EL TREN PARTIO PUNTUALMENTE 



MI ROMANCE CON ELTREN ES DE VIEJA DATA 



Fausto Jaramillo Y.

El tren partió con puntualidad; y yo me encontraba en él.

Sr. Maquinista ¿cómo se atreve, el maquinista a salir puntual? Usted está atentado contra la identidad y la idiosincrasia de los ecuatorianos que tenemos por costumbre ser impuntuales. Es más, hemos creado una frase que nos define como impuntuales: “la hora ecuatoriana” y con ella justificamos nuestra manía de llegar tarde a cualquier cita; pero usted, se está saliendo de la norma.

Este día, el tren que me llevaría hasta el Cotopaxi, salió puntual.
Mi romance con el tren es de vieja data. Apenas abría yo los ojos a la realidad, cuando el monstruoso caballo de hierro demandaba mi admiración. Cerca de la casa de mis padres, allá en el pueblo de mi infancia, las permanentes rieles marcaban el cotidiano transitar de los trenes, de los autoferros y de las plataformas.
Cada recreo en la escuela era tiempo de batalla y cada tarde la esperanza y la ilusión de que allá arriba, en la cima de la loma, asomara el penacho del tren y su pito inundara el aire del pueblo anunciando su llegada. Los escolares de entonces corríamos a llenar los rieles de tillos o tapascoronas de metal, mientras nos recostábamos a los costados de la vía para ver como pasaba pisándolas, aplastándolas, las enormes ruedas. Al final, cuando el tren había pasado, llegaba el momento de recoger esas hojas laminadas, afiliadas, listas para ser las armas cortantes de los zumbambicos con los que nos enfrentábamos en las guerras que llenaban nuestras ilusiones y ansias de ganar.
Los preparativos para el viaje, el nuevo viaje, el de ahora, habían comenzado sorprendiéndome: para la compra de los boletos había que ingresar a la página web de la empresa estatal y allí proceder a llenar un pequeño formulario con los datos personales y escoger la ruta de nuestra preferencia. Recordaba aquellos días en que el viaje, el de ayer, en el tren, requería acercarse a la estación, donde, tras una ventanilla escondida, a cambio de un par de monedas, una persona, hombre o mujer, entregaba un pequeño papel llamado boleto, al tiempo que, con voz admonitoria, recordaba a los usuarios que había que estar puntualmente a la hora fijada, caso contrario perderíamos el valor pagado. No recuerdo, en cambio, que nadie haya reclamado puntualidad al tren, que nunca hizo caso del reloj: llegaba cuando podía y partía cuando le daba la gana.
En algún instante llegó el momento de abandonar las amadas callejas de mi pueblo y buscar nuevos horizontes en otras ciudades. El estudio, otros amigos, otras ilusiones, me arrancaron de esa infancia que, sin embargo, siguió viva y sigue viva en mi memoria y en mis emociones.
El día anterior al viaje, el de ahora, unas cuántas botellas de agua, alguna de bebida energizante y una funda de alimentos irían en la mochila que cargaría. Al amanecer del día esperado, una vestimenta adecuada para mantener el abrigo en los páramos de las montañas andinas y listo. Solo había que acercarse a las ventanillas de control y esperar la partida.
En Quito, la histórica estación ferroviaria de Chimbacalle, fue siempre el punto de partida y de llegada del tren. Los viajes de ayer y de ahora siguen esa vieja costumbre de embarcar o desembarcar sus pasajeros en Chimbacalle. Allí fue donde, por vez primera, allá por 1912, llegó el caballo de acero que, echando humo negro, unía a Guayaquil con Quito, en la increíble jornada de dos días; y allí, llegué hoy cargado de recuerdos para embarcarme en un nuevo viaje
Mi primera sorpresa fue mayúscula: donde antes había sombrías, frías y lúgubres bodegas, ahora me recibían amables almacenes de artesanías, cálidas fondas donde saciar el hambre de la madrugada (porque para llegar a las 07h00, debí levantarme a las 05h00, y eso, para mí, constituye una madrugada) y coloridas oficinas en las que amables jóvenes nos chequearon los pasajes y los documentos de identidad. En lugar de gastar nuestro tiempo de espera en el atrio de cemento al que se acercaba la máquina a recoger los pasajeros en aquellos viajes de ayer, hoy pasamos a salas de embarque adornadas con gigantescas fotografías de los paisajes andinos que recorre el tren, cómodas sillas de espera y pantallas LED, donde se exhibían imágenes de las bellezas naturales del país.
No tuve tiempo de echar una siestecita reparadora, cuando un aviso inundó la sala: era hora de abordar el tren. El abordaje caótico, atropellado y a empujones de los viajes de ayer, daba paso a una forma ordenada de hacerlo; para ello, cada pasajero tenía sobre su pecho un círculo de papel o cartulina brillante con un número, que correspondía al vagón donde constaba el asiento asignado a cada uno de nosotros.
Subimos las pocas gradas que nos separaban del vagón y ya en él, el aseo refulgente, oloroso, inundó mis sentidos. El viaje de ayer era una experiencia de largas horas encerrado en viejos y oscuros vagones, con asientos rotos y maltratados, que quedaron grabados en mi memoria y en mi espalda y en mis nalgas.
Cuando todos estábamos sentados en los asientos asignados, con un tablero a manera de mesa delante de cuatro de nosotros, nuevamente la voz femenina se hizo presente para informarnos que compartiríamos el viaje con otros 4 vagones, que cada uno de ellos contaba con aire climatizado, pequeñas cabinas de baño aseadas, con un guía que nos acompañaría todo el viaje contándonos las historias del tren y de la serranía. Y claro que nos contó, verdaderas o falsas, pero hermosas leyendas de los volcanes que veríamos, transformando su impertérrita presencia de roca y nieve, en jóvenes traviesos, enamoradizos y hasta pendencieros por el amor de una mujer con formas de montaña.
El guía tenía, también, otra misión y era la de acompañarnos, atento a nuestras inquietudes y necesidades, divirtiéndonos, aclarándonos lo que no entendíamos y hasta cuidándonos, pues, como luego lo comprobarímos, en cada estación, al momento de bajarnos o de subirnos, el guía contaba para sí el número de los pasajeros del vagón a él encomendado. Yo me preguntaba, ¿cómo fue posible que en los viajes de ayer, no se perdieran pasajeros, ya sean estos niños o jóvenes, adultos o viejos?, si al momento de comprar el boleto sabíamos que estábamos “a la buena de Dios”, es decir que cada uno corría con su suerte y nadie podía reclamar.
El tren, el de ayer, era alimentado por carbón o leña encendida que transformaba el agua líquida en vapor que movía las ruedas del monstruo; el de ahora, una “moderna” máquina de hace apenas 40 años, movida por la combustión de diésel, salió de Chimbacalle y se dirigió al sur. Salir de los límites urbanos de la ciudad le llevó cerca de 45 minutos, pues, apenas le estaba permitido moverse a la extraordinaria velocidad de 20 kilómetros/hora, cosa que no ha cambiado desde el viaje del ayer.
Desde el pitazo de arranque, fue notoria la presencia de un par de sujetos uniformados que se movilizaban en forma paralela a la máquina, subidos en 2 motocicletas, iban delante de ella. Nuestro guía nos explicaría que ellos eran los encargados de “limpiar” las líneas férreas de cualquier obstáculo: animales, maderos o derrumbes, a fin de que el viaje pudiere continuar sin contratiempos.


“Más parece que el amor,
con su lindo vaivén
produce más calor
que el cha, cha, cha, del tren”
Los versos de esa vieja canción que bailábamos los entonces jovencitos de la década de los años 70 del siglo pasado, llegaron a mi mente y recordé que en los viajes de ayer, y supongo que en los de antes de ayer, la quema de leña o carbón, que transformaban el agua en vapor que movía las ruedas de acero, mantenía ese ritmo: cha, cha, cha…., mientras que en el viaje de hoy, la quema de diésel no produce ruido alguno y avanza silencioso por los rieles.
Llegamos a Tambillo. La voz femenina que nos acompañaba desde la partida, ahora nos informaba que permaneceríamos 20 minutos en esa estación, hasta que la máquina cargue el combustible. Teníamos permiso para bajar del vagón y pasearnos en la estación.
Apenas escuché este aviso, recordé que en los viajes de ayer, cuando el agudo pito lanzado al aire anunciaba la llegada del tren a cualquier estación de su ruta, un enjambre de vendedoras asomaban en las ventanillas de los vagones anunciando toda clase de comidas: “papas calientitas” gritaba alguna; otra anunciaba a gritos destemplados: “habas”, “chochos”. Por allá se escuchaba a otra: “choclos con queso”, y no faltaba aquella que con picardía decía: “le paso los huevos, caserito”.
En el de hoy, una estación remodelada, albergaba unos puestos de ventas de comidas que el viajero debía comprar y salir con ella a las mesas modernas y limpias ubicadas en una explanada frente a la estación.
Terminada la operación, el anuncio de subir a los vagones respectivos obligó a los pasajeros a dejar los residuos en los basureros ubicados estratégicamente en la estación y abordar prontamente a ocupar nuestros asientos.
Desde ese momento hasta la llegada a la estación de El Boliche, en las faldas del Cotopaxi, habríamos de admirar a través de las ventanillas el inconmensurable paisaje andino. Aquí los terrenos recién sembrados, allá los que ya estaban en momentos de la cosecha, por allá un tractor rasgaba la tierra mientras animales domésticos, como perros y gatos jugaban con las gallinas, cuidando, eso sí, su territorio. Al fondo, como cortina del gran escenario, las cordilleras de los Andes: la oriental a un lado y la occidental al otro.
El tren en su marcha nos impedía movernos con libertad, entonces, el guía empezó su clase y con preguntas y adivinanzas avanzaba en su relato de los amores de las montañas, donde, no podía ser de otra manera, el joven casquivano, guapo, altivo y atrevido, es decir, el galán de la historia, era el Cotopaxi, que miraba satisfecho como las más pequeñas, como Rumiñahui, Sincholagua, Pasochoa, se rendían a sus plantas, mientras que el Atacazo, Corazón y los hermanos Illinizas, a prudente distancia, más al occidente, lo retaban.
Por boca de nuestro gruía, supimos que el Cotopaxi quiso enamorar a la mama Tungurahua, pero esta le advirtió que ella convivía con el majestuoso Chimborazo. El jovenzuelo, atrevido como era, no tomó en cuenta las palabras de la ‘mama’, y desafió al coloso. No sospechó siquiera que la montaña más alta de este país aceptara su reto, y no solo eso, sino que el Chimborazo le propinara una paliza que le arrancó la cima y le dejó una negra cicatriz al costado izquierdo. Desde entonces, el Cotopaxi anda despacito y con cuidado, no se atreve a acercarse a ninguna montaña que muestre una permanente cabellera blanca, y apenas se dedica a perseguir a las que están cerca de él.
El guía seguía con sus relatos y yo me extasiaba ante los cambiantes paisajes. Aunque el día frío y parcialmente nublado no gritaba la alegría del sol, la triste mañana dejaba escapar unas pocas lágrimas que, al caer a la tierra, la enriquecían y anunciaban el milagro de la transformación de la semilla en frutos de vida.
La paleta donde la naturaleza toma sus colores es inigualable en tonalidades y en textura y, si bien en la zona prevalece el verde, no deja de echar pincelazos de rojos, de ocres, de blancos, de negros, ese color de tierra seca, de azules y violetas, entregando a la sensibilidad de quien quiera mirar y admirar, una fiesta maravillosa de colores sin fin.
Allá, cerca del mediodía, el tren detuvo su marcha en la estación de llegada: El Boliche, al pie del Cotopaxi. Apenas bajamos del tren cuando una feria de artesanías ocupó nuestra atención: textiles, terracotas, pinturas, sombreros, manualidades, bordados, pinturas en la trama del cedazo. La algarabía de los pasajeros era el marco que impedía escuchar los consejos del guía: que no debíamos separarnos del grupo y que si lo hacíamos, debíamos avisarle, que no podíamos arrojar un pedazo de papel ni de basura en todo el páramo: “Nada entra y nada se queda” era el lema y que para cumplirlo debíamos llevar con nosotros una funda donde depositar nuestros desperdicios.
Más allá, un vagón antiguo, recién pintado, ofrecía a quien quería visitarlo, las leyendas del ferrocarril, los fantasmas, los aparecidos, los duendes de la laguna de Yambo, de Bucay, y de tantos otros lugares que pintaban a mi país de antaño como tierra de temerosos creyentes, a los que el caballo de hierro vino a alimentar sus fantasías.
El día nublado nos quitó la ilusión de la brillante luz, pero no impidió que pudiéramos contemplar la esencia del páramo, con sus inmensos y resbaladizos pajonales mojados, donde habitan plácidamente rebaños de vicuñas y alpacas mezclados con juguetones y salvajes conejos, que comen la hierba con los ojos atentos a los movimientos de los humanos, para escapar saltando alegremente del peligro.
Las aves volaban muy alto como para distinguir su especie y sus colores. Alrededor de la estación, canchas deportivas y cubiertos chozones invitaban a los visitantes a jugar y a preparar sus propias comidas. Algunos, entre ellos me contaba, preferimos pasear, adentrarnos por los bosques de pinos en busca de alguna imagen tan bella o diferente que nos mueva a capturarla con nuestra cámara.
Verde, verde ocre, casi negro, varias ramas caídas por el tiempo o por el peso de la lluvia, el negro fangoso de la tierra de los senderos, hojas, troncos, ojos avisores y escurridizos, todo un regalo de la naturaleza para quien quiera perderse del tráfago de la ciudad y adentrarse en la paz infinita del páramo.
La hora del retorno había llegado. Subir al vagón asignado y despedirse con nostalgia de El Boliche.
Nuevamente el paisaje inundó el viaje de hoy, tal como lo hacía en los viajes de ayer y supongo que en los de antes de ayer, porque las montañas están ahí como lo estuvieron siempre, enmarcando los sembríos, los pastizales, las cosechas, la vida misma del campo y del campesino. Volvíamos sobre nuestros pasos, a la increíble velocidad de 30 kilómetros por hora. Casi en silencio religioso contemplábamos todo el horizonte que abarcaban nuestros ojos.
Llegamos a la estación de Machachi, ubicada a unos cuantos kilómetros de la población del mismo nombre, cuyos techos y torres aparecían a lo lejos. Paró el tren y el solícito guía nos pidió que bajáramos a mirar el espectáculo que nos tenían preparado las mujeres del lugar, campesinas e indígenas que, al ritmo de la música andina, bailaban en una colorida coreografía. Hermosa manifestación de creatividad y arte de nuestra gente.
El almuerzo allí mismo, en una hacienda del lugar, ubicada a unos cuantos metros de la estación. Tras el café vendría un espectáculo inesperado, hermoso y diferente: los emponchados chagras, trabajadores del lugar, empezaron a interactuar con los animales de la hacienda, pero no eran los animales que uno espera encontrar en la serranía andina, no, eran animales exóticos, seguramente traídos para formar parte del espectáculo que ofrecía el local. Primero, una yegua hermosa de pelaje negro azabache, que nos miraba coqueta y desafiante desde sus más de 2 metros de altura: trotaba, giraba, corría según las órdenes de su guía, nadie la cabalgaba, simplemente gozaba de su libertad obedeciendo las palabras que salían de la boca de su amigo, el chagra de Machachi.
Un ganso de corona china fue nuestra siguiente causa de asombro, y no solo por ser un ave exótica de estas tierras, sino por su figura y sus habilidades. De aproximadamente unos 70 centímetros de altura, de blanco pelaje y largo cuello, su cabeza está coronada con una protuberancia como una naranja amarilla sobre su pico; por su pico de pato lanzaba al aire sus graznidos. El chagra le desafío a cantar y el ave imitaba los sonidos que su amigo producía. Al final, el ganso y el campesino salieron en rauda carrera de velocidad hacia el charco donde el ave encontró a sus compañeros de especie y patos de otra raza y se puso a nadar junto con ellos.
Las sorpresas continuaron: en un corral cercano dormitaban cuatro búfalos cebú, animales cuadrúpedos, negros, muy parecidos a los ejemplares de ganado vacuno. Cuando se acercó el chagra guía, uno de ellos, el más joven, se levantó y, al parecer, defendía su territorio y se aprestaba a atacar, cuando en realidad lo que quería el jovenzuelo era jugar y que le acariciaran.
Los chivos merecen una mención aparte. Mal encarados y de peor carácter, estos animales no permiten interactuar con ellos, prefieren mirar a los visitantes con ojos de ira y de enojo, como para intimidarlos. Entre todos ellos destacaba un raro ejemplar enorme, de más de un metro de altura, de pelaje blanco y con unos cuernos largos, larguísimos, que, partiendo de su testa, se elevan y curvan hasta casi topar su lomo, cerca de sus patas traseras. Imponente animal, mal encarado, ojos rojos y mirada amenazante, parecía decirnos: “no te acerques, porque si lo haces, corres peligro de que te embista y, si puedo, te clavaré mis cuernos”. Ante semejante aviso, lo mejor era retirarse.
A prudente distancia y mirando de reojo, continuamos nuestra visita a la hacienda. Ponis, caballos de diferentes razas, y otros tantos bichos raros que hicieron nuestra delicia durante aproximadamente una hora que dura la visita. Luego, la despedida y a tomar, nuevamente, asiento en nuestro vagón. La máquina no pitó, apenas sí emprendió el viaje de retorno a la capital, en silencio y a paso uniforme.
En mis viajes de ayer apenas sí tuve tiempo de mirar a través de las ventanas del vagón, mientras que ahora, despacio, con calma y con nostalgia, me maravillé con el paisaje y con las experiencias vivas que había adquirido.
La serranía en su esplendor, poco a poco quedaba atrás. Al frente, las casas que parecían iban apiñándose hasta formar eso que llamamos ciudad.
Puntualmente, a las 17h30 llegamos a Chimbacalle. Un amigo español con el que había compartido este viaje, al momento de pisar la primera grada, se volvió hacia mí y me dijo: “…mira el piso, mira los asientos, mira los baños, no hay señales de desorden o desaseo. Ni un papel, ni una pelusa de tierra. Ves, hay esperanza en este pueblo”. Yo pensé: ¿por qué ha cambiado tanto? No es la infraestructura, ni siquiera la organización, lo que ha promovido este cambio entre los sueños del viaje de ayer y la realidad del de hoy. Solo es la gente. Mi gente.
¿Y yo?, yo estuve en ese tren.