IDEARIO POLÍTICO Y LIBERTARIO DE EUGENIO ESPEJO 



OSWALDO ALBORNOZ PERLATA ANALIZA TAMBIÉN EL ASESINATO DE ALFARO  



El 27 de diciembre de 1795 fallece Eugenio Espejo prócer y precursor de nuestra primera independencia. Recordemos las ideas políticas del revolucionario quiteño.
Oswaldo Albornoz Peralta
Nos corresponde ahora explorar un poco en el mundo de las ideas políticas y libertarias de Espejo.
Empecemos por manifestar, como es muy comprensible, que tampoco sus ideas políticas radicales y menos las que se relacionan con la independen­cia de los pueblos americanos, pueden ser encontradas en sus libros. Al contrario, varias veces critica allí algunas proposiciones de los en­ciclopedistas y se pronuncia contra la revolución francesa calificando sus reformas de irreligiosas en un sermón que escribe en 1793. A este respecto, Philip Louis Astuto piensa que “había intercalado estos comentarios derogatorios sobre la Revolución Francesa, así como sus observaciones elogiosas sobre la Conquista, para aquietar los temores de las autoridades coloniales que a buen seguro sospechaban de sus actividades sediciosas y traicioneras”.[2] Es seguro que esto sea así, porque en su última prisión ─1795─ se le acusa precisamente de haber manifestado que no era pecado la decapitación de Luis XVI y que los pueblos tienen derecho a sublevarse contra los malos gobernantes. Además, como dice González Suárez, la idea sobre el establecimiento de gobiernos republicano─democráticos era nacida del ejemplo de Francia y de los Estados Unidos. De lo que se desprende que Espejo, aparte de los reparos que puede haber tenido acerca de asuntos religiosos ─pues su cristianismo no ha sido puesto en duda─ no era enemigo de la gran transformación burguesa de 1789.
Espejo es sumamente precavido. En su libro La ciencia blancardina, protestando porque el fraile Juan de Arauz había afirmado que El Nuevo Luciano vomitaba un “humor pestilente y un cruel veneno aún contra lo más respetable y sagrado”,[3] confiesa haber usado seudónimo y no su verdadero nombre en esa obra, por temor a ser denunciado ante el Tribunal de la Inquisición. Véase pues, hasta donde se extiende su reserva.
Sin embargo de todo esto, algunos estudiosos de Espejo, al no hallar pruebas firmadas y autenticadas en juzgado de sus ideales más revolucionar­ios, unos con buena fe y otros no tanto, han tratado de disminuir su valor como pensador avanzado. Felizmente, sólo son las excepciones.
Pero, si no todo su pensamiento está contenido en sus obras, lo que aparece allí es suficiente ─como parte ya lo hemos visto─ para considerarlo como el espíritu más progresista del siglo XVIII. Todos sus trabajos están saturados de ideas liberales y cita a sus autores cuando estos no represen­tan mayor peligro, como Groccio y Puffendorf pongamos por caso, ambos teóricos del derecho natural y pensadores tempranos de la burguesía europea, con huellas por consiguiente, en muchos aspectos, de la jurisprud­encia feudal. El primero ─cuyas concepciones se forman bajo la influencia de la lucha en Holanda por su independencia del dominio español y la instauración de la república burguesa─ sostiene que proviene de la “natura­leza” del hombre y no de la voluntad de Dios como enseñan los teólogos medievales. El segundo, con la cobardía propia de los burgueses alemanes que Engels pone tan bien de relieve, defiende los derechos de los príncipes germanos y se pronuncia por la limitación de los poderes del emperador, estimando legítima la existencia de la servidumbre feudal. La larga cita de este autor que Espejo transcribe en sus Reflexiones acerca de las viruelas, donde se señalan los deberes del buen ciudadano, tiene por objeto criticar la avidez de riquezas y comodidades de las clases elevadas.
También ─y no podía ser de otra manera─ en sus libros se transparen­tan las ideas de los principales pensadores ilustrados de España, que aunque con la timidez proveniente del escaso desarrollo de su burguesía, tienen una intención antifeudal. Al hablar de Campomanes demuestra haber conocido sus obras, por lo menos sus más importante y conocidas: Tratado de la regalía de amortización, a la que ya nos referimos, Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774) y Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento (1775-1777). Y es seguro que está al tanto de los estudios de Jovellanos y de las Sociedades Económicas de la metrópoli.
De los autores franceses ─cuyos libros son harto conocidos a pesar de estar prohibidos─ menciona a Montesquieu, del cual acoge su teoría sobre la influencia del clima sostenida en El espíritu de las leyes, pues en su Voto de un Ministro Togado de la Audiencia de Quito, al referirse a la desidia de los pobladores de Ibarra, piensa que el defecto se debe al clima, “tan dominante en las operaciones de la vida y sus costumbres”.[4] Nombra así mismo a Voltaire, alabando su prosa, pero como es natural, haciendo reparos a sus ideas religiosas. Estudia la obra de Guillaume Raynal, Histoire philosophique des établissements et du comerce des européens dans les deux Indes, donde se condena el colonialismo español y que según Keeding influye para que Espejo se adhiera a la teoría del libre comercio reflejada en su obra Memoria sobre el corte de quinas. Y aunque sea sin nombrar a Rousseau y llamando a acatar las órdenes del rey, con suficiente claridad, acoge los fundamentos del contrato social.
Cuando no consideramos ─dice─ más de que por una necesidad inevitable de solicitarnos las ventajas de la sociedad, hemos radicado el depósito de la Autoridad Pública en el Rey. Que por la misma razón le hemos entregado voluntariamente parte de nuestra liber­tad, para que haga de nosotros lo que juzgue conveniente; que su poder, en atención a este sacrific­io, se extiende únicamente a procurar el bien común de sus vasallos: Y que bajo estas miras, no podemos resistir a sus preceptos, considerando bien que ellos no tienen otro objeto, que el del buen orden, la economía, la conservación y la felicidad del Es­tado...[5]
Es seguro que conoce la Constitución francesa. Esto no es difícil, porque en España su circulación es amplia, y todos los impresos de allá llegan prontamente a las colonias americanas merced a las relaciones frecuentes que existen con la metrópoli. Keeding piensa que, posiblemente, la obra de “filosofía en francés” que Rodríguez sacó de la antigua bibliot­eca de los jesuitas ─que consta de una nota del bibliotecario José Pérez─ era la constitución de los Estados Unidos de 1776 o de la constitución francesa de 1791. Luego añade: “No parece imposible. Pues, que Eugenio Espejo tenía entre los casi 15.000 volúmenes de la Biblioteca Pública algunos manuscritos con respecto al constitucionalismo moderno, los cuales escondidos entre los libros menos recorridos por los lectores, estaban más seguros que en su casa. Estos papeles hizo conocer a Miguel Rodríguez”.­[6]­ Es más probable que se tratara de la Constitución francesa, ya que allí están incluidos los "derechos del hombre" que más tarde el sacerdote Rodríguez ─uno de los mejores discípulos de Espejo─ los traduciría al castellano.
El verdadero pensamiento político de Espejo, además, puede ser rastreado en los numerosos informes y cartas de las autoridades españolas, donde, restando las factibles exageraciones, no cabe duda que mucho tienen de verdad. En todos ellos se le tilda de peligroso subversivo, armado de un arsenal de ideas peligrosas que, para tales funcionarios, no son otras sino las provenientes de la Francia revolucionaria y de los pensadores liberales avanzados de la época. Igual contenido tienen las denuncias que sus enemigos y partidarios de la monarquía presentan en su contra. Tal, por ejemplo, la acusación de fray Esteban Mosquera presentada al virrey de Santa Fe. Allí, según Carlos Paladines, se califica a él y sus partidarios de sediciosos afrancesados, jacobinos y convencionalistas, términos “en que se refleja la ideología de los republicanos franceses y se plantea la ruptura con la monarquía española”.[7]
Las ideas políticas de sus principales discípulos ─sin que esto signifique igualdad de concepciones, pues algunos de ellos, como Mejía, llegaron a superar a su maestro─ son un hilo conductor que nos lleva hacia su auténtico pensamiento. Los más avanzados son sin duda el nombrado Mejía, Miguel Antonio Rodríguez, Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga y Antonio Ante, todos ellos republicanos y demócratas partidarios de la independencia total, como lo demostraron en sus posteriores actuaciones. Ellos sí, son los “herederos de los proyectos sediciosos de un antiguo vecino, nombrado Espejo”,[8] de que habla el Presi­dente Molina en una carta.
Después de lo que se deja escrito, no es extraño que la gran mayoría de los escritores que se han ocupado de Espejo, hayan llegado a la conclus­ión de que es conocedor y simpatizante de las corrientes políticas más avanzadas de su tiempo. Benites Vinueza dice al respecto:
La base de su cultura es francesa, enciclopedista y por lo mismo, revolucionaria.
Los filósofos de la Pre-revolución, especialmente Montesquieu, D'Alambert, Rousseau y Voltaire, modelan su pensamiento político y determinan su actitud ante la vida. Tiene una inmensa fe en la "ilustración" y sus ideas pedagógicas inquietan el medio quiteño.[9]
Y Enrique Garcés añade a lo anterior:
Espejo conocía a fondo toda la obra realizada por los republicanos de Estados Unidos de Norte América. Sabía de memoria la declaración de Filadelfia y estudiaba cuidadosamente todo el proceso de la independencia y formación de los Estados Unidos. Washington le era familiar. Espejo, estaba profundamente saturado de la tesis de la Revolución Francesa. Los enciclopedistas eran sus amigos íntimos.[10]
No se puede dudar de las afirmaciones anteriores. En la época de Espejo las ideas liberales, provenientes de diferentes fuentes y países, están ampliamente difundidas. La monarquía española hace toda clase de esfuerzos para impedir la entrada de libros subversivos en sus colonias. Los obispos no se cansan de prohibir su lectura, a la vez que la Santa Inquisición, persigue sin tregua a sus poseedores y lectores. Jorge Carrera Andrade, basándose en el cronista Ascaray y refiriéndose a Quito, dice:
Las corrientes del pensamiento seguían una dirección insospechada desde la época de Montúfar y Fraso; el pensamiento democrático se fortalecía en los barrios populares, los libros franceses adquirían gran boga, el prestigio de las autoridades religiosas iba en disminución cada día y un viento liberal soplaba aun entre las clases elevadas.[11]
También afirma este mismo escritor ─artículo periodístico antes citado─ que los miembros de la Sociedad de Amigos del País no sólo son lectores de los filósofos franceses, sino que traducen y copian sus escritos para difundirlos en los pueblos de la Real Audiencia de Quito. Y en su Galería de insurgentes, aludiendo a la propagación de las ideas liberales norteamericanas ─“filosofía de Filadelfia”─ afirma que el sabio Franklin mantiene correspondencia con los animadores de las Sociedades Económicas de España y América, entre ellos con Espejo, secretario de la clandestina Escuela de la Concordia.
Pensar que Eugenio Espejo, ojo avizor y receptáculo de todo lo nuevo, no conozca y no esté comprometido con estas ideas, resulta bastante ingenuo.
Pasemos a ver cuáles son sus ideas relacionadas con la independencia de las colonias españolas.
De nuevo tenemos que recalcar aquí, que si sus principios políticos tienen que ser escondidos al máximo, con mayor razón esto se hace obligat­orio con las ideas emancipadoras, ya que ellas, directamente, están relacionadas con los intereses más caros de España. Por consiguiente, el control y celo de las autoridades, es muy estricto sobre este particular. Y las penas para los rebeldes y conspiradores, están en consonancia con la gravedad que se atribuye a la falta o delito. No hay que dejar ninguna huella, ninguna señal que puedan alertar a los suspicaces cancerberos metropolitanos, Se impone el secreto más absoluto.
La primera vez que Espejo aparece públicamente como sedicioso es con motivo del sumario que se instaura en su contra en 1788 como autor de la sátira antiespañola denominada El retrato de Golilla, por haberse en­contrado en su poder un ejemplar de ese escrito versificado, donde se pone en ridículo a encumbrados personajes: se llama “rey de barajas” al soberano español, y sobre todo, se aplaude el levantamiento acaudillado por Túpac Amaru, por considerar justa la defensa de los derechos de los indios. Espejo niega, rotundamente, ser el autor de ese “terrible pasquín”.
El presidente de la Real Audiencia de Quito, Juan Josef Villalengua y Marfil, en nota reservada y dirigida al virrey de Santa Fe, manifiesta que cualquier tribunal de Europa condenaría a prisión perpetua al responsable de ese crimen. Y luego añade:
El no haberlo yo executado, o esta Rl. Audiencia sin embargo de no ocultársenos la justicia que así lo exijia, ha sido no sólo por las Causales que en el Auto del Tribunal a fol. 53 de los susodichos se tuvieron presentes, sino también por la que habiendo de salir reos forzosamente en la causa, muchos sugetos de clase distinguida, amigos, corresponsales y confidentes de Espejo, ocacionaría semejante procedimiento en esta Providencia, un incendio difícil de apagar a menos de cortar la Causa en el Estado que se nota (...) [12]
De lo transcrito se desprende que la conspiración es ya bastante extendida y cuenta con comprometidos de importancia social. Se teme que esto salga a la luz pública y que los resultados de un escándalo de esta naturaleza sean contraproducentes. Mejor, entonces, suspender la causa.
El escritor cuencano Alberto Muñoz Vernaza asevera que los versos de la primera parte y fragmentos de la segunda de El retrato de Golilla pertenecen a un poeta francés, y que Espejo es autor solo de las últimas estrofas, donde se hace referencia al Ministro de Indias José Gálvez y a la sublevación de Túpac Amaru, porque ese personaje aún no había sido nombrado para tal cargo, ni tampoco se había verificado la rebelión del segundo al momento de aparecer la sátira. Si esto es así, quiere decir que Espejo, al prolongar la mordaz crítica, está de acuerdo con el contenido de lo ya escrito. Y el aditamento que le corresponde tiene singular valor, porque significa que comprende toda la trascendencia de la insurrección del caudillo peruano. A la vez que demuestra, nuevamente, su predisposición para la defensa de las reivindicaciones y anhelos del pueblo indio.
El pensador argentino Arturo Andrés Roig ─al que siguen algunos escritores ecuatorianos─ piensa en cambio que Espejo es partidario de las reformas y enemigo de los movimientos populares. En su libro titulado Humanismo en la segunda mitad del siglo XVIII, asimilando o incorporando al mestizo quiteño al ideario de una fracción de la nobleza criolla, deduce y sostiene que es contrario de todos los movimientos de las masas “ignaras" y "plebeyas”, razón por la que se opone a insurrecciones como la de Túpac Amaru y la de los comuneros de Nueva Granada. Dice que analizando sus textos “se nos presenta en una posición que no podemos sino declararla conservadora”. [13] Un ilustrado inofensivo, en suma.
Dejando a los lectores la apreciación y medida de esta tesis, prosigamos adelante.
Con el objeto de atender su defensa de la acusación planteada en su contra por este motivo ─aunque algunos piensan que su verdadero propósito es trabajar por la independencia─ se encamina a Bogotá. En esa ciudad entra en contacto con los próceres colombianos Nariño y Zea, donde se integra a la logia secreta dirigida por el primero, que trabaja por la emancipación y por la divulgación de principios revolucionarios. El viaje le sirve sin duda para radicalizar su pensamiento y trazar planes más concretos sobre la futura liberación de las colonias españolas. Y así, con ideales más profundizados y pulidos, vuelve a Quito para seguir su trayectoria de rebelde.
Años más tarde, en 1794, una nueva inculpación recae sobre su persona. El día 21 de octubre de 1794 aparecen en algunos lugares de la ciudad de Quito unos banderines de color escarlata con el siguiente texto latino: ¡Salva cruce! Liberi esto. Felicitatem et gloriam consequtor. La traducción sería esta: Al amparo de la cruz seamos libres. Consigamos gloria y felicidad.
Existen algunas versiones, aunque con pocas diferencias, de las palabras latinas escritas en los banderines. Hemos escogido la que consta arriba por ser la más clara, tal como corresponde a una consigna de agitación y propaganda, objetivo central de su colocación. Otra clase de enunciado ─menos inteligible─ resulta del todo inapropiado para esa finalidad.
Las autoridades españolas, comprendiendo prontamente el sentido subversivo de los letreros, emprenden con afán la búsqueda de los cul­pables. Espejo, ya inscrito en el libro negro de los conspiradores, es apresado como su inspirador. Y no hay duda, aunque no aparezcan pruebas y otros sean los autores materiales, que él, solo él, es el verdadero responsable de un acto tan audaz y peligroso. Porque, no en vano, es el eje y cerebro de la conjuración que se está gestando.
El escándalo tiene resonancia y llega lejos. El presidente de la Real Audiencia ordena que patrullas de soldados vigilen las calles por las noches y, sin embargo, nuevos carteles aparecen en las paredes. El virrey de Santa Fe envía sendas comunicaciones para que se corte de raíz el brote conspirativo. Y desde Madrid, el duque del Infantado ─Manuel Godoy, el favorito de la reina María Luisa─ refiriéndose a los letreros y banderas colocadas en las calles de Bogotá y Quito,
(...) advirtió propagados los excesos, y ser estos el resultado de las primeras roturas del fuego, que renacería continuamente con más fuerza, si no se aplicaba toda la vigilancia debida; consideró también en el Virrey Espeleta una especie de indulgencia y concepto menos serio y perjudicial, y le previno seriamente en orden de 23 de marzo que ejecutase las penas que conviniese imponer a los seductores para su castigo y tranquilidad pública, y sin ser indulgente ni detenido en reflexionar, si la materia era o nó más o menos grave.[14]
La alarma es justificada. Ya no se trata de hechos aislados. Por todas las colonias españolas de América llueven los papeles subversivos y cada vez son más frecuentes las manifestaciones de descontento. El fuego, que más tarde ardería en todo el continente, de brasa, empieza a conver­tirse en llama.
En nuestra misma Audiencia, poco después, en marzo de 1795, se exhibe en la ciudad de Cuenca un largo cartel versificado, ya no en latín subver­sivo, sino en castellano claro, más expresivo y contundente. De allí, para muestra, entresacamos los siguientes versos:
A MORIR, O VIVIR SIN REY,
prebénganse, valeroso vecindario,
que la libertad queremos,
y no tantos pechos y opresiones de Valle.
Indios, negros, blancos y mulatos,
ya, ya, ya. El que rompiere
su vida perder quiere;
no se puede sufrir;
como valerosos vecinos
juntos a morir o vivir,
unánimes hemos de ser.[15]

Aquí también se redoblan las pesquisas por parte del gobernador Vallejo. Pero el atrevimiento no se detiene ante nada. Nuevos anónimos, de igual o parecido contenido, se dejan en los intersticios de las puertas de calle de las casas de la ciudad. Todos con esta significativa advertencia: “El que rompiere, su vida perder quiere”.[16]
La concepción de Espejo sobre la independencia puede resumirse en los siguientes puntos principales.
1º INDEPENDENCIA CONJUNTA DE TODAS LAS COLONIAS ESPAÑOLAS
Considera, sagazmente, que los movimientos aislados para lograr la emancipación están condenados al fracaso, dado el poderío militar de España. Esta idea le impulsa a buscar contacto con los separatistas de los demás países dominados por España, a fin de trabajar mancomunadamente para el éxito de tal propósito.
Espejo ─dice González Suárez─ quería que el primer grito de independen­cia se diera a un mismo tiempo en todas las capitales de los virreinatos y de las audiencias, y que todas las colonias se unieran estrechamente unas con otras, para apoyarse y defenderse del poder de la Metrópoli, la cual sin duda, haría grandes esfuerzos para impedir la emancipación de ellas.[17]
La historia ha confirmado la justeza de este parecer. Los levan­tamientos son casi simultáneos y la lucha, en extensos espacios terri­toriales, se efectúa solidariamente. Los ejércitos de uno y otro país se ayudan mutuamente, y sus soldados, sin egoísmos, derraman su sangre a miles de kilómetros de su tierra natal. De otro modo, la guerra de liberación, hubiera sido más larga y más cruenta todavía.
2º PLENA INDEPENDENCIA
Una gran parte del criollismo, sobre todo en los primeros momentos, no piensa en una separación total de España. Aspira meramente a la autonom­ía, es decir, a reemplazar a la burocracia española en el comando político de las colonias, conservando, empero, la protección de la monarquía extranjera. De aquí, esos iniciales pronunciamientos difusos, donde a la par que se habla de libertad, se manifiesta una completa lealtad al amado Fernando VII. No se trata sólo de táctica como algunos han dicho: es reflejo del pensamiento de un amplio sector criollo. Tanto es así, que los historiadores Stanley y Bárbara Stein consideran que si se hubiera aceptado el plan de Aranda de crear monarquías en América vinculadas dinásticamente con España, éstas habrían sido, durante el siglo XIX, “la forma predomina­nte de organización política”.­[18]­ Por lo menos, nos parece a nosotros ─ya que la proposición anterior minimiza el peso y poder de las otras clases sociales─ la resistencia a un cambio de este modelo de gobierno por parte de la seudo nobleza americana, hubiera sido muy amplia y desesperada.
La posición autonomista de este sector criollo es comprensible. La autonomía garantiza, con el paso del poder a sus manos, la conservación de sus vastas propiedades y el control sobre todas las riquezas de las colonias. Todo esto con el amparo de la fuerza militar de España para defender sus intereses y doblegar cualquier rebelión de las masas populares oprimidas y explotadas. Le significa, por tanto, una espléndida salida, a la vez que un buen negocio.
Espejo es totalmente contrario a esta posición oportunista. El propugna una independencia total y absoluta.
3º REPÚBLICA Y NO MONARQUÍA
Otra parte del criollismo, cuando comprende que la autonomía se hace imposible por la terca oposición española y por la creciente opinión popular en favor de una total independencia, se pronuncia también por la emancipación, pero propugnando la monarquía como forma de gobierno, a sea con soberanos importados de Europa o escogidos en la élite de nuestra seudo nobleza. Así, descartada la autonomía, el estado monárquico se convierte en una nueva alternativa tendiente a la preservación de los privilegios de los terratenientes criollos.
Por entrañar la defensa de los intereses del criollismo, el pen­samiento monárquico gravita con fuerza durante toda la etapa de la lucha emancipadora y aún después de conseguida la libertad. Basta recordar ese ir y venir desesperados, desde varios países de América, en busca de posibles reyes, sin siquiera importar su procedencia, con tal de que garantizaran el statu quo social de las ex colonias. O recordar esos proyectos que se forjan por doquier para implantar monarquías a contrapelo de la voluntad popular, que siempre está presente, para oponer su veto.
Benites Vinueza dice:
Cuando se piensa que los movimientos emancipadores del sur del Continente, hasta principios del siglo XIX, tuvieron en general una marcada aspiración monárquica, y que en México surgió el imperio de Agustín I de Itúrbide, asombra que Espejo, con aguda visión de futuro, auspiciara el sistema republicano quizás como eco de la emancipación de América sajona ocurrida años atrás.[19]
En el Ecuador también hay intentos monárquicos. Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, trata de establecer una ridícula corte de oropel sostenida por la nobleza quiteña, mezquina aspiración que divide a los patriotas. Después, fray Vicente Solano, desde su periódico El Eco del Azuay, aboga por la creación del Imperio de los Andes para coronar a Bolívar. El general Flores, apoyado por altos militares y aristócratas del Distrito del Sur, también es partidario de una monarquía bolivariana. Felizmente, el Libertador, que comprende que el pueblo es contrario a esos planes, rechaza el servil ofrecimiento.
Empero, desde un principio, las aspiraciones monárquicas de la nobleza no tienen mayores perspectivas en nuestra patria. La primera constitución que se dicta en 1812 es republicana. Se incluyen allí los tres clásicos poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. La inspiración del liberalismo francés ─con las concesiones de rigor en el campo de la religión sobre todo─ es franca y bastante marcada. El jurista conservador, doctor Ramiro Borja, reconoce este hecho al afirmar que
(...) en esta Constitución se habla de pacto social, de derechos naturales del hombre, de la conservación de la libertad; bajo la influencia clara de la teoría del “Contrato Social” y de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en la cual se dice que “El objeto de toda sociedad política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre...”, enunciado que casi con los mismos vocablos se contiene en la Carta Política de 1812. [20]
Igual parecer sostiene otro escritor conservador, Julio Tobar Donoso, en el estudio titulado Desarrollo Constitucional de la República del Ecuador.
El autor de esta constitución es un discípulo de Espejo, el sacerdote Miguel Antonio Rodríguez, a quien ya mencionamos. Es uno de los patriotas republicanos más esclarecidos y valientes. Por su actividad revolucionaria es condenado a muerte, pena que luego se la conmuta con la de destierro en Filipinas. El furibundo realista Ramón Núñez del Arco se expresa así de su persona:
(...) criollo, insurgente y seductor. Se precipitó con extraordinario furor y entusiasmo y fue Representante que siempre peroraba con arrogancia y desvergüenza. Hizo publicar una obra titulada Derechos del Hombre extractada de las máximas de Voltaire, Rousseau, Montesquieu y semejantes. Presentó al Congreso las constituciones del estado republicano de Quito las que fueron adoptadas, publicadas y juradas. En suma fue tan insolente y atrevido que a nuestro Soberano el señor don Fernando 7º lo trataba públicamente con el epíteto triscón de el hijo de María Luisa.[21]
Hoy, estas palabras, tienen sabor de loanza. Loanza para él y para su maestro Espejo. Porque el gran precursor que dinamita los cimientos de la colonia, quiere que la guerra de independencia ─guerra de liberación nacional─ desemboque en una república verdaderamente democrática e iguali­taria. Es decir, una república avanzada, enmarcada dentro de lineamientos liberales y burgueses, meta progresista máxima a la que se puede aspirar en esa época. Sueño generoso, que no se cumple en todas sus perspectivas.
Espejo, entonces, es el que señala el mejor camino por donde debe recorrer la patria. Y convertido en guía, para que no se equivoque el rumbo, ofrenda su vida sin arredrarse ante los riesgos de la peligrosa senda.
Por esto, merecidamente, este audaz baqueano del porvenir, pasa a la historia.
Mas aquí también es preciso advertir antes de terminar ─a fin de que no nos acusen de silenciar opiniones diferentes─ que no todos los his­toriadores y escritores están de acuerdo en la amplitud y radicalidad de sus ideas relativas a la emancipación americana. Blandiendo el argumento de la insuficiencia de pruebas, han minimizado al máximo su pensamiento y su acción revolucionaria. Roig habla de su “monarquismo”. Zaldumbide, después de profundas dudas y vacilaciones, le niega la calidad de doctrinario y sólo le concede generosamente el título ─para él de segunda clase─ de simple propagandista... Y Samuel Guerra Bravo dice que “le faltó tiempo para cuajar un plan y unas estrategias transformadoras”, añadiendo además, que “sus preocupaciones en este campo no pasaron de meras conver­saciones”.[22]
Al restar así los méritos de Espejo, se quiera o no, se desvaloriza su título de Precursor. Desvalorización que cuando no entraña una sutil y disimulada forma de discriminación, por lo menos a nuestro parecer, constituye una gran injusticia.
[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, Eugenio Espejo, Quito, 1997, pp. 73-93. También en Oswaldo Albornoz Peralta Ideario y acción de cinco insurgentes, Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Quito, 2012, pp. 68-86.
[2] Philip Louis Astuto, Eugenio Espejo, Fondo de Cultura Económica, México, 1969, p. 148.
[3] Escritos de Espejo, t. II, Imprenta Municipal de Quito, Quito, 1912, p. 13.
[4] Eugenio Espejo, op. cit., p. 205.
[5] Eugenio Espejo, Reflexiones sobre el contagio y transmisión de las viruelas, Imprenta municipal, Quito, 1930, p. 22.
[6] Ekkehart Keeding, “Espejo y las banderitas de Quito de 1794: ¡Salva Cruce!”, en Boletín de la Academia Nacional de Historia N° 124”, Editorial Ecuatoriana, Quito,1974 p. 66.
[7] Carlos Paladines, “El pensamiento económico, político y social”, en Espejo: conciencia crítica de su época, Ediciones de la Universidad Católica, Quito, 1978, p. 223.
[8] Federico González Suárez, Ultima miscelánea, Imprenta del Clero, Quito, 1942, p. 415.
[9] Leopoldo Benites, Un zapador de la colonia, Quito, 1949, p.28.
[10] Enrique Garcés,Eugenio, Espejo, Médico y Duende, Talleres Municipales, Quito, 1944, p. 225.
[11] Jorge Carrera Andrade, Galería de místicos e insurgentes, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1959. p. 79.
[12] Citado por Guillermo Hernández de Alba, “Viaje de Espejo, el precursor ecuatoriano a Santa Fe”, en el Boletín de la Academia Nacional de Historia N 65, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1945, p. 104.
[13] Arturo Andrés Roig, Humanismo en la segunda mitad del siglo XVIII, t. II, Corporación Editora Nacional, Quito, 1984, p. 76.
[14] Ekkehart Keeding, “Espejo y las banderitas de Quito de 1794: ¡Salva Cruce!”, en Boletín de la Academia Nacional de Historia Nº 124, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1974, p. 253.
[15] Ídem, p. 258.
[16] Víctor Manuel Albornoz, La independencia de Cuenca. Relato histórico, Tip. Municipal, Cuenca, 1943, p. 5.
[17] Federico González Suárez, Ultima miscelánea, op. cit., p. 414.
[18] Stanley y Barbara Stein, La herencia colonial de América Latina, siglo XXI editores, México, 1979, p. 165.
[19] Leopoldo Benites Vinueza, Francisco Eugenio Espejo, Habitante de la noche, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1984, pp. 37-38.
[20] Ramiro Borja y Borja, La Constitución Quiteña de 1812, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1962, p. 76.
[21] Ramón Núñez del Arco, Los hombres de Agosto, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1940, p. 45.
[22] Samuel Guerra Bravo, “Itinerario filosófico de Eugenio Espejo”, en Espejo: conciencia crítica de su época, Ediciones de la Universidad Católica, 1978, p. 336.
Publicado por César Albornoz
Los promotores y culpables del crimen de El Ejido: 28 de enero de 1912
28 de enero de 1912

EL CRIMEN DE EL EJIDO[1]

Oswaldo Albornoz Peralta



La trama del crimen, si bien ya antes había sido concebida por algunos, empezó a desarrollarse en forma clara y definida con la revolución del general Montero, revolución que tuvo como fin frustrar la candidatura y el ascenso al poder de Leonidas Plaza ─jefe de la dere­cha liberal─ para defender las conquistas democráticas alcanzadas que corrían el peligro de desaparecer, o convertirse en letra muerta.

Ya ni siquiera se disimuló la meta perseguida, pidiéndose desembozadamente la cabeza de los revo­lucionarios. Primero, claro está, la cabeza del soldado montubio:

Metacarpo que suda tinta
en este retrato de la mula
entidad de ese estúpido guerrero
os invita a romper la servidumbre
que avergüenza la patria ecuatoriana,
escalando la cumbre
del cerro de Santa Ana;
y, desde la colina,
que a Guayaquil domina,
a administrar al perro traicionero
Pedro J. Montero
pildoritas de plomo ... y estricnina.[2]


Estos versos, insertos en el folleto titulado El Partido Conservador sindica a los asesinos de Alfaro y compañeros editado en Panamá en 1919, fueron pu­blicados en Riobamba y reproducidos en La Prensa de Quito. Estaban firmados por Metacarpo, seudónimo de César Borja Cordero, poeta y aristócrata “liberal” guayaquileño.

Como se sabe, las pildoritas de plomo fueron administradas en realidad, seguidas de un festín canibalesco que repugna recordar. Después de apresado, un consejo de guerra le condenó a 16 años de reclusión mayor, y cuando se leía esta sentencia al prisionero, fue victimado a tiros por la misma guardia encargada de su custodia. El general colombiano César Sánchez Núñez, testigo de los trágicos sucesos, en su libro Fuego y sangre, publicado en Bogotá en 1913, dice: “Luego los asesinos en número de más de doscientos, bestias feroces, arrastraron el cadáver escaleras abajo y lo pasearon por la calle Aguirre hasta la Plaza de Rocafuerte, en donde designan el sitio para quemarlo. Ya le han arrancado un brazo, el derecho; le han sacado los intestinos y el corazón, como también mutilado…Detente pluma ante la moral…”.[3] Los delincuentes se llevan la cabeza y el corazón de la víctima como sangrientos trofeos de guerra, tal como sucedía entre las tribus primitivas, y la viuda tiene que pedir su de­volución en el siguiente cablegrama dirigido al encargado del poder ejecutivo: “Señor.- Deber sagrado de esposa me obliga a dirigirme a usted, para solicitar entrega cabeza y corazón de mi esposo señor general Pedro J. Montero que existen como trofeos en poder del Ejército del general Leonidas Plaza Gutiérrez, co­barde y alevosamente asesinado anoche”.[4] Y, luego de esto, el general Plaza tuvo la avilantez de acusar al pueblo de Guayaquil del nefando crimen. “El pue­blo forzó las puertas, y lo ultimó a balazos. Acto de justicia popular pero bárbaro y cruel”.[5] Así consta en una circular dirigida a gobernadores, jefes de zona y delegados militares. ¡Eso repite en cable dirigido al presidente y a sus ministros!

Pero la cabeza de Montero no fue sino el ini­cio. Lo que se perseguía en verdad, muy sagazmente y con miras de largo alcance, era la total eliminación de los jefes militares alfaristas, que constituían dentro del ejército un baluarte de la revolución. En Quito se repartieron hojas sueltas, impresas en la imprenta oficial de la Escuela de Artes y Oficios, con la nómina de todos los que debían “ser pasados, por las armas por la espalda, previa formal degradación”, desde generales hasta sargentos mayores, ofreciéndose dar a conocer después “los nombres de los demás Jefes y Oficiales que merecen el mismo castigo”. Este obje­tivo, aunque todavía sin la liquidación física, había sido iniciado ya por Plaza en su primera administra­ción, según confiesa en una carta, a Lizardo García transcrita en la obra de Roberto Andrade ¡Sangre! ¿Quién la derramó?: “Muy difícil, me parece ─dice─ que existan militares alfaristas en los cuarteles en la depuración que he hecho en cuatro años de una dedi­cación esmerada en el asunto”.[6] Sin embargo, existían. Tan arraigado estaba allí el alfarismo.

Asesinado Montero, el turno correspondía a los otros prisioneros, arteramente detenidos luego del rompimiento de las capitulaciones de Huigra. Para eso era necesario conducirlos a Quito, donde predomi­naban las fuerzas placistas y conservadoras, donde el ambiente se había preparado mejor mediante una calumniosa campaña de prensa y donde los más altos personeros de gobierno estaban complotados para el crimen. La muerte estaba allí, tal como todos decían y sabían. La Constitución, periódico oficial dirigido por el ministro Octavio Díaz, afirmaba sin ambages en un editorial que “Alfaro cayó para siempre el once de Agosto, y si viene será para que el pueblo de Quito haga con él y los suyos lo que hizo el pueblo de Lima con los Gutiérrez”.[7] Quito era el escenario escogido y preparado. Por esta razón, cuando se cree que el viaje de los generales a esta ciudad iba a ser suspendido, la furibunda protesta de la élite antialfarista no se hizo esperar, tal como aparece de un telegrama que consta transcrito en el libro titulado El mes trágico. Dice así:

"Señores Generales Plaza y Andrade.- La sola lectura de los telegramas de ustedes al Gobierno, ha causado profunda indignación en las masas populares, que piden a grito herido la sanción legal para los trai­dores y el cumplimiento inmediato de la orden del Gobierno para que sean remitidos a esta capital. El comicio popular reunido en este instante en casa del Encargado del Poder Ejecutivo, ha resuelto lo arriba expresado".[8]

La comunicación anterior está firmada, entre muchísimos otros, por Juan Francisco Game, Lino Cárdenas, José Gabriel Navarro, Juan León Mera Iturralde, Aurelio de la Torre, Alfonso Moscoso, Manuel Stacey, Carlos Villavicencio, Melchor Costales, Carlos G. Ordóñez, Eduardo Mena Caamaño, J. Francisco Urrutia Suárez y Francisco Chiriboga Donoso. Todos estaban desesperados por la posibilidad de que las víc­timas escaparan del sacrificio ya resuelto. El tal comicio popular había sido preparado ex profeso para dar fuerza al mal intencionado pedido. Pedido o exigen­cia que tenía el pase ─la autorización─ de Carlos Freile Zaldumbide, cómplice principal de la tragedia que se preparaba.

El viaje a Quito era, pues, imprescindible.

El tren ─el tren traído con tanto esfuerzo por Alfaro─ empezó el ascenso de los Andes en un día de enero de 1912. Parecía un cortejo fúnebre. Los prisioneros sabían, de antemano, el fin que les esperaba. Nadie se hacía ilusiones al respecto.

Llegados a Quito en pleno día, los prisioneros fueron dejados en el Panóptico a merced de la turba previamente preparada, pues el batallón “Marañón” que les condujo desde Guayaquil se retiró por orden expresa del coronel Sierra, un adlátere de Plaza. La guardia del Penal, cuando entraron los asesinos, perma­neció impasible. Sin ninguna defensa los detenidos fueron sacrificados y sacados a la calle para el innoble arrastre verificado en medio de escenas indescriptibles por sus bajezas, las que no obstante eran aplaudidas desde los balcones por las damas de la alta sociedad, que arrojaban sogas y banderolas a los arrastradores, tal como afirma el escritor colombiano Sánchez Núñez en su libro Fuego y sangre, aparecido en Bogotá un año después de la masacre. El coronel Olmedo Alfaro cita entre los azuzadores a un Arteta, a Jacinto Jijón y Caamaño, a Alejandro Salvador, a Carlos Pé­rez Quiñones, a Fernando Pérez Quiñones y a Rafael Vásconez Gómez; ¡los tres últimos, también generosos donadores de dinero para los asesinos![9]

Y vino el final dantesco: la incineración de los cadáveres en las piras de El Ejido. Era el 28 de enero de 1912.

Foto original de la hoguera bárbara en El Ejido

Todo había sucedido sin que la fuerza pública intervenga para nada. Con el silencio total del clero que tanto predicaba caridad. Sólo cuando todo había terminado, cuando nada había que hacer, el arzobispo salió a las calles para apaciguar al pueblo. Más pare­cía una sanción de los hechos consumados.

Eloy Alfaro, Medardo Alfaro, Flavio Alfaro, Ulpiano Páez, Manuel Serrano, Luciano Coral: he aquí los nombres de las ilustres víctimas. El coronel Belisario Torres había sido asesinado anticipadamente.

Los mártires de enero de 1912


La Prensa ─otro periódico placista─ festejaba los crímenes con unos versos que terminaban así: “Y soledad tan inmensa ─el alma dice suspensa─ bien muerto está Eloy Alfaro”.

La reacción ha querido culpar al pueblo de los sangrientos acontecimientos para salvar su respon­sabilidad, tesis a veces acogida por escritores que no son de derecha, sin darse cuenta que esa postura ayuda a lavar las culpas de los verdaderos responsables. Nada más falsa que esta astuta afirmación, no respaldada con ninguna prueba. “El pueblo, ni masa alguna participó en el crimen, fue un puñado de fanáticos, reaccionarios y asalariados”,[10] afirma con toda razón Elías Muñoz Vicuña en su documentado libro Los generales no co­rren.

Baldón, entonces, para los responsables. Y más todavía para los responsables intelectuales, que aga­zapados cobardemente manejaron los títeres.


LAS FUERZAS IMPULSORAS DE LOS ACONTECIMIENTOS DE ENERO DE 1912

Se ha dicho que los acontecimientos que culmi­naron el 28 de enero de 1912 fueron originados sola­mente por rivalidades personales surgidas en el seno del liberalismo. Este es el criterio de cierta historio­grafía burguesa cargada de superficialidad. Pero noso­tros tenemos que buscar las causas de los hechos en la lucha de clases y de fracciones que tenían lugar en ese entonces, como consecuencia lógica de intereses econó­micos contrarios, que tenían su reflejo en el plano de la ideología inclusive. Las mismas enemistades, en la mayoría de las veces, fueron manifestaciones de esa pugna.

Las piras de El Ejido fueron encendidas por los liberales de derecha respaldados por el conservado­rismo, con el propósito manifiesto de terminar con el alfarismo, que representaba el ala progresista del liberalismo. La clave de esta lucha estaba en el deseo que tenían los primeros por detener cualquier avance que podía afectar sus intereses, en especial los finca­dos en la propiedad de la tierra, que la creían amena­zada. Veamos si en verdad fueron estas fuerzas las que desencadenaron los trágicos sucesos.

El gobierno que regía el país ese momento era encarnación inequívoca del liberalismo de derecha vin­culado al latifundismo. El presidente encargado Freile Zaldumbide era uno de los más ricos terratenientes, al igual que los ministros Carlos R. Tobar y Carlos Rendón Pérez, los dos primeros de la Sierra y el último de la Costa. Octavio Díaz, ministro de Gobierno, era un partida­rio abierto de la fusión liberal─conservadora. Y la espada del régimen, general Plaza Gutiérrez, era un rico lati­fundista de nuevo cuño, merced a un matrimonio de conveniencia.




Y todos ellos, con más o menos actividades participaron en el crimen, aunque la compasión de al­gunos historiadores ─interesada o de buena fe─ haya que­rido librar de culpas a esos tales con argumentos baladíes. Por ejemplo, para defender a Freile Zaldumbide se ha alegado su bondad y hasta su corta inteligencia. Cierto que ese noble adinerado, tal como afirma Peralta en su libro Eloy Alfaro y sus victimarios, era de escaso cacumen, de carácter apocado y de exiguos conocimientos, pero ¿acaso la estulticia es siquiera atenuante y menos eximente de pena? La salvaguarda de sus múltiples haciendas ─el escritor antes citado aña­de que temblaba ante “la posibilidad de la pérdida de una parte de sus bienes, por mínima que sea”─ fue el mejor estímulo para su asquerosa actuación.[11] Tampo­co se pueden justificar los otros casos, pues las pruebas en contra son abrumadoras.

Estas mismas fuerzas, en Guayaquil formaban un solo frente contra Alfaro. Basta revisar la lista de los que patrocinaron el pronunciamiento de Montero para advertir que faltan todos los grandes señorones, los potentados del cacao y de la banca, que antes, en 1895, habían peleado por aparecer en primera fila. Es que la mayoría había plegado ya al otro bando. La gran prensa ─El Telégrafo, El Grito del Pueblo Ecua­toriano, El Guante─ apoyaba al placismo. La pla­na mayor de los bancos, igual cosa. Sobre todo el Banco Comercial y Agrícola, que se había convertido en fortín de la oligarquía antialfarista, formada espe­cialmente de grandes terratenientes y exportadores, como se puede constatar revisando la nómina de diri­gentes y socios. Era el banco que respaldaba incondicionalmente a Plaza y de tanta confianza para ─éste que ya en 1905 se había palanqueado la gerencia de la Sucursal en Quito, según consta de una carta dirigida a Lizardo García. Pero eso sí, “en compañía de mi compadre Sánchez ─Sánchez Carbo─ para aprender con él y no hacer una plancha”.[12]

En la Sierra la masa de la aristocracia terrate­niente, tanto liberal como conservadora, estaba unida contra Alfaro. De esto no queda ninguna duda después de leer el libro de Luis Eduardo Bueno, El mes trágico, donde constan las comunicaciones y las fir­mas de los que solicitaban con vehemencia el traslado de los prisioneros a Quito para el condigno castigo, es decir, para la muerte. Veamos solamente, a mane­ra de muestra, los nombre de algunos firmantes de Quito: Cristóbal Gangotena Jijón, Alfredo Flores Caamaño, José Modesto Larrea, Gabriel Gómez de la Torre, Pedro Pallares Arteta, Luis Felipe Borja (h), Jo­sé Rafael Bustamante, Ricardo del Hierro, Lino Cár­denas, Manuel Antonio Calisto, Melchor Costales, Ra­fael Barba, Francisco Urrutia Suárez, Eduardo Salazar Gómez y muchísimos otros.[13] Unos liberales y otros conservadores. Pero todos, eso sí, poderosos latifundistas y nobles a carta cabal.

Es interesante constatar que en la misma ciudad, el mayor de los bancos, el Banco del Pichincha ─el banco del clero y de los grandes terratenientes─ estaba en el mismo lado, ya que sus principales dirigentes y accio­nistas suscribieron también esos comunicados. Unos pocos nombres: Alberto Bustamante, Rafael Vásconez Gómez, Miguel Páez, Manuel Stacey, Antonio Sie­rra y César Mantilla, director del diario El Comercio, periódico antialfarista a rabiar.

También la prensa de Quito, al igual que la de Guayaquil, era furiosamente antialfarista. En forma cri­minal y desvergonzada incitó abiertamente el asesinato de los prisioneros. Veamos siquiera dos ejemplos. El diario La Constitución, dirigido por el minis­tro Octavio Díaz, decía lo siguiente en su editorial del 21 de enero de 1912:

La hidra revolucionaria que se asomó por las orillas del Guayas ha recibido el golpe mortal en la cabeza, y si pudiera creerse que todavía da señales de vida, no es más que porque la cola del alfarismo ─que es lo último que muere en todo anfibio─ se agita, azotando el suelo, en de­sesperada lucha, con los últimos estertores de la agonía.
Un poco más y de todo ello no quedará más que un cadáver repugnante y asqueroso, envuel­to en su propia sangre y veneno. ¡Cuestión de tiempo, solo de tiempo!
¡Ah, infames! sabed que al Ecuador hoy le basta una hora para exterminaros![14]

Y La Prensa, que tenía como redactores a Gon­zalo Córdova, Enrique Escudero y Aníbal Viteri Lafronte, entre otros, en un editorial titulado “La víbora en su casa” del mismo mes de enero de 1912, decía nada menos que esto:

Esta es la víbora que tenemos entre nosotros, oh ecuatorianos, y a esta víbora es preciso tri­turarla (…) no merece otra cosa que un sali­vazo en la cara, hasta que llegue el momento de castigarle con todo el rigor que merece su insolencia y sus crímenes …
Al gobierno y al pueblo ecuatoriano, por su par­te, y el Cuerpo Diplomático, por otra, todos es­tamos en el deber de dejar en salvo, con nuestra actitud enérgica y altiva, la majestad de la Na­ción, y las leyes de la moral y del honor.
A la víbora, aplastarla.[15]

Y en las otras provincias el panorama era igual o parecido.

Una gran parte de los seudoliberales que dieron al traste con el alfarismo, ocuparon altísimos cargos en el gobierno del general Alfaro, quien pensando afianzar­se, o por urgencias de dinero para el Fisco, como asevera Roberto Andrade, hizo muy serias concesiones a este sector, con lo cual nada ganó la revolución, sino que, al contrario, empezó a ser minada desde adentro. Este fue, sin duda, uno de sus tantos errores.

Sin embargo, nunca confió en ellos porque preveía su traición. En carta de 1909 dirigida a la madre de Vargas Torres, decía lo siguiente:

Estos hombres ilusos o felones impugnan como errores míos o peor aún como a dolo, el titáni­co esfuerzo desplegado para realizar, en corto tiempo obras fundamentales para el progreso de la República, antes que los gobiernos que se su­cedan vayan a ser conducidos por fingidos li­berales que pactarán con la funesta y corrompi­da argolla que ha esclavizado durante tantos y tantos años a la mayoría de los habitantes de la Nación.[16]

La previsión se cumplió. La alianza de conser­vadores y liberales de derecha, de facto había venido actuando desde mucho antes, como se ha visto. Los asesinatos no eran sino la culminación del objetivo per­seguido para terminar con toda amenaza revolucionaria. Era la llegada a la meta.

Pero las dos fuerzas coaligadas tuvieron un alia­do que actuaba desde las sombras, sobre seguro. Este aliado era el imperialismo. De esto hablaremos en un próximo capítulo.


PADRÓN DE INCITADORES DEL ARRASTRE

Dimos antes unos tantos nombres de los aristó­cratas latifundistas que con sus furibundos pedidos de castigo y escarmiento para los generales derrotados, o mediante cualquiera otra clase de acciones, pusieron leña para prender la hoguera bárbara.

Ahora indicaremos las propiedades de algunos de esos ricos terratenientes para que no se diga que fal­seamos su ubicación clasista y económica, procuran­do que estén representados liberales y conservadores ─puesto que actuaron en híbrida conjunción─ a fin de no hacer odiosas discriminaciones. De ser posible aña­diremos unos pocos otros nombres, advirtiendo que no se trata de mostrar todo su patrimonio, sino solamente una parte, ínfima en ciertos casos, a manera de muestra. Empezamos.

Alfonso Barba

Dueño de estas haciendas: El Hospital, Peguche, Piñán, Quinchuquí y Coñaquí en Imbabura, y Ca­pelo en Pichincha.

Lino Cárdenas

En la Monografía del Cantón Mejía, de Pablo Reyes, consta como propietario de la hacienda El Rosa­rio. Socio de la Sociedad de Crédito Agrícola e Industrial de Quito.

Pedro Pallares Arteta

Propietario de Santa Ana y Chóntag, haciendas situadas en Pichincha. También fue socio de la Sociedad de Crédito Agrícola e Industrial que acabamos de indicar.

Ricardo del Hierro

Dueño de San José y Capote, latifundios situa­dos en la provincia del Carchi. Su esposa, Aurelia Es­cudero, poseía la hacienda Juigua en Cotopaxi.

Rafael Barba España

Eran de su pertenencia las haciendas El Porve­nir y San Germán en Pichincha. Socio del Banco del Pichincha.

José Rafael Bustamante

Propietario de la gran hacienda Palugo en Pi­chincha. Fue presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura.

Eduardo Demarquet

Dueño de las haciendas denominadas Patalchubamba y La Delicia en Pichincha. Estuvo casado con Beatriz Morla, de esa familia de latifundistas guayaquileños que ya conocemos. Em­parentado con los Fernández Salvador, grandes terrate­nientes de Pichincha.

Leonidas Plaza Gutiérrez

El matrimonio Plaza─Lasso fue dueño de las si­guientes haciendas: Angla, Cochicaranqui, Zuleta y To­po en Imbabura, y Chalupas, La Ciénega, Rodrigana y Saquimalag en Cotopaxi.[17] De lo que resulta increíble esa leyenda de que un hijo suyo se costeó sus estudios vendiendo manza­nas en las calles de Nueva York, a no ser que el propie­tario de los ocho latifundios mencionados haya sido un Grandet.

Carlos Pérez Quiñones

Propietario de las haciendas San Rafael y Co­llas en Pichincha y Conraquí en Imbabura. Accionista de la Compañía Nacional de Tranvías, gerente de la Compañía de Crédito Agrícola e Industrial en 1911 y gerente del Banco del Pichincha en 1913.

Alberto Bustamante

Dueño de la hacienda Culquipamba en Pichin­cha. Gerente de la Compañía de Crédito Agrícola e Industrial. Del Banco del Pichincha.

Gonzalo Córdova Rivera

Dueño de la hacienda Ayancay en el Azuay. Presidente de la Cervecería La Campana de Quito. Del Banco del Pichincha. En el periódico La Prensa de Quito, que dirigía, se publicó después de los arrastres un tonto y asqueroso poema que terminaba así:

No tienes los homenajes
De los postreros saludos,
Y en tan necio desamparo,
Y en soledad tan inmensa,
El alma dice suspensa:
¡Bien muerto está Eloy Alfaro!

Temístocles Terán

Dueño de las haciendas Mediano y San Agus­tín en Pichincha.De la Sociedad Nacional de Agricultura y de la Cámara de Comercio de Quito.

Luis Robalino Dávila
Dueño de las haciendas Guasán, San José y Tanquis en la provincia del Chimborazo. Más tarde adqui­rió La Merced en Pichincha.

Fernando Pérez Quiñones

Propietario de las siguientes haciendas localiza­das en Pichincha: Alcaldía, El Conde, Miranda, Pisuquí, San José de la Calera y San Pedro. Pertenecía al Banco del Pichincha y poseía la fábrica textil San Pedro en Imbabura.

Atanasio Zaldumbide Gómez de la Torre

Junto con sus hermanos poseía los latifundios llamados Pimán, Carpuela y Yuracruz, situados en Imba­bura. Se dice que el poeta Gonzalo Zaldumbide se inspiró en estas haciendas para escribir su tan conocida novela Égloga trágica.

Pedro Villota Zarama

Dueño de La Merced y Conejeros en Pichincha. Su hermano Rafael poseía la hacienda La Josefina en la misma provincia.[18]

José Francisco Román Checa

Dueño de la hacienda Barrotieta en Pichincha. Su hermano Arturo fue dueño de El Rosario en la misma provincia y ejecutivo del Banco de Abasto de Quito.

Pablo Alberto Vásconez

Propietario de San Rafael en Pichincha y de Palama en Cotopaxi. “Dueño de vastas heredades”, como le califica el escritor Leonardo Barriga en su libro Valores huma­nos de Cotopaxi.

Miguel Valverde


Después de verificado el crimen de El Ejido es­cribió en El Globo de Manabí un largo y bajo artículo justificando y aplaudiendo la matanza. Pertenecía a una familia de terratenientes cos­teños según confiesa en su libro Anécdotas de mi vida, publicado en Europa en 1919, con prólogo de Gonzalo Zaldumbide. Su padre fue dueño de una hacienda de caña de azúcar en Yaguachi, Guayas.


Lástima que no podamos seguir.

Pero nos parece que basta lo expuesto para pro­bar que fue el sector terrateniente el principal opositor de la revolución, oposición que al final se transformó en horrendo crimen. La formación de las facciones alfarista y placista no tienen origen en rivalidades personales como algunos han sostenido, sino que se trata de una división de sectores clasistas con intereses diversos y una visión política distinta. Pensamos, por esto, que el historiador Alfredo Pareja Diezcanseco se equivoca cuando sustenta el primer punto de vista en el agrega­do hecho en la segunda edición ─Clásicos Ariel─ de su conocida obra La hoguera bárbara. Adición, porque no consta esa tesis en el capítulo titulado “La sucesión” de la primera edición mexicana del año 44. El doctor Osval­do Hurtado en su publicitado libro El poder político en el Ecuador, también expresa ideas parecidas al refe­rirse al alfarismo y al placismo, a los que considera so­lamente como manifestaciones del caudillismo, sin con­siderar que éste, de ninguna manera excluye un antago­nismo clasista o de sectores de una misma clase.

No se trataba de facciones personalistas, esen­cialmente. Para el año de 1912 el sector terrateniente de toda la república se había pronunciado en contra de Alfaro y en favor de Plaza.

Ya en el Acta del pronunciamiento de Montero de diciembre de 1911, suscrita apenas por 106 personas, no se encuentran los “grandes cacaos”, pues su inmensa mayoría estaba en el bando contrario o esperaba en si­lencio el desenlace de los acontecimientos, tanto que el diario El Comercio de la ciudad de Quito, en un editorial que llevaba el significativo título de “Por el ho­nor de Guayaquil”, decía lo siguiente:

Nos parecía increíble que la libérrima Guayaquil hubiese secundado la traición de Montero o que, consumada esta, alcanzara a merecer su apoyo. La nómina publicada de los que han proclamado Jefe Supremo de la República a un sol­dado vulgar manifiesta que ni uno solo de los guayaquileños que, por algún título figuran en la sociedad, ha cometido la vileza de rendir parias a la más infame de las felonías. De las 40 personas que en una ciudad de 68.000 habitantes se humillan miserablemente ante Montero, todas son desconocidas.[19]

El editorialista, como se ve, mentía sobre el número de firmantes. Tampoco eran desconocidos, pues allí figuraban nom­bres de prestigiosos jefes militares que habían ganado sus grados en los campos de batalla, como los coroneles León Benigno Palacios, Julio Concha, León Valles Franco y otros de menor graduación. Otros eran desta­cados dirigentes populares, como Juan E. Naula, por ejemplo. Mas esto no valía nada. Solo contaban los señorones de la aristocracia terrateniente y los grandes financistas!

En Ambato ─ver Páginas de verdad de Ramón Lamus─ a los pocos días de la incineración de los gene­rales, el 8 de febrero, la plana mayor del gamonalismo ambateño sostiene en un manifiesto que el “General Plaza es el único llamado a ocupar el solio presidencial”.[20] Entre los firmantes están nada menos que los Holguín, los Vela Ortega, los Martínez, los Vásconez, los Se­villa, los Cobo, los Coloma, etc. Todos grandes propie­tarios.

En Manabí ─provincia que no hemos citado─ su­cedía cosa parecida. En el valioso estudio de Carmen Dueñas Historia económica y social del norte de Mana­bí se dice: “Para los años de 1911 y 1912, en que se produce el último movimiento de Alfaro, que culmina con su asesinato, la burguesía comercial de Bahía, con excepción de aquellos fieles adeptos a Alfaro, quienes se mantienen como tal hasta la muerte, es ya partidaria del orden y progreso y otorgan todo su apoyo a la Cons­titución y al General Leónidas Plaza”.[21] La burguesía comercial manabita estaba íntimamente ligada al lati­fundio.

La suerte estaba echada.


EL IMPERIALISMO Y EL ASESINATO DE ALFARO


En el prólogo de las Obras Escogidas de Eloy Alfaro publicadas en 1959, Elías Muñoz dice:

En el asesinato de Alfaro no tiene menos inter­vención la posición de los agentes diplomáti­cos de los grandes países imperialistas, Estados Unidos e Inglaterra, que impidieron a los respec­tivos cónsules tomaran medidas para exigir el cumplimiento del armisticio por el cual estaba asegurada la vida de Alfaro, Montero y más lí­deres del liberalismo.[22]

Así es efectivamente, aunque antes no se haya dicho esa verdad en forma tan terminante, si bien es cierto que a raíz mismo de los acontecimientos se puso en duda la soterrada actuación de tales potencias, sobre todo por parte de la prensa latinoamericana.


Se sabe que los cónsules de Estados Unidos y de Inglaterra radicados en Guayaquil, Herman Dietrich y Alfredo Cartwright ─por pedido de la ciudadanía y por amistad con algunos de los prisioneros según se afirma─ firmaron y garantizaron el fiel cumplimiento del tratado de Huigra que aseguraba expresamente la vida de los detenidos, estando por consiguiente en la obligación de demandar su respeto de acuerdo a las normas del dere­cho internacional. Pero eso no se hizo, porque sus superiores, los representantes diplomáticos de Quito, se opusieron con tenacidad.

Apenas conoció la firma del tratado que ponía a salvo a los jefes de la revolución, el gobierno de Quito entró en febril actividad para dejarlo sin efecto, alegan­do que no estaba aprobado por el ejecutivo y que no se había cumplido “con la condición sine qua non de la entrega de la plaza de Guayaquil que fue tomada por las armas por el heroico pueblo guayaquileño”,[23] según cons­ta de un telegrama de Freile Zaldumbide inserto en las Páginas de verdad de Ramón Lamus. La entrega de que se habla fue impedida por las mismas fuerzas gobiernistas, pues los cónsules garantes, en comunicación al gobernador de la provincia, certifi­can la ninguna culpabilidad del general Montero. No obstante, se tiene la desvergüenza de alegar un hecho completamente falso.

Por otra parte, el ministro de Relaciones Exte­riores Carlos R. Tobar ─que tenía la insolencia de decir que nunca había estrechado la mano del general Eloy Alfaro por precaución y aseo─ emprendió en una gran campaña de prensa, citando a todos los tratadistas de derecho que conocía, tratando de demostrar que no eran válidas las capitulaciones de Huigra.

El tratado de Huigra
Es obvio que todos los esfuerzos de Freile Zaldumbide y toda la sabiduría del señor Tobar hubieran quedado en la nada si los diplomáticos de las dos gran­des potencias, acostumbradas a hacer respetar sus de­cisiones hasta con la fuerza, hubieran resuelto respal­dar a sus cónsules. Sin duda, no se trataba sino de una comedia concertada para cubrir las apariencias y justi­ficar una determinación ya tomada. Al final, el “Ministro norteamericano Evan E. Young ─son palabras que constan en la parcial biografía de Alfaro escrita por Wilfrido Loor─ cree que Tobar está en lo justo, y ordena al Cónsul de Guayaquil que se abstenga de tomar parte en la política interna del País, que limite sus atribucio­nes al cumplimiento de los deberes de su cargo”.[24] Y aña­de Loor con toda verdad y franqueza: “Con la conduc­ta de Tobar y de Young, los Alfaros pierden a sus mejores defensores, y quedan a merced del gobierno de Quito, que se opone a su libertad”.[25] Hay que aclarar solamente que la conducta de Tobar hubiera valido un bledo sin la conducta determinante del procónsul Young.

Tobar, alborozado, comunicó a Guayaquil el visto bueno para la matanza:

"Cuerpo diplomático residente hame dicho haber telegrafiado a sus Cónsules en Guaya­quil, la abstención más completa respecto de asuntos que no les concierne, tales como los re­lativos a lo que el gobierno ha ordenado tocan­te a los cabecillas de la revuelta de Cuartel que terminó".

Véase como los Estados Unidos, la potencia que nunca ha vacilado en inmiscuirse en los asuntos de to­das las naciones, ahora, para patrocinar un crimen ─ya que el ministro yanqui sabía perfectamente que el tras­lado a Quito significaba la muerte─ ¡hipócritamente pro­hibía “tomar parte en la política interna del país"!

Ya nada había que hacer. Los cónsules tuvieron que acatar la resolución superior. Leónidas Plaza ─fir­mante del tratado de Huigra y el mayor responsable de los crímenes─ llegó al extremo de disponer el arresto del general Medardo Alfaro que se encontraba a bordo del barco británico “Quito” y que no había tenido ninguna participación en los sucesos. Las protestas del ca­pitán del barco y del cónsul Cartwright fueron desoí­das, y la diplomacia inglesa, tan susceptible en otras oca­siones, dejó pasar los hechos como si nada. El acuer­do se cumplía estrictamente.

El móvil para la intervención del imperialismo en los asesinatos del 28 de enero de 1912 ─del yanqui especialmente─ no fue sino el afán de eliminar a un estadista patriota y decidido defensor de la soberanía na­cional como el general Alfaro, considerado por esta ra­zón como un obstáculo para la fácil penetración extran­jera en nuestro suelo, penetración necesaria para poder medrar de sus riquezas. Para esto era menester de man­datarios dóciles, de columna vertebral doblegada, iguales a los que había logrado imponer en otros pueblos. Y Alfaro, tal como prueban sus actos, no reunía tales condiciones.

Es seguro, que aparte de lo dicho, existían tam­bién motivos más concretos y más cercanos. Plaza era hombre de plena confianza de Yanquilandia y no es di­fícil, dada su inescrupulosidad, que haya hecho ofreci­mientos generosos para lograr apoyo. Roberto Andrade cree que se había puesto en contacto con negociantes yanquis para vender Galápa­gos, razón por la que una vez llegado al poder luego de los arrastres, hizo múltiples gestiones con ese fin y hasta buscó cómplices entre los gobiernos latinoamericanos para realizar el siniestro plan.[26] El periódico La Prensa de Lima, decía que el Ogro del Norte “se ha cruzado de brazos ante las cenizas de Alfaro”, porque recibió del placismo “la más sólida oferta de venta del Archipiélago de Galápagos”. Y en el diario La Crónica de la misma ciudad, se afirmaba que Plaza “salió de Nueva York llevando en su portafolio un contrato yankee para el saneamiento de Guayaquil y otros contratos yankees para empréstitos a tipos leoninos”.

El imperialismo, como se ha visto, no trepidó en ayudar a los asesinos de Alfaro en aras de sus mezqui­nos intereses.

Un año más tarde ─aunque en forma más directa─ sacrificará al presidente Madero de México, valiéndose igualmente de sus representantes diplomáticos.

Hoy esta práctica criminal del imperialismo es fenómeno común y generalizado. Ayer Sandino y hace muy poco Allende son prueba fehaciente de su saña.

[1] Capítulos del libro de Oswaldo Albornoz Peralta, Ecuador: Luces y sombras del liberalismo, Editorial El Duende, Quito, 1989, pp. 119-140.
[2] El Partido Conservador sindica a los asesinos de Alfaro y compañeros, Panamá, 1919, p. 15.
[3] César Sánchez Núñez, Fuego y sangre, Imp. Eléctrica, Bogotá, 1913, p. 56.
[4] La semana trágica. Gua­yaquil criminal, 1914, pp. 10, 4.
[5] Ibíd.
[6] Roberto Andrade ¡Sangre! ¿Quién la derramó?, Imp. antigua de “El Quiteño libre”, Quito, 1912, p. 217.
[7] La Constitución Nº 45, Quito, 10 de enero de 1912.

[8] Luis Eduardo Bueno, El mes trágico: compilación de documentos para la historia ecuatoriana, Imp. Valdez, Quito, 1916, p. 223.
[9] Olmedo Alfaro, El asesinato de Alfaro ante la historia y la civilización, 1912.
[10] Elías Muñoz Vicuña, Los generales no co­rren, Imprenta de la Universidad de Guayaquil, Guayaquil, 1981, p. 114.
[11] José Peralta, Eloy Alfaro y sus victimarios, segunda edición, Corporación “José Peralta”, Cuenca, 1977, p. 80.
[12] Roberto Andrade, ¡Sangre! ¿Quién la derramó?, op. cit., p. 217.
[13] Luis Eduardo Bueno, El mes trágico, op. cit.
[14] “Editorial”, La Constitución, Quito, 21 de enero de 1912.
[15] “La víbora en su casa”, La Prensa, Quito, enero de 1912.
[16] Eloy Alfaro, “Carta dirigida a Delfina Torres”, Quito, 1909, en La liebre ilustrada, Quito, 17 de abril de 1988.
[17] Ver Estructura agraria de la Sie­rra Centro - Norte, op.cit.,
[18] Luis Armendaris, Darío C. Guevara, Monografía del Cantón Rumiñahui, Imp. Ecuador, Quito, 1943.
[19] “Por el ho­nor de Guayaquil”, El Comercio, Quito, enero de 1912.
[20] Ramón Lamus G., Páginas de verdad: la última guerra ecuatoriana 1911-1912, Imprenta y Encuadernación Nacionales, Quito, 1912, pp. 312-313.
[21] Carmen Dueñas, Historia económica y social del norte de Mana­bí, Ediciones Abya Yala, 1986.
[22] Elías Muñoz, Prólogo de las Obras Escogidas de Eloy Alfaro, t. I, Ediciones “Viento del Pueblo”, Guayaquil, 1959, pp. X-XI.
[23] Ramón Lamus G., Páginas de verdad, op.cit., p. 169.

[24] Wilfrido Loor, Biografía de Alfaro, t. III, Editorial Moderna, Quito, 1947, p. 966.
[25] Ibíd.
[26] Roberto Andrade, Vida y muerte de Eloy Alfaro, Nueva York, 1916.
Publicado por César Albornoz