CAUDILLISMO Y POPULISMO DESVALORIZADOS 



CORREA NO SUSTENTÓ IDEOLOGÍA ALGUNA 



Wellington Toapanta

Forzado es pretender encontrar similitud política alguna entre los expresidentes José María Velasco Ibarra y Rafael Vicente Correa Delgado, como entre este con José Eloy Alfaro Delgado, por aquello de populismo y caudillismo, que han sido endosados al presidente que gobernó el Ecuador entre el 2007 y 2017.
Un examen del populismo velasquista, muestra que dista mucho del que se ha pretendido encajar a Correa, como es abismal la pretensión de asemejar a este al caudillo Alfaro. Los supuestos caudales de votos obtenidos en la “década ganada” han rebasado sospechas sobre intencionadas intervenciones de la autoridad electoral, en tanto que el supuesto caudillismo se habría erigido sobre la base de leyes con débiles soportes constitucionales, leyes supranacionales y el millonario aparato electrónico propagandístico, financiado con dinero ciudadano.

NINGUNA SEMEJANZA

A la luz de los hechos, la abigarrada pretensión de asemejar a Correa con Alfaro y Velasco Ibarra, se decanta por sí sola, porque el reciente ex gobernante ha hecho de su identidad y de su movimiento Alianza País metáforas de corrupción personal y gubernamental, a la espera de judicialización de muchos casos. Si de vicepresidentes se trata, no existe registro histórico que refiera a un alfarista o velasquista sindicado por asociación ilícita o de abrumadoras sospechas de peculado, lavado de activos, concusión o cohecho, como tampoco de un cúmulo de ministros y funcionarios sentenciados por alguno de esos tipos penales, como saldo de sus ejercicios en la administración pública, pese a los múltiples señalamientos de que ejercían el “control” a la justicia.
Obvio que en sus momentos históricos Alfaro y Velasco políticamente fueron señalados de presunta corrupción; al primero, por fervientes opositores conservadores a la construcción del sistema del ferrocarril ecuatoriano (no solo al de Durán-Quito), mientras al segundo porque presuntamente “dejaba robar” al círculo que le rodeaba, pero Correa ha desbordado el señalamiento político porque tiene colaboradores penalizados y el vicepresidente Glas encabeza un grupo llamado a juicio y existen muchos otros casos aún no judicializados.

ARREGLOS LEGALES

En efecto, reacio a las reglas con las cuales llegó al poder en el 2007, Correa montó la Asamblea Constituyente. que en el 2008 arrojó una Constitución que eliminó los informes previos para contratación pública que hacía la Contraloría General del Estado (Art. 212), diseñó e hizo aprobar una Ley de Contratación Pública que creó procedimientos “rápidos” de excepción, dictó una serie de decretos declarando en emergencia a varias instituciones y a muchas prorrogó los estados sin control alguno. ¿Son elementos ciertos para una sindicación de responsabilidad coadyuvante?

No solo ello, envió a “su” Asamblea Nacional tramitar reformas legales que restaron a la Contraloría competencia para realizar auditorías de gestión, y estableció en el Código Orgánico Integral Penal, COIP, la exigencia de informe previo con indicios de responsabilidad penal emitido por la Contraloría para procesar casos por peculado y enriquecimiento ilícito, que antes no era necesario. Desde cuando Camilo Ponce Enríquez construyó el Palacio legislativo, no se recuerda que mayorías parlamentarias sesione en el palacio de Gobierno, menos con los representantes del Ejecutivo para trazar acciones políticas y legislativas concertadas, connivencia que riñe con el precepto de independencia de las Funciones del Estado.

LLUVIA DE SOSPECHAS

Tal panorama habría configurado el paraguas para el cometimiento de ilícitos en el sector público durante la “década ganada”, lo que ha dado lugar a sospechas de que el presunto populista y caudillo habría sido el girador de la asociación ilícita, figura con la que, hasta ahora (22-XI-17), han sido imputados trece individuos, encabezados por el vicepresidente Jorge Glas. Coloquialmente o no, con frecuencia, Correa ha sido y es mencionado como el “caudillo” de tal “asociación”, caudillismo del que, por cierto, es indemne el “viejo luchador” en su vida y obra gubernamental.
Es que Alfaro fue “cabeza, guía y manda (nte a) la gente de guerra” y “jefe militar que utiliza la fuerza de las armas para imponer su dominio o conquistar el poder”, porque hubo de alzar fusiles para tratar de derribar a gobernantes que sostuvieron el inicuo sistema teocrático en el siglo XIX, en tanto Correa se redujo al uso de desembozados medios retóricos y tecnología para encajar en colectivos ansiosos de reducir personales brechas económicas y sociales, sin afectar las estructuras socio-económico-políticas.

MENTÍS DE ALFARISMO

En la epopeya alfarista que se extendió por más de cuatro décadas, el caudillo enarboló su vital ideología liberal para enfrentar al dominante conservadorismo, empeñado en garantizar los rancios fundamentos teocráticos, regentes absolutos de sus discriminatorias conductas sociales, políticas y económicas, porque nada escapaba a su control e imponían severas sanciones a sus adversarios y disidentes, como la sacrosanta excomunión, el destierro y la muerte física, como el fusilamiento al radical Luis Vargas Torres.
Entonces, Alfaro sostuvo una frontal lucha no solo militar sino ideológica, brega dialéctica en la que estuvo en juego mantener o introducir un nuevo sistema económico, político y social, lo que nunca ocurrió con la denominada “década ganada”, un remedo de filantropía, riñendo con principios elementales y fundamentales de desarrollo económico y social, como la generación de cadenas productivas y comerciales, en contraste con el decidido impulso a los grupos de poder, quienes no salían del asombro al ver los in esperados beneficios que la híbrida “revolución ciudadana” les dotaba, aunque en el discurso público los afrentaba y vilipendiaba.

IDEOLOGÍA HÍBRIDA

En efecto, en sus diez años de identificada gestión autócrata, Correa no sustentó ideología alguna ni difundió la que habría tenido el socialismo del Siglo XXI que, presuntamente, cobijaba a la “revolución ciudadana”, por lo que es seguro que en esa orfandad quienes fungían de ideólogo, habrán mostrado enfado al conocer el primer volumen de la “Biblioteca de la Revolución”, abierta por la entonces Secretaria Nacional de Pueblos, Movimientos Sociales y Participación Ciudadana, Mireya Cárdenas, en el que transcribió una ponencia del colombiano José Miguel Sánchez, para quien “En el socialismo del siglo XXI, el socialismo es libertad y justicia. Sin libertad y justicia, no hay socialismo”, porque su rutina pública denunciada fue encadenar la libertad, amordazar la libertad de expresión y de opinión y controlar la justicia.
Y ponencias como esa se destinaban a “capacitación de las bases”, Correa habrá rebasado el enfado para llegar a la furia, cuando en otra parte Sánchez ha dicho que “El socialismo del siglo XXI amerita altas cantidades de amor, amistad, empatía y armonía” y el presunto “caudillo” habrá arribado a la irritación al leer que el ponente ha subrayado que “El socialismo del siglo XXI le aguó la fiesta al despilfarro del capitalismo y el mercado. La clave es la austeridad en el manejo del Estado”.
Es probable que dichas conceptualizaciones de Sánchez hayan avivado la personalidad irascible de Correa, quien durante sus diez años de mandato mostró ser todo lo contrario a esas definiciones, porque ambuló con un poderoso cerco de seguridad haciendo gala de violencia verbal y física, incitando a cometer delito (“mátenme” dijo a los policías en el 30S), disociando y desarmonizando al país, sosteniendo “verdades” no consecuentes con austeridad y administración pública transparente.
Ciertamente, las conceptuaciones de Sánchez son coherentes con las profesadas por los románticos luchadores sociales de las décadas del 60, 70 y 80 del siglo XX, todas ellas depreciadas y manipuladas por los emprendedores de la emergente “revolución ciudadana”, quienes han más bien han relucido como híbridos ideológicos, egocentristas y deshonestos.

AUTOINCONSECUENCIAS DE CORREA

Muestra fehaciente de la inconsecuencia y deshonestidad es el libro “Ecuador: de Banana Republica a la No República”, el que, respecto a la deuda externa, dice: “Ecuador fue un destacado alumno del endeudamiento agresivo, con el cual financió un inmenso e irresponsable incremento del gasto público, que casi se triplicó en términos reales durante la década de los setenta”, del siglo XX.
Efectivamente, aquello es un atolladero en la historia de las finanzas públicas ecuatorianas, pero la gestión de Correa no distó de ello, sino más bien la justificó y la amplio, provocando, en los incrédulos, serias dudas sobre la veracidad de que el texto haya sido escrito por quien funge de autor, porque si así hubiese sido, el Ecuador no estaría abrumado por escalofriantes cifras de deuda externa, cuyo valor cierto es incierto por manipulaciones estadísticas sobre la base de amañados ejercicios legales, poniendo en riesgo a la sociedad ecuatoriana.
Pero el autor no solo que fue “irresponsable” con el agresivo endeudamiento, sino también del “irresponsable” incremento del gasto público, con soporte fundamental en el transitorio crecimiento del precio internacional del petróleo, que al cesar infló las arcas fiscales con voluminosa y onerosa deuda externa y transferencias desde instituciones no financieras,, maquillada con insólitas preventas petroleras y arreglos legales, malabarismo que hace incierta la cuantificación real de la deuda pública.
Versiones conservadoras dicen que en su administración, Correa tuvo 280.000 millones de ingresos y gastó 84.000 millones, por lo que preguntan ¿dónde están los 196.000 millones restantes? El meticuloso investigador Diego Delgado Jara apunta que en los diez años de gobierno, Correa manejó “con facilidad 450.000 millones”, pero no hay auditorías que muestren los destinos de esos recursos. Hasta ahora, los gastos son enigma, como los saldos, aunque el déficit presupuestario del Estado es evidente.
Pese a ello, Delgado Jara subraya que la deuda pública creció en el 564% entre diciembre de 2009 y mayo de 2017, al pasar de 10.235millones a 57.788 millones, apuntando que en ese valor no se incluyen las preventas petroleras. No han faltado voces que han situado el valor de la deuda en alrededor de 70.000 millones, es decir más del 70% del PIB calculado en aproximadamente 95.000 millones de dólares para este año; es decir, rebasaron con creces el techo del 40% de deuda permitida dispuesta por la Constitución de la República.
Aún más, la cerebral contradicción correista apunta que “Paradójicamente, muchos de los más graves problemas estructurales de la economía ecuatoriana son herencia de la época más “próspera” del país: un sector fiscal y externo altamente dependiente del petróleo, un sector industrial consumidor de bienes importados pero no generador de suficientes divisas, la urbanización de la población y de la fuerza laboral sin tener la economía adecuada capacidad de generar empleo urbano, y una deuda externa pública y privada que se incrementó con creces”.
Pues, bien, ahora la década más “próspera” del país fue la del 2007 al 2017, ya no la del 70 del siglo XX, lapso en el cual Correa habría manejado no menos de 450.000 millones de dólares, como dice Delgado Jara, de los que en obras públicas se habría gastado entre 60.000 y 80.000 millones, conjeturas que son posibles uniendo fragmentada información pública, porque las administración ha tenido jugado con contratos complementarios a los celebrados inicialmente, que hace difícil la cuantificación real de los mismos.
Como esta dicho, el festival de gastos por los desbordantes precios internacionales del petróleo no se detuvo ni cuando estos cayeron dramáticamente, recurriendo a las preventas petroleras (pagos anticipados con onerosos intereses) y fueron extraídos recursos de tanta y cuanta institución estatal pudo hacerlo (Banco Central, IESS, CFN, Petroecuador), para lo que dictó y reformó leyes específicas, pero cuando sintió la represión pública por sus desenfrenos, recurrió a la venta de bonos a plazos e intereses solo posibles para clientes veleidosos.
Tal incontrolado endeudamiento, a los que se suman algo más de 5.500 millones del actual gobierno, son herencia tenebrosa de la reciente época más “prospera” del país, en la que denostó políticas de ahorro, cuya herencia visible se traduce en que el ecuatoriano que hoy nace, lo hace con una deuda no menor a 4.000 dólares; y para completar su pensamiento de repudio en otros años, acentuó la urbanización de la población rural, porque se desentendió de políticas agrarias, quimeras para el sector.
Más aún, si Correa ha reparado en el libro que a Petroecuador se le restó autonomía de inversiones, “lo cual traería consecuencias nefastas en el futuro al producir una rápida declinación de la extracción petrolera nacional”, no solo hizo eso, porque todos los ingresos por ventas hidrocarburíferas fueron manejados por el Ministerio de Economía y Finanzas a su servicio y, cuando Petroecuador y Petroamazonas necesitaron dinero para sus operaciones, con aspavientos entregaron campos petroleros, por ejemplo, a la otrora todopoderosa PDVSA, en cuyas manos la declinación extractiva fue sostenida, porque nunca invirtió lo comprometido, porque su matriz caraqueña quedó fallida por la administración bolivariana, matriz exultante de socialismo del siglo XXI. Hoy, Petroamazonas se ahoga por falta de dinero, tiene compromisos vencidos y no dispone de capital para sus operaciones y hablan de endeudamiento.
Las citas invitan a pensar perversidades, como aquello de que posiblemente el libro no fue escrito por Correa, o que lo ignoró y no fue referente para el ejercicio de sus funciones, porque evidencia el contrasentido entre lo que dice en dichas líneas y sus acciones gubernamentales, o, lo que es peor, actuó conscientemente, obrando con malicia.

AGENTE IMPERIAL

Ese alegre manejo de la economía desembocó en crueles desenlaces sociales bajo el membrete del socialismo del siglo XXI, provocando más de una sonrisa placentera en el imperio del mal que en el discurso decía combatir, por la “hazaña” de desvalorizar y destrozar los principios del proyecto económico y social socialista, al que inevitablemente llegará la humanidad, como lo fue el tránsito del feudalismo al capitalismo, sin generalizar el uso de las armas, sino como consecuencia de las intestinas contradicciones dialécticas del modo de producción que luchó por mantenerse. La revolución francesa de 1789 no fue sino epílogo del largo y centenario proceso de mutación socio-económico-político.
La valoración de la “década ganada” sugiere que Correa no solo que degeneró los principios socialistas, sino todos sus símbolos y lemas más importantes de lucha, cual efectivo agente imperial jugosamente remunerado, resultado que las agencias respectivas no pudieron hacerlo durante décadas, pese a las millonarias inversiones y regueros de sangre desatados en pueblos que lucharon por romper estructuras instituidas y dar lugar a otras que abriguen mejores días. Por lo mismo, las escenografías donde diluyó tales principios no habrán dejado de ser disfrutadas, festejadas por los “agentes del mal” y fervientemente complacidos con el inesperado aliado, tomando como jocosidades las “rabietas” antiimperialistas.
Ese sería el epílogo del supuesto alfarista que a su antojo manipuló la excelsa imagen e ideas del “viejo luchador” en los amañados monólogos sabatinos, transmitidos por estaciones de televisión y radio, que lo hicieron, acaso por temor a que en cualquier momento les supriman las frecuencias, demostrando, una vez más, que en el mundo de los negocios es difícil sostener principios políticos e ideológicos.

FALSO POPULISTA

Si en tal marco no cabe que Correa haya pretendido ser ungido como caudillo de estirpe independentista o revolucionario, como intentó hacerlo circulando a dependientes de la SECOM a fines del 2011 e inicios del 2012, para forzar al público opiniones que le asemejen con Alfaro, tampoco podría ser beneficiario de identidades con el populismo, que sería una “doctrina que se propone defender los intereses del pueblo en su conjunto, sin distinguir entre clase obrera, pequeña burguesía y campesinado”, concepto que en el Ecuador nadie disputa al ex presidente José María Velasco Ibarra, que incorporó a esos sectores a la vida política nacional, esparciendo esperanzas y entusiasmo político, aun cuando en sus caídas sucesivas pocos se manifestaron por sostenerlo.
Un sereno examen del populismo velasquista, que dominó la vida política ecuatoriana entre 1932 y 1972, revela el mérito de haber afirmado el Estado laico en el Ecuador, cuya partida de nacimiento obtuvo con la revolución liberal de 1895, y se asentó con la Constitución de 1906, la que fortaleció las instituciones que dejaron atrás al Estado teocrático, pero el caudillo y populista terminó dándoles forma y esencia en el país, hasta cuando se consagren más libertades.
En la denominada “década ganada”, Rafael Correa mostró austeridad para identificarse como ortodoxo populista. No obtuvo el desinteresado afecto político de las masas populares, sino cierta sumisión con el calculado beneficio del incremento del bono de la pobreza y del empleo público de contrato, a los que progresivamente decantó después de los beneficios electorales. No fue orador de masas, pero si frecuente relator encajonado en un set debidamente programado, preparado, estudiado y resguardado. Posiblemente su apego a la ficción y al enfado le impidió hablar en foros heterogéneos por temor a preguntas y repreguntas.
En tiempos modernos, la coherencia discursiva de Correa habría sido posible con apoyo del telepromter y demás dispositivos electrónicos, porque sin libreto fueron frecuentes los gazapos, lo que se explicaría en no sustantivar contenidos esperanzadores certeros, sino etéreos, sin pasar de ser un “híbrido político, como reflejo del mestizaje racial y cultural de nuestros pueblos, dentro del cual tienen acogida los elementos desengañados o frustrados de todas las ideologías o partidos, bajo el paraguas protector del caudillo o conductor del movimiento que les da la seguridad de ser partícipes del poder para realizar sus aspiraciones”, lo que se ha evidenciado en la estructura del Movimiento Alianza País.
Sin referirse expresamente a Correa, la descripción es un aserto de Milton Alava Ormaza y Gil Vela Vasco en su documentada y analítica obra “VELASCO IBARRA Caudillo Populista”, de reciente circulación, cuyo conocimiento y lectura es obligatoria para políticos y politólogos, por ser una suerte de manual político ecuatoriano. Durante la “década ganada”, Correa Delgado al no revelar consistente ideología política, solo registró un inventario de discursos revestidos de lemas y consignas sueltas, extraídas de contextos específicos de Simón Bolívar, Eloy Alfaro, Ernesto Che Guevara y otros, sustancias que, además, no fueron consecuentes con su práctica política y social.
Nuevamente, sin que Alava y Vela se refieran explícitamente a Correa, “porque no es materia de este libro”, destacan que “en el populismo latinoamericano reaparece la figura del caudillo autosuficiente y prepotente, que tiende a manipular a las masas para ganar elecciones y neutralizar la oposición, o que improvisa acciones espectaculares o erráticas que producen quebrantos en la institucionalidad democrática y, más aún, a las estructuras económicas y sociales establecidas, sin que al mismo tiempo, proponga alternativas válidas que permitan la funcionalidad del Estado”.
Y remarcan que “Por su propia naturaleza, el populismo no es políticamente consistente y cuando entra en crisis las masas, que en la victoria lo siguen y claman eufóricas, se desbandan y el caudillo y su cohorte tienen que tomar las de Villadiego, andar por los tejados u optar por el exilio permanente o transitorio, a la espera de una nueva oportunidad que, a veces, llega o que, también, se evapora para siempre”, como parece evidente en el llamado de Glas a respaldar su presunta inocencia.

CARICATURESCO Y PICARESCO

Abundaría en distanciar a Correa del populismo convencional, sobre la base del enjundioso estudio de Alava y Vela contenido en 790 páginas, del que daremos cuenta en otra nota, pero queda claro que el reciente ex presidente ha sido timonel de la nave ecuatoriana haciéndole zigzaguear sobre la base de incierta ideología y de la marea de los precios del petróleo hasta quedar a la deriva por inconsistente plan de viaje, que habría lucido ser ser solo propio y de su entorno histriónico, caricaturesco y picaresco.
Caricaturesco, porque lo ha evidenciado al apearse del vehículo presidencial blindado y escoltado por decenas de fuerzas especiales prestas a reprimir a inconformes ciudadanos que le mostraron desacuerdos con expresiones gestuales, ofreciendo respuestas violentas, exageradas, ridículas, llenas de bufonadas y sarcasmos.
Lo picaresco o truhanesco y rufianesco de la “década ganada” ha escalado donde los judiciales, después que desde hace mucho expuso al público el periodismo investigativo, y ya no pudo ser obviado por incontrastables evidencias y por conexiones con casos tipificados y sentenciados en otras latitudes, como Estados Unidos y Brasil en el caso Odebrecht.
La judicialización llegó a la espectacularidad solo después del 24 de mayo de 2017, cuando al sucesor de Correa no le tocó más que corroborar que “se han detectado muchísimos actos de corrupción” en la gestión de su antecesor y prometer que hará una “cirugía mayor” a la corrupción, aunque no pocas circunstancias generan dudas por la forma en que se conducen los procesos y se amaga la fiscalización parlamentaria.
En efecto, aunque al interior del país son débiles las voces en torno a las sospechas del manejo judicial con guantes de seda contra los imputados, el ex procurador especial del Perú, José Carlos Ugaz Sánchez, valoró las identidades del fiscal general y Rafael Correa, diciendo a diario EXPRESO (19-XI-17) que “son mala señal las delaciones indebidas o investigaciones que no se focalizan en delitos que se ajustan a la realidad. Hay muchas formas de entorpecer y desviar una investigación”, pero “hay que darle el beneficio de la duda sin dejar, por supuesto, de observar”.
Respecto a las voces de los ortodoxos correistas y del propio sindicado de que este es objeto de persecución política, Ugaz Sánchez ha sido terminante: “Es una lástima que los corruptos, así como tienen mucho ingenio para generar una trama de corrupción, no lo tengan para defenderse. No hay uno que no diga que es víctima de persecución política”.
Ugaz Sánchez es un abogado peruano que fue designado procurador especial anticorrupción por el entonces presidente Alberto Fujimori, y terminó investigando a su nominador después de haberlo hecho con Vladimiro Montesinos. Ambos purgan penas de decenas de años, en penitenciarías de alta seguridad.

JEFE DE ESTADO

Como Fujimori en su momento en el Perú, Correa en el Ecuador se ufanó, permanentemente, de tener el control total del Estado, nada se hacía sin conocimiento y aprobación y, así, se auto declaró “Jefe de Estado, Jefe de todas las Funciones del Estado”, por lo que en el foro destilan preguntas sobre si la fiscalía general llegará a imputarlo de responsabilidad coadyuvante en los diferentes casos penales que se procesan, porque varios procesos sospechosos habrían tenido soporte en decretos ejecutivos que reformaron el reglamento de contratación pública y se declararon emergencias sin sustentos lógicos.
Enervaron las denuncias de que la justicia estaba bajo supervisión del Ejecutivo, como aquella del chuky seven en el caso EL UNIVERSO y el reciente serial de jueces sancionados y cesados por el Consejo de la Judicatura por no fallar en función de intereses gubernamentales, entre otras más importantes.

UNIDADES ESPECIALES

Pese a ello, ciudadanos se preguntan razones por las cuales el Consejo de la Judicatura no crea unidades especiales para el procesamiento de sinnúmero de casos con sospechas de corrupción, como los escandalosos denunciados pativideos, valija diplomática, Refinería del Pacífico, hidroeléctricas Manduriaco, Coca Codo-Sinclair, Toachi-Pilatón, preventa petrolera a China y Tailandia, ambulancias, patrulleros, chalecos para la policía, radares militares, helicópteros Dhruv, Samanes-ISSFA, Caminosca, Gran Hermano, onerosa deuda externa, medicamentos genéricos, entre tantos otros.
Existen varios tipos penales por investigarse en cada uno de esos casos: asociación ilícita, peculado, concusión, cohecho, lavado de activos, fraude fiscal, y por el volumen de ellos la justicia ordinaria queda estrecha para tramitarlos, por lo que se justifica la creación de salas especiales, de lo contrario la defensa de los sospechosos continuarán sosteniendo la inocencia de sus defendidos porque la fiscalía no muestra el cuerpo del delito, o sea las inmensas cantidades de dinero, fruto de coimas, sobornos, gratificaciones, “acuerdos entre privados” y otros.
Sobre ello, Ugaz Sánchez sostiene que “Ese argumento defensivo es una falacia; como no tengo dinero en mi cuenta, quiere decir que no he robado. Esto no es un homicidio donde hace falta el cadáver. Los delitos de corrupción implican movimientos económicos y violación de deberes en la Administración Pública. Basta con demostrar que ha incurrido en los elementos básicos de la norma penal (…). Por ejemplo, que ha habido un acuerdo con la parte privada o una desviación o una apropiación de recursos del erario público. Pero, no por el hecho de que no se encuentren los fondos, se exonera a alguien de responsabilidad penal en delitos de corrupción”.

Tal un perfil breve del economista (¿economisto según su lenguaje?) guayaquileño Rafael Vicente Correa Delgado, cuyos quince doctorados honoris causa, otorgados por universidades de países “amigos” también ha sido puestos en entre dicho desde la más alta esfera gubernamental; pero el ex presidente procura tener vigencia política y no cesa de utilizar adjetivos descalificativos desde su ático de Bruselas contra su sucesor y el procesamiento de sus subalternos. Sus disminuidas huestes advierten a lo interno que “Cuando la injusticia se hace ley, la rebeldía se hace obligación”, frase que tiene dejo de cinismo porque la reprimieron severamente cuando la ejercieron organizaciones sociales y populares que denodadamente lucharon contra las injusticias cometidas por los beneficiarios de la “década ganada”, cuyos procesos judiciales condenatorios le asegurarían el mote histórico de la era de la cleptocracia.