LA ASQUEROSA SIERPE DE LA CALUMNIA[1] 



ALFARO FUE PERSEGUIDO, INSULTADO, CALUMNIADO  



Oswaldo Albornoz Peralta


Los grandes reformadores, sobre todo los que se preocupan y hacen suyas las aspiraciones de las masas populares, siempre son perseguidos por ese reptil rastrero e implacable: la asquerosa sierpe de la calumnia.

Un ejemplo: Robespierre, el defensor de los sans-culottes. Uno de sus biógrafos, David Jordán, dice:

La víctima es presentada de cuerpo entero y sus actos más despreciables emanan de un alma depravada y corrupta. A Robespierre no se le deja ningún resto de decencia, de talento o de humanidad. Es un monstruo cuyo impacto sobre los contemporáneos y la Revolución no se explica, sino que se condena.[2]

Así proceden los realistas, y luego sus asesinos, los termidorianos. Y para la posteridad, a éstos siguen un montón de biógrafos, cada cual más envenenado. Hasta Michelet no teme caer en las aguas turbias de la denigra­ción.

Junto con Robespierre la sierpe de la calumnia se extiende a sus partidarios, a los jacobinos, esos hombres de La Montaña que luchan porque los frutos de la revolución, aunque sean gotas, lleguen hasta el pueblo. Y también, enroscándose en las sinuosidades de los años, logra perdurar en el tiempo e incrustarse en las páginas de la historia.

Igual que Robespierre, esos héroes de la Comuna de París, que quieren alcanzar un cielo proletario con sus vidas. Igual Lenin, el artífice de un mundo de bienestar y de justicia. Igual, acosados y per­seguidos, muchos revolucionarios más.

Aquí en el Ecuador, Eloy Alfaro, nuestra figura histórica máxima, es sin duda el más deshonrado y calumniado.

La sierpe se atreve en ocasiones, a vestir el traje de la poesía en una soez deformación titulada “A una boca”:

De Corinto do estaba mansamente
devorando en silencio su tocino
por azares secretos del destino
fue traída al Poder liberalmente.

Y llegó de cansancio emocionada
el perdón y el olvido tarareando,
honores y riquezas codiciando,
y del hambre y las deudas acosado.

Pero más me fastidia, más me inflaman
por su fuerza, perfil y contextura
tus jetas ¡ay! que pura m...el derraman
al abrirse y mostrar su dentadura.

Canasto, quitasol, boca bajío,
ejido de Tacunga sempiterna,
boca arnés, boca buey, boca taberna,
boca que ¡en vano definir porfío![3]

Son 71 estrofas de esta laya, que como se ve llevan a la poesía hasta el más sucio estercolero. Su autor es el periodista Vicente Nieto.

Después de estos versos cenagosos, la prosa cubierta de roña.

El mismo Nieto, abandonando su torpe lira, publica en Quito un periódico titulado Fray Gerundio, donde prosigue su carrera de calumniador desaforado. Si en verso es tan burdo, ya se puede imaginar lo que es en prosa.

En Cuenca se publica un pasquín denominado El Diablo dedicado, preferentemente, al insulto de los radicales de esa tierra. Pero, tampoco se olvida de Alfaro. Se dedica un artículo –“Beso de muerte”‒ a su gobier­no, donde se dice:

La Manta Negra ha cubierto la propiedad de huérfanos y viudas, talando la industria, asolando la familia; y la bárbara confiscación, robo oficial en forma de ley, nos saca a la vergüenza pública ante las naciones vecinas que nos contemplan en el calvario... y se dictan leyes de presupuesto, que nos reducen a la miseria, mientras los ministros diplomáticos y los gober­nadores de provincia regordean con el pan del infeliz pueblo.[4]

Escriben el periodicucho, en comandita, clérigos y curuchupas sin sotana, que esconden sus nombres en el anonimato. También tienen un vate, el académico Tomás Rendón, autor de coplas procaces, parecidas a las de Nieto.

El diario El Comercio no se queda a la zaga:



Bien se sabían los Alfaros ‒dice‒ que en Panamá se les iba a conceder la más completa libertad para conspirar contra nuestra Patria, cuando prefirieron trasladarse a esa Republiquita, en lugar de ir a gozar de los caudales que saquearon a la Nación en los grandiosos países de Europa o en la América del Norte.[5]


Miguel Valverde

De la prensa la calumnia pasa y se cuela en la boca de los difamado­res. Miguel Valverde, un protegido de Alfaro, es uno de ellos. Se mueve en los círculos liberales y esparce la mentira. A Gagliardo le dice que el Viejo Luchador ha salido millonario de la presidencia y que sólo en los almacenes de Guayaquil había comprado más de cien mil sucres en joyas para su familia.

Justamente indignado Alfaro cuenta esta historia a Abelardo Moncayo en carta de 8 de febrero de 1903. Dice que mira con lástima a ese desgra­ciado. Y para que la duda no quede flotando, pues aprecia como ninguno la limpieza de su nombre, se da el trabajo de enumerar todas sus compras de alhajas realizadas durante su paso por la presidencia. Esta la lista:



1896. Un par de aretes de brillantes (solitarios)......... ….…..S/. 400
1897. Un prendedor compuesto de una perla con brillantes.… 350
Una sortija (marquesa)...............................……………… 150
1898. Una pulsera y un prendedor de........................………... .. 500
1899. Un anillo con un solitario..........................…………….... 320
Un mil setecientos veinte sucres..................……………... 1.720 [6]

La diferencia entre S/.100.000 y S/.1.720, es la proporción de la mentira.

Más tarde, de difamador, Valverde se convertirá en propugnador y panegirista del asesinato de los Alfaro.

La calumnia, como se puede apreciar por lo expuesto, se encamina ‒repta mejor‒ no sólo a sembrar sombras sobre la honradez de Alfaro, sino que cayendo en la bajeza extrema, se llega a calificarle de ladrón. Y quienes así se expresan, en la mayoría de las veces, son los que menos deben pronunciar esa palabra.

Alfaro no es un adorador del Becerro de Oro. Hombre de gran fortuna en una época, todo lo gasta en beneficio de la revolución liberal, la meta de su vida. Esta meta, que significa el progreso de la patria, está por encima de sus intereses personales.

A este respecto, Pío Jaramillo Alvarado, manifiesta lo siguiente:

Puede registrarse en Panamá, en el archivo de uno de sus hijos, los libros de la con­tabilidad comercial del general Alfaro, en la época en que se dedicó a estas actividades. Pasa de un millón de pesos anual el monto de las operaciones con que giraba bajo su firma. Es también constante que después de su primera presidencia, y cuando se recluyó silen­ciosamente con su familia en Guayaquil, era tal su angustia económica, que un grupo de amigos suscribió una cuota mensual para salvar de su penuria al señor general Alfaro.[7]

Y Roberto Andrade, en su vibrante folleto titulado Moscas, agrega:

Antes y después del Mensaje ‒se refiere al Mensaje escrito como Jefe Supremo de Manabí y Esmeraldas en 1883‒ en cosa de cinco o seis lustros, Alfaro ha empleado en la libertad del Ecuador cuanto dinero ganó en su trabajo en Panamá. Montalvo no hubiera verificado sus viajes a Europa, ni publicado sus obras sin Alfaro.[8]

La acusación de robo, sobre todo, está vinculada a su obra magna: la construcción del Ferrocarril del Sur. ¿Por qué?

Sus enemigos ‒tanto conservadores como liberales de derecha‒ piensan que la terminación de la gran obra puede constituir un alto triunfo para el caudillo manabita y consolidar el alfarismo que puede, y eso temen, proseguir en su camino de reformas. Para impedir eso, hasta se quiere pagar a Harman para que desista del contrato, tal como asegura Mora López en su Historia del Ferrocarril Trasandino, afirmación confirmada por Alfaro en carta que dirige a ese contratista en 1902. Para impedir eso, ¡nada mejor que la calumnia!
Lizardo García

Uno de los calumniadores es un ex‒ministro suyo: Lizardo García. Este banquero en carta dirigida a un conservador de Ambato, manifiesta que está gestándose un monstruoso negociado entre Alfaro y Harman, para cuya realiza­ción necesita que su sucesor en la presidencia sea una persona condescen­diente que no dificulte la malversación planeada. El acusado como está limpio de culpa, según expone en una de sus Narraciones Históricas, castiga así al gratuito detractor:

Mi venganza consistió en mandar litografiar la carta‒libelo, hacerla circular, y dar orden al Gobernador del Guayas para que pusiera a disposición de don Lizardo García todo el servicio de cablegramas con el señor Archer Harman, en los cuales se suponía encontrar el hilo de sus conjeturas criminales, y además los documentos públicos y privados en relación con la Compañía del Ferrocarril y arreglo de la Deuda Externa.[9]

Aunque no se crea, el detractor García es el responsable de ese feo episodio que ha pasado a nuestra historia con el significativo título de El peculado de Londres. José Peralta en su estudio Porrazos a porrillo, relata con detenimiento este suceso y demuestra que el perjuicio para la nación asciende a doscientos setenta y ocho mil dólares. Se trata, pues, de una defraudación que no solamente se “está gestando”, sino que efectivamente se gesta.

Otra acusación, y muy reiterada, es la que Alfaro es accionista de la compañía que construye el ferrocarril.

La Cámara del Senado, en 1902, resuelve dar un voto de felicitación al general Alfaro por ser el principal y más decidido propulsor de esa obra. Empero, algunos legisladores se oponen a ese voto porque se ha propalado, maliciosamente, la noticia de que es accionista por varios millones de sucres de la empresa “Guayaquil and Quito Railway Company”. Se asegura que en la oficina de la compañía en Nueva York se exhibe su retrato como uno de los más importantes socios.

Alfaro se indigna al conocer la calumnia e inmediatamente emprende una campaña para desvirtuar la falsedad divulgada. Escribe varias cartas al senador José María Borrero, uno de los que le niegan el voto, por haber creído en la especie perversamente vertida. Y luego se dirige al presidente de la compañía ‒carta de 12 de marzo de 1903‒ para que certifique que nunca ha tenido la calidad de accionista. “Yo salí de la Presidencia pobre cual había entrado a ella, pues las economías que pude hacer durante el sextenio de mi administración, no alcanzaron para atender a los modestos gastos de mi familia”,[10] dice.

La respuesta requerida es terminante y dice así:

New York Abril 17 de 1903.- General Eloy Alfaro.- Guayaquil.- Ecuador.- Mi querido Señor:- Nos permitimos informar a usted que su nombre no figura en la lista de los accionistas de la "Compañía del Ferrocarril de Guayaquil a Quito". Nuestros archivos demuestran que usted nunca ha sido ni es partícipe en nuestra Compañía, y que usted no tiene interés fiduciario de ninguna clase en nuestro Ferrocarril.- De usted muy atento.- T. H. Powers Farr, Vicepresidente.- Sam H. Lever, Secretario Tesorero.[11]


Según informaciones que recibe, como consta en carta que escribe a Abelardo Moncayo el 5 de agosto de 1903, los propaladores de esta calumnia son Miguel Valverde, el doctor Serafín Whiter, el general Fidel García y el presidente Leonidas Plaza. Otra vez Valverde. Su enemistad con Alfaro es bastante vieja: ya como cónsul en la ciudad de Nueva York, cargo que obtiene por sus antiguos servicios a la causa liberal, se transforma en agente de los conspiradores antialfaristas y se dedica a sembrar la desconfianza entre los accionistas del ferrocarril, razón por la que es cancelado. Esto consta en la Historia del Ferrocarril de Guayaquil a Quito que el general Alfaro, antes de su inmolación en el Ejido, entrega al coronel Carlos Andrade.

El doctor Serafín Whiter es un periodista guayaquileño que acompaña al general Alfaro en la campaña de 1895 que culmina con su entrada a Quito. Desempeña el cargo de ministro de Hacienda durante su primera ad­ministración. Está casado con una hermana del general Plaza, durante cuya administración cobra a la compañía del ferrocarril elevadas sumas de dinero por gestiones administrativas.

El general Fidel García participa en la lucha contra Veintemilla y Alfaro le nombra ministro de Guerra y Marina como Jefe Supremo de las provincias de Manabí y Esmeraldas. Está presente en las campañas de 1895 y desempeña importantes cargos durante el primer gobierno liberal.
Leonidas Plaza Gutiérrez

De Plaza Gutiérrez no hay necesidad de hablar, Todo el mundo conoce sus acciones y la extensión de su ingratitud con el Viejo Luchador.

Una cosa queda clara: todos los difusores de la vil calumnia son protegidos de Alfaro, que sin él, nunca hubieran llegado a lo que llegan. Queda claro también, la deserción de gran parte de sus colaborado­res, casi siempre, por causas non sanctas.

Pero esta calumnia ‒la de ser accionista del ferrocarril‒ tiene una significación que la convierte ‒si la maledicencia y la difamación pudieran ser clasificadas por su gravedad‒ en la más baja y cobarde de ellas. Esto porque los detractores conocen que si Alfaro hubiera sido deshonesto, que si hubiera tenido su apego a los bienes materiales y al dinero, en verdad hubiera podido ser accionista. Saben que cuando se le ofrece un porcentaje de acciones de la compañía ‒costumbre con que los capitalistas extranjeros consiguen favores de mandatarios corruptos‒ las rechaza para él y las cede para beneficio de la nación. ¡Saben, y calumnian!

Pío Jaramillo sobre lo arriba expuesto, dice esto:

Es un hecho histórico que cuando en conformidad con el contrato de construcción del ferrocarril suscrito en 1897, se verificó la emisión de siete millones de dólares en la denominación de “Bonos Comunes” en beneficio de la empresa promotora de la obra, y cuando le fue ofrecido al general Alfaro el 49 por ciento de dicho valor en su utilidad personal, pues la compañía constructora tomaba el 51 por ciento, y con estas acciones la administración del ferrocarril, el general Alfaro rechazó noblemente el ofrecimiento de la Compañía e hizo inscribir ese porcentaje no estipulado en el contrato, en beneficio del gobierno del Ecuador. Este acto del general Alfaro ha permitido con el tiempo adquirir ese 51 por ciento de la Compañía o sea de los herederos del promotor Harman y nacionalizar el servicio administrativo, antes de amortizar los bonos principales, correspondientes a los prestamistas extranjeros del dinero para la construcción del ferrocarril, en el que el Erario ecuatoriano no ha invertido sino exiguas sumas.
Sin embargo, la malevolencia ha hecho críticas acerbas acerca del contrato del ferrocarril de Guayaquil a Quito, no comprendido todavía, y el odio y la envidia y las bajas pasiones de la política ruin, imputó al
general Alfaro peculados, siendo como fue puro en sus costumbres y sin ambición de riqueza.[12]

Esta verdad demuestra con luz meridiana toda la ruindad de los calumniadores. Pero sobre todo demuestra que ese contrato firmado por Alfaro, no sólo es beneficioso para el progreso económico del país al ampliar su mercado interno y promover el movimiento de los factores productivos, sino que es uno de los pocos contratos realizados con empresas extranjeras que no lesiona los intereses nacionales ni contiene odiosos privilegios, norma generalizada en esta clase de negocios. Un contrato limpio, en fin, que no ha sido debidamente valorado.

Esta limpieza, nada común, tanto ayer como hoy, ayuda para que la compañía pueda incrementar su capital y hacerse efectivo el contrato. La negativa para aceptar la comisión ‒o soborno‒ que según se le informa es corriente en operaciones financieras de esta índole, causa profunda impresión al proponente:

Harman ‒dice Pareja Diezcanseco‒ había hablado de la rectitud de Alfaro. Ni un centavo empleado en gratificaciones; era incomprensible. ¿Adónde está ese país?, preguntaron los señores millonarios. Y se empezaron a suscribir los capitales. Era una nueva experiencia en sus negocios de propulsores imperialistas.[13]

Como aditamentos de esta calumnia, que por decirlo así constituye el centro de la malevolencia, se agregan otras mentiras y otras infamias. Se dice, para citar un solo ejemplo, que Alfaro es socio de Harman. Constantemente el probo mandatario, tiene que protestar y enfrentar a sus calum­niadores. En sus cartas y en su Historia del ferrocarril de Guayaquil a Quito deja constancia de su indignación. Su alma lacerada está impresa en esas páginas.

Vamos a terminar.

Dijimos al inicio que lo más grave, lo peor de la calumnia, es que se prolonga, larga, larguísimamente, hasta más allá del sepulcro.

Así ha sucedido con Alfaro.


Luis Robalino Dávila
Wilfrido Loor
Sus enemigos ideológicos, con sobra de mala fe, se han aprovechado de esas viejas calumnias para combatir al doctrinario liberal. Y todavía en nuestras historias, a un siglo de la revolución que comandó, las siguen repitiendo. A la par que propaganda contra una revolución progresista, es quizás, una venganza póstuma.

Unos más, otros menos, pero siempre sin ningún decoro, los historiadores de derecha se esmeran por echar sombras sobre la honradez de Alfaro, especialmente, en lo relacionado con el ferrocarril del Sur. Es el caso, por ejemplo de Robalino Dávila y Wilfrido Loor. El primero en forma taimada, siguiendo sin duda la pauta de su paradigma, Thiers, responsable de la sangre derramada por los comuneros de París. Y el segundo, ya sin ningún pudor, se atreve a tacharle de ladrón, tal como sus cofrades de la vieja cruzada conservadora. Razón tiene César Peralta Rosales ‒Un centenario y una infamia[14]‒ de calificar a éste de plumario reptante.

Nada más por ahora.



[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Páginas de la historia ecuatoriana, t. II, Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 2007, pp. 41-52.
[2] David P. Jordán, Robespierre, el primer revolucionario, Ter­cer Mundo Editores, Bogotá, 1985, p. 28.
[3] En Wilfrido Loor, Eloy Alfaro, t. III, Editorial Moderna, Quito, 1947, pp. 710, 716 y 720.
[4] El Diablo Nº 3, s.e., s.l., s.f.
[5] Cfr. Olmedo Alfaro, El asesinato del Sr. General Eloy Alfaro, Tip. Moderna, Panamá, 1912, p. 38.
[6] Oswaldo Albornoz Peralta (comp.), Cartas del General Eloy Alfaro, Consejo Provincial de Pichincha, Quito, 1995, p. 260.
[7] Pío Jaramillo Alvarado, Estudios Históricos, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1960, p. 170.
[8] Roberto Andrade, Moscas, Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1907, p. 17.
[9] Eloy Alfaro, Narraciones Históricas, Corporación Editora Nacional, Quito, 1983, p. 320.
[10] Oswaldo Albornoz Peralta (comp.), Cartas del general Eloy Alfaro, op. cit., pp. 279-280.
[11] Copia de la comunicación firmada por Alfaro (Archivo del autor).
[12] Pío Jaramillo Alvarado, Estudios Históricos, op. cit., p. 170.
[13] Alfredo Pareja Diezcanseco, La hoguera bárbara, Publicaciones Educativas Ariel, t. II, Quito-Guayaquil, s. f., p. 72.
[14] César Peralta Rosales, Un centenario y una infamia, Editorial Rumiñahui, Quito, 1956.
Publicado por César Albornoz