MÁS PUDO EL CANSANCIO 



LA SIRENA ANUNCIABA LA PRESENCIA GUERRILLERA 



Fausto Jaramillo Y.
No era la primera vez que visitaba Colombia; ya lo había hecho en varias ocasiones y volvería a hacerlo en fechas posteriores, solo que este viaje tenía un sabor especial, ya que la reunión a la que había sido invitado no se iba a realizar en Bogotá, la capital del país y, por esa razón, la más visitada, sino en Neiva, una pintoresca ciudad ubicada en el centro oriente del país y que no consta en las rutas e itinerarios turísticos del país.
Llegamos un domingo por la tarde. Los delegados de varios países de Sudamérica, desempacamos nuestros bártulos en las habitaciones que nos habían designado en un hotel levantado en el centro de la ciudad. En la cena de esa noche, luego de la bienvenida de rigor, nos entregaron el programa de actividades que debíamos cumplir en aquella semana de mayo que permaneceríamos en esa hermosa ciudad.
El lunes, muy por la mañana, luego del desayuno, ingresamos al salón destinado a nuestras actividades. Era la primera de las 4 mañanas destinadas a la discusión de materias y materiales didácticos producidos en nuestros países y que se ponían a consideración de los delegados de todos los países asistentes a este conclave.
La tarde del miércoles estaba destinada a visitar una fábrica de juguetes didácticos de madera, por eso, ese día, luego del almuerzo, un bus nos esperaba en la puerta del hotel para llevarnos, por una hora y media, por una carretera de polvo y piedra, hasta ese destino. Allí, el propietario de la fábrica nos esperaba con una muestra de sus productos.
Cuando más interesados estábamos en la demostración, una sirena de baja intensidad puso en alerta al conferencista, quién calmo y sereno nos pidió que guardáramos silencio. Pasados unos cuántos minutos, en los que no comprendíamos lo que estaba sucediendo, la misma sirena nos devolvió a la algarabía. El anfitrión nos explicó lo sucedido: la primera alarma era para decir que se acercaban, por una vereda estrecha y semiescondida, dos vehículos, de aquellos jeeps Willis, propios de la segunda guerra mundial. Los ocupaban una avanzada de las guerrillas de las FARC que salían de la selva hacia algún punto geográfico desconocido. La segunda alarma era para señalar que dicha caravana ya se había alejado lo suficiente como para no correr el riesgo de convertirnos en rehenes de los guerrilleros.
¿Rehenes de los guerrilleros? Necesitaba responder a esta inquietud. Terminada la jornada, conversé con Héctor, mi amigo periodista colombiano que nos acompañó durante todo el evento.
“Mira, me dijo,… la guerrilla ha perdido su rumbo. Nació con el apoyo directo o indirecto de toda la sociedad colombiana, pero en estos años de lucha, quizás por el tema del financiamiento ha torcido su objetivo y ahora, aquí en este país, sabemos que las FARC, cumplen el papel de policía y custodio de los grandes traficantes de droga, y en su intento por esconder esta verdad, “pinchan”, toman rehenes, piden “vacunas” y otras cosas, para aparentar que así se financian”.
La respuesta tenía cierta lógica; pero era incompleta. Las noticias señalan y destacan los hechos, pero se olvidan de señalar las causas, sus pormenores y hasta sus consecuencias. Los enfrentamientos entre el Ejército de Colombia y el grupo guerrillero de las FARC formaban parte del paisaje periodístico de dicho país y de América Latina, pero muy poco se informaba sobre los detalles que forman parte del conflicto.
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Cuando a mi amigo colombiano le pregunté sobre el inicio de las guerrillas en su país, y conste que digo, guerrillas, en plural, porque la coordinadora Simón Bolívar que, en algún momento, agrupaban a todos los movimientos subversivos de Colombia, publicó un manifiesto en el que destacaba que existían 24 grupos guerrilleros actuando en su geografía, entre ellos, claro está, las FARC, ocupan un lugar destacado, pues son las más numerosas, organizadas y antiguas; pero también están el ELN, el M-19, y otras.
Héctor, al igual que otros periodistas y analistas políticos, interesados en el tema afirmó que la guerrilla en Colombia surgió luego del asesinado de Eliécer Gaitán, en el famoso “Bogotazo”, del 9 de abril de 1948. Ese día, mientras se iniciaba la IX Conferencia Panamericana, convocada por Estados Unidos, para condenar la presencia del comunismo en nuestra América (como si las ideas se pudieran condenar por decreto o acuerdos), y dar paso a la formación de la Organización de Estados Americanos –OEA-, el líder liberal y carismático candidato a la Presidencia de la República cayó asesinado en la puerta del edificio donde tenía su consultorio profesional,
Tras conocerse su deceso, comenzaron los saqueos, principalmente en el centro de Bogotá, la capital de Colombia, a lo largo de la carrera séptima, pero luego se fueron extendiendo por gran parte de la ciudad para terminar en varias ciudades del país. Además de los saqueos, hubo incendios provocados por los manifestantes: tranvías, iglesias, edificaciones importantes y los mismos locales saqueados.
En un principio la policía intentó tomar control del asunto, pero luego, algunos policías y militares se unieron a la revuelta cuyo saldo fue de varios cientos de muertos y heridos. Las cifras van desde 500 muertos reportados por un cable de la Embajada Alemana hasta la extraoficial de más de 3.000. Los daños materiales correspondieron al incendio y posterior derrumbe de 142 construcciones incluyendo casas particulares, hoteles e iglesias del centro de la ciudad.
La justicia colombiana sentenció en 1978 a Juan Roa Sierra, como autor de este asesinato, calificándolo como esquizofrénico y destacando que actuó solo y por motivos personales. Pero, claro, la verdad hasta ahora ha sido difícil, casi imposible, de establecer con seguridad.
Paralelamente a la reunión de Cancilleres, estaba programado un Congreso Latinoamericano de Estudiantes con el fin de protestar contra el intervencionismo estadounidense en varias naciones de América. El Congreso Estudiantil fue ideado y promovido por un estudiante en Leyes cubano, de nombre: Fidel Castro, y financiado por el gobierno peronista. Los datos de la policía de extranjería señalan que Fidel Castro había ingresado a Colombia el 31 de marzo de ese año.
Tras varios días de saqueos, incendios y destrucción, un grupo de jóvenes idealistas, estudiantes y obreros, anunciaban su cansancio por la lucha política y se retiraban a las selvas colombianas para iniciar una guerra armada contra la institucionalidad del país.
Así cuenta la historia oficial el surgimiento de las guerrillas en Colombia; pero no es convincente. Debe existir otra manera de verla. Otra que incluya las causas objetivas para su aparecimiento. No es posible aceptar que los movimientos sociales aparezcan como por arte de magia, un día determinado, aunque ese día coincida con el asesinato de un líder popular.
Antes del Bogotazo, Colombia vivía una República de ficción y una democracia de apariencia. Desde las guerras de Independencia, cuando Simón Bolívar empujaba a los ciudadanos de estas tierras a abandonar el Reinado de España y aprender a vivir en Repúblicas, la Gran Colombia era motivo de gula a los apetitos desmedidos de verdaderas castas. Los hijos de españoles que se habían asentado por estos lares no entendieron que los derechos humanos reconocidos en los finales de la Revolución Francesa fueron la piedra filosofal de la nueva institucionalidad política; no comprendieron o no aceptaron el profundo significado de la proclama Libertad, Igualdad y Fraternidad. En suma no supieron qué hacer con la República, ni cambiaron su mentalidad para crear la Democracia en su país.
¡Ah! Pero eso sí, comprendieron que les había llegado la oportunidad de apropiarse del Poder para henchir sus bolsillos. Eran castas con membrete de conservadores y de liberales, que se unían cada cierto tiempo a defender sus intereses, poniendo en los puestos de gobierno a los suyos. Ni siquiera formaron una oligarquía, prefirieron ser una cofradía de familias que se transmitían el Poder.
Esto lo entendí, en algún mediodía, cuando en calidad de estudiante universitario acudía a un restaurante de la Av. Patria, en Quito; allí conocí a un joven bogotano que, huyendo de su país, por un asunto de amores, había recalado en Quito. En nuestras pláticas pude formarme una idea de aquellos conceptos que determinaban a la sociedad colombiana. Entre tantos comentarios platicados a manera de anécdota, recuerdo uno que me dio la pista sobre la forma de entender la política en su país: los jóvenes de su clase, es decir: de “buena familia” podían acceder a créditos bancarios aunque no contasen con algún tipo de respaldo, les bastaba con presentar un registro de su apellido y el nombre de su padre y abuelo; mientras otros jóvenes, con empuje y bienes suficientes como para responder por los créditos solicitados no lo podían hacer, o al menos, eran situados en puestos inferiores en las listas de los aprobados.
Así, entonces, resultaba que solo aquellos jóvenes que por un azar de la biología nacían en esos clanes o castas, tenían la oportunidad de superar su estatus social, mientras que aquellos otros que formaban parte de la inmensa mayoría de colombianos, cuyos méritos intelectuales y laborales les tornaban candidatos naturales para alcanzar el éxito, veían como sus planes y proyectos eran postergados cuando no rechazados.
Una sociedad, con prácticas como la que relataba este joven, solo puede haber creado un Estado de ciudadanos insatisfechos y de profundos malestares, una sociedad de divisiones, exclusiones, resentimientos y frustraciones que, como es el caso, estallaron aquel 9 de abril de 1948, cuando la esperanza puesta en un líder como Gaitán, se vino abajo debido a la bala que truncó su vida.
En ese instante Manuel Marulanda y otros jóvenes como él, deben haber sentido el dolor de haber perdido su ilusión y su esperanza de mejores días para su patria, y sin detenerse a pensar, anunciaron su decisión de abandonar la lucha política y tomando las armas dar rienda suelta a la violencia. La zona selvática al Oriente fue la escogida para su aventura. Allí la selva amazónica y la cercanía de fronteras con Brasil les ofrecía refugio.
Estoy seguro de que en los inicios de su lucha armada, deben haber sentido el apoyo del pueblo colombiano; seguramente los costos de su permanencia en lugares recónditos de las montañas y selvas de ese país, así como el costo del armamento, parque, uniformes, botas pantaneras, equipos de comunicación, la construcción de cabañas, centros de atención hospitalaria y de salud, incluso de centros de educación, deben haber provenido de dicha ayuda.
Pero, con el paso de los años, el incremento del número de su tropa a la que debían adoctrinar, armar, alimentar, cuidar, y mantener debe haber obligado a las FARC a cambiar su estructura, a movilizar ingentes recursos por todo el país para levantar nuevos campamentos fijos y móviles, nuevos cuarteles, y nuevos centros de mando; es entonces, cuando debieron sentir la falta de recursos que los financie adecuadamente. Surge entonces la posibilidad de recibir esa ayuda de parte de los poderosos narcotraficantes que también se hallaban en ese entonces, como ahora, en guerra contra el Estado y contra la geopolítica. Esta alianza debe haber sido deslumbrante para aquellos barbudos que nunca debieron imaginar que tanto dinero pudiera circular por las venas de la América cocaetera. La tentación debe haber sido “berraca” y cayeron en los brazos de los barones del negocio y empezaron a perder el respeto y la comprensión de su pueblo y de la comunidad internacional.
Pero también, a pesar de no existir documentos probatorios, no es aventurado sospechar que la Guerra Fría, heredada de la Segunda Guerra Mundial, debe haber motivado a las dos grandes potencias: Estados Unidos y la Unión Soviética, a financiar el conflicto, si bien, no en su totalidad, al menos en gran parte.
Eran los tiempos en que estas potencias se mantenían lejanas la una de la otra, sin enfrentarse en una contienda bélica. El miedo a la potencia del átomo les hacía mirarse con recelo pero sin llegar a desatar las hostilidades; por eso auspiciaban estas contiendas regionales o intraestatales, donde los muertos y heridos los ponían otros pueblos, mientras ellos, con armas y recursos apoyaban a los adversarios. Así podían medir sus potencialidades.
¿Cuánto aportó la Unión Soviética, a este conflicto? No lo sabremos nunca. La Unión Soviética desapareció y sus documentos desaparecieron, no quedó huellas de sus aventuras.
¿Cuánto aportó, los Estados Unidos? Tampoco lo sabremos porque eso es un secreto de Estado. Pero lo que sí sabemos es que en la década de los años 90 del siglo pasado, luego de la caída del Muro de Berlín, el gobierno estadounidense, abandonando la máscara, públicamente firmó en varias ocasiones acuerdos con los diferentes gobiernos colombianos para apoyar a sus Fuerzas Armadas, en los llamados “Plan Colombia” donde explícitamente se anunciaba el desembolso de varios miles de millones de dólares.
¿Cómo pudieron las FARC, resistir a tan inmensas cifras que ingresaron a las arcas fiscales? Creo que ellas también manejaron otras cantidades sino tan grandes, al menos, similares. Su participación en el negocio del narco tráfico, al menos como guardianes, les habrá aportado el suficiente sustento como para sostener la contienda.
Han pasado más de 50 años desde que empezaron a hablar las armas y mucha sangre colombiana ha sido derramada. Las FARC ocuparon mucho territorio donde impusieron su presencia. Ellas fueron registro civil, ministerios de educación y de salud, policía, administradoras de justicia en esos territorios, donde el Estado no pudo entrar.
Miles y miles de hombres y mujeres, especialmente campesinos ofrendaron su vida y sus bienes, su sangre, pensamiento, trabajo y sudor, todo ello en búsqueda de un cambio que defina mejor las ilusiones colombianas. ¿Lo han conseguido?
Los barones de las drogas, del tráfico de armas y los caudillos ciegos de las fuerzas Paramilitares han sido los verdaderos triunfadores de esta guerra fratricida. Ni las FARC, es decir, los soldados de esta fuerza, ni los soldados de las Fuerzas Armadas gubernamentales lo han sido; por el contrario, ellos y la sociedad civil han sido las víctimas del desate de la fuerza y de las balas.
El número de rehenes, eufemísticamente llamados “retenidos”, entre ellos, una candidata a la Presidencia de la República, siendo considerable siempre será inferior al de desplazados, al de campesinos obligados a abandonar sus tierras, al de colombianos que a lo largo de estas décadas buscaron refugio en otros lares provocando un éxodo inconmensurable. Pero lo más grave es que el miedo se instaló en Colombia. La desconfianza será la compañera insoslayable, por muchos años, de una sociedad que aprendió a “convivir” con la guerra, durmiendo cada noche con un ojo abierto en previsión de lo que pudiera ocurrir.
Pero, ¿por qué duró tanto esta lucha? Por muchas razones. Porque el Estado no comprendió el alcance de esta lucha. En los inicios, seguramente, pensó que se trataba de un juego de muchachitos malcriados a quienes sus Fuerzas Armadas podían darles una azotaina y traerles de vuelta. No imaginaron siquiera que eso no era posible. Muchos gobiernos intentaron encontrar una salida por las armas y fracasaron.
En este punto me asaltó el recuerdo de una visita que hice a Bogotá. Amanecí con la noticia de que los soldados de ese país habían incursionado en el cuartel general de las FARC, sitio conocido como la “Casa Verde” donde tiempo atrás se habían reunido representantes del gobierno con la dirigencia de los subversivos, habiendo logrado una victoria militar con muchos muertos y heridos, pero que no fue completa, porque la dirigencia d las FARC había escapado. En las calles de la ciudad, el ambiente no era de alegría, sino de estupor y de incógnitas: las preguntas de los transeúntes se referían a las Fuerzas Armadas, pues, si éstas conocían el sitio donde estaba ubicado el cuartel general de las FARC, ¿por qué no lo habían atacado con anterioridad? La respuesta era dolorosa: el gobierno ofrecía un bono especial a los oficiales y tropa combatientes contra la guerrilla; entonces, el propio ejército no estaba interesado en vencer a los revoltosos; por el contrario, preferían alargar el conflicto.
Otros gobernantes intentaron hallar la respuesta en lo político e iniciaron conversaciones de paz y también fracasaron, porque nunca ofrecieron cambiar el detestable sistema excluyente que imperaba en el país. Querían la rendición incondicional, a cambio de ….NADA.
Las FARC, por su parte deben haber creído que su pueblo los apoyaría por los siglos de los siglos y se equivocaron, pues, los pueblos no aman la guerra, prefieren trabajar en paz. Creyeron que imponiendo el miedo lograrían sus objetivos, pero se equivocaron. El miedo paraliza, pero no gana adeptos. Se creyeron eternos, pero la parca los visitó para recordarles su presencia, y al final, el cansancio de vivir en la selva, escondiéndose, huyendo, guerreando, debe haber hecho mella en la mentalidad de sus filas.
A lo largo de esos 52 años de lucha armada, muchas cosas cambiaron en Colombia, entre ellas, aquellas castas o cofradías de familias de abolengo y tradición comprendieron que si querían subsistir debían cambiar; aprender a ser una oligarquía poderosa, atenta a los cambios sociales, entregar ciertos privilegios en aras de su subsistencia. Esa oligarquía, especialmente la industrial, asentada en Medellín y su zona de influencia comprendieron que no podían confiar en el ejército de su país y decidieron crear el suyo propio. Los grupos paramilitares, financiados y dirigidos políticamente por esta oligarquía empezaron a operar como otro ejército, acosando y enfrentando a las FARC. Se cuentan muchas crueldades en este conflicto, pues, estas fuerzas irregulares no respondían a la Ley y su objetivo era el de “acabar” con las guerrillas y defender a los terratenientes e industriales que los cobijaban.
Pero, ¡oh, sorpresa! En algún instante estas fuerzas paramilitares se escaparon de sus amos y empezaron a operar por su cuenta. Los barones de los narcotraficantes los compraron, al igual que a las FARC, y por dinero, en ocasiones operaron en conjunto con éstas.
Así entonces, el conflicto se tornó turbio, impreciso. Ya nadie podía identificar quién era amigo y quién enemigo; quién defendía a quién. La cosa no podía seguir así. Alguien debía poner fin al conflicto y buscar una solución.
Todo esto recordaba y pensaba mientras asistía asombrado a la noticia de que el Presidente Juan Manuel Santos, en presencia del Secretario General de la ONU, de 5 presidentes de América Latina, en la sede de las negociaciones, en La Habana –Cuba, sede de las negociaciones entre el gobierno y las FAR, firmaba el Acuerdo de Cese al Fuego, con Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”, máximo líder de las guerrillas.
Dichas negociaciones de paz entre ambas partes se iniciaron a finales de 2012, con el objetivo de terminar con una confrontación armada interna que a lo largo de más de medio siglo, ha dejado unos 220.000 muertos y millones de desplazados.
La firma de este tratado pone a Colombia en la encrucijada: ¿habrá cambiado lo suficiente como para resolver sus conflictos en el campo de la lucha ideológica-política, o en los próximos meses veremos recrudecer los enfrentamientos? ¿La Oligarquía habrá aprendido a vivir en democracia, creando oportunidades para todos? ¿los guerrilleros, acostumbrados a vivir en la selva y mirar al mundo desde una sola perspectiva, podrán vivir en la ciudad y luchar por los votos de su pueblo? Interrogantes que aún no tienen respuesta.
……..
El viernes, día final de la reunión en Neiva, un autobús nos condujo hacia el sur, hacia el límite con el Ecuador. Allí, luego de atravesar el desierto de Tarapoa, se hallaban las ruinas de una civilización desaparecida hacia miles de años pero que en sus monumentos líticos han dejado una huella extraordinaria de la complejidad de su ciencia y de sus conocimientos. Los antropólogos colombianos ante la imposibilidad de conocer el nombre de este pueblo los han llamado con el nombre español de: “Civilización de San Agustín”.
Cerca de allí se yergue la Sierra montañosa donde nace el río Magdalena que cruzando, de sur a norte, todo el territorio colombiano, desemboca en el Caribe, uniendo en su trayecto a todos los pueblos desde el desconocido de San Agustín hasta el de Taracataca, o mejor conocido como Macondo, que sufrió los embates de la masacre de la compañía bananera y los 100 años de soledad de los Buendía y de todos los seres humanos condenados a poblar esta tierra. Pero, bueno, esa es otra historia…..