SAUDADE 



BRASIL ES EL PAÍS DE LAS ESPERANZAS FRUSTRADAS 



Por: Fausto Jaramillo Y.

“Seu padre toque o sino que é para tudo o mundo acordar
Que a noite es criança, que o samba é minino,
Que a dor é tan velha que pode morrer
Olé, olé, olá…
La tem samba, quem quere sambar,
Que entre na ronda, que mostre o xingado,
Mais muito cuidado…
Não vale chorar”
(Versos de la canción: “Olé-Olá… de Chico Buarque de Hollanda)

No, el Brasil no llora, no puede llorar; aunque sea el país de la esperanza frustrada, de los horizontes más amplios y jamás alcanzados, de las reservas hídricas más inmensas, tanto como las haciendas madereras desvastadas en la amazonía, de la selva infinita y de las tierras secas más inconmensurables, el país más desigual, donde las diferencias sociales son tan grandes que no se alcanzan a mirar, el país de los políticos corruptos e hipócritas; no, Brasil logra llorar.
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La ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos Río 2016, señaló el fin de una ilusión. Los atletas superaron los records, los velocistas corrieron más rápido, los saltos fueron más altos, y las gimnastas mostraron la belleza de la sincronía. Los nadadores se llevaron las medallas y los espectadores pagaron los precios más altos que se han pagado hasta el momento por asistir a un momento de ilusión.
Los graderíos de los estadios y de los campos de competencia lucieron mágicos, brillantes, coloridos, mientras afuera de ellos, en los barrios y en las calles, la pobreza seguía siendo igual o peor de lo que fue hasta el día anterior de la inauguración de los primeros juegos olímpicos que se han realizado en Sudamérica.
Hoy esos escenarios vuelven a lucir vacíos, sombríos, fantasmagóricos, mientras las calles de Río de Janeiro, nuevamente se llenan de gente angustiada que grita su impotencia contra el sistema político y contra la clase política, porque a pesar de ser un país rico, la miseria de una inmensa mayoría sigue lacerando sus entrañas.
Claro que no era la primera ocasión en que este país se hallaba sumergido en una crisis; por el contrario, parecería que ese es su estado natural; mientras que ser la sede de unos Juegos Olímpicos constituía para Brasil un privilegio, ya que sería la primera ocasión que se celebrarían en Sudamérica.
Desde hace meses, la prensa internacional, destacaba en partes iguales la crisis política-económica que afectaba y sigue afectando al Brasil y los preparativos de dicho país, para cumplir con decoro, su papel de anfitriones de los Juegos Olímpicos 2016.
Mientras la prensa internacional daba cuenta de los escándalos de la política y de las marcas alcanzadas en la cita mundial del atletismo, yo me perdía en mi nostalgia. Allá en la década de los años sesenta, cuando visité por vez primera a la ciudad, ésta había dejado de ser la capital del país, dejando ese honor a la recién construida y modernísima Brasilia. La primera, ubicada a orillas del Atlántico tenía siglos de historia; la segunda: ubicada en el centro del continente, en el Planalto, a miles de kilómetros del mar, tenía la visión del futuro, la elegancia de lo moderno.
Por aquellos días, la democracia construida con dificultades, nuevamente había desaparecido en manos militares, quienes habían tomado el poder para impedir que los pobres de la tierra se unan y reclamen sus derechos. La Escuela de las Américas, desde Panamá había dictado las nuevas reglas y Castelo Branco, manejaba con mano de hierro el poder político. La economía sufría las consecuencias de la construcción de Brasilia y la crisis del Nordeste había empujado a miles, o quizá millones de campesinos hacia el sur, hacia las grandes ciudades, alimentando de mano de obra barata a las empresas que acelerada y desordenadamente se levantaban, especialmente en las periferias de Sao Paulo; mientras tanto el cruceiro seguía una alocada carrera alcista. Cotidianamente los precios de todos los productos, incluyendo los de primera necesidad se elevaban a la estratósfera, mientras el valor adquisitivo de su moneda se hundía en los meandros del pantanal. Un plato común, que la gente compraba en un boteco o botiquín, constaba de un pequeño pedazo de carne, acompañado de papas fritas y un vaso de refresco, podía valer al medio día unos 2.250 cruceiros, y a la noche ya costaba 2.500, y al otro día seguía subiendo su precio. Los entendidos en la materia anunciaban, por esos días, el cambio de moneda debido a que no existía ninguna máquina que pudiera calcular con tantos ceros a la derecha el precio de un pan y el gobierno no alcanzaba a distinguir el valor de su moneda frente a las otras que marcaban y marcan el comercio internacional.
Llegó el día tan anunciado y se cambió la moneda: el “cruceiro novo”, que nació luego de haber corrido 3 ceros a la izquierda el valor de la antigua moneda, pero no impidió que los precios siguieran su carrera alcista y que la gente esperara con resignación el aparecimiento de la siguiente nueva moneda.
Hoy en día, la moneda de Brasil se llama Real, y creo que es la que se ha mantenido vigente por más tiempo, recuperando para su pueblo una extraña sensación de estabilidad monetaria que le ha hecho ilusionar en que, por fin, se habían acabado sus problemas económicos. Con lo que no contaba ese pueblo es con la corrupción que habría de minar esa estabilidad y ahora, su presidenta enfrentaba un proceso de destitución, acusada de haber maquillado las cifras macroeconómicas para esconder la falta de dinero. Como siempre sucede en estos casos, serán los más pobres, los pobres entre los pobres, los que pagarán con sudor y lágrimas, las equivocaciones intencionales o no, de los políticos de turno.
Por su parte, la prensa deportiva del mundo entero cubrió, hasta el más mínimo detalle, las ceremonias de inauguración y de clausura de las Olimpíadas sudamericanas, realizadas en Río de Janeiro, ciudad mejor conocida como la sede de los más desenfadados y alegres carnavales del mundo. Cámaras, luces, micrófonos, cables, computadoras, pantallas gigantes, al servicio de todo un ejército de hombres y mujeres que buscaban con ahínco, ese pequeño detalle que se convertiría en noticia durante la realización de estos juegos. Records, tiempos, estadios, velas, piscinas, regatas, siempre: “más alto, más rápido y más fuerte”, mostraron al mundo a aquellos atletas, hombres y mujeres, que desafiando las marcas, subieron a la cima del Olimpo, donde el dios Pierre Fredy Barón de Coumberlain les esperaba. Pero, no podemos olvidar que estos días de parafernalia deportiva fueron una cortina que ocultó por unos días, los escándalos de corrupción que sacuden al gigante de Sudamérica.
Sí, hoy en día, es impensable pensar en Brasil sin ligarle a innumerables escándalos de coimas, compras de consciencia, cuentas alegres, fortunas escondidas en paraísos fiscales y todo cuanto en tema de corrupción, imaginarse pueda, y todo ello enmarañado en contratos fabulosos, políticos en remate y una caída imparable de la fe y la autoconfianza de un pueblo.
“Arlequin está chorando pelo amor da Colombina” el verso de un poema convertido en canción gracias a la magia del Carnaval carioca, es la mejor imagen que me viene a la mente al pensar en estos avergonzantes sucesos. Sí, Arlequín volvió, en estos días a ponerse la máscara, a fin de esconder las lágrimas del pueblo carioca. Las sonrisas, la alegría real o fingida, volvieron a sembrar la confianza y amistad en los deportistas, periodistas y turistas que durante los días de los juegos Olímpicos inundaron las calles de Río de Janeiro. Es que Brasil, não vale chorar.
¿Qué ha pasado en el gigante de Sudamérica, cuya ciudad emblema la conocí como la “cidade maravilhosa, coração do meu Brasil”?
Allá por la segunda mitad de la década de los años 60 del siglo pasado, apenas había terminado la secundaria, en el internado de un colegio religioso, cuando un fuerte, incontrolable deseo de libertad y aventura me inundó. Quería huir de los claustros físicos y mentales que me habían sido impuestos hasta entonces.
La llegada del avión en horas de la madrugada al aeropuerto del Galeão, no pudo ser más maravillosa. La claridad del día anunciaba desde el cielo la alegría de unos colores magenta, azul y lila, rojo y anaranjado, que silueteaban los perfiles de los “morros” o montañas sobre los que está construida la ciudad. La luz artificial de las calles, casas y vehículos, rasgaban desde el suelo la cortina negra en retirada. Tras la ventana del avión busqué ansiosamente la figura del Cristo que desde lo alto del Corcovado, recibe con los brazos abiertos a los visitantes de la antigua capital de Brasil; allí estaba; creo que la imaginé más que, en realidad, pude haberla visto.
Equipaje, filtro de policía de migración, sello en el pasaporte y por fin, el aire caliente de la ciudad se abría ante mí. Estaba listo para mi nueva vida. Me sentía como supongo deben haberse sentido aquellos exploradores, cuando llegaban a esa tierra desconocida pero que presentían les regalaría la felicidad del descubrimiento y el valor de la conquista. No podía imaginar siquiera, que esa ciudad sería mi hogar por los próximos dos años.
Desde el primer día, me propuse conocerla, recorrerla de pies a cabeza, de sur a norte, de este a oeste. Al fin y al cabo mi ansia de aventura me desafiaba. Sus playas de arenas blancas y de diminutos bikinis, sus calles de amplias veredas construidas con cubos de mármol crudo, sus “botecos” o “botiquines” con olor a café y a cachaza, sus museos, sus salvajes paisajes, mistura de cerros y playas, de árboles gigantescos y de mar; poco a poco, o quizás muy rápidamente se fueron adentrando en mi pecho. Río de Janeiro, sí, Río, la “cidade maravilhosa”.
A los pocos días encontré una habitación al alcance de mi presupuesto; no estaba ubicada en Copacabana, Ipanema o Leblón, los barrios apetecidos por todos los jóvenes con hormonas alocadas, sino en Botafogo, un barrio de la clase media, pero que a más de lo barato de su alquiler, desde la ventana de mi cuarto podía mirar el Pão de Açúcar, y a lo lejos Niteroi, la capital del Estado de Guanabara, ubicada frente a Río de Janeiro.
Una de aquellas mañanas en que al asomarme a la ventana de mi cuarto alquilado, para contemplar el mar, la playa, y el paisaje, pude distinguir varios puntos negros en las aguas de la bahía. Eran, no unos pocos, eran algunos; luego fijándome bien pude distinguir que se trataba de cabezas humanas. ¡Chuta! pensé,¡ que tenaces estos cariocas, están entrenando natación, desde ahora, para las juegos Olímpicos de Río, 2016. Eso era una demostración de visión futurística y de compromiso y decisión. Las palabras de algún carioca informado me sacaron de mi ignorancia política. Se trataba de los cuerpos ya sin vida de varios mendigos que habían sido detenidos por las autoridades que tontas y crueles seguían la inhumana decisión del anterior gobernador del Estado de Guanabara, Carlos Lacerda, de arrojarlos al mar, pues habían cometido el delito de “afear” la ciudad. Es que Brasil no puede llorar. Esa fue la primera desilusión que sufrí del Brasil.
Apesadumbrado, molesto, rumiando mi rabia, salí de la avenida que circunvala al mar, y me adentré por las calles y plazas.
Desde Botafogo, hacia el norte, se llega a Laranjeiras, un barrio residencial, señorial, centro de la vida de los adinerados que antiguamente debieron suspirar por las formas y costumbres europeas. Allí se halla el Palacio de Itamaraty, ubicado en la avenida Marechal Floreano y signada con el número 196, de esa calle, donde alguna vez había funcionado el Ministerio de Relaciones Exteriores. En uno de los salones de ese palacio los Cancilleres de Ecuador y Perú, firmaron el Protocolo de Río de Janeiro, que cercenó más de 200 mil kilómetros cuadrados de territorio al Ecuador, y donde el Canciller Oswaldo Aranha, del Brasil, dirigiéndose al Dr. Julio Tobar Donoso, tras la firma del documento, nos recomendó que, “primero nos debíamos constituir en un país, antes de reclamar nuestros derechos”.
Claro que a mí, no me gustó esa frase y por eso, nunca intenté entrar a conocer este Palacio. Cuando caminaba delante de él, apenas si lo miraba de reojo, como exorcizando mi rabia.
Más al norte de la ciudad, la avenida Río Branco marca el centro, o mejor dicho: la bisagra que abre la ciudad en dos: al sur, la de los barrios residenciales de las clases medias y altas, como Copacabana, Ipanema, Leblón, Barra da Tijuca, donde la playa marca la vida y las costumbres; y la del norte, donde las favelas como Meier, Londinha, Rosinha, y tantas otras, sirven de escenario a la sobrevivencia de miles y miles de hombres, mujeres, niños y ancianos, en medio de la droga, la delincuencia y la violencia. Precisamente, ya desde aquellos días, en los laberintos que forman los retorcidos callejones de las favelas muchos atletas cariocas se entrenaban para participar en las competencias de 100, 200, 400 y 1.500 metros planos, de las futuras Olimpiadas, solo que esas carreras de velocidad y esos atletas, debían correr para sobrevivir, escapando de las balas de los agentes de seguridad del Estado, y de los mafiosos que desde hace décadas han convertido las favelas en los escenarios sangrientos de sus enfrentamientos.
Las favelas no eran ni son solo pistas de entrenamiento de carreras de velocidad, también son de carreras de resistencia como la Maratón, pues subir los morros, perderse en los vericuetos de su geografía, bajar a medio o a todo gas por las pendientes de las montañas, seguir corriendo, luego volver a subir otro morro y repetir la rutina, puede ser la única forma de escapar de las persecuciones que allí se producen y que pueden terminar en verdaderas masacres.
En aquellos años de mi añoranza, esta avenida, la Río Branco, era el escenario del desfile de las “Escolas de Samba”, era, por decirlo de alguna manera, el templo mayor, la catedral de la samba popular, en donde los cariocas, especialmente los habitantes de las favelas, anualmente desplegaban y siguen desplegando su inmensa imaginación colorida en carros y comparsas durante 4 días, en los que bailan sin noches ni descanso, en honor al “rei Momo”; mientras los ojos de millares de turistas de todo el mundo se inundan de droga y alcohol, como paso previo a participar (y gastar) en la más grande, majestuosa, desenfrenada y cara fiesta “do mundo” El carnaval carioca.
Años después, a algún funcionario se le ocurrió construir el sambódromo, o sea, el gigantesco estadio, con suites exclusivas, verdaderos departamentos de lujo, incluidos en sus límites laterales, para que los turistas y curiosos paguen verdaderas fortunas para ingresar a presenciar esta fiesta hasta ese momento, popular.
“Seu padre toque o sino que é pra todu mundo acordar / Que o samba é menino / que a noite é criança / que a dor é tan velha / que pode morrer…
La resaca de la fiesta apenas dura el tiempo necesario para que una nueva idea surja en la mente de los líderes de las escolas. Inmediatamente, los “roteiros” son escritos, las manos de cientos de mujeres empiezan la rutina de coser los vestidos para los bailarines y bailarinas, se contratan a los carpinteros, pintores, se compran los materiales y poco a poco, un nuevo carro alegórico, en los patios de la sede social o en los espacios escondidos de un coliseo, se forma para deleite de los vecinos del barrio o de la favela. Es señal que pronto empezarán los ensayos para el próximo desfile.
El año de esa mi primera visita a Río, la televisión a colores transmitía el concurso a la mejor melodía del carnaval que recayó sobre una samba llamada “Tristeza”; claro que era una tristeza especial, pues sus versos adoloridos estaban enmarcados en el ritmo de una frenética melodía. Brasil puede premiar a la tristeza, pero no puede llorar.
Los fines de semana estaban, y supongo que están, dedicados a otro rito, al jogo bonito que define el fútbol del pentacampeão do mundo. Para el país llamado Brasil, el fútbol es una religión y cada estadio su templo; los entrenadores son los obispos y los jugadores los sacerdotes. Por eso, cada triunfo es una celebración y cada derrota un mensaje claro de la divinidad de que algo malo está ocurriendo en su cuerpo social.
Desde los lejanos días, allá en los fríos de Suecia, cuando alcanzaron la primera corona de campeones del mundo, los jugadores brasileños hicieron vibrar a su pueblo, lograron que en sus calles y estadios, en los restaurantes y bares, en los omnibuses y charlas de amigos, en los corrillos políticos, profesionales y en la intimidad de los hogares, se olvidara ese dolor profundo que sintiera el país, cuando en 1950, en su propia casa, en el estadio máis grande do mundo, o Maracaná, Uruguay lo venciera y se llevara más al sur la copa Jules Rimet.
En Suecia, en cambio, un jovencito de apenas 17 años, con la magia en sus pies, y otros 10 genios del fútbol, se dedicó a vencer a toda selección que se les pusiera delante y retornaron a casa, a Río de Janeiro, trayendo la tan ansiada copa del mundo.
Claro, en los días en que me hallaba en la ciudad aun brillaba la magia de Pelé, que formando parte de su selección estaba en Inglaterra para refrendar su título de campeón que había alcanzado 4 años antes en Chile. Los otros equipos, especialmente el anfitrión no estaban dispuestos a permitírselo, y usando toda clase de artimañas, nobles o no, enviaron a Pelé a una clínica a ser atendido de una lesión. Con equipo disminuido, Brasil no logró su objetivo y fue víctima de la tristeza, pero no del llanto.
Para Brasil, cada juego era y es un espectáculo inolvidable, no solo por lo que acontecía y acontece en el gramado de la cancha, sino también por el espectáculo y la danza que escenifican las barras de los equipos desde los graderíos de todos los estadios.
Cuenta la leyenda que Vicente Feola, el mítico gordo entrenador brasileño de 1958, 1962 y 1966, salía a la cancha y luego de decidir su equipo ideal, se sentaba a dormir mientras sus jugadores, dentro del campo, definían los partidos. Luego vendrían los años en que ciertos entrenadores quisieron imponer un juego disciplinado, donde cada jugador cumplía un papel determinado sin permiso para salirse del libreto, perdiéndose la magia, la ensoñación de la pelota que maravillaba al espectador.
Las clases en la Universidad comenzaron demasiado pronto: matrícula, horarios, conocer las aulas, las rutas de los ómnibus que me acercaban a ellas, en fin, todo aquello con lo que en esos años dorados era imprescindible poseer para ingresar al mundo de la ciencia.
Con los compañeros y compañeras empezó, para mí, otra vida: estudio, fiesta, seriedad y jolgorio, vida social, cervezas y cachaza, aulas y laboratorios, diálogos y a intentar dominar el idioma. Leer, acudir a espectáculos, a teatros, a cines, a presentaciones musicales, a conocer a los personajes que dominaban la vida cultural y nocturna de una ciudad que no duerme, y fue en ella, en esa vida nocturna de Río de Janeiro, donde comprendí que el llanto del país vive escondido en su música. Desde los “choros” de Heitor Vilalobos hasta la batucada de samba, su música y melodía está cargada de esa nostalgia, de esa saudade, de esa tristeza que define al espíritu brasileiro que canta llorando o llora cantando.
Wanderleia, Wanderlei Cardoso, Agnaldo Rayol, Aldemar Dutra, María Bethania, Nara Leao, Chico Buarque de Holanda, Jair Rodríguez, eran los nombres de los clásicos que contrarrestaban el empuje enorme de Roberto Carlos y su “parceiro” Erasmo Carlos. De pronto, el poeta Vinicius de Moraes atraparía la atención de tirios y troyanos, su “Garota de Ipanema” ocuparía la sensibilidad de cariocas y paulistas, de hombres y mujeres, de católicos y protestantes, de judíos y árabes, de adoradores de Yemanyá y de todos los dioses, todos, absolutamente todos, cayeron (o mejor dicho, caímos) rendidos ante aquella “Garota de corpo dourado do sol de Ipanema”,
Olha que coisa mais linda
Mais cheia de graça
É ela, menina
Que vem e que passa
Num doce balanço
Caminho do mar

Moça do corpo dourado
Do sol de Ipanema
O seu balançado é mais que um poema
É a coisa mais linda que eu já vi passar....
De afuera llegaban noticias de que otro ritmo brasileño se adueñaba del mundo: Bossa nova, que con Sergio Mendez se elevó a la cúspide de los rankins musicales del mundo entero.
Por aquellos días surgía una nueva manera de mirar el mundo y sus problemas. Era tan nueva y tan brasileña que ni siquiera las dictaduras que imperaban en su territorio pudieron entender y menos aún, prohibirla. El “cinema novo” había nacido y desde el noreste mostraba los grandes problemas de su sociedad. O Cangaceiro, O pagador de promessas, Deus e o Diablo na terra do sol” son apenas unos pocos nombres de una fuerza cultural y artística sin parangón en toda Latinoamérica.
En cada fotograma de estas películas estaba presente ese Brasil detestable y excluyente como pocos países en el mundo. El campesino del noreste, víctima de una naturaleza implacable, sometido a una inclemente sequía, iniciaba un éxodo inacabable y doloroso como toda migración. A nombre del dios dinero y de una miserable filosofía que apelaba a la grandeza del país, se había olvidado el drama de la miseria, de la ignorancia, del destierro en tierra propia. Recordemos, Brasil no puede llorar.
Por esos días, la prensa anunciaba que diariamente en Sao Paulo se abrían de 2 a 3 industrias, desde entonces la ciudad se precia de ser la ciudad industrial de América Latinas. La mano de obra barata, (miserable diría yo) provenía de estos brasileños nordestinos que por “esmolas” aceptaban trabajar para la naciente pujanza económica de la ciudad más grande de Brasil, con cerca de 20 millones de personas, lo que la permite, junto a México y a Buenos Aires, pertenecer al trío urbano más densamente poblado de Hispanoamérica.
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Han pasado muchos años desde aquel día en que mis ojos quedaron deslumbrados por la “cidade maravilhosa”. La dictadura dio paso a muchos gobiernos que nacieron de las urnas. Unos intentaron mantener el status quo, otros intentaron cambiarlo. Hubo gobiernos que nacieron del espectáculo y otros se autoproclamaron revolucionarios. Pero, todos, lastimosamente todos, aprovecharon de su paso por el gobierno para agrandar el volumen de sus bolsillos. La corrupción fue la norma, no la excepción y Brasil debía llorar.
Ahora las gentes han comprendido que es posible llorar. Llorar por su país, por su gente, por las injusticias, por las ambiciones desbordadas, incluso por su fútbol y por su carnaval. Ahora la gente sale a las calles a exigir a sus políticos que piensen en la gente, que todos los ciudadanos tienen derecho a una vida digna, con espacio para el amor y la dicha sincera, y sin una esquina para la corrupción.
Brasil no llora, ahora lucha, por un mañana sin mentiras ni hipocresías de sus élites, sin sobornos ni coimas, sin cuentas escondidas, con cuentas claras, sin ambages. Han destituido una presidenta, como antes destituyeron a otro. No importa cuántos deban destituir, porque lo importante es que quien llegue a Brasilia a gobernar, mire el futuro de todo su pueblo y le devuelva la alegría. Brasil no debe llorar.