y contribuye a acrecentar la simpatía por la causa revolucionaria.
De aquí, de las fuentes que dejamos citadas, adquieren sus conocimientos los militantes del Partido Socialista, varios de los cuales se esfuerzan por darle una justa orientación marxista – leninista y por aclarar los puntos sobre los cuales surgen enconadas divergencias, fruto del bajo nivel teórico unas veces, pero principalmente producto de la lucha ideológica que se desarrolla en su interior.
Reflejo de esto es la conferencia sobre La dictadura del proletariado dictada en 1928 por el escritor Enrique Terán –autor de la novela El cojo Navarrete y de otra inédita Tierras de espanto– en ese entonces Secretario General del Consejo Central, que algunos elementos derechistas impugnan. Él, en esta conferencia –publicada luego en folleto con el mismo título– aborda una serie de problemas importantes, defendiendo los puntos de vista de Lenin, cuyas enseñanzas, dice, “han llenado la ciencia revolucionaria, dándola una potencialidad y un valor indiscutible y firme”.

Señala que “su obra puede ser sintetizada por el estudio de la dictadura del proletariado, con todos los detalles de su aplicación y por el análisis del actual imperialismo capitalista, última etapa del desarrollo de la burguesía”. Se refiere a la necesidad de la asimilación de la teoría revolucionaria, citando la frase de Lenin, que dice que sin ella “la práctica se pierde en las tinieblas”. Y sobre el tema central, argumentando en favor de la forma de gobierno por la revolución, anota: “El Poder Soviético es la aplicación de la dictadura del proletariado y solo él podrá realizar su programa y sus principios de igualitarismo humano”.[6]
Para alcanzar esos objetivos, hace falta un partido disciplinado que mancomune en una sola organización a los trabajadores y a los intelectuales. Estos últimos tienen una gran tarea. Terán, en su conferencia sobre la dictadura del proletariado, lo explica con pasión:

Nuestras filas, que son la fusión del trabajador con el intelectual, ya que entre nosotros, la intelectualidad también es explotada, se reforzarán cuando los intelectuales comprendan su deber moral de defender la justicia de una inmensa mayoría, puesto que ellos, como pocos, deben conocer los principios y las verdades que sostenemos.[7]

Las enseñanzas de Lenin –geniales por su verdad, claridad y precisión– son faro que guía desde un principio la actividad del Partido y de varios intelectuales. Por esto, las fechas de su nacimiento y muerte, nunca pasan desapercibidas para sus militantes, conforme se constata revisando sus publicaciones. La fecha de su natalicio es día en que se hace el recuento de su prodigiosa actividad revolucionaria y se pone de relieve el valor de sus lecciones. Y la fecha de su prematura desaparición, es día de dolor hondamente sentido, día en que brota de los corazones la promesa de fidelidad a su legado.
Su muerte es recordada todos los años sin ninguna falta. Ya no solamente entre los miembros del Partido, sino en asambleas democráticas más amplias. Y los intelectuales, en esta ocasión, no dejan de expresar su pesar por acontecimiento tan infausto. El poeta Jorge Carrera Andrade interpreta así, en el año 1928, la pena hon­da del proletariado ecuatoriano:

Trabajadores
que rizáis los cabellos duros de la madera;
camaradas humildes; herreros; labradores
que leéis como un libro la nube pasajera
y sabéis el agrícola idioma de los vientos;
hombres que dais, a diario, vuestro amor hecho pan;
cargadores de fardos en los muelles hambrientos;
obrero niño, que eres de este siglo guardián;
viejos que camináis a la muerte de hinojos;
campesinos; soldados; hermanos del taller;
una perla de llanto hay en todos los ojos
porque se ha ido el Padre, para nunca volver!

Lenin! Lenin ha muerto. El ánfora de barro ya vacía,
se ha roto dando un gran resplandor!
Ha muerto el que cambiaba en diamante el guijarro,
la flecha en golondrina, por obra del amor.
Ha muerto el que bendijo el arado y la fragua;
el que a todos los seres tendió su mano amiga,
el que dijo a los pobres: De todos es el agua,
de todos es la Tierra, de todos es la Espiga.

El condujo la nave del siglo con sus manos
y lo salvó, en su hora, del naufragio profundo.
El forró los colmillos de los lobos humanos
y levantó el Arco Iris da la Paz sobre el mundo.

Illictch! Lenin! Profeta! Tuya, fue la semilla,
el esfuerzo paciente y la agraria labor.
Tu hoz de sangre segó la zizaña amarilla,
Señor de los humildes ¡Tú eres el Sembrador!
Tú llenaste de luz el interior del fruto
y encendiste la antorcha con leña del pasado.
Hiciste tu camino sobre el mar, a pie enjuto,
y las Montañas de Oro, a tu voz se han volcado.

Calvas de los esclavos rozad, rozad la tierra.
Barbas de los ancianos, temblad, temblad de amor.
Su canción cuotidiana interrumpe la sierra
y en la granja descubre su frente el labrador.
Un estremecimiento pase en la tarde quieta,
la fragua resoplante detenga su labor,
se arrodille el caballo que hala de la carreta
y, en el umbral del campo, llore el perro pastor.
Sobre la mesa puesta baje una luz divina
y tenga un sabor nuevo el cuotidiano pan .....
Lenin un día puso sus manos en la harina
y, envueltas en la miga, sus palabras están.[8]

Joaquín Gallegos Lara, el gran escritor comunista, al conmemorarse los diez años de la muerte de Lenin, dice en prosa admirativa y glorificadora:

Lenin es el luchador proletario máximo, el héroe marxista. Su grandeza no es la grandeza vacía de los representantes de las clases reaccionarias del individualismo explotador. Lenin es el heroísmo de las masas populares hecho hombre. Lenin es la inteligencia de las masas populares hecho hombre (...) Lenin es la sustancia de todas las masas populares hecha hombre. Está, co­mo buen compañero, en medio de nosotros; está en medio de nuestra vida; y es lo mejor de la clase, la punta de la vanguardia, el conductor, el que ve más lejos y más claro, el que comprende más, el que sabe más, el que puede más y vence más.[9]

Y esta actitud de los intelectuales es muy generalizada. Inclusive aquellos que tienen divergencias con algunos principios del marxismo, no dejan de admi­rar a Lenin y rendir homenaje a la Revolución de Octubre. Tal es el caso del doctor Ángel Modesto Paredes, que pone en tela de duda la necesidad de la dic­tadura del proletariado en su libro Naturaleza del poder público y del sometimiento del hombre a las autoridades del país aparecido en 1929,[10] pero no obstante esto adopta la posición antes indicada y no deja de aprobar y elogiar las conquistas alcanzadas por la Unión Soviética. Y es el caso también del doctor Luis Gerardo Gallegos, que hasta llega a separarse del Partido por no estar de acuerdo con las resoluciones de La Internacional según confiesa en su trabajo Rusia Soviética y la Revolución Mundial, publicado como suplemento de la revista Rieles en 1931. Allí, al lado de sus desacuerdos, traza una semblanza encomiástica de Lenin y no deja de poner de relieve los éxitos alcan­zados por la revolución, tanto en los aspectos económicos como culturales. Es­tas palabras, con las que finaliza el trabajo mencionado, reflejan sin duda el fondo de su pensamiento: “El proletariado resolvió tomar el Poder, y en Octubre la vanguardia bolchevique arrastró tras sí a las grandes masas de trabajadores y las condujo a la toma del Kremlin enarbolando la Bandera Roja que hoy flamea allí como una lengua da fuego. Rusia es la Patria del Proletariado mundial y el leninismo la antorcha que alumbra la conciencia de los explotados”.[11]

La senda de adhesión a las ideas del marxismo–leninismo y de apoyo a la construcción del socialismo, es seguida por otros intelectuales progresistas. Al lado de esto, se empieza a querer abordar la solución de los problemas na­cionales desde el punto de vista del materialismo histórico que, así, se va convirtiendo entre nosotros, en efectivo instrumento de interpretación verda­deramente científico. La denuncia de la explotación y de los males que aquejan al país, implícitamente va unida a la conclusión de que la sociedad socialista es la única que puede remediar nuestra situación de retraso y llevar al Ecua­dor por el camino del bienestar y del progreso. Algunos libros y trabajos lle­van el sello de este nuevo espíritu. Así, por ejemplo, el estudio del catedrá­tico universitario Miguel Ángel del Pozo, El problema social en el Ecuador, aparecido en la revista Anales en los años de 1929 y 1930, llega a la de­ducción de que los medios resolutivos de todos los asuntos que atañen a las sociedades, “han menester de ser preparados y adquiridos en el laboratorio del socialismo, único y exclusivo productor de tales medios dentro de las ciencias sociales contemporáneas”.[12]
El joven intelectual Ernesto Miño escribe en 1934 El Ecuador ante las revoluciones proletarias –trabajo publicado en la ciudad de Ambato en 1935– donde concibe la revolución socialista “como producto histórico” necesario[13] e intenta, sin duda por primera vez, interpretar a grandes rasgos la historia ecuatoriana valiéndose del materialismo histórico. También el profesor Humberto Mata Martínez, en su obra Doctrina y Técnica publicada en 1936, sienta como premisa que es a través “del materialismo histórico como se puede descubrir las leyes que rigen la vida de la sociedad humana”,[14] para luego, demostrando las lacras del capitalismo, concluir manifestando que el desarrollo técnico debe ponerse al servicio de los intereses colectivos, para lo cual es imprescindible la implantación del socialismo.

El libro del doctor Ricardo Paredes, Oro y sangre en Portovelo,[15] que se edita en 1938, participa de esta nueva concepción de los fenómenos sociales ecuatorianos, dirigida esta vez a la denuncia de la rapacidad imperialista norteamericana, con la pasión y la fuerza que este abnegado dirigente comunista sabe poner en todas sus acciones. Y es en esta misma década, cuando Pedro Saad, brillante intelectual y luchador revolucionario, inicia su carrera de incansable propulsor del socialismo y ardiente defensor de la Unión Soviética.

Pronto aparecerán sus múltiples trabajos sobre la realidad ecuatoriana, llamados a perdurar por su alta calidad científica y por la claridad y justeza de sus conclusiones.
Otro tanto se puede decir del doctor Manuel Agustín Aguirre. Él, al igual que otros, esgrime sus primeras armas en el campo de la poesía, una poesía moderna a la par que comprometida, donde denuncia con furia engalanada con arte las lacras del mundo forjado por la burguesía. Llamada a los proletarios, Poemas automáticos, y Pies desnudos resumen su producción poética, de la que se apartará luego para emprender su larga trayectoria de escritor político y revolucionario por la causa del socialismo.

Y, por fin, Méntor Mera. Talento diáfano, escribe páginas de gran calidad literaria en el periódico universitario Surcos, donde brega, con fe inmensa por una humanidad sin sombras ni injusticias. En los primeros años de los cuarenta escribe su tesis de grado Proceso sociológico del Ecuador, publicada tardíamente, en 1987, por desgracia.[16] Aquí, con la elegancia que le es característica, no exenta de ironía muchas veces, nos da una visión general con el escalpelo penetrante del marxismo, de toda nuestra atormentada historia.
Hoy quizás se puedan hacer algunos reparos a la obra, pero no cabe duda que, para la época, era una contribución magnífica para el desarrollo de nuestras ciencias sociales, todavía influidas de caducos preceptos.
Ya para esos tiempos negros nubarrones cubren el horizonte del panorama internacional. Las hordas fascistas, blandiendo el garrote de la fuerza bruta, siembran la muerte en los campos y ciudades españolas. Y poco después, sedientas de sangre e inspiradas en el bárbaro Mein Kampf, las huestes mecanizadas de Hitler llevan el odio y la desolación de la guerra a todos los lados de la vieja Europa. Nada se respeta, los valores culturales, las obras de arte ennoblecidas con la huella de los siglos, son arrasadas en la vorágine tremebunda, tal como lo había previsto el pensamiento profundo y diáfano de Romain Rolland. Y la Unión Soviética, dedicada con entusiasmo a la construcción del socialismo es también conducida hasta la guerra y obligada a repeler la agresión criminal del racismo germano.

Estos hechos, como es natural, tienen inmensa repercusión en la conciencia de los intelectuales progresistas ecuatorianos y contribuyen a una mayor radicalización de sus ideas políticas. La mayor parte de ellos, y los más representativos, para honra nuestra, están al lado de la justicia y en contra de la barbarie. Primero, junto con los trabajadores, luchan con tenacidad en pro de la noble causa de la España Leal, dejando escritas páginas que son blasón y orgullo para sus autores. Igual cosa sucede durante la Gran Guerra Patria del pueblo soviético, cuando muchos de los componentes de nuestra intelectualidad se pronuncian abiertamente por la causa soviética, participando con nuestro pueblo en la celebración de las históricas victorias del Ejército Rojo y en el homenaje sus heroicos combatientes, donde los poetas hallan venero de inspiración para su canto.
El periódico Surcos, órgano de la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador, puede servir de testimonio de lo que venimos afirmando, pues allí escriben muchos jóvenes que ahora tienen alta figuración en nuestras letras y donde colaboran, a la vez valores ya consagrados. Es en sus páginas donde Manuel Benjamín Carrión –cuya significación en el campo literario es innecesario ponderar por conocida– se expresa en la siguiente forma refiriéndose al avance ya incontenible de las tropas soviéticas:

Rusia avanza para hacer posible que los hombres, coman su pan, hablen su idioma, tengan su libertad y su justicia. Rusia quiere lo que queremos, en el fondo de nosotros mismos, todos los “hombres de buena voluntad”, a lo ancho y lo largo de la tierra.[17]

Palabras parecidas, o de contenido semejante, existen por doquier en muchas otras publicaciones aparecidas en la época de la Segunda Guerra.

Sólo un ejemplo más: la del ingeniero Rafael Armendáriz. Él en su libro Pústula, dedicado al análisis de algunos aspectos de la vida nacional, dedica el capítulo final a ensalzar el heroísmo de los hijos de la patria socialista. “Con el saludo y el puño en alto –dice– quiero que los pueblos no olviden a los guerrilleros de la Rusia, a sus mujeres y a sus valientes defensores que rompieron cadenas, alambradas y trincheras y están caminando a paso violento y firme para alcanzar la victoria final, que será la victoria de los oprimidos”.[18]
Dijimos que los poetas se inspiran y cantan la gesta que se forjan en los campos de combate de la Unión Soviética. Oíd algunas de sus voces.
Hugo Alemán, a quien ya conocemos, dice:

Leningrado, eres edificante y prodigiosa
Norma de voluntad, de honor, de sacrificio
En la patente voz de la grandeza
y en la terca pupila de la Historia.
………………………….

Rusia: eres la sabia y el albor de la nueva conciencia,
Rusia, eres un camino.[19]

Y Newton Moreno, poeta militante y abnegado luchador por la justicia, dice:

No en vano, pueblo heroico,
Tus ríos de sangre corren por el corazón del hombre,
en un nuevo mapa sin tiranos ni líneas maginot.
No en vano tus trigos ucranianos han brotado en carne,
Y tu viento es sombrío y humo y pólvora.
No en vano. No.
Porque no se arrodillan tus cañones y no caen,
Y siguen disparando la esperanza del mundo.
Porque tu sangre derramada, pueblo nuestro,
volverá a correr por las venas de los hombres.[20]

Y como los dos poetas citados, muchos otros.
Es que la lucha del pueblo soviético, al igual de lo que acontece en el restos del mundo, causa inmenso entusiasmo y regocijo entre los trabajadores y hombres progresistas de nuestra patria, que ven en su valor y sacrificio, no solo la salvaguardia de la dignidad y la cultura humana amenazadas de muerte por la bestia fascista, sino también la alborada de un futuro mejor. Reflejo de este sentir es aquella resolución adoptada por la Asamblea Nacional Constituyente el 7 de noviembre de 1944, mediante la cual, “el pueblo del Ecuador expresa su admiración por la heroica lucha del pueblo y las fuerzas armadas de la URSS”.[21]
Y la voz de nuestros escritores tiene esa misma raíz profunda y vigorosa: el sentimiento popular, ese viento del pueblo impalpable pero siempre presente, del que habla Miguel Hernández. De allí su lozanía.
Terminada la guerra, con la victoria y el honor en alto, otros intelectuales siguen la senda de las ideas socialistas. Pero el examen de esa nueva etapa no es motivo de este trabajo.

[1] Los títulos citados son los que tienen los libros publicados por los editores que se nombran y que los tomamos de los originales que constan en los catálogos de la época.
[2] V. Goncharov, El Camarada Vitorio. Semblanza de V. Codovilla, Ed. Progreso, Moscú, 1980, p. 36.
[3] La revista Amauta, dirigida José Carlos Mariátegui (1894-1930), apareció en septiembre de 1926 y se editó hasta el 16 de abril de 1930.Considerada la más importante del siglo XX, en sus 29 números se publicaron importantes trabajos de la nueva generación intelectual. En sus páginas se evidencia no únicamente el debate político y las rupturas teóricas, pues también informa acerca de los movimientos culturales de la época, particularmente del Perú y nuestra América Latina, por cuyos caminos la revista limeña transitó con singular simpatía.
En junio de 1927, Amauta fue clausurada por la supuesta existencia de un “complot comunista” para derrocar al gobierno de Leguía. Apresado Mariátegui en el hospital militar de San Bartolomé, una campaña internacional abogó por su libertad.
En abril de 1928 se produjo la ruptura entre Mariátegui y Haya de la Torre por las discrepancias con respecto a la organización de la APRA. Mariátegui denunció la ruptura unilateral de la política de frente único por la de partido único, y la práctica política basada en “el bluff y la mentira” propia de la política civilista. En este contexto, Mariátegui tomó contacto con la Secretaría Sindical de la Tercera Internacional y envió delegados al IV Congreso de la Sindical Roja o Profintern en Moscú y al Congreso de los Países Orientales en Bakú. Con ello se iniciaron los vínculos de Mariátegui y sus colaboradores con la Tercera Internacional. En setiembre del mismo año la revista Amauta se define socialista. Semanas después, el 8 de octubre se funda el Partido Socialista del Perú y Mariátegui es elegido Secretario General. Al no estar acorde con los requisitos solicitados por la Tercera Internacional para ser reconocido como su sección peruana, se decidió cambiar su nombre por el de Partido Comunista. A fines de 1928, Mariátegui publica sus Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, uno de los libros más lúcidos sobre los problemas de su país analizados desde una perspectiva marxista. (N.del Ed.)
[4] Sobre la influencia de Mariátegui en el Ecuador ver: Oswaldo Albornoz Peralta, “Mariátegui en el Ecuador”, en Revista Ecuatoriana del Pensamiento Marxista N° 13, Quito, septiembre de 1989, pp. 43-53.
[5] Julio Endara, José Ingenieros y el porvenir de la Filosofía, Agencia General de Librería, Buenos Aires, 1922.
[6] Enrique Terán (Iskra), La dictadura del proletariado, Imprenta del Consejo Central del Partido Socialista Ecuatoriano. Sección de la Tercera Internacional Comunista, Quito, 1929, pp. 21, 32.
[7] Idem, p. 30.
[8] Jorge Carrera Andrade, “Lenin ha muerto”, en La Vanguardia, Órgano del Consejo Central del Partido Socialista, Año I, Nos. 5-6, Quito, 1928, pp. 18-19. Reproducido también en Hugo Alemán, Presencia del pasado, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito 1953, pp. 107-108.
[9] Joaquín Gallegos Lara, Bandera Roja. Órgano del CC del Partido Comunista del Ecuador, Guayaquil, 22 de enero de 1934. En Páginas olvidadas de Joaquín Gallegos Lara, recopilación de Alejandro Guerra Cáceres, Editorial de la Universidad de Guayaquil, 1987, p. 238.
[10] “El sistema de los Consejos ensayado por la revolución rusa de 1905 y desenvuelto ampliamente por la del 17, se dirige a cumplir este afán de la democracia nueva, tan ponderado desde los tiempos de la Comune”. Por su factura constitutiva y por el fin perseguido, por la manera de seleccionar sus contingentes y disponer la vigilancia de los gobernantes; no puede dudarse que supera y modifica cualquier ensayo antecedente”. Ángel Modesto Paredes, Naturaleza del poder público y del sometimiento del hombre a las autoridades del país, Imprenta de la Universidad Central, Quito, 1929, p. 406.
[11] Luis Gerardo Gallegos, “Rusia Soviética y la Revolución Mundial”, Suplemento N° 3 de la revista Rieles, Quito, Imprenta de la Universidad Central, 1931, p. 165.
[12] Miguel Ángel del Pozo, “El problema social en el Ecuador”, en revista Anales de la Universidad Central del Ecuador, Quito, 1929 y 1930.
[13] Ernesto Miño, El Ecuador ante las revoluciones proletarias, Ambato, 1935. Reedición facsimilar: Departamento de Publicaciones de la Facultad de Ciencias Económicas. Universidad de Guayaquil, 1981, pp. 17 y 166.
[14] Humberto Mata Martínez, Doctrina y Técnica, Quito, 1936.
[15] Ricardo A. Paredes, Oro y sangre en Portovelo.El imperialismo en el Ecuador, Editorial Artes Gráficas, Quito, 1938.
[16] Méntor Mera Oviedo. El Proceso Sociológico del Ecuador, Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 1987. En el prólogo Edmundo Rivadeneira dice de él: “no hubiéramos sido una generación definida si hubiéramos carecido del eje primordial, del guía apostado en el vértice de la vanguardia. Ese eje, ese guía estuvieron encarnados por Méntor Mera, uno de los hombres más extraordinarios que me ha tocado en suerte conocer (…) Había caminado bastante más que los demás por la ruta de las ideas sociales y conocía a Carlos Marx y a Lenin muy a fondo”, p. 9.
[17] Manuel Benjamín Carrión, Surcos N° 14, 15 de noviembre de 1943, p. 6.
[18] Rafael Armendáriz, Pústula, s. ed., s. f. [1942], p. 106.
[19] Hugo Alemán, Surcos N° 29, Quito, 13 de julio de 1945, p. 9.
[20] Newton Moreno, Surcos N° 7, Quito, 17 de junio de 1943, p. 9.
[21] Asamblea Nacional Constituyente, 7 de noviembre de 1944.
Publicado por César Albornoz en 20:14 Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir con TwitterCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
NUEVOS OJOS PARA LA LITERATURA Y EL ARTE

Veamos, aunque sea a grandes rasgos solamente, la influencia de la Revolución de Octubre en la literatura y en el arte ecuatorianos. A grandes rasgos solamente, porque pretendemos ampliar este tema en otra oportunidad.
No hay duda que el calor revolucionario de Octubre caldea los corazones de nuestros literatos y artistas, que ven con nuevos ojos la lacerante realidad de nuestro pueblo, para así, sufrido y lacerado, llevarlo hasta su obra. Todos admiran el gran auge cultural que tiene lugar en la Unión Soviética como consecuencia inmediata de la victoria del proletariado. Admiración que, naturalmente, se convierte en influencia.

Las obras literarias de los primeros autores revolucionarios, en efecto, se leen con inmenso interés y se comentan ampliamente en los círculos intelectuales, conforme se puede constatar examinando revistas y periódicos de la época. Ricardo Álvarez,[1] en Notas sobre la literatura moderna, que se hallan incluidas en su libro Oasis, se expresa de esta forma sobre el particular:

La Revolución Rusa operó en la carne túrgida de la literatura y siendo de suyo materia alada de espíritu, ya ofreció al mundo los primeros frutos… Hemos podido apreciar la riqueza de esa literatura nueva en obras como La derrota de Fadeiev, El Cemento, de Gladkov, El Séptimo Camarada de Lavrenef. Literatura nueva la rusa. Dentro de un absoluto realismo ha logrado explotar el sentido colectivo y ha esquematizado la emoción haciéndola universal, infinita y muy humana, dentro del límite humano que debemos ver en todas las cosas…[2]

El poeta Jorge Carrera Andrade traduce en 1930 –sin duda del francés– la novela de Lavrenef que cita Álvarez, que se publica en España. Entre fines de la década del 30 y principios de la década del 40 se conocen muchas obras literarias soviéticas que, publicadas por editoriales españolas principalmente, ejercen notable influencia en nuestra intelectualidad. A título de ejemplo, mencionamos algunas obras llegadas en ese periodo: Los Tejones, Edificación y Agua turbia de Leonov, Caminantes de Lidia Seifulina, Las ciudades y los años y Los mújics de Konstantín Fedin, Hombres y máquinas de Larisa Reissner, Campesinos y bandidos de Ivanov, La nueva tierra de Gladkov, El desfalco de Kataev, Schkid, La república de los vagabundos de Belyk-Panteleev, Sobre el Don apacible de Sholojov, Tren blindado de Vsevolod. Y en poesía Mayakovski.
El gran escritor Máximo Gorki, sin embargo, es el que mayor influencia ejerce en nuestra literatura. Y ello es explicable porque el Amargado[3] es muy conocido en nuestro medio, ya que desde principios de este siglo sus obras son muy leídas, algunas de las cuales se publican inclusive en forma de folletín en los periódicos, como sucede con Los vagabundos y En la estepa aparecidos en el diario El Telégrafo de Guayaquil en 1902 y El milagro dada a la publicidad por El Mercurio de la misma ciudad en 1909.[4] Lo que significa que interesa no solo a los grupos literarios sino al pueblo en general. A veces, por esa popularidad, sus trabajos son traducidos a otros idiomas por escritores ecuatorianos, como lo hace J. Trajano Mera que vierte del francés –al igual que Rubén Darío con Foma Gordeev[5]– su cuento titulado El Khan y su hijo, publicado por la Revista de la Sociedad Jurídica‒Literaria en 1905.[6] Se puede decir que gran parte de sus libros, inclusive su gran novela Los Artamonov que aparece en castellano a fines de la década del 20, son conocidos en el Ecuador.[7] Y todos ellos, así como la serie de artículos que sobre la revolución de 1917 y sobre los problemas de la nueva literatura, ejercen mucha influencia y ayudan grandemente a señalar el derrotero realista que empiezan a seguir nuestros artistas.
Luego, es el Congreso de Escritores Soviéticos, reunido en 1934, cuyos principales informes son publicados por el Centro de Trabajadores Intelectuales del Uruguay en 1935, el que contribuye a una mayor orientación. Los aspectos del realismo que se estudian allí con mayor detalle por parte de los mejores escritores soviéticos, son mejor conocidos y aquilatados gracias a ese certamen. “El realismo socialista –define Gorki‒ afirma la existencia como un acto, como una creación, cuyo fin es el desarrollo incesante de las capacidades individuales más preciosas del hombre en nombre de su victoria sobre las fuerzas de la naturaleza, en nombre de la salud y de la larga vida, en nombre de la gran felicidad de vivir sobre la tierra que él quiere transformar, de conformidad con el crecimiento incesante de sus necesidades, en una espléndida ciudad de la humanidad unida en una sola familia”.[8]
Nada raro, entonces, que uno de los más distinguidos intelectuales del Ecuador, Méntor Mera, bajo el pseudónimo de Paul Colette, se refiera al gran literato proletario, en los siguientes términos:

Con Gorki entraron en la eterna vida de los libros quienes en la vida ocupan el fondo anónimo y desconocido de la tristeza social. Hasta entonces el héroe era inconcebible sin frac pulcro, cuello pajarita y orquídea perversa en el ojal. Pero Gorki descubrió los héroes del extramuro y aquellas Malvas de carnes lacradas y vida engusanada, aquellos mendigos que se acostaban con la muerte –¡su única amante!– en el lecho nupcial de la nieve, aquellos trotamundos de esperanza fracasada, aquellos “ex hombres” de congoja podrida, tuvieron en Gorki su Jesús de cabellera desaliñada y túnica en desgarro. Y con él –con quien habían transitado por la gris latitud de la tribulación– se presentaron ante la emoción y la vida. Reclamando que se les reconozca lo que hay en todo hombre, por agrietada y prieta que haya sido su vida, un víscera de ternura mutilada y un gran derecho, irrenunciable derecho, a ocupar un sitio entre los hombres y frente el sol. Aquel derecho por el cual sufrió, peleó y murió aquella madre, en la que Gorki cuajó el más bello ejemplo de mujer batalladora y responsable.[9]

No hay para que decir que esta hermosa perspectiva cautiva a nuestros escritores, a aquellos que miran adelante, hacia el futuro. También causa admiración y entusiasmo el hecho de que en ese Congreso aparecen los primeros representantes de nacionalidades que hasta ayer carecían de literatura propia y yacían abandonados en la oscuridad del retraso. Esto, seguramente, les lleva a pensar en nuestros pueblos indios, en nuestros pueblos negros.
La benéfica influencia de la literatura soviética es particularmente notoria en los intelectuales que surgen en la década del 30, que produce las obras más representativas de nuestra literatura y que hace de la novela ecuatoriana, según el decir del gran escritor chileno Volodia Teitelboim, “una de las más recias de América”. Reciedumbre sí, porque allí se denuncia con gran virilidad la explotación y la injusticia, haciendo de los hombres del pueblo protagonistas de sus obras, que, por primera vez quizás, hablan un lenguaje reivindicatorio.
La novela indigenista muestra las lacras del latifundio y pinta con gran patetismo la
situación inhumana de nuestros indios, oprimidos hasta el máximo por infamen gamonales. El Grupo de Guayaquil dirige la mirada hacia el montubio, y lo encuentra entre la jungla y los manglares amarillos de tanto paludismo, explotados día a día por la voracidad de caciques y terratenientes. Los trabajadores y obreros de los centros urbanos tampoco son olvidados, pues que a la par que se cuenta su miseria se describen sus heroicas luchas, como se hace en Las cruces sobre el agua, la gran novela de Joaquín Gallegos Lara. Se habla con simpatía de la labor que realizan los partidos de izquierda y de la propagación de las ideas revolucionarias en los medios obreros y campesinos, donde son acogidas con cariño, mezclándose algunas veces con ingenuas supersticiones, tal como sucede con ese viejo montubio del cuento de José de la Cuadra, –El santo nuevo– que vela la figura amada y patriarcal de Lenin, al lado de las viejas imágenes religiosas. Y la rapacidad imperialista, la política del garrote del Tío Sam, aparece en Canal Zone de Demetrio Aguilera Malta. Todo esto en un lapso relativamente corto, realiza una generación brillante. Y más aún, no se limita únicamente a la denuncia, sino que se da a comprender que no es el mejor de los mundos posibles, y que por lo mismo no es eterno y debe ser cambiado, para dar paso a otro mejor donde impere la felicidad y la justicia. Así se destierra el pesimismo y se da paso a la esperanza. Se da una salida histórica.[10]


Las obras de teatro, aunque en menor escala, también reflejan esta nueva orientación, pues allí mismo llevan a los nuevos trabajadores y hombres del pueblo hasta el escenario, para desde allí, hacer oír su voz de protesta contra las injusticias sociales. No queremos citar sino unos pocos ejemplos. Primero Alba de Sangre, que se refiere a la matanza del 15 de Noviembre, escrita por José Miguel Pozo en 1923, autor que dedica las dos ediciones que aparecen el mismo año, “a la clase trabajadora guayaquileña”.[11] Años después, en 1938, Augusto Sacoto Arias escribe Velorio del albañil, obra ahíta de emoción, donde se muestra el triste final de un humilde trabajador:

“Así mueren los nuestros, así mueren. Contra las piedras que ellos labran para la casa de los ricos”.[12] Y luego Portovelo (seis estampas de un campamento minero) del conocido dramaturgo doctor Ricardo Descalzi, donde se denuncia la vida gris e inhumana que llevan los obreros de la compañía yanqui que explota nuestro oro, publicada en la Revista del Sindicato de Escritores y Artistas del Ecuador en 1939.[13] Esta ocasión no aparece sino la primera estampa. Es mucho después que se edita la obra completa donde la acusación se amplía y adquiere mayor vigor. Tiene esta significativa dedicatoria: “A los obreros del Asiento Minero de Portovelo, y a sus compañeros que cayeron luchando por sus derechos”.[14]

Ya dejamos anotado como la poesía, abandonando la torre de marfil, alejándose del lloriqueo individualista de los románticos y adquiriendo virilidad, se inspira en la gesta de la España Leal y de la Guerra Patria de la Unión Soviética. Los temas nacionales tampoco le son extraños, pues en sus estrofas también, donde antaño aparecían los cisnes y las princesitas de porcelana, empiezan a ser ocupadas por las vigorosas figuras de nuestros trabajadores. La paz, esa necesidad vital para la humanidad, ese anhelo sentido por todo espíritu noble, es tema preferido de algunos poemarios.
La crítica literaria adquiere, así mismo, una fisonomía nueva. Donde antes existía preocupación únicamente par lo formal, donde era función primordial del crítico hacer el inventario minucioso de los quebrantamientos de los cánones gramaticales, ahora, este punto de vista es reemplazado por aquel que considera el contenido como la categoría principal, y la obra de arte, como el resultado del equilibrio armonioso de contenido y forma, de acuerdo con la estética marxista asimilada por algunos literatos. Más tarde, esta nueva visión para la crítica se plasmaría en La Moderna Novela Ecuatoriana de Edmundo Rivadeneira.[15]

Y, por último, también la pintura es partícipe del cambio y adquiere un carácter social.
La revolución mexicana y la revolución soviética tienen gran repercusión entre nuestros artistas plásticos, al igual de los que sucede, con mayor o menor profundidad, en todos los países latinoamericanos. La primera, más cercana a nosotros por la identidad de los problemas, el indígena sobre todo, nos llega de lleno y las ideas estéticas que emanan de su muralismo, prestigiado con la fama de Rivera y de Siqueiros, tienen gran difusión. Y la segunda, tal como acontece en la literatura, les conduce al tema social y a la lucha por las causas populares. Las dos corrientes convergen y se complementan.
La obra anterior, de motivos frívolos o religiosos aptos para la satisfacción de las clases dominantes, es sustituida por el lienzo o la escultura encendido de protesta social. Y surge entonces una gran generación de artistas, tan recia como la literatura, que emprende en una tarea renovadora de significativo alcance. Para que se vea el valor de esta generación, basta citar unos pocos nombres: Abraham Moscoso, Camilo Egas, Diógenes Paredes, César Bravo Malo, Eduardo Kingman y Oswaldo Guayasamín.[16]



La mayor parte de escritores y artistas a los que nos hemos referido son afiliados a los partidos políticos de izquierda, o por lo menos sus simpatizantes, que se interesan por los problemas nacionales y que participan en algunos momentos con vigor en las luchas de nuestro pueblo. Desgraciadamente, también en este campo, como hemos constatado en los otros, unos cuantos han renegado de su pasado, para seducidos por el señuelo del bienestar y la comodidad burguesa, pasar a servir al amo imperialista o a las más asquerosas oligarquías nacionales. Otros, en cambio, han sabido resistir los cantos de sirena y han permanecido enhiestos y firmes en sus ideales. O han marchado a la tumba con el puño y el honor en su debido sitio.
Paradigma de estos últimos, por su diafanidad y pureza, es Joaquín Gallegos Lara, fiel militante del Partido Comunista.
Él no es solo el gran cuentista de Los que se van ni el gran novelista de Las cruces sobre el agua. No solo el suscitador como se lo ha llamado. Es, sobre todo, un gran orientador.
______________________________________

[1] “Ricardo Álvarez ponía fe, pasión, vehemencia en toda obra que acometiera. No encontraba valla alguna capaz de no ser superada. Por eso, desde las columnas de “Humanidad”, y poco después en las páginas de “La Antorcha” –primera publicación de carácter abiertamente socialista– propugnaba la revolución. Se tornó un decidido defensor de la justicia social. Su espíritu tomaba dimensiones insospechadas para la lucha. Habría preferido empezar, no por la campaña doctrinaria, sino por la contienda armada”. Hugo Alemán, Presencia del pasado. CCE, Quito, 1953, p. 84.
[2] Ricardo Álvarez, Notas sobre literatura moderna, en Oasis, sin imprenta, sin lugar, 1934, p. 151.
[3] Máximo Gorki (1868-1936), fue el pseudónimo utilizado por Alekséi Maksímovich Peshkov. Traducido del ruso, Gorki significa Amargado.
[4] Doctor Carlos A. Rolando, Las bellas letras en el Ecuador, Imprenta y Talleres Municipales, Guayaquil, 1944, pp. 146 y148.
[5] Volodia Teitelboim, El corazón escrito. Una lectura latinoamericana de la literatura rusa y soviética, Ed. Ráduga, Moscú, 1986, p. 206.
[6] Máximo Gorki, El Khan y su hijo, Revista de la Sociedad Jurídico-Literaria N° 35, Imprenta de la Universidad Central, 1905, p. 290.
[7] En el Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, Guayaquil, 1911, p. 295, se promocionan los siguientes títulos de obras de Gorki: Caín y Artemio, En América, Entrevistas, En la cárcel, En la estepa, Escritos filosóficos y sociales, La angustia, Los bárbaros, Los degenerados, Los ex - hombres, Los hijos del sol, Los tres, Los vagabundos y Tomás Gordeief.
[8] Informes del Congreso de Escritores Soviéticos, Centro de Trabajadores Intelectuales del Uruguay, 1935.
[9] Paul Colette (Méntor Mera), “Este crespón para Gorki”, Surcos N° 19, Quito, 21 de marzo de 1944, p. 9.
[10] Ángel F. Rojas -La novela ecuatoriana, Fondo de Cultura Económica, México, 1948, p. 187- dice: “La boga de la literatura-documento social sigue creciendo… Esa boga no es difícil de explicar: la realidad ecuatoriana empezaba a ser descubierta e interpretada, bien o mal, por nuestros marxistas. Si, además, eran escritores, hacía al propio tiempo, con la obra de ficción, la literatura revolucionaria de «denuncia y de protesta»”.
[11] José Miguel Pozo, Alba de Sangre, 1923,
[12] Augusto Sacoto Arias, Velorio del albañil, 1938,
[13] Ricardo Descalzi, Portovelo (seis estampas de un campamento minero), en Revista del Sindicato de Escritores y Artistas del Ecuador SEA N° 4, Quito, 1939, pp. 1-14.
[14] Idem.
[15] Edmundo Rivadeneira M., La Nueva Novela Ecuatoriana, Editorial Casa de la Cultura, Quito, 1958.
[16] Todos los mencionados y muchos otros intelectuales notables son miembros del Sindicato de Escritores y Artistas del Ecuador.
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NUEVOS OJOS PARA LA LITERATURA Y EL ARTE

Veamos, aunque sea a grandes rasgos solamente, la influencia de la Revolución de Octubre en la literatura y en el arte ecuatorianos. A grandes rasgos solamente, porque pretendemos ampliar este tema en otra oportunidad.
No hay duda que el calor revolucionario de Octubre caldea los corazones de nuestros literatos y artistas, que ven con nuevos ojos la lacerante realidad de nuestro pueblo, para así, sufrido y lacerado, llevarlo hasta su obra. Todos admiran el gran auge cultural que tiene lugar en la Unión Soviética como consecuencia inmediata de la victoria del proletariado. Admiración que, naturalmente, se convierte en influencia.
Las obras literarias de los primeros autores revolucionarios, en efecto, se leen con inmenso interés y se comentan ampliamente en los círculos intelectuales, conforme se puede constatar examinando revistas y periódicos de la época. Ricardo Álvarez,[1] en Notas sobre la literatura moderna, que se hallan incluidas en su libro Oasis, se expresa de esta forma sobre el particular:

La Revolución Rusa operó en la carne túrgida de la literatura y siendo de suyo materia alada de espíritu, ya ofreció al mundo los primeros frutos… Hemos podido apreciar la riqueza de esa literatura nueva en obras como La derrota de Fadeiev, El Cemento, de Gladkov, El Séptimo Camarada de Lavrenef. Literatura nueva la rusa. Dentro de un absoluto realismo ha logrado explotar el sentido colectivo y ha esquematizado la emoción haciéndola universal, infinita y muy humana, dentro del límite humano que debemos ver en todas las cosas…[2]

El poeta Jorge Carrera Andrade traduce en 1930 –sin duda del francés– la novela de Lavrenef que cita Álvarez, que se publica en España. Entre fines de la década del 30 y principios de la década del 40 se conocen muchas obras literarias soviéticas que, publicadas por editoriales españolas principalmente, ejercen notable influencia en nuestra intelectualidad. A título de ejemplo, mencionamos algunas obras llegadas en ese periodo: Los Tejones, Edificación y Agua turbia de Leonov, Caminantes de Lidia Seifulina, Las ciudades y los años y Los mújics de Konstantín Fedin, Hombres y máquinas de Larisa Reissner, Campesinos y bandidos de Ivanov, La nueva tierra de Gladkov, El desfalco de Kataev, Schkid, La república de los vagabundos de Belyk-Panteleev, Sobre el Don apacible de Sholojov, Tren blindado de Vsevolod. Y en poesía Mayakovski.
El gran escritor Máximo Gorki, sin embargo, es el que mayor influencia ejerce en nuestra literatura. Y ello es explicable porque el Amargado[3] es muy conocido en nuestro medio, ya que desde principios de este siglo sus obras son muy leídas, algunas de las cuales se publican inclusive en forma de folletín en los periódicos, como sucede con Los vagabundos y En la estepa aparecidos en el diario El Telégrafo de Guayaquil en 1902 y El milagro dada a la publicidad por El Mercurio de la misma ciudad en 1909.[4] Lo que significa que interesa no solo a los grupos literarios sino al pueblo en general. A veces, por esa popularidad, sus trabajos son traducidos a otros idiomas por escritores ecuatorianos, como lo hace J. Trajano Mera que vierte del francés –al igual que Rubén Darío con Foma Gordeev[5]– su cuento titulado El Khan y su hijo, publicado por la Revista de la Sociedad Jurídica‒Literaria en 1905.[6] Se puede decir que gran parte de sus libros, inclusive su gran novela Los Artamonov que aparece en castellano a fines de la década del 20, son conocidos en el Ecuador.[7] Y todos ellos, así como la serie de artículos que sobre la revolución de 1917 y sobre los problemas de la nueva literatura, ejercen mucha influencia y ayudan grandemente a señalar el derrotero realista que empiezan a seguir nuestros artistas.
Luego, es el Congreso de Escritores Soviéticos, reunido en 1934, cuyos principales informes son publicados por el Centro de Trabajadores Intelectuales del Uruguay en 1935, el que contribuye a una mayor orientación. Los aspectos del realismo que se estudian allí con mayor detalle por parte de los mejores escritores soviéticos, son mejor conocidos y aquilatados gracias a ese certamen. “El realismo socialista –define Gorki‒ afirma la existencia como un acto, como una creación, cuyo fin es el desarrollo incesante de las capacidades individuales más preciosas del hombre en nombre de su victoria sobre las fuerzas de la naturaleza, en nombre de la salud y de la larga vida, en nombre de la gran felicidad de vivir sobre la tierra que él quiere transformar, de conformidad con el crecimiento incesante de sus necesidades, en una espléndida ciudad de la humanidad unida en una sola familia”.[8]
Nada raro, entonces, que uno de los más distinguidos intelectuales del Ecuador, Méntor Mera, bajo el pseudónimo de Paul Colette, se refiera al gran literato proletario, en los siguientes términos:

Con Gorki entraron en la eterna vida de los libros quienes en la vida ocupan el fondo anónimo y desconocido de la tristeza social. Hasta entonces el héroe era inconcebible sin frac pulcro, cuello pajarita y orquídea perversa en el ojal. Pero Gorki descubrió los héroes del extramuro y aquellas Malvas de carnes lacradas y vida engusanada, aquellos mendigos que se acostaban con la muerte –¡su única amante!– en el lecho nupcial de la nieve, aquellos trotamundos de esperanza fracasada, aquellos “ex hombres” de congoja podrida, tuvieron en Gorki su Jesús de cabellera desaliñada y túnica en desgarro. Y con él –con quien habían transitado por la gris latitud de la tribulación– se presentaron ante la emoción y la vida. Reclamando que se les reconozca lo que hay en todo hombre, por agrietada y prieta que haya sido su vida, un víscera de ternura mutilada y un gran derecho, irrenunciable derecho, a ocupar un sitio entre los hombres y frente el sol. Aquel derecho por el cual sufrió, peleó y murió aquella madre, en la que Gorki cuajó el más bello ejemplo de mujer batalladora y responsable.[9]

No hay para que decir que esta hermosa perspectiva cautiva a nuestros escritores, a aquellos que miran adelante, hacia el futuro. También causa admiración y entusiasmo el hecho de que en ese Congreso aparecen los primeros representantes de nacionalidades que hasta ayer carecían de literatura propia y yacían abandonados en la oscuridad del retraso. Esto, seguramente, les lleva a pensar en nuestros pueblos indios, en nuestros pueblos negros.
La benéfica influencia de la literatura soviética es particularmente notoria en los intelectuales que surgen en la década del 30, que produce las obras más representativas de nuestra literatura y que hace de la novela ecuatoriana, según el decir del gran escritor chileno Volodia Teitelboim, “una de las más recias de América”. Reciedumbre sí, porque allí se denuncia con gran virilidad la explotación y la injusticia, haciendo de los hombres del pueblo protagonistas de sus obras, que, por primera vez quizás, hablan un lenguaje reivindicatorio.
La novela indigenista muestra las lacras del latifundio y pinta con gran patetismo la
situación inhumana de nuestros indios, oprimidos hasta el máximo por infamen gamonales. El Grupo de Guayaquil dirige la mirada hacia el montubio, y lo encuentra entre la jungla y los manglares amarillos de tanto paludismo, explotados día a día por la voracidad de caciques y terratenientes. Los trabajadores y obreros de los centros urbanos tampoco son olvidados, pues que a la par que se cuenta su miseria se describen sus heroicas luchas, como se hace en Las cruces sobre el agua, la gran novela de Joaquín Gallegos Lara. Se habla con simpatía de la labor que realizan los partidos de izquierda y de la propagación de las ideas revolucionarias en los medios obreros y campesinos, donde son acogidas con cariño, mezclándose algunas veces con ingenuas supersticiones, tal como sucede con ese viejo montubio del cuento de José de la Cuadra, –El santo nuevo– que vela la figura amada y patriarcal de Lenin, al lado de las viejas imágenes religiosas. Y la rapacidad imperialista, la política del garrote del Tío Sam, aparece en Canal Zone de Demetrio Aguilera Malta. Todo esto en un lapso relativamente corto, realiza una generación brillante. Y más aún, no se limita únicamente a la denuncia, sino que se da a comprender que no es el mejor de los mundos posibles, y que por lo mismo no es eterno y debe ser cambiado, para dar paso a otro mejor donde impere la felicidad y la justicia. Así se destierra el pesimismo y se da paso a la esperanza. Se da una salida histórica.[10]

Las obras de teatro, aunque en menor escala, también reflejan esta nueva orientación, pues allí mismo llevan a los nuevos trabajadores y hombres del pueblo hasta el escenario, para desde allí, hacer oír su voz de protesta contra las injusticias sociales. No queremos citar sino unos pocos ejemplos. Primero Alba de Sangre, que se refiere a la matanza del 15 de Noviembre, escrita por José Miguel Pozo en 1923, autor que dedica las dos ediciones que aparecen el mismo año, “a la clase trabajadora guayaquileña”.[11] Años después, en 1938, Augusto Sacoto Arias escribe Velorio del albañil, obra ahíta de emoción, donde se muestra el triste final de un humilde trabajador:

“Así mueren los nuestros, así mueren. Contra las piedras que ellos labran para la casa de los ricos”.[12] Y luego Portovelo (seis estampas de un campamento minero) del conocido dramaturgo doctor Ricardo Descalzi, donde se denuncia la vida gris e inhumana que llevan los obreros de la compañía yanqui que explota nuestro oro, publicada en la Revista del Sindicato de Escritores y Artistas del Ecuador en 1939.[13] Esta ocasión no aparece sino la primera estampa. Es mucho después que se edita la obra completa donde la acusación se amplía y adquiere mayor vigor. Tiene esta significativa dedicatoria: “A los obreros del Asiento Minero de Portovelo, y a sus compañeros que cayeron luchando por sus derechos”.[14]


Ya dejamos anotado como la poesía, abandonando la torre de marfil, alejándose del lloriqueo individualista de los románticos y adquiriendo virilidad, se inspira en la gesta de la España Leal y de la Guerra Patria de la Unión Soviética. Los temas nacionales tampoco le son extraños, pues en sus estrofas también, donde antaño aparecían los cisnes y las princesitas de porcelana, empiezan a ser ocupadas por las vigorosas figuras de nuestros trabajadores. La paz, esa necesidad vital para la humanidad, ese anhelo sentido por todo espíritu noble, es tema preferido de algunos poemarios.
La crítica literaria adquiere, así mismo, una fisonomía nueva. Donde antes existía preocupación únicamente par lo formal, donde era función primordial del crítico hacer el inventario minucioso de los quebrantamientos de los cánones gramaticales, ahora, este punto de vista es reemplazado por aquel que considera el contenido como la categoría principal, y la obra de arte, como el resultado del equilibrio armonioso de contenido y forma, de acuerdo con la estética marxista asimilada por algunos literatos. Más tarde, esta nueva visión para la crítica se plasmaría en La Moderna Novela Ecuatoriana de Edmundo Rivadeneira.[15]

Y, por último, también la pintura es partícipe del cambio y adquiere un carácter social.
La revolución mexicana y la revolución soviética tienen gran repercusión entre nuestros artistas plásticos, al igual de los que sucede, con mayor o menor profundidad, en todos los países latinoamericanos. La primera, más cercana a nosotros por la identidad de los problemas, el indígena sobre todo, nos llega de lleno y las ideas estéticas que emanan de su muralismo, prestigiado con la fama de Rivera y de Siqueiros, tienen gran difusión. Y la segunda, tal como acontece en la literatura, les conduce al tema social y a la lucha por las causas populares. Las dos corrientes convergen y se complementan.
La obra anterior, de motivos frívolos o religiosos aptos para la satisfacción de las clases dominantes, es sustituida por el lienzo o la escultura encendido de protesta social. Y surge entonces una gran generación de artistas, tan recia como la literatura, que emprende en una tarea renovadora de significativo alcance. Para que se vea el valor de esta generación, basta citar unos pocos nombres: Abraham Moscoso, Camilo Egas, Diógenes Paredes, César Bravo Malo, Eduardo Kingman y Oswaldo Guayasamín.[16]

La mayor parte de escritores y artistas a los que nos hemos referido son afiliados a los partidos políticos de izquierda, o por lo menos sus simpatizantes, que se interesan por los problemas nacionales y que participan en algunos momentos con vigor en las luchas de nuestro pueblo. Desgraciadamente, también en este campo, como hemos constatado en los otros, unos cuantos han renegado de su pasado, para seducidos por el señuelo del bienestar y la comodidad burguesa, pasar a servir al amo imperialista o a las más asquerosas oligarquías nacionales. Otros, en cambio, han sabido resistir los cantos de sirena y han permanecido enhiestos y firmes en sus ideales. O han marchado a la tumba con el puño y el honor en su debido sitio.
Paradigma de estos últimos, por su diafanidad y pureza, es Joaquín Gallegos Lara, fiel militante del Partido Comunista.
Él no es solo el gran cuentista de Los que se van ni el gran novelista de Las cruces sobre el agua. No solo el suscitador como se lo ha llamado. Es, sobre todo, un gran orientador.

[1] “Ricardo Álvarez ponía fe, pasión, vehemencia en toda obra que acometiera. No encontraba valla alguna capaz de no ser superada. Por eso, desde las columnas de “Humanidad”, y poco después en las páginas de “La Antorcha” –primera publicación de carácter abiertamente socialista– propugnaba la revolución. Se tornó un decidido defensor de la justicia social. Su espíritu tomaba dimensiones insospechadas para la lucha. Habría preferido empezar, no por la campaña doctrinaria, sino por la contienda armada”. Hugo Alemán, Presencia del pasado. CCE, Quito, 1953, p. 84.
[2] Ricardo Álvarez, Notas sobre literatura moderna, en Oasis, sin imprenta, sin lugar, 1934, p. 151.
[3] Máximo Gorki (1868-1936), fue el pseudónimo utilizado por Alekséi Maksímovich Peshkov. Traducido del ruso, Gorki significa Amargado.
[4] Doctor Carlos A. Rolando, Las bellas letras en el Ecuador, Imprenta y Talleres Municipales, Guayaquil, 1944, pp. 146 y148.
[5] Volodia Teitelboim, El corazón escrito. Una lectura latinoamericana de la literatura rusa y soviética, Ed. Ráduga, Moscú, 1986, p. 206.
[6] Máximo Gorki, El Khan y su hijo, Revista de la Sociedad Jurídico-Literaria N° 35, Imprenta de la Universidad Central, 1905, p. 290.
[7] En el Catálogo General de la Librería Española de Janer e hijo, Guayaquil, 1911, p. 295, se promocionan los siguientes títulos de obras de Gorki: Caín y Artemio, En América, Entrevistas, En la cárcel, En la estepa, Escritos filosóficos y sociales, La angustia, Los bárbaros, Los degenerados, Los ex - hombres, Los hijos del sol, Los tres, Los vagabundos y Tomás Gordeief.
[8] Informes del Congreso de Escritores Soviéticos, Centro de Trabajadores Intelectuales del Uruguay, 1935.
[9] Paul Colette (Méntor Mera), “Este crespón para Gorki”, Surcos N° 19, Quito, 21 de marzo de 1944, p. 9.
[10] Ángel F. Rojas -La novela ecuatoriana, Fondo de Cultura Económica, México, 1948, p. 187- dice: “La boga de la literatura-documento social sigue creciendo… Esa boga no es difícil de explicar: la realidad ecuatoriana empezaba a ser descubierta e interpretada, bien o mal, por nuestros marxistas. Si, además, eran escritores, hacía al propio tiempo, con la obra de ficción, la literatura revolucionaria de «denuncia y de protesta»”.
[11] José Miguel Pozo, Alba de Sangre, 1923,
[12] Augusto Sacoto Arias, Velorio del albañil, 1938,
[13] Ricardo Descalzi, Portovelo (seis estampas de un campamento minero), en Revista del Sindicato de Escritores y Artistas del Ecuador SEA N° 4, Quito, 1939, pp. 1-14.
[14] Idem.
[15] Edmundo Rivadeneira M., La Nueva Novela Ecuatoriana, Editorial Casa de la Cultura, Quito, 1958.
[16] Todos los mencionados y muchos otros intelectuales notables son miembros del Sindicato de Escritores y Artistas del Ecuador.
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TRAYECTORIA Y DESTINO DE LA INTELIGENCIA

Vamos a terminar este estudio.
La tradición de los intelectuales ecuatorianos es muy honrosa, pues desde muy antiguo, gran parte de ellos, y lo más representativo, se ha puesto al lado de las causas justas y han batallado en pro de los ideales progresistas. Toda nuestra historia da testimonio fehaciente de este hecho.
Ya durante la oscuridad colonial, el médico indio Eugenio Espejo, concibe la independencia de las colonias americanas, no como la simple separación de España, sino como un cambio social que beneficie al pueblo. Su discípulo José Mejía Lequerica, vinculado a las fuerzas liberales de la Península, pide en las Cortes de Cádiz la supresión del Santo Tribunal de la Inquisición y aboga por la libertad de imprenta. Y Olmedo, el cantor de Junín, allí mismo, narra los indecibles sufrimientos de los indígenas condenados al yugo de la mita y demuestra la necesidad de la abolición de esa inhumana institución.

Después, instituida la República, los intelectuales progresistas prosiguen la lucha por la democracia y la desaparición de los rezagos coloniales en los campos. En la larga lucha contra el conservadurismo y la tiranía, Pedro Moncayo, el viejo militante de la Sociedad de El Quiteño Libre y Pedro Carbo, patriarca de los liberales guayaquileños, ambos escritores y polemistas de valía que no dejan un solo momento la trinchera y mueren combatiendo por los principios que propugna el liberalismo. Federico Proaño, joven periodista y literato galano, sufre la cárcel y el destierro defendiendo sus ideas. Y sobre todos ellos, se levanta la figura cimera de Montalvo. Desde aquí o desde la lejanía del triste ostracismo, siempre deja oír su voz para estigmatizar a los déspotas o para clamar por la libertad y la justicia. La Dictadura Perpetua es el inri sobre la frente de García Moreno, símbolo y personificación del despotismo. Y la Mercurial Eclesiástica, es la denuncia más honda y más clamorosa, adornada con las galas del estilo, que se haya escrito contra la intolerancia.

Luego se verifica la revolución liberal comandada por Alfaro, revolución que lleva al poder a la burguesía y que tiene un carácter progresista no obstante sus limitaciones. Al lado del Viejo Luchador, otra vez, está toda una brillante pléyade de intelectuales ecuatorianos, que ahora ya no son solo los teóricos y expositores de la doctrina, sino que, uniendo la teoría con la práctica, se convierten en legisladores y
estadistas, que plasman en leyes las ideas. Los más radicales de ellos son los que patrocinan principios avanzados para la época, conforme se puede constatar si se revisan las actas de los Congresos y el legado jurídico del liberalismo. Obra de ellos son, en su mayor parte, las nuevas libertades que desde entonces airean el cielo de la patria, así como también las leyes de beneficio social que se promulgan. Son obra de Abelardo Moncayo, el poeta y dramaturgo que escribe ese patético alegato contra el concertaje. De Luciano Coral, autor de varios libros y periodista de combate. De Roberto Andrade, el historiador y panegirista de Montalvo, de larga trayectoria en el campo de nuestras letras. Y de José Peralta, el mayor ideólogo de entonces, que quiere la redención del indio y se pronuncia contra el imperialismo yanqui.

Esa es su tradición.
Esas mismas huellas han seguido todos los intelectuales que avizorando el porvenir y comprendiendo la marcha de la historia, han seguido la senda del marxismo–leninismo y han plegado a la lucha de la clase obrera, llamada a instaurar el socialismo. Ellos –a los cuales nos hemos referido en este trabajo– han jugado importante papel en la marcha revolucionaria de nuestro pueblo, pues no se puede negar su influencia, tal como nos enseña nuestro pasado histórico. Pero esto no significa que ellos estén predestinados a ser guías de la revolución, como algunos pretenden. Gallegos Lara al prevenir el peligro y los alcances de esta tesis, manifiesta con toda razón, al polemizar con Jorge Rengel en 1935 –ver Realidad y Fantasías Revolucionarias del escritor citado– que es necesario reconocer explícitamente que no es una situación cualquiera la que corresponde al proletariado en la lucha contra la burguesía, sino una situación hegemónica de dirección, de vanguardia”.[1] Por lo mismo, la tarea de los intelectuales, que no forman ninguna clase, como aclara Gallegos, no es otra que la de aunar esfuerzos con la clase obrera para establecer el socialismo y suprimir la explotación del hombre. Cumplir este deber, es ya en sí blasón suficientemente honroso.
Los intelectuales que vengan a las filas revolucionarias tienen amplias y nobilísimas tareas por delante. Ellos están llamados a contribuir en la dilucidación de los problemas nacionales y mostrar las verdaderas soluciones, celosamente escondidas por los intelectuales al servicio de las clases dominantes. Tienen que rehacer nuestra historia, poniendo de relieve las heroicas luchas de las masas populares, ahora silenciadas por los historiadores académicos, que temen la propagación del ejemplo y el aquilatamiento de las experiencias. Y mediante el arte –el lienzo, el poema o la novela‒ tienen que llegar al sentimiento del pueblo, a la mitad de su corazón generoso, para mostrar su vida y dirigirla a la esperanza.
Todo esto tienen por delante. Y esto es lo verdaderamente grande, porque significa convertirse en combatientes del socialismo, transformarse en soldados de la revolución.
Lenin, analizando el problema de la cultura, habla de la dualidad cultural. Hay una cultura burguesa de las clases dominantes y una cultura democrática de las clases revolucionarias y en ascenso. Desarrollar esta última, que necesariamente tiene que conservar todo lo valioso de las generaciones anteriores, es la alta misión que tienen que cumplir nuestros intelectuales. Y para un intelectual verdadero, esto basta y sobra. Ser soldado de la revolución iniciada por el genio de Lenin, es el título más alto al que se puede aspirar.

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[1] Joaquín Gallegos Lara, “Carta a Jorge Hugo Rengel”, mayo de 1935, reproducido en Los Comunistas en la Historia Nacional, Edit. Claridad, Guayaquil, 1987, pp. 150-151.

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