LAS ELECCIONES Y LA DEMOCRACIA EN EL ECUADOR DEJAN UN FUTURO INCIERTO Y CASI SIN ESPERANZA  



DEMOCRACIAS LIBERALES PROTEGEN PRIVILEGIOS 



Rodrigo Santillán Peralbo
La concepción burguesa de la democracia no ha cambiado sustantivamente al agregarle la palabra representativa, y al crear la ilusión de que es el pueblo el que escoge a sus gobernantes a través del voto, cuando en realidad son las clases dominantes y los grupos de poder las que imponen candidaturas y políticas gubernamentales, salvo raras excepciones.

La democracia liberal que se asentó en Occidente es una realidad para las clases dominantes que son las que deciden sobre la administración del Estado, y una ficción para el pueblo que, con los votos, nombra Presidente o sus representantes en el Parlamento. La democracia liberal-burguesa funciona sobre principios básicos: Constitución Política que garantice derechos y libertades dentro del Estado de Derecho y un sistemas de pesos y contrapesos que posibilite la autonomía de las funciones del Estado: ejecutivo, legislativo y judicial.

El ejercicio de la democracia implica democratizar la sociedad para que la ciudadanía participe en la defensa de sus derechos y en el tratamiento de los asuntos públicos por lo que es indispensable la organización social, inclusive para liquidar el autoritarismo y construir una democracia profunda, igualitaria, solidaria, con justicia social, derechos y libertades para todos.

Concluido el proceso electoral en el Ecuador, se definió una segunda vuelta o balotaje. Frente a los resultados el futuro está signado por desconfianza, temores y angustias económicas, sociales, políticas y culturales, insertos en una profunda división nacional exacerbada por odios inmerecidos y pasiones negativas derivados desde las más altas esferas del poder, situación que se demuestra en el 61% de rechazo categórico al binomio Moreno-Glas de Alianza País, al presidente Correa y su gobierno, y en el 72% de rechazó total al binomio integrado por el banquero Lasso y el político Páez. La polarización es evidente y puede ser fatal para esta República que nace y renace en cada período presidencial.

La campaña será turbia si los odios persisten y si los candidatos son incapaces de ofrecer claras alternativas para un país en crisis. Deben explicar con claridad qué van a hacer para resolver el problema de la inmensa deuda externa, si van a pagar o negar la deuda millonaria que mantiene el Estado con el IESS y el Banco Central, de qué manera van a enfrentar la corrupción prepotente y alevosa, cuáles van a ser las metodologías para concretar las ofertas de un millón de empleos, aumentar el bono de la pobreza o caridad a $ 150,oo o regalar casas a los pobres, cuáles son los planes que tienen para resolver el problema de la inseguridad, el narcotráfico, sicariato y qué van a hacer frente al problema de la pobreza-miseria más allá de los discursos, y si van a reformar leyes como las de Educación, Educación Superior, Ley de Comunicación y si suprimen impuestos con qué van a financiar los presupuestos del Estados o a quiénes van a endilgar el peso de la crisis económica.

Los problemas son muy graves. Si se agudizan con enfrentamientos políticos, no habrá forma de salir de la prepotencia que exhiben los que se creen dueños de esta patria, ya sin esperanza.

Por su parte, el analista Francisco Garzón Valarezo, en el periódico Opción afirmaba: La última campaña nos absorbió a todos, le metimos pasión, ñeque; tanto, que por un momento olvidamos que solo fue un mecanismo más de lucha, que para nosotros no constituyó el fin sino una vía, un mecanismo para lograr nuestros objetivos cardinales.
En la campaña a veces olvidamos quienes son las fuerzas que enfrentamos, creemos que estamos de igual a igual, juzgamos que llegamos con nuestro mensaje a un pueblo politizado, que puede discernir la honradez de nuestras propuestas y la demagogia de sus verdugos. En ocasiones apartamos del análisis que el movimiento sindical y gremial está débil, que los partidos de izquierda resistimos debilitados por la acción fascista de Correa que por ahora es el responsable de la recuperación de la otra vertiente neoliberal de la derecha.
Hay momentos en que no tenemos presente las dificultades que implican alcanzar un triunfo con las perversas leyes burguesas. Presumimos que el fraude se ejecuta al final del proceso, cuando en verdad inicia en el arranque, con reglas siniestras que favorecen al Poder. Olvidamos que la oligarquía emputeció a la política pagando jornales a los hambrientos para que carguen sus banderas y que al pueblo le gusta ver multitudes detrás de los candidatos que fingen tener un nutrido respaldo.
Mao Tse Tung dijo en su primer discurso cuando triunfó la Revolución China: “La peor herencia que nos deja el capitalismo es la ignorancia”. Es de suponer que se refería a la ignorancia política.
La vorágine de la campaña nos hace olvidar por momentos que las elecciones burguesas son una más de las tantas formas de legitimar la dictadura del capitalismo, y lo que es peor, que las elecciones sirven para inculcar en las masas la errónea idea de que es posible superar los límites económicos, políticos, culturales de la burguesía. La maniobra de las elecciones es la antítesis de la lucha de clases, es la negación de la lucha por el Poder para el pueblo.
A veces, en las elecciones perdemos de vista que el Poder burgués utiliza todo el aparato estatal y sus recursos financieros para garantizar su hegemonía en el dominio político. Vemos como se divierten violentando las leyes que ellos mismos hacen y que aplican con rigor en contra de quienes significan un mínimo riesgo para sus intereses.
Concluido el proceso del 19 de febrero las dos fuerzas mayoritarias pugnan porque prevalezcan sus tendencias, voceros de las dos corrientes reclaman la movilización de los estudiantes, de los indios y los trabajadores a los que unos llaman beneficiarios de la gestión de Correa. Los otros, los que antes condenaron la protesta popular también apelan a la rebeldía del pueblo. Sus llamados demuestran una cosa: no tienen organización, ni estructura, ni doctrina. Sus “partidos” solo son etiquetas sin sentido, son grupos compuestos por personas seducidas por la oferta de una migaja. En Guayaquil a los CDR (Comité de Defensa de la Revolución) el día lunes 20 y el miércoles 22 de febrero los sacaron a palo del Consejo Electoral.
Sin embargo, ambos frentes políticos solo esperan una protesta social, no una protesta popular.
Por eso el pueblo no tiene pareja en ese baile porque ninguno de los finalistas ha tomado la bandera de los trabajadores y porque van a disputarse la dirección del Estado desde sus intereses de clase.
Nuestra lucha es por crear una nueva forma de democracia, una nueva forma de organización del Estado, con instituciones nuevas. Nosotros no estamos para defender las instituciones burguesas y si bien sería un avance expulsar a Correa y su pandilla del Poder, nadie nos garantiza que su relevo tenga una actitud diferente a la de Alianza País.
En el análisis debemos incorporar que la mejor opción presidencial estuvo respaldada por Unidad Popular, pero enredó mucho a los electores la campaña del voto útil, solo así se explica el descenso del porcentaje de Paco Moncayo que algún momento estuvo entre el 12 y el 15%. Sin embargo, la presencia de Moncayo en la papeleta pudo haber influido para que Moreno no se alce con el triunfo en la primera vuelta. Tampoco debemos descuidar, tomando la reflexión del “voto útil”, que la votación obtenida por Lasso no puede ser considerada como un respaldo sincero de las masas, sino como un voto anti-Correa.
Dirimidos los resultados electorales, las fuerzas de izquierda tomaremos nuestra decisión en el agitado proceso electoral que se avecina, sea con una o dos vueltas y debemos tener claro que tanto Moreno como Lasso representan posiciones reaccionarias y conservadoras.
El estado de ánimo de un amplio sector de las masas es alto, existe desde hace tiempo el deseo de echar a Correa que llegó a las elecciones con su discurso agotado, los escándalos de Petroecuador, Odebrech, Caminosca, Petrochina han sido golpes fatales para su gobierno que ha tenido que escuchar el recurrente grito de ¡fuera correa, fuera!; sin embargo, se ha esperado para echarlos desde las urnas, y esto ha generado una nueva disposición para la batalla política.