LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS ABREN LAS PUERTAS PARA EL RETORNO DE LAS DERECHAS 



PARECEN EXCELENTES GOBERNANTES SI HAY DINERO PARA AUMENTAR EL CLIENTELISMO ELECTORAL 



Rodrigo Santillán Peralbo
Los gobiernos que se proclamaron progresistas, izquierdistas, antiimperialistas y hasta revolucionarios han cometido muchos errores, sumado equivocaciones y corrupciones a más de unas desastrosa administración económica, política, social y cultural. Han violado derechos humanos y libertades, pero han sido generosos con algunos sectores poblacionales con la intencionalidad de forjar clientelismos político-electorales, a la vez que han creado fanáticos y detractores. Han dividido y subdividido a la totalidad de organizaciones, partidos políticos y movimientos sociales, indígenas, sindicales, estudiantiles, de maestros, mujeres, profesionales. Nada quedó sin dividir para mayor gloria de caudillos y líderes ególatras y megalómanos.
Los progresistas fueron y son constructores de obras públicas indispensables y otras faraónicas o elefantes blancos, no sólo para satisfacer la necesidad de modernizar el Estado capitalista-burgués, sino porque en la obra púbica está la fuente más importante de enriquecimiento ilícito, peculado y de toda clase de corruptelas practicadas por los amigos del régimen, encargados de la contratación de vistosas obras.
Pueden parecer excelentes gobiernos y fantásticos presidentes mientras hay dinero gracias a los precios de materias primas de exportación, pero si los precios bajan como en el caso del petróleo, los caudillos y sus gobiernos se debilitan o recurren a la deuda externa e interna de manera irresponsable y grotesca.
Los crasos errores y corrupciones de los progresistas abren las puertas para el retorno triunfal de las derechas ahítas de poder para acabar con el ciclo e imponer el sistema más cruel y despiadado de la explotación del hombre por el hombre: neoliberalismo o capitalismo salvaje que empobrece a los pobres y enriquece a los ricos. Los casos emblemáticos son Brasil, Argentina, México que entregó la riqueza petrolera a la empresa privada y Colombia que, paulatinamente, se ha convertido en una especie de colonia yanqui con la entrega de las bases militares para uso y abuso del Pentágono , y, ahora con la penetración de la guerrerista OTAN, por obra y gracia del conservador premio Nobel de la Paz, el presidente Santos.
Tantos son los errores y desaciertos de los regímenes “progresistas, izquierdistas y revolucionarios” que han terminado por desprestigiar a las verdaderas izquierdas. Tan monumental ha sido el fracaso del mal aplicado Socialismo del Siglo XXI, que ha liquidado a socialismos y comunismos de por si debilitados con tantas divisiones y subdivisiones o por la paupérrima actuación de los dirigentes a los que les gusta autonombrarse “líderes” de revoluciones inexistentes o fracasadas. Son esos errores y desaciertos de los gobiernos progresistas que, sobre ellos, recae el fin del ciclpo y el retorno de las derechas.
Nils Castro, en Resumen Latinoamericano sostiene que Dentro de la dialéctica política emergente en Latinoamérica, vemos que existe una movilización de los grupos de derecha para retomar el poder en los distintos países, y para esto están haciendo uso de todos los recursos posibles. Los grupos de poder económico de los países del norte desean ver otra configuración política en el esquema de los gobiernos de América Central y América del Sur y para esto están utilizando todo su poder económico (con riesgo de que también hagan uso de su poderío militar, con graves consecuencias para la ciudadanía) para someter a los regímenes, por lo tanto, a los países con gobiernos progresistas”.
El trabajo de las derechas se ve facilitado por las actuaciones de los gobiernos progresistas que devinieron en autoritarios, prepotentes e irremplazables. La Administración pública cuando no es un desastre es mediocre por la abundancia de personal, generalmente, carente de preparación ya que el mérito que exhiben para acceder a un cargo público es su afiliación al partido gobernante que, además, practica un irresponsable nepotismo..
Nils Castro sostiene que el terreno que gana la derechas en América Latina se ve estimulado por ciertas brechas o fallas que se van presentando en ciertos gobiernos progresistas que van minando su propia subsistencia. Si bien, el gobierno norteamericano y sus aliados están gastando ingentes cantidades de dinero para hacer caer a los gobiernos progresistas, algunos de estos gobiernos lamentablemente no tienen un blindaje adecuado para mantenerse en el poder o han perdido su blindaje por corrupción o una mala gestión. Hoy vemos a varios gobiernos con serios problemas para continuar con una gestión adecuada. Son muchas fallas que aparecen, y entre algunas de estas falencias se pueden destacar:
Gente incapaz en la gestión estatal: En su afán de copar todas las instancias del Estado con miembros del partido, algunos gobiernos han contratado y/o contratan a personas que no tienen un perfil profesional adecuado. En muchos casos, esos individuos no tienen la capacidad de liderazgo y/o conocimiento para ser cabezas de un proceso de transformación. A esto se suma la contratación de parientes, allegados o amigos que tampoco tienen el perfil para ocupar un puesto, y por lo tanto, llegan a ser funcionarios ineficientes. Entonces, esto provoca, en muchos casos, que se contrate gente incapaz, mal preparada, y sin bases para el puesto que ocupa. Así, con el tiempo, la “mala gestión” se hace rutina y el gobierno empieza a hacer aguas en distintas reparticiones”.
Quizá el problema más grave sea la corrupción que se ha desatado en todos los estamentos del Estado. El aparecimiento de nuevos ricos genera severas críticas, pero no son solo los robos de los dineros del pueblo, sino también la obtención de títulos académicos en tiempos récord o por arte de magia, inclusive, con el descarado plagio de tesis de grado.
“Corrupción en distintas esferas: Lamentablemente, la corrupción sigue siendo el “cáncer” que los gobiernos progresistas enfrentan todos los días. Independiente de la guerra de desinformación que genera el sistema hipercapitalista donde se tilda a todo aquel que sea contrario al dicho modelo como siendo corrupto, se ve y se observa lastimosamente, que sí hay gente corrupta encaramada en distintos sectores de los gobiernos progresistas, y la gente de la calle lo percibe en su diario vivir. De pronto una persona que viene siendo funcionario o autoridad y que ayer tenía apenas lo necesario para vivir, ahora se presenta como un sujeto que tiene varias casas, autos, negocios y mucho dinero”.
¿De dónde viene la nueva opulencia que se la exhibe sin rubor? De sobornos, coimas, cohechos que transforma a pobres en ricos, gracias a los atracos de los fondos públicos generados por la contratación de obras públicas. Entones nuestros pueblos tienen las carreteras más caras del mundo, las hidroeléctricas inmensamente caras o como en el caso ecuatoriano, la refinería más costosa del mundo.
“En ciertas entidades estatales y municipales, se observa que una buena parte de los contratos con empresas, tienen precios sobredimensionados, y la adjudicación de proyectos incluye pago de sobornos, con porcentajes, sobre el total, que varían entre el 10 y el 20 por ciento. Y esto viene de gestiones pasadas, de ciertas autoridades que instituyeron esos sobornos, tanto de derecha como de izquierda…” Si los gobernantes no tienen valores positivos asimilados, entonces, son presa fácil de la corrupción”.
La corrupción es una pandemia universal que contagia a derechas e izquierdas, mucho más si los gobernantes carecen de escrúpulos agigantados por la carencia de moral o desconocimiento y omisión de valores éticos. Castro dice que ningún gobierno es perfecto, y estos grupos aprovechan de los resquicios que puedan aparecer para tomar oxígeno y volver a la luz. Por otro lado, lamentablemente el sistema capitalista los mantiene vivos a través de la inyección de recursos económicos que reciben de forma espuria y de manera continua. Y en periodos eleccionarios, reciben ingentes cantidades de dinero que prácticamente los hace resucitar.
Un estado democrático involucra la participación de todo grupo político, de cualquier ideología, en el quehacer político de un país. Esto posibilita la participación de grupos de derecha, centro o izquierda en elecciones nacionales y en la gestión de gobiernos. Cada grupo obedece a ciertos lineamientos económicos, sociales y políticos en un contexto donde los distintos sistemas socioeconómicos se traslapan. Y en democracia libre todos los grupos políticos tendrían que participar, sin embargo, cuando observamos procesos electorales en países con gobiernos de derecha, lo que se hace es intentar ahogar a todos los partidos de izquierda para que no tengan ninguna chance de ganar.
Agrega que usan mecanismos sutiles y/o directos para evitar que los grupos progresistas puedan ocupar un espacio político y menos llegar a tomar el poder. En la realidad actual, cuando uno observa la mayoría de gobiernos en Latinoamérica tienen un tinte progresista y su origen es de izquierda. Sin embargo, la izquierda emergente no es más aquella izquierda dogmática, presa a principios bastante caducos, y que mostraron su fracaso a partir de la caída de la ex Unión Soviética. Llegó la hora de los cambios; la transformación hacia sociedades más justas y equitativas se va dando, y el sistema hipercapitalista va cayendo, aunque sea de tumbo en tumbo. Los grupos de transformación no deben claudicar y deben impulsar el surgimiento de gobiernos progresistas en todo el mundo. Quitar el oxígeno a la derecha, no involucra represión, menos falta de libertad de expresión. Significa mostrar lo que la derecha involucra en sus falencias, mostrar sus características reales con hechos e información real.
Y es por la decadencia de los grupos de derecha que las izquierdas ganaron en elecciones en los distintos países de Latinoamérica y del mundo; porque la derecha se mostró conforme es, depredadora. Esto quiere decir que un neoliberalismo distorsionado sustituyó al propio neoliberalismo y el capitalismo se convirtió en un hipercapitalismo (capitalismo salvaje) sustentado por una política general de neolatrocinio para enriquecer a un grupo pequeño de magnates. Difícil quitar esta marca o huella del capitalismo actual, sin embargo, a través de la desinformación, el sistema pretende engañar y hacer creer que la derecha es “práctica” y que los gobiernos progresistas son “populistas”.
Pero los gobiernos “progresistas” carentes de una sólida ideología de izquierda, por diversas razones., en ocasiones non sanctas, terminan siendo o pareciendo gobiernos de derechas o simplemente populistas por las acciones que deciden bajo cualquier pretexto, siendo la más común, mantener el clientelismo político con la adopción de medidas neoliberales que les conduce a privatizaciones del patrimonio nacional, disfrazadas de “concesiones”.
Cierto que un “gobierno progresista genera obras que todo el mundo lo ve. Obras útiles para la transformación de la sociedad, ¿pero hay obras limpias donde no ingresó la mano de la corrupción. Cuando hay corrupción en las licitaciones, en la adjudicación y en el proceso de construcción de las obras, las mismas pierden su “cualidad” y son vistas como fruto y producto de “manos sucias”.
Entonces la obra se degrada. Y el gobierno pierde credibilidad. Entonces, es importante no dar oxígeno a la derecha manteniendo una gestión impecable, sin corrupción, y con una voluntad de transformación de la sociedad.
Por su parte, el profesor y escritor boliviano Iván Prado Sejas, afirma que desde fines del siglo pasado, el desarrollo político latinoamericano se salió del trillo previsto. La región experimentó un proceso por el cual varios partidos o liderazgos de izquierda llegaron al gobierno por medios electorales. Eso abrió un panorama de diferentes oportunidades políticas y socioeconómicas de género democrático, pese a las restricciones previstas por los sistemas políticos y electorales instaurados en cada país para asegurar la continuidad del régimen instituido por la clase dominante.
Como era de esperar, la emersión de esa nueva oleada “progresista” desató la reacción opuesta: una contraofensiva regional de las derechas en los planos político, mediático, cultural y económico, que ya exploró diversas modalidades. Al cabo, aunque algunos de esos gobiernos después fueron defenestrados o tuvieron reveses electorales, nada excluye que los movimientos que les dieron origen puedan rehacerse, ni que en distintas naciones latinoamericanas afloren otras opciones de izquierda que también ganen elecciones.
Pese a la insistencia de algunos “críticos” que pretenden que estos reveses suponen la extinción de dicho proceso, este continúa como un fenómeno en desarrollo: sus causas no han cesado, como tampoco las indignaciones y expectativas sociales que ellas generan, ni su urgencia de encontrar soluciones alternativas. El hecho de que los precios de las materias primas después hayan caído es una mala nueva para sus productores y mercaderes, y para el fisco, cualquiera que sea el régimen político de cada país. Al tiempo que en todos ellos complicará las contradicciones de clase y sus consiguientes alternativas.
Entre tanto, las conquistas sociales y aprendizajes políticos acumulados durante el período, así como las importantes omisiones y errores que los han acompañado, reclaman reexaminar varios esquemas usuales acerca de los caminos del cambio y de la revolución en América Latina. Transcurridos sus primeros 15 años esta experiencia debe ser evaluada, no solo por sus aportaciones sino porque eso también contribuirá a superar la contraofensiva de las derechas que, pese a haberse advertido a tiempo, pilló impreparados a muchos liderazgos de izquierda. Esta evaluación demandará tanto las autocríticas necesarias como, asimismo, elevar los objetivos del proceso.
Para ese proceso evaluatorio, el autor propone debatir sobre:
1. Del anterior progresismo al tsunami neoliberal
Tratándose de un conjunto heterogéneo, el término que habitualmente usamos para hablar de las organizaciones y gobiernos “progresistas” que han sido parte de dicho proceso no es un concepto teórico, sino un comodín lingüístico acuñado por una larga y diversificada historia de experiencias nacionales…
La ofensiva neoliberal atacó donde sabemos: achicar el Estado y sus atribuciones, desproteger las empresas y la producción nacionales, precarizar el trabajo y devaluar el salario, marginar las organizaciones laborales y sociales, promover el consumismo, etc., y darle sustentación ideológico‑cultural a todo eso.
En la práctica, una cínica apropiación de recursos y empresas nacionales para entregárselos a especuladores locales y foráneos. Su empuje contrarrevolucionario reformuló las normas e instituciones económicas en beneficio de la burguesía financiera transnacional. La pesadilla de las dictaduras militares permaneció en suspenso pero se reformuló el ejercicio de la política y sus prácticas electorales a favor de los liderazgos dispuestos a justificar e implementar los correspondientes “reajustes” institucionales y legales. Aunque se menciona menos, la ofensiva asimismo alineó a los principales medios periodísticos, invadió el ámbito cultural y educacional, restó recursos a las universidades públicas y multiplicó las privadas, eliminó los subsidios a múltiples centros de investigación, cooptó a intelectuales y formadores de opinión, etc.
Aun así, en pocos años sus excesos provocaron malestares e inconformidades sociales que al cabo provocarían desórdenes e insurrecciones urbanas y una creciente pérdida de gobernabilidad. A la postre, la política y los procesos electorales reordenados por las iniciativas neoliberales perdieron legitimidad y eficacia, y quedaron en riesgo los medios de supervivencia del sistema…
2. Al gobierno, que no al poder
En el ínterin, en América Latina la democracia liberal ‑restringida a refrescar periódicamente el orden vigente‑ volvió a escena. Mientras por un lado se cerraba el camino insurreccional concebido en los años 60, por el otro reaparecía esa opción electoral, en un ambiente de amplio rechazo a las políticas neoliberales. Con esto, desde finales del siglo XX varias candidaturas de izquierda mejoraron sus oportunidades electorales, al captar a su favor el creciente voto de castigo contra quienes habían avalado dichas políticas. Con diferencias según las particularidades de cada país, algunas izquierdas mejoraron su presencia parlamentaria, o incluso ganaron elecciones presidenciales aun sin obtener grandes victorias locales y legislativas.
El análisis comparativo de las experiencias nacionales deberá ser parte de la evaluación que tenemos pendiente. Sin embargo, debe recordarse que estas victorias estuvieron precedidas por numerosas jornadas de luchas sociales, antes de traducirse en posibilidades electorales, lo que a su vez conllevó combinar unas promesas de campaña conscientemente moderadas, con el voto de repudio a las políticas y gobiernos precedentes. Esto es, pese a que la chispa inicial vino de movimientos sociales, gran parte del sufragio finalmente logrado no expresó una identificación ideológica de la mayoría votante con un proyecto enfilado a iniciar la Revolución, ni con el supuesto de que esos candidatos realizarían una gestión de gobierno más revolucionaria que la prometida en campaña.
Con las particularidades de cada caso, esas izquierdas obtuvieron una oportunidad de gobernar concedida por una mayoría electoral que demanda mejorar sus condiciones de vida, pero que no por eso está dispuesta a asumir ‑al menos todavía‑ los imponderables de un salto revolucionario. En breve, una oportunidad de gobernar para cumplir unas promesas, no para desbordarlas. Además, para hacerlo respetando la institucionalidad prestablecida. Esto es, para llegar al gobierno pero no al poder.
No cabe esperar de gobiernos constituidos de este modo realizaciones equiparables a las de aquellos que provinieron de una revolución… Los líderes revolucionarios reorganizaron al Estado conforme a los respectivos proyectos, sin negociarlos con el régimen preexistente ni tener que cohabitar políticamente con la vieja clase gobernante al implementarlos.
Al contrario, a falta de situaciones revolucionarias equiparables y cuando estas parecían canceladas, los gobiernos progresistas electos a finales del siglo XX e inicios del XXI debieron actuar conforme al orden vigente, custodiado y mantenido por esos factores, y aspirar, en la medida de sus propias fuerzas y nuevos apoyos, a modificar ese orden desde su interior.
3. Conquistas y omisiones
Aun así, no todos los reveses sufridos por esta oleada progresista, ni los éxitos de la contraofensiva reaccionaria, pueden atribuirse solo a las artimañas y el poder financiero de las derechas, ni al respaldo estratégico del imperialismo. Parte de ellos deben atribuirse a omisiones y errores de las organizaciones y líderes de izquierda que han animado a los gobiernos progresistas.
En una conferencia en la Universidad de Buenos Aires, Álvaro García Linera afirmó que es necesario identificar las debilidades de esos gobiernos, para “evaluar bien dónde hemos tenido los tropiezos que están permitiendo que la derecha retome la iniciativa”, pues solo así podremos superarlos, a fin de vencer “mediante la movilización democrática del pueblo”. Las principales fallas que mencionó pueden resumirse así:
No se dio la necesaria importancia a la gestión de la economía y la ampliación de los procesos de redistribución con crecimiento. Aunque debemos mejorar las condiciones de vida del pueblo y garantizar que este disponga de satisfactores básicos, hemos tenido debilidades en materia económica al hacerlo sin asegurar que el poder político permanezca en manos de los revolucionarios. Gobernar para todos no significa tomar decisiones que, por satisfacer a todos, perjudiquen la base social que le da vida al proceso revolucionario, quienes son los únicos que lo defenderán. El proyecto debe cumplirse sin incurrir en concesiones ni perjudicar al sector popular, puesto que la derecha nunca es leal.
García Linera agregaba que el proceso se ha realizado sin la debida reforma moral, incluso con tolerancias ante el viejo mal de la corrupción. Eso le da a la derecha la oportunidad de tomarse el tema, pese a que el neoliberalismo es el colmo de la corrupción institucionalizada. La corrupción es un cáncer que corroe a la sociedad. Nosotros debemos ser ejemplo diario de austeridad y transparencia ante todos.
Finalmente, observó que se ha sido débil para impulsar la integración económica regional. Aunque se avanzó en la integración política, la integración económica es más difícil. Para terminar, García Linera llamó a prepararse a través del análisis y el debate para emprender una segunda oleada de conquistas revolucionarias, pues “los revolucionarios nos alimentamos de los tiempos difíciles, venimos desde abajo, y si ahora, temporalmente, tenemos que replegarnos, bienvenido, para eso somos revolucionarios”. En este contexto, sus observaciones ofrecen base para iniciar ese análisis.
La actual contraofensiva de las derechas es flagrante prueba del fiasco de la idea de sumar fuerzas mediante la conciliación con elementos de la derecha económica y sus representantes políticos. Lo que vuelve a recodarnos que el sentido de buscar el poder del Estado es usarlo para vencer a la clase dominante, no para dormir con ella.
4. Mover fuerzas adicionales
Desarrollar un proceso revolucionario implica transformar indignaciones sociales en movimientos políticos; esto exige promover la formación de nuevos contingentes de cuadros, promover y movilizar mayores organizaciones populares e incrementar presión social consciente y organizada.
Reconocerlo conlleva admitir que todavía una importante cantidad de pueblo pobre no responde al llamado de las izquierdas.
Uno de los grandes retos de las izquierdas es alcanzar la conciencia de los explotados y los marginados que dejan de sumarse a las movilizaciones proletarias o que, aun peor, se dejan llevar por el histrionismo “antipolítico” de la nueva derecha, encandilados por los Fujimori, La Pen o Trump. El hecho de que todavía haga falta alcanzar esas conciencias prueba que los medios organizativos y de comunicación que todavía usamos para esto no son apropiados.
5. Construir contracultura
Las amenazas que la nueva derecha representa destacan el valor que para las izquierdas siempre ha tenido ‑‑y la prioridad que ahora tiene‑‑ el cometido de promover conciencia y organización populares. Si las armas de esa derecha pueden incidir sobre una masa ignorante, afligida y desarticulada, superar esa debilidad popular es más urgente. Estas circunstancias no solo reclaman mayores progresos del factor subjetivo, en el sentido de contar con mejores ideas y proyectos, sino convertirlos en fuerza política insertándolos en la cultura y el sentido común de los diferentes sectores populares.
La solidaridad y la conciencia de clase no se forman espontáneamente, al menos no con celeridad. Al disgusto social es preciso inducirle determinado sentido ideológico. En el seno del pueblo explotado y resentido madura una transición cultural que, dejada a la espontaneidad puede demorar o extraviarse, pero que por eso mismo es preciso alentar y darle propósito. A contramano de la ofensiva que la reacción arroja sobre esa masa para impregnarla de una subcultura funcional a la derecha, corresponde promover la contracultura expresiva de las reivindicaciones y expectativas populares.
6. Renovar formas de lucha
Si una y otra vez se hace lo mismo, se vuelve a obtener igual resultado. Si las izquierdas insisten en comunicarse e interactuar de las formas ya trilladas con los sectores del “pobretariado” que no responden a sus llamados, eso prueba que les urge crear otros modos de hacerlo, y estos probablemente no serán los mismos para cada diferente sector.
Ante eso, Joao Pedro Stedile afirma que lo primero es impulsar lo “que eleve el nivel de conciencia política e ideológica de nuestra base social”, pues urge “formar grandes contingentes de militantes de la nueva generación joven que fue confundida por el neoliberalismo y los medios de comunicación burguesa”. Y puntualiza que para esto es necesario construir nuevas formas de comunicación de masas de los movimientos y partidos populares, donde compartir y “profundizar el conocimiento y articular fuerzas alrededor de un nuevo proyecto de desarrollo popular”. Para conseguirlo hay que haber discutido y concertado ese proyecto.
A ello Stedile añade que, asimismo, “debemos construir nuevas formas de lucha masiva”, pues “las formas clásicas como [las] huelgas, paralizaciones o marchas son insuficientes, y por ello necesitamos ser creativos”, ya que “requerimos desarrollar nuevos instrumentos de lucha que motiven a la gente, aglutinar a la juventud y dar un sentido de esperanza a nuestras luchas”. Por eso “necesitamos organizaciones políticas y sociales de nuevo tipo”, y para lograrlo “hay que trabajar sin fórmulas o modelos predeterminados”.
7. Exigir la reforma política
Para las derechas, la democracia ‑incluso la democracia restringida‑ es una opción táctica, incluso descartable. Para ella lo esencial es disponer del poder real para cumplir un propósito, que en la presente etapa es el de consolidar, o de recuperar, el completo control discrecional sobre los recursos naturales y económicos del país y, asociada al capital transnacional, explotarlos intensivamente, con la menor resistencia y la mayor disciplina sociales. La función de la democracia restringida es legitimar y administrar políticamente ese propósito con el mayor consenso posible, es decir, con la menor resistencia social y represión física que ella posibilite.
Los ejemplos de con qué facilidad las derechas ‑latinoamericanas y transnacionales‑ violentan las normas, instituciones y cultura democráticas cada vez que les haga falta, últimamente han abundado. Según cada realidad nacional, valiéndose de viejos y nuevos métodos y pretextos, que se remontan a los medios usados para desestabilizar al gobierno de Salvador Allende hasta ahogarlo en sangre. Así la perversión mediática y electoral que hizo posible elegir a Macri o la corrupción mediática, judicial y parlamentaria que permitió defenestrar a Dila Rousseff, etcétera. Sobre eso hay abundante y buena literatura.
Es indispensable desarrollar un amplio debate sobre los errores y fracaso de los “progresistas”, y el papel de las izquierdas en estos fallidos procesos que han terminado por descomponer cuando no liquidar a las verdaderas izquierdas que comprometieron su pasado de luchas, su presente y futuro al apoyar y ser parte de estos gobiernos con discursos antiimperialistas y de izquierda, pero con hechuras de derecha.