CAMPAÑA ELECTORAL E INTERNET 



"EN LA GUERRA Y EN EL AMOR TODO VALE" 



Fausto Jaramillo Y.

Dice una voz popular que: “en la guerra y en el amor, (a lo que habría que añadir: el deporte, la moda, la música, la tecnología, la economía, y todas las demás actividades humanas, incluyendo una campaña electoral), todo vale”. La pasada época electoral en el Ecuador justificó el añadido; se usaron todas las armas, las usuales y las novedosas, las permitidas y las vedadas, las que aplauden, ensalzan, construyen y las que pifian, denuestan y destruyen, las que dignifican la política y las que la denigran; en fin, todas se usaron y todos las sufrimos.
Como nunca antes, al menos en nuestro país, el Internet también fue usado como una arma poderosa, (al menos así lo creyeron los cibernautas que la usaron) y por ello no debe sorprendernos que en las redes sociales, allí donde no siempre se escribe con nombre, apellido y cédula de identidad, se hayan mostrado las cobardías y las miserias; se inventen hechos, pasiones y delitos, se digan aquellas cosas que saca el vino y la droga, y se hayan escondido las que humanizan a las ideas y a los candidatos.
Muchos cibernautas, en esos no muy lejanos días de la campaña electoral, dejaron escapar en sus memes y mensajes, todo lo que su anónima vida había acumulado en su corazón. En unos casos les faltó originalidad, pues, buscaron en los textos de autores reconocidos las municiones del más diverso calibre para atacar o defender las posturas, las ideologías y a los candidatos. En otros, especialmente al momento de escoger fotografías, dibujos y caricaturas, merecieron un especial reconocimiento porque fueron originales, inteligentes y llenos de humor.
Algunos, entre los que prefirieron llenar sus mensajes con frases e ideas acudieron a la “autoridad” de ciertos personajes reales, históricos y muy conocidos como por ejemplo: Obama, Kennedy, Churchill, aunque también se fijaron en Edwar Snowden o Julian Assange; de ellos escogieron algunas frases que, no siempre adecuadas, reflejaban el pensamiento de quienes los copiaron.
Pocos, muy pocos, encontraron en libros de verdaderos escritores, las armas y las municiones que les permitieron aparecer unos minutos como inteligentes, pero no originales, otros ni siquiera llegaron a las alturas de los copistas. “Tiendo a no considerar trágico este fenómeno (la copia) porque también copiar bien es un arte que no resulta fácil, y un estudiante que copia bien tiene derecho a sacar una buena nota. Por otra parte, los estudiantes podían copiar de un libro de la biblioteca cuando no existía el internet y el asunto no cambiaba (salvo que implicaba más esfuerzo manual). Claro que un buen docente siempre se da cuenta cuando se copia un texto sin criterio y se huele el truco (repito, si se copia con discernimiento, hay que quitarse el sombrero). Umberto Eco, “Cómo copiar de internet”, publicado en el libro De la estupidez a la locura, pág. 83, 84, 85, Penguin Random House, Grupo editorial, S.A.U. 2016
Los copistas fueron los difusores de ideas difusas, mal comprendidas y peor interpretadas, dando como resultado una fanesca delirante de verdades y sofismas que no sirvieron a sus lectores como alimento válido para entender los problemas que aquejan a nuestra sociedad, así como a los candidatos y a sus propuestas.
Por supuesto, los autores no son culpables de esas bajezas y de esas malas interpretaciones. Los culpables son aquellos que sin tener respeto por la política de un país, se olvidan del respeto a aquellas mentes de las que tomaron las ideas como propias, en unos casos, o equivocaron su interpretación.
No sé por qué razón, muchos de los asiduos visitantes de la red escogieron mayoritariamente a Umberto Eco, el semiólogo y filósofo italiano, fallecido apenas el 19 de febrero del 2016, para copiar sus ideas y difundirlas, supongo que con la esperanza de aparecer ante los demás como hombres o mujeres cultos, o tal vez, porque este autor enfrentó el fenómeno del uso del internet, con ironía e inteligencia, pero lo cierto es que a él acudieron muchos cibernautas para reproducir, sin criterio, sus palabras contenidas en el último libro que aparecerá con su firma: “De la estupidez a la lectura”; y digo que es extraño porque dicha obra no circuló en el país sino un año después, es decir a inicios del 2017, por lo que no creo elucubrar al señalar que los autores de estos mensajes y memes deben haber extraído sus municiones del mismo Internet.
Y, la frase favorita de estos internautas de la red fue aquella referida al internet y a sus usuarios. Se dijo y se escribió que Eco había calificado a la red como el basurero público donde se podía encontrar todas las bajezas y estupideces humanas y a sus usuarios como los imbéciles que pueblan con sus palabras al internet.
Yo, por mi parte, también recorrí y sigo recorriendo las páginas de este libro, otorgando a las frases de Eco, el contexto en que fueron escritas, para de esta manera entenderlas y comprenderlas.
Veamos: en una de sus páginas encuentro lo siguiente: “Los hackers tienen tiempo de entender todo lo que puede hacer la máquina y la red, pero no de elaborar una nueva filosofía o de estudiar sus aplicaciones positivas, de modo que se dedican a la única acción inmediata que su inhumana incompetencia les permite: el pirateo, la alteración y la desestabilización del sistema global”. ¿Se refería, quizá, este autor, a todos los “hackers y trolls” que, sin vergüenza, piratean y adulteran todo lo que encuentran en el internet, con el fin de forzar una coincidencia entre sus objetivos y las ideas de los otros? Por supuesto que el autor no se refiere a “todos” sino a aquellos que así proceden, y nos juzga sino que intenta comprender por qué proceden de esa manera.
Pero no se queda en la superficialidad de criticar a unos y omitir a otros. No, el hallar culpables no es el objetivo del escritor; para él, lo importante es estudiar el fenómeno, hallar las causas y señalar soluciones. Con sus palabras Eco nos conduce al interior del fenómeno llamado internet, donde reposan todo lo bueno y todo lo malo que haya sido capaz de encontrar y producir el homo sapiens, donde en forma evidente o escondida, es posible encontrar toda la historia del pensamiento humano, de sus emociones, de sus sentimientos y su comportamiento: “Junto a sitios absolutamente dignos de confianza y elaborados por personas competentes, existen sitios de lo más postizos, obra de incompetentes, desequilibrados o incluso criminales nazis, y no todos los usuarios de la red son capaces de distinguir si un sitio es fidedigno o no”.
Y del internet en general, Eco, nos lleva a las redes sociales: “Twitter es como el bar Sport de cualquier pueblo o suburbio. Habla el tonto del pueblo, el pequeño terrateniente que cree que le persigue Hacienda, el médico amargado porque no le han dado la cátedra de anatomía comparada en la gran universidad, el que está de paso y se ha tomado ya muchas copitas de grapa, el camionero que habla de prostitutas fabulosas en la vía de circunvalación, y (a veces) el que expone opiniones sensatas. Sin embargo todo se acaba aquí, las charlas de bar nunca han cambiado la política internacional y solo preocupaban al fascismo, que prohibía hacer discursos de alta estrategia en el bar, pero en conjunto lo que piensa la mayoría de la gente es solo ese dato estadístico que aparece en el momento en que, tras haber hecho las oportunas reflexiones, se vota, y se vota teniendo en cuenta las opiniones expresadas por algún otro, olvidando lo que se ha dicho en el bar”. Concluyamos nosotros que las redes sociales, el Face book, el Twitter y tantas otras otorgan el derecho a todos a escribir, pero también permite y exige a quien recibe los mensajes y los lee, hacerlo con una actitud crítica para aceptarlos o rechazarlos según su real entender, y proceder “olvidando lo que se ha dicho en el bar”.
He aquí, en palabras de Eco, el secreto del internet. “…proporciona un repertorio extraordinario de información pero no los filtros para seleccionarla, y la educación no consiste solo en transmitir información, sino en enseñar los criterios para su selección”. La computadora: el soporte tecnológico llamado hardware y los miles de programas diseñados para los más diversos menesteres, llamado software, no tiene la capacidad de discernimiento; no entiende la diferencia entre la verdad, la mentira y lo falso; no tiene nociones que definan el bien y el mal; esas son atribuciones, características y responsabilidades de cada ser humano que a lo largo de su vida acumula experiencias positivas y negativas, recibe influencias de la más variada índole y munido de ellas será capaz de tomar decisiones en la más absoluta y solitaria responsabilidad.
Por lo tanto, quienes laboran en los medios de comunicación, quienes se paran en tarimas, quienes se dirigen a sus posibles votantes con discursos altisonantes, cargados de promesas que están conscientes de que, llegado el momento, no las podrán cumplir, deben saber y entender que no tienen la capacidad de obligar a votar por nada ni por nadie, lo que les resta por hacer es entregar información relevante que permita que la decisión del ciudadano esté ligada a lo que su consciencia le dicte que es lo correcto; lo demás, los insultos, las agresiones, las mentiras, las omisiones forman parte del basurero del internet, son las piedras con las que construyen los caminos que conducen al infierno social, porque ellas cargan con la mentira y la violencia.
Y, conste, el internet es la tecnología de finales del siglo XX, y seguramente será la del siglo XXI. Entonces, la pregunta es: ¿el internet es y será el muestrario, la vitrina, de la cultura de los humanos de este siglo?
Aparentemente, sí. Los otros medios, bien sean los escritos o radio, o televisión, incluso el teléfono convencional, y los ya obsoletos telex, telégrafo, etc., están sujetos a una especie de censura ejecutada por una cadena de mando que va desde el Gerente o un Director, hasta una autocensura de los encargados de transmitir la información y el comentario, mientras que el Internet es una puerta abierta, libre, audaz, que no la cuida nadie, por ella puede filtrase todo, porque todos pueden escribir sus ideas, sin límites ni observaciones. Serán los receptores de los mensajes lo que tendrán la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo falso de lo verdadero, lo útil de lo inservible.
Esta condición pone en evidencia lo que Hegel, al momento de intentar definir al ser humano decía que “los seres humanos, en tanto que animales tienen necesidades y deseos naturales a objetos exteriores como alimentos y bebidas y por encima de todo, la conservación del cuerpo (instinto de sobrevivencia), necesidades y deseos que comparte con los animales; sin embargo el hombre difiere fundamentalmente de los animales en que además desea el deseo de otros hombres, es decir, quiere que se le “reconozca”. En especial, quiere que se le reconozca como ser humano. Según Hegel, el deseo de ser reconocido arrastra a dos combatientes primitivos a exponer su vida en aras de ese anhelo. En este combate, que nada tiene que ver con la sobrevivencia, sino con el prestigio, este filósofo descubre el primer destello de la libertad humana.
Si esa lucha estuvo presente en tiempos inmemoriales, con la consabida violencia física; hoy, en cambio, es el internet el escenario preferido y buscado para encontrar ese reconocimiento. En la red puede aparecer quien lo desee, todos al mismo tiempo, y siempre habrá alguien a quien le agrade el mensaje y ponga el “like”, y, por supuesto alguien al que lo desagrade. Pero al ser millones de usuarios del internet, es posible que no sea una sola persona la que señale su agrado, puede ser 10.000 o 100.000 o quién sabe, algunos millones, entonces ese “reconocimiento apetecido” causará una satisfacción sin límites en el ser humano que busca el reconocimiento.
“Pero, tal vez a causa de la llamada sociedad líquida, en la que todo el mundo sufre una crisis de identidad y de valores, y no sabe dónde ir a buscar puntos de referencia que le permitan definirse, el único modo de conseguir reconocimiento social es “hacerse ver” a toda costa”.
Aparentemente, Eco tiene razón cuando dice: “Donde para ser reconocidos por los demás y no vegetar en un espantoso e insoportable anonimato se hará cualquier cosa con tal de salir en la televisión o en los medios que por entonces habrán sustituido a la televisión”.
“Porque el ser humano, para saber quién es, necesita la mirada del otro, y cuánto más le ama y le admira el otro, más se reconoce (o cree reconocerse); y si en vez de un solo otro, son diez mil o cien mil, mucho mejor, se siente completamente realizado”.
¿Nos sentimos reconocidos, realizados, cuando nuestro nombre aparece, por algunos instantes en el internet? Aparentemente, sí. Pero debemos recordar que antiguamente había una gran diferencia entre ser reconocidos y estar en boca de todo el mundo. Los primeros eran famosos porque por sus acciones, los “otros” les otorgaban dicho reconocimiento; mientras que los segundos lo eran por compasión o por vergüenza. Es que no es lo mismo haber realizado una hazaña, haber escrito un libro, haber abierto otros caminos al arte, haber salvado una vida, que ser el cornudo del pueblo, el pobrecito drogadicto o alcohólico o el mal hijo que se halla en la cárcel por ladrón, aunque al parecer: “desde hace poco tiempo, el concepto de reputación ha sido sustituido por el de notoriedad”.